GARCIA HAMILTON, Alberto

Periodista, escritor, poeta. Llegado a Fray Bentos desde pequeño, en 1878. Comenzó sus primeras actividades en el periodismo en “El Comercio”. Allí empezó Alberto García Hamilton, hacia 1887, es decir a los quince años, a familiarizarse con la tinta de imprenta. No le tomó mucho tiempo hacerse un hombre del oficio e ir asumiendo funciones de creciente responsabilidad.

Se hizo conocido: “El Pueblo”, de Paysandú y “La Tribuna Popular”, de Montevideo y otras hojas acogieron sus artículos. En 1892 Alberto García Hamilton ya tenía a su cargo la dirección de “El Comercio”. Al principio alternó con tareas de empleado en la sucursal Río Negro del Banco Nacional de la República Oriental  y, posteriormente, con las funciones de Secretario de Instrucción Pública del departamento.

BIOGRAFIA (Aportada por su bisnieto)
  

 Primeros años

 Alberto García Hamilton nació en Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay, el 22 de octubre de 1872. Sus padres, don Germán García, (hijo de Dionisio Joaquín García y de Dorotea García Martínez) y doña Elena Hamilton (hija de Federico Gustavo Hamilton y de María A. S. César), lo bautizaron en la antigua parroquia del Cordón.

Antes de que el niño llegara a la edad escolar, hacia 1878, don Germán decidió trasladarse con su familia a la localidad de Fray Bentos.

Alberto y su hermano Germán estudiaron en la escuelita del lugar. Bien pronto supieron de las desgracias familiares. Su padre, murió el 23 de enero de 1880, apenas tenía 39 años. Dos años después, otros dos hermanos, un varón y una niña de 4 y 8 años, sucumbieron atacados por la difteria, cuando volvían de enterrar a uno, encontraron que moría el otro. Germán revistaba como telegrafista en el Correo y en sus ratos de ocio escribía poemas. Alberto, si bien congeniaba con su hermano en las aficiones literarias, había elegido el periodismo.

 El periodismo

 En Fray Bentos se publicaba un periódico, “El Comercio”, desde 1873. Allí empezó Alberto García Hamilton, hacia 1887, es decir a los quince años, a familiarizarse con la tinta de imprenta. No le tomó mucho tiempo hacerse un hombre del oficio e ir asumiendo funciones de creciente responsabilidad. 

Se hizo conocido: “El Pueblo”, de Paysandú y “La Tribuna Popular”, de Montevideo y otras hojas acogieron sus artículos. En 1892 Alberto García Hamilton ya tenía a su cargo la dirección de “El Comercio”.

Los años 90 no fueron apacibles para el Uruguay, eran tiempos de agitación política entre “colorados” y “blancos”, hechizaba a estos últimos la carismática figura de Aparicio Saravia.

Hacia ese líder enderezaron también las preferencias cívicas de García Hamilton, ya por entonces un joven veinteañero y un periodista eficaz. Se había entregado en cuerpo y alma al oficio, que al principio alternó con tareas de empleado en la sucursal Río Negro del Banco Nacional de la República Oriental y, posteriormente, con las funciones de Secretario de Instrucción Pública del departamento.

Bajo su dirección, “El Comercio” dejó de ser periódico y se convirtió en diario. Su tono se hizo militante, para defender la causa Saravista, que por toda esa región prendió como un reguero de pólvora. Los acontecimientos nacionales comenzaron a precipitarse en 1896, cuando el 22 de noviembre se movilizó Aparicio Saravia. Se sucedieron entonces la toma de Sarandi del Yí, la retirada hacia el Brasil, la nueva invasión por el norte, las batallas de Arbolito y Cerros Colorados. El Uruguay tronaba como un volcán y empezó a hacerse difícil la situación de Alberto García Hamilton y su hermano Germán en la tierra natal. La vida de un periodista valía poco en esos tiempos turbulentos. La situación llegó a su punto culminante cuando ambos jóvenes participaron activamente en una conspiración de los “blancos”, tendiente a atacar el destacamento militar de Fray Bentos. Descubierto el complot, las autoridades dispusieron que los implicados fueran fusilados. Alguien avisó a tiempo a Alberto y Germán que debían ponerse fuera del alcance de la represión sin perder un minuto, pues sus nombres ya estaban en manos de la policía y del ejército. Los dos hermanos pasaron unos días escondidos en un arcón, en la casa de unos parientes. Una noche, en un bote, acometieron el cruce del río rumbo a Argentina.

 Volver a empezar

 A los veinticinco años, Alberto García Hamilton, debió así, empezar de nuevo. Con su hermano Germán estuvieron algunos meses en Buenos Aires, y buscando reencontrarse  con su profesión, aceptó la oferta del director del diario  “El Orden” de Tucumán, León Rosenvald, y viajó a esa provincia.

En un suelto destacado, en la edición del 5 de Febrero de 1898, el citado vespertino informaba: “Se encuentran desde ayer entre nosotros los caballeros Alberto García Hamilton y Julio Pérez y Ellis, distinguidos periodistas, que vienen a incorporarse a la redacción de “El Orden”. “ Jóvenes inteligentes, preparados para las lides de la prensa y de caballerescos antecedentes, tienen justos títulos que los presentan a la consideración Pública”.

En esa redacción, pues, el joven periodista uruguayo llegó a familiarizarse con la tierra que había adoptado, y vivir sus alternativas  sociales, políticas y económicas como propias, y sobre cuyos anhelos y conflictos tomaba posición, día a día, desde la columna editorial. El 26 de septiembre de 1903 selló ese contacto al formar su hogar con doña Emilia Rodríguez Isla, nieta del boticario del Ejército de Belgrano y descendiente de aquel Patricio Isla cuyo fusilamiento agregara otro elemento romántico a la marca de Lavalle con su Legión Libertadora en 1840. Tres niños –dos varones y una mujer- prolongarían en adelante, el apellido de don Alberto García Hamilton.

Sin temor a errar, puede decirse que prácticamente todas las revistas que vieron la luz en Tucumán entre fines del siglo XIX y los años veinte, llevaron en sus páginas alguna colaboración de Alberto García Hamilton, generalmente sobre temas literarios o sociales. Sus notas solían aparecer también en publicaciones de Buenos Aires o en el semanario “La Alborada”, de Montevideo, que dirigía su amigo Constancio C. Vigil.

En 1906, el gobernador de Tucumán don Luis F. Nougués lo designó por decreto del 14 de octubre, integrante de la comisión que debía “levantar una información precisa de las actuales condiciones de la población obrera en la provincia, a fin de adoptar las providencias más conducentes a asegurar su bienestar”. El 16 de julio de 1908, el Comité Popular del Comercio lo proclamó candidato a concejal municipal de San Miguel de Tucumán. Triunfante la lista, García Hamilton ocupó su banca en el Concejo, y arrimó su voto a la lección del intendente Carlos Rougés, cuya obra progresista es conocida en la historia municipal de Tucumán.

 “Cañas y trapiches”

 Miembro, con Julio López Mañán, Juan B. Terán y Alberto Rougés, del jurado de los Juegos Florarles de 1907, y vicepresidente 1ª de la Sociedad Sarmiento en 1909, así como colaborador infatigable de cuanto acto cultural tenía lugar en Tucumán, por esos años se registran también las expresiones de su actividad de autor teatral.

Primero fue “El Zorro Azul”, comedia de costumbres que la crítica aplaudió sin retaceos. Después vendría una pieza dramática, “Cañas y trapiches”, que la compañía Esteves-Arellano puso en escena en el Teatro Belgrano el 15 de abril de 1909, y cuyo texto se editó, ese mismo año en los talleres de “El Orden”.

 Nace un nuevo diario

 Hacia fines de 1911, Alberto García Hamilton se desvinculó de “El Orden”, con ánimo de dedicarse a las tareas comerciales. Pero no pudo con el genio. Entró a atender corresponsalías de Buenos Aires –el diario “La Nación”, “La Razón”  y la revista “Caras y Caretas”- mientras iba dando forma a una idea que bullía en su cabeza desde tiempo atrás: la fundación de la propia empresa periodística..

El año siguiente, 1912, estuvo marcado en efecto por un hecho fundamental, la promulgación de la Ley Electoral del voto secreto y obligatorio, con la que el presidente Roque Sáenz Peña hacía realidad los propósitos democráticos que invocó al asumir, en 1910. En todo el país, la ley Sáenz Peña dio paso a un cambio social de definidas características, mucho más importantes, por cierto, que las que una observación superficial podía entonces avizorar. Tal fue la tónica bajo la cual, el 4 de agosto de 1912, salieron a la calle en Tucumán, las cuatro hojas que constituían La Gaceta, entonces periódico dominical.

Al día siguiente en el vespertino “El Orden”, un suelto consignaba la aparición de La Gaceta, a la que elogiaba por su “buen material de lectura, servicio telegráfico y noticias locales de última hora”. Pronto La Gaceta se convirtió en diario y elevó sus 4 páginas a 8, pocos meses después, el 10 de diciembre de 1912. Lo que interesa consignar, fue la fe y el entusiasmo con que la empresa –de harto precario comienzo- fue llevada adelante, por encima de todas las dificultades. Quien pase revista a la historia del periodismo provinciano de esos años, puede advertir la enorme cantidad de publicaciones que no alcanzaron siquiera la decena de números y debieron desaparecer, por más empeño y desvelo que pusieran en ellas sus iniciadores. Los tiempos no eran fáciles, y hacer que un diario se impusiera no representaba entonces, como no representa hoy, una tarea sencilla.

Alberto García Hamilton asumió sin desmayo el destino que había elegido. El diario siguió adelante registrando progresos efectivos, sin alardes. Pero eran tiempos de política brava y La Gaceta no escapó a la violencia que se vivía en Tucumán. El diario, que desde sus comienzo sintió como propias las grandes aspiraciones populares, sostenía entonces la lucha del radicalismo. Al dividirse la UCR tucumana en las fracciones “rojas” y “azul”, se definió por la segunda. Triunfantes los “rojos” en los comicios del dos de diciembre de 1916, una turba armada que vivaba a los vencedores intentó, el día 20, tras apedrear la Municipalidad, asaltar el edificio de La Gaceta de Rivadavia y San Martín. Los hombres del diario se resistieron al atropello produciéndose un tiroteo que levantó polvareda en el Tucumán de aquellos años, y obligó a García Hamilton a trasladarse a vivir en Buenos Aires con su familia.

En octubre de 1929, ya con su hijo Enrique viviendo en Tucumán y al frente de la empresa, se inauguraron simultáneamente el edificio propio y la rotativa HOE recientemente adquirida.

Dijimos al comienzo que el fundador de La Gaceta rehuyó, por sistema, todo lo que significara la figuración personal. Su vida viene a estar entonces, confundida con la del diario que fundara, y al que seguiría dedicando desde Buenos Aires, hasta el último día, sus desvelos de iniciador. Murió en Montevideo, el 5 de febrero de 1947, no había conocido la vejez, ni tampoco el ocio que bien ganado tenía quien desde la adolescencia trabajó duramente y sin horario. La empresa que había fundado, siete lustros atrás, había logrado ya tener firme presencia dentro del periodismo nacional.


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