Goya

Goya precursor de la modernidad.pptx


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La figura de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), es el artista entre siglos con rasgos de auténtica originalidad que le destacan del resto de pintores españoles del momento. La ausencia de grandes figuras españolas de la pintura desde Velázquez impulsan la figura del pintor de Fuendetodos.
Goya fue un pintor de éxito que en los años noventa ya era director de pintura de la Academia de San Fernando y primer pintor de Cámara, aunque la enfermedad que le dejó sordo en 1792 le convirtió ya en arquetipo de pintor moderno atormentado y genial.
Su pintura es la de una persona que ha asistido a cambios políticos, a transformaciones artísticas y a notables variaciones del gusto artístico. Así, Goya incorporó a su producción obras en las que razón y sinrazón se entremezclaban con una peculiar manera de mirar y sentir la sociedad que lo rodeaba y en las que destacan elementos propiamente románticos como lo extraño, exótico o lo sobrenatural.
Todo esto era común en la época. Por ejemplo Goya se inspiró en los grabados de la Divina Comedia de Flaxman, imitando su forma de situar al espectador en ámbitos irreales alejados de la perspectiva y las leyes de la gravitación. Su lenguaje plástico logra expresividad y comunicación con la menor cantidad posible de elementos para poder expresarse.
En 1799 puso a la venta una tirada de los Caprichos, que hubo de retirar por amenazas de la Inquisición. En esta serie de 80 grabados se repasaban los vicios de la sociedad de finales de siglo: la superstición difundida por un clero inútil y explotador, la situación de las mujeres, además de un retablo de vicios y costumbres. En la mente del pintor está el deseo de regeneración que compartía con otros tantos de sus amigos ilustrados, aunque también están presentes, como en El sueño de la razón produce monstruos, la realidad de una Ilustración casi borrada por los horrores de la Revolución Francesa.
Sus retratos hasta el inicio de la guerra nos dejan una galería de personajes tratados casi con cariño como en la Condesa de Chinchón. El chocante retrato de La familia de Carlos IV (1800), que aún sorprende por la verosimilitud y la falta de boato no es sino una muestra más del nuevo gusto, puesto que en ningún caso hay interés por caricaturizar.

El inicio de la guerra de Independencia sirve para liberar sus monstruos, convirtiéndose en un testigo lúcido de lo acontecido. Cuando en 1810 comienza la serie de Los desastres de la guerra su cabeza está colmada de escenas terribles de las que sólo se puede desahogar a través de su arte. Aunque se cree que no todas las imágenes fueron vistas directamente por él, cabe la posibilidad de que historias que le son referidas fueron plasmadas. Incluso lo visionado por Goya, n ocasiones, es pintado dos años después. 

Tras la guerra y la vuelta a la situación anterior el pintor concibe dos obras para colgarlas en el Palacio Real (Los fusilamientos del 3 de mayo y La carga de los mamelucos) en las que muestra a un pueblo víctima indefensa de la violencia. Obras que quizá pretendían alejar la idea de su alineamiento con las ideas francesas con las que simpatizaba.
Hasta su muerte en Burdeos en 1828 trabajó en la visión negativa de la España de Fernando VII. La Tauromaquia y los Disparates siguen la estela de obras anteriores. Impactantes y fantasmagóricas son las escenas de la Quinta del Sordo donde ha desaparecido todo atisbo de razón, como Saturno devorando a sus hijos, El aquelarre o Duelo a garrotazos.
Es notable sin embargo que no tuviera prácticamente proyección sobre otros artistas, salvo algunos que siguieron su veta popular. Y es que el arte oficial caminará de manos de pintores relevantes como Joaquín de Madrazo (La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos) o Vicente López, quien en su Retrato de Francisco de Goya muestra a su amigo de forma naturalista y muy alejada de la introspección con la que él mismo se retrató en sus últimos años de vida.





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