Los cambios entre uno y otro

Lo que sigue se dirá en una forma u otra como si fuera algo que no tiene sentido para los que atienden este tipo de problemas. Nos llaman y explican situaciones que dan por hechos, cuando en realidad están mezclando en forma confusa lo que creen con lo que creen haber visto. Hay una constante transformación de la verdad que impide dejar clara la comunicación.

Es muy difícil llegar a la verdad. Ésta se esconde con insistencia silenciosa detrás de las mezclas entre lo que realmente es y lo que se cree que es, entre lo que se ve y lo que se cree ver, entre lo que se oye y lo que se percibe.

Los medios en México tienen una forma muy extraña de comunicar. En alguna forma estuvieron durante 71 años acostumbrados a recibir consignas con respecto a lo que sí y a lo que no se podría decir. Además se les decía cómo se deberían dar las noticias, en qué parte hacer énfasis y qué partes mencionar nada más de paso.

Cuando se da el cambio de régimen con la elección de Fox en el 2000, el sistema que sería para controlar a los medios dejó de existir, pero no se les avisó. Los que entraron al gobierno ignoraron complemente el hecho de que antes de que ellos llegaran al poder, los medios estaban completamente controlados por el estado. El nuevo régimen ignoró esa realidad y se dio a la tarea de hacer el trabajo que legalmente le correspondería.

Al pasar unos cuantos meses, resultó que sólo se exaltaba lo que era negativo entre las acciones que se daban. Con una ciudadanía acostumbrada a sólo escuchar y leer a través de todas las formas de comunicación mediática que el régimen era perfecto y todo lo que hacía estaba bien, de pronto las noticias que llegaban a los oídos de los mexicanos eran todas negativas. Las críticas brotaban por todos lados. Se había convertido en el deporte nacional mediático jugar a ser muy valeroso y burlarse del presidente Fox, de su esposa —no estamos discutiendo aquí si algunos merecían la burla y otros no, sino que el caso se dio— de los ministros, de los médicos de los ministros, etc.

Los medios sólo no hablaban bien de los que habían salido del gobierno, de los que perdieron la elección del 2000. Hablar bien de ellos se había convertido en parte de ese deporte nacional. Era la inercia de los años anteriores. Los medios y los que participaban en ellos sabían que la manera de tocar a los que gobernaron por 71 años era siempre exaltando los valores reales o artificalmente creados por los mismos medios de ese grupo de políticos. Muchos medios les debían a ese grupo su misma existencia. En los tiempos anteriores al 2000 se manejaban los medios como concesiones de los políticos en el poder. Por lo tanto, los actores de los medios estaban en deuda con los políticos: sin ellos sus fuentes de trabajo no existirían.

El viraje hacia la transparencia, la competencia abierta, la democracia integral comenzó y se aplicó a todos los ámbitos de la vida en México, excepto a los medios.

Los medios no eran libres. Pertenecían a los políticos que les habían permitido vivir. Era imposible hablar mal de un régimen que tenía que estar siempre en posición del ente al cual había que agradecérsele todo, incluyendo quizás el derecho a vivir.

El cambio fue súbito e inesperado. Era imposible que los medios de pronto comenzaran a entender que había llegado el momento de ser exclusivamente objetivos: narrar las cosas que realmente estaban sucediendo, sin darles color alguno. Eso habría sido muy diferente.

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Antes del fenómeno AMLO el país mexicano había logrado un significativo avance con respecto a la aceptación tácita de que la condición de vida de cada uno, dependía efectivamente de cada uno. El hombres que con un sucio trapo se pasaba el día sonriendo a los conductores de vehículos de todos tipos –ostentosos o sencillos– se convierte en un ser serio, triste, cuando AMLO les hacer creer a muchos que su condición era culpa de alguien externo a ellos.


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