··· Salomé Guadalupe Ingelmo sobre Francisco Garzón Céspedes: "además de un gran escritor y un inconmensurable hombre de escena, un excepcional ser humano"

 

Uno de los dos textos de la Doctora Salomé Guadalupe Ingelmo

para presentar libros de Francisco Garzón Céspedes,

parte de un libro en preparación sobre el autor

de esta escritora, ensayista y profesora universitaria.

 

 

DOS LIBROS DE NARRATIVA

DE UN GRAN ESCRITOR

 

 

Palabras de la escritora y profesora Dra. Salomé Guadalupe Ingelmo en la Mesa de Presentación de los libros impresos de Francisco Garzón Céspedes: El amor es una bala de plata / Cazador de encuentros y Los 1111 pequeños cuentos del hombre que amaba contar, Ediciones COMOARTES, en el Café Comercial, Madrid,  España, 10 de Junio, 2013.

                                     

 

 

Francisco Garzón Céspedes es una personalidad carismática y polifacética. También vital y arrolladora; delicada y consideradamente arrolladora. Y es que la conducta “cortés”, ese adjetivo que tanto gustaba a Borges, se revela una constante en él, en su vida personal y en la profesional. Creo que su amplia experiencia con los escenarios, sobre ellos y detrás de los mismos −como actor, narrador oral escénico y profesor, a la par que como dramaturgo y director de teatro y de oralidad escénica−, ha contribuido en mucho a fomentar su conocimiento de la naturaleza humana, enriqueciendo también su producción narrativa, poética y periodística, así como su teatro. Pocos autores tan conscientes como él de la presencia y la importancia del lector. Muy probablemente, además, porque pocos seres humanos tan conscientes como él de la presencia del otro; tan generosos en las relaciones humana más cotidianas y tan capaces de reciprocidad.

 

No quiere esto decir que, como autor, se vea condicionado por el potencial lector; que sea propenso a buscar la fácil aprobación dando lo que presume se espera de él o lo que más debería agradar al gusto mayoritario –si bien su honestidad se ha visto premiada con una enorme aceptación por parte de público y crítica−; sino que su obra artística intenta ser además de utilidad al prójimo. Para empezar, compartiendo las propias vivencias. Por otro lado su experiencia como docente se refleja en una vocación didáctica que nunca cae en el adoctrinamiento; que ofrece una pedagógica motivación y un estímulo continuo hacia el crecimiento personal y la mejora individual. Que en último término, siendo el ser humano un animal gregario, significa una mejora colectiva. Se revela Francisco, en resumen, un autor muy consciente de los privilegios y las obligaciones que su profesión, o más bien sus profesiones, implican.

 

Al tiempo que por su talento creador, se ha ganado el afecto del público y lectores gracias a su sensibilidad, a su capacidad de estar en el mundo y comprometerse con la condición humana, preocupado siempre por reflejar sus problemas: por poner voz a quienes no la tienen. Y lo ha conseguido también gracias a su cercanía, a la sencillez y naturalidad que caracterizan sus textos. Francisco entra en esa categoría de gran escritor definida por Ernesto Sábato, quien afirmaba: “Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas”. Y sin embargo, a pesar de ello, o precisamente gracias a ello, ha sabido devolverle a las palabras su valor primigenio, el de un lenguaje aún fundacional. Según Jacinto Benavente “algunos escritores aumentan el número de lectores; otros sólo aumentan el número de libros”. Francisco ha conseguido hacer ambas cosas a un tiempo.

 

Y es que nos encontramos ante una personalidad prolífica, un trabajador incansable, también en su faceta literaria. Fruto de ese quehacer cotidiano son 42 libros impresos –entre ellos también ensayos sobre la palabra en sus diversas vertientes–, muchos de los cuales catalogados por instituciones como la Biblioteca Electrónica del Instituto Cervantes de España, la del Congreso de los EE.UU. y las Bibliotecas Nacionales y universitarias de diversos países. Pero todo ese trabajo se manifiesta también en una constante presencia y difusión de sus textos narrativos, poéticos, dramatúrgicos y de otra índole en Internet. Así como en una abundante cantidad de inéditos que cada día se ven engrosados por alguna aportación nueva. Baste apuntar que hay varios libros suyos de cuentos para adultos escritos y aún inéditos, y citar sólo dos títulos de los recientes: Saltar hacia el gato y Diminutos grillos que aparecen y desaparecen.

 

“Si deseas ser un escritor, escribe”, recomienda un sabio consejo atribuido al filósofo Epícteto de Frigia. Mi experiencia me lleva a corroborar que, en efecto, no hay otro modo de convertirse en un buen profesional. Es una realidad irrefutable que el ser humano aprendió tempranamente: “escribiendo se aprende a escribir”, aseguraba ya un proverbio latino.

 

Escribir es parte de la naturaleza del escritor. No puede evitarlo. “Escribo: eso es todo. Escribo conforme voy viviendo. Escribo como parte de mi economía natural. Después, las cuartillas se clasifican en libros, imponiéndoles un orden objetivo, impersonal, artístico, o sea artificial. Pero el trabajo mana de mí en un flujo no diferenciado y continuo.”, aseguraba el poeta y narrador mexicano Alfonso Reyes.

 

Hoy presentamos parte de todo ese elevadamente meritorio trabajo desarrollado por Francisco Garzón Céspedes, Los 1111 pequeños cuentos del hombre que amaba contar. Esclarecedor el título de esta monumental antología en la que se ha vertido un enorme esfuerzo compilador para recuperar magníficos textos, propios, de numerosas precedentes colecciones, libros, cuadernos y medios digitales. Un título que evoca Las mil y una noches para una antología personal que, en efecto, recupera la magia olvidada de esos clásicos. Pero que al tiempo también nos ofrece una visión renovada de los cuentos que han acompañado a la humanidad desde su nacimiento.

 

En esta antología, que reúne nada menos que doce libros breves, encuentran cabida tanto el drama como la comedia, pasando por los más diversos géneros y subgéneros −algunos de los cuales, la escalera y la columna, inventados por el propio Francisco−, argumentos, temas, estructuras e incluso puntos de vista respecto a los múltiples asuntos abordados. Saltando del lirismo que caracteriza Cuentos donde sorprenden gaviotas −que tuvo una primera versión titulada Amor donde sorprenden gaviotas[1] y en el que descubrimos una melancólica y conmovedora prosa poética[2]−, con el que el poeta, hace más de treinta años, da sus primeros pasos en la narrativa breve, de la que desde hace años es reconocido maestro, al humor que tan a menudo distingue sus espectáculos en su faceta de narrador oral escénico. Pero volviendo siempre al amor, el omnipresente amor. Humor y amor, dos constantes siempre presentes en la producción multidisciplinar de este polifacético artista. “El escritor es un hombre sorprendido. El amor es motivo de sorpresa y el humor, un pararrayos vital”, aseguraba Bryce Echenique.

 

Porque el amor es riesgo, sí. Pero sin ese riesgo no hay posibilidad de victoria, como desvela el cuento Posibilidad[3]:

 

El dios dudó si deshacerlos. Sus dos criaturas más perfectas se amaban y, ya, ninguna fuerza los protegería del desamor. Dispuesto a desaparecerlos, volvió a dudar: sabía que el amor es riesgo pero, también, la única posibilidad de alguna plenitud.

 

Y en el amor hay que seguir creyendo con determinación, con voluntad férrea. No cabe el escepticismo por cuanto respecta a determinados principios o sentimientos. Y así se afirma de forma tenaz en toda la obra del autor. En la antología que hoy presentamos, especialmente en Y para que fuera luna llena se abrazaron: Cuentos para ser felices y comer perdices, un libro compuesto por treinta cuentos de humor y amor −amor de diversos géneros y con múltiples desenlaces− escritos en los años noventa. Un compendio de historias cotidianas y entrañables −otras, ciertamente, fantásticas y sorprendentes− con las que todos nos identificamos. Si bien a no pocas es posible encontrarles, además, lecturas alegóricas de estremecedora hondura. En la misma línea, Donde debiera haber saliva hay miel: Cien formas de sorprender a su pareja / Diez historias brevísimas de amor. Ésta, inaugurada por una anécdota personal relativa al amor de sus padres, paradigma para el autor del amor de pareja. Se trata de formas de reiterar nuestro amor que son a menudo, al tiempo, modos de definirlo. Así, por ejemplo, en “Pájaro y jaula” el autor propone regalar un pájaro enjaulado a quien se ama, para explicar después que el regalo consiste en la posibilidad de liberarlo juntos.

 

Como se afirma en sus “Antidefiniciones”[4]: "El amor no es azar es elección"; El amor no es la circunstancia, es la permanencia”.

 

Evidentemente Francisco no parece dispuesto a creer que el verdadero amor existe sólo en la pantalla. Y esa convicción, lejos de destrozarle la vida, lo alimenta con una fuerza vital indestructible. Ésa que comparte siempre con sus lectores y espectadores.

 

Pero como la vida, además de amor, es también erotismo, entendido éste en sentido muy amplio, queda espacio en esta antología para Cien cuentos eróticos mínimos. Cien historias brevísimas y sugerentes que se desarrollan en distintos escenarios, como la oficina o la cocina. Donde las insinuaciones y alusiones cargadas de sagacidad, sutileza e ironía abundan.

 

A lo largo de estas páginas nos vemos transportados de los cuentos encuadrados en la metaficción, centrados en la figura del escritor como los que componen “Unos y otros escritores de la tribu” –fascinante, aleccionador y catártico el género metaliterario, por cierto, con la sincera y a veces descarnada introspección a la que abre puertas–, a los protagonizados por el narrador oral artístico en los “Cuentos del contador de  cuentos” y los “Cuentos del narrador oral escénico”, la primera colección de esta naturaleza y merecido homenaje a los custodios de la palabra oral. Que convive en esta antología con el reconocimiento a los depositarios de la palabra escrita, es decir a los bibliotecarios, en los “Cuentos de la bibliotecaria”. Así como a los responsables de conducir hacia la lectura y también hacia la oralidad en tanto método de cohesión para el grupo y vía hacia la humanidad, porque inventar y compartir historias nos mantiene unidos y abre los ojos a cuanto de maravilloso nos rodea, en los “Cuentos de la maestra”.

 

LosCuentos del narrador oral escénico” suponen un íntimo testimonio en el que, con extrema sensibilidad, se nos revela en qué consiste la verdadera dimensión de esa profesión en la que Francisco es maestro, renovador, fundador contemporáneo. Son estos cuentos, por tanto, documento no sólo sobre la técnica sino también sobre la ética de la oralidad. Incluyen, entre otros, un sincero y conmovedor legado personal en “Los talismanes de Dios”:

 

El Narrador Oral tomó una parte de sí, recordó al Hombre y la moldeó como éste. Le llamó Jesús, lo envió a la Tierra y le dijo las dos palabras elegidas talismanes. "Imaginarás." "Narrarás." Hizo una pausa. Y añadió: "Formarás discípulos. Y te negarán. Pero tú resucitarás. Imaginarás. Narrarás. Tal vez los humanos se den cuenta".

 

Un legado que también advertimos en “El hijo de la cuentera”, homenaje a su madre, que le enseñó a soñar y a contar, y a su padre, que le enseñó a “reaparecer intacto después de cada ilusión”. Porque hubo una vez un hombre, éste que ven a mi lado, que tuvo un sueño, uno en el que una sociedad mejor brotaba de sus cuentos.

 

La comunicación nos resucita; niega la muerte y afirma la vida como sucede en “El narrador oral ante el cadáver de su amor”. En determinados momento vivimos más por los otros, para ceder experiencias, que por nosotros mismos. El ser humano que nace volcado hacia los demás, muere, independientemente de las circunstancias, volcado hacia los demás. Aunque le hayan cortado lengua y manos, como al protagonista de “La Comunicación” (“Resurrección”), recurrirá a cualquier método, como la telepatía, para trasmitir su legado. El cuento es vida y da vida; materializa lo contado, que es al tiempo evocado y llamado de nuevo a la existencia: fundado, creado y recreado. Exactamente como hizo el primer narrador antes de descansar, merecidamente, al séptimo día. Desde esta perspectiva, la figura del narrador y la del mago, incluso la del dios, a veces confluyen en algunos cuentos.

 

La narración oral es un acto de amor porque implica confianza en el público, para el que no se cuenta sino con el que se cuenta. Sólo desde el amor, desde la premisa de aceptar el riesgo que supone entregarse, es posible contar. Pero la narración oral es también un acto de responsabilidad que exige honestidad y conciencia. La poderosa palabra ha de ser usada con generosidad y prudencia.

 

Creo que una frase de Francisco resume mucho mejor que ninguna otra, de forma especialmente emotiva, la visión que de su profesión tiene el autor: “Contar es devolver las palabras recibidas”, de “Mi madre tenía la sabiduría del contar amoroso”. El narrador, el ser humano en general, es una pieza de un engranaje. Abrir esta antología precisamente con este cuento, al margen de suponer un emotivo homenaje a su madre −como los “Cuentos del vino” lo son a su padre, obrero y luego químico dedicado a la producción vinícola−, significa también explicar el origen de todo: no sólo en concreto de esta antología, sino del punto de inflexión que marca la toma de conciencia sobre la utilidad social que el cuento puede adquirir; sobre la función social que el escritor y en concreto el cuentista puede y, quizá me atrevería a decir, debe, en mayor o menor medida, tener. Con este comienzo la antología adquiere un regusto autobiográfico, un sentido también testimonial. Mucho se agradece el afán de compartir con el lector sus motivaciones y el ambiente de intimidad que ello recrea. Porque, como es bien sabido, una de las mejores cualidades de Francisco es su honestidad. Presente en su vida cotidiana, pero que además ha querido convertir en norte de su producción literaria. Una cualidad que no sabe ni quiere aprender a deslindar del cuento[5].

 

  “Honra”[6]

 

El contador de cuentos una vez más se negó a incluir, en su presentación, anuncios de mercaderías inservibles. Conocía la diferencia entre comunicar y vociferar. Esa noche se quedó con hambre. Un hambre acumulada por siglos.

 

Luego el cuento, lejos de prejuicios, no es sinónimo de falsedad, sino más bien de solidaridad y comunión de tradiciones; de legado a nuestros semejantes, de creación y conservación de identidad colectiva y memoria de la comunidad.

 

“Permanencia”[7]

 

El loco acarició cada árbol del bosque para poseer el recuerdo inefable de su tacto cuando los talaran.

 

También, de generosidad:

 

“Interlocutor”[8]

 

El contador de cuentos contempló a la única persona que había acudido a la plaza. Vestía muy humildemente. “Otro día sin comer”, se dijo. Y comenzó a narrar. Cuando culminó, recordando el duro pan en su bolsillo, lo compartió.

 

Con su cuento el narrador oral escénico, confiado y humilde, se desnuda. Voy más allá: es transparente como el cristal en el que elige convertirse el contador de cuentos de “Cristal”[9].

 

El narrador oral queda indefenso ante el público al poner, como el loco protagonista de otro de los cuentos de Francisco, su corazón en la línea de fuego mientras lo comparte[10]:

 

“Arquitecto”[11]

 

El contador de cuentos seducía con sus historias. Aquellas donde una pareja era el comienzo de un océano y no sólo dos maravillosas gotas de agua. Aquellas donde, al besarse una pareja, en el interior del beso no había saliva, sino miel. El contador de cuentos fascinaba con sus construcciones hechas de personajes y sucesos. Hipnotizaba desde la imaginación y la verdad. Convocaba la confianza y la indefensión. Y, aunque estaba angustiosamente solo, solo volvió a marcharse de la plaza, esa noche como tantas otras, musitando que el amor no juega con las ventajas del encantamiento.

 

Porque el contador de cuentos, a pesar de la magia que le rodea, no es un dios sino, sencillamente, un ser humano entre los humanos[12]. Y con ellos, que no para ellos, cuenta.

 

“Proeza”[13]

 

El contador de cuentos narró aunque sólo había pájaros imitadores. Narró, sin que lo intimidaran los pajarracos y sus ecos. Narró venciendo a los graznidos, al mal de ojos y a los malos agüeros. Narró hasta que los pajarracos, uno a uno, todos desaparecieron. Continuó narrando y la plaza se llenó de seres humanos capaces de hacer realidad el milagro único de cocrear los cuentos.

 

Aunque, para citar al propio Francisco, “los cuentos no son siempre de hadas”[14]. No siempre tienen un final feliz −De hecho ni siquiera tienen siempre, necesariamente, un final−. Porque la realidad a veces se revela dura. Un excelente ejemplo lo encontramos en los en extremo meritorios “Cuentos con Urracas”, donde lo aparentemente cotidiano e intrascendente, presuntamente inofensivo y trivial, acaba revelándose desconcertante, inquietante, crudo o incluso dramático y truculento; negro como las premonitorias plumas de sus protagonistas.

 

A lo largo de esta antología el autor reflexiona también sobre géneros literarios y cinematográficos. En especial, sobre el género negro al que es tan aficionado, y al que dedica los “Cuentos de la Colección de Estocolmo”, entre los cuales la “Pentagonía Millenium”, inspirada en la famosa trilogía póstuma de Larsson. Decía Carlos Fuentes: Tienes que amar la lectura para poder ser un buen escritor, porque escribir no empieza contigo”. En esa producción metaliteraria caben también las creaciones sobre arquetipos y estereotipos ligados estrechamente al género negro, como la mujer fatal. O –especialmente en Cuentos para locos lúcidos– sobre personajes de ficción bien conocidos en otros ámbitos y circunstancias, como el dragón, el ogro, la sirena, el lobo o la serpiente.

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En su afán por experimentar todas las posibilidades que el cuento ofrece, Francisco reúne también géneros poco usuales como los cuentos-trabalenguas o cuentos literarios escritos según las pautas del trabalenguas –en “Cuentos para ejercitar la lengua”–. O propuestas tan interesantes como “Historias con títulos de películas”, micronarraciones especialmente dirigidas a los cinéfilos que mucho tienen de poesía en prosa. O tan ingeniosas como los “Cuentos geométricos”, en los que se pone a prueba la capacidad de abstracción del lector en el campo de la geometría. O cuentos en los que se persigue una interacción con los lectores, como son los recogidos en “Historias para elegir el final”, en los que el autor propone varios finales posibles a la historia narrada y que quizá pudiéramos considerar una modalidad de cuento con final abierto.

 

Comprometido con la exploración en el ámbito de la economía del lenguaje, nos presenta además cuentos de hipermicroficción como ha decidido denominarlos: historias de 1 letra a no más de 10 palabras. Un auténtico desafío al ingenio donde la sugerencia de lo visual a menudo adquiere un papel determinante. Un género que exige una considerable agilidad mental y, al tiempo, la potencia..

 

Diría que uno de los mayores logros de esta antología, tan extensa y heterogénea –aunque de fuerte cohesión interna marcada, ante todo, por un fin bien definido–, es revalorizar el cuento; devolverle la posición que antaño, en sociedades fundamentalmente orales, tuvo. Ésta pareciera hoy casi perdida. Pero lo cierto es que algunas personas, entre las que se encuentran muchos discípulos de Francisco, pionero en su contemporaneidad oral y promotor de la causa, luchan por devolverle el protagonismo que merece; que sigue mereciendo en esta sociedad donde la oralidad ha ido perdiendo, injustamente, por falta de formación al respecto y exceso de falsos prejuicios, presencia y prestigio. Por otro lado, gracias a su faceta de escritor, Francisco ha hecho mucho en favor de la renovación del cuento y en concreto de la microficción; mucho en favor de la difusión y popularización entre los adultos de géneros que habitualmente se consideraban dirigidos al público infantil, como el poco –y mal– conocido cuento de nunca acabar. Ha trabajado insistentemente para conseguir su enriquecimiento con matices literarios. A destacar, entre otros, la intensidad alcanzada en la “Trilogía del francotirador”.

 

Los cuentos de nunca acabar han sido objeto de un ya bien afianzado y prestigioso certamen internacional convocado por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CINOE), de la cual Francisco es creador, fundador y director. Un certamen en el que se ha procurado promover una renovación del género y una reformulación de sus pautas hacia lo contemporáneo y plenamente literario, especialmente dirigido a un público adulto. Literario de excelencia, añadiría, a la vista de las extraordinarias antologías a las que ha dado pie. Una labor magnífica que encuentra precedente y modelo en su libro El corredor de infinitos[15]. 

 

El cuento de nunca acabar, que había sido sometido a reiterados prejuicios, relegado al ámbito de las tradiciones y a la esfera infantil además de considerado un género menor y prescindible, casi olvidado, en las manos de un profesional de la literatura como Francisco ha dado origen a relatos como “Enlace”[16]:

 

Un anillo no es una corona. No es una pulsera. No es un collar. Es, esencialmente, una argolla. Sin escrúpulos, su vocación es de cadena, por eso apresa el dedo porque un anillo no es…

 

El autor ha puesto a disposición de una causa superior sus dotes literarias y sus esfuerzos. De donde la literatura, además de fin, se convierte también en instrumento para enriquecer ciertos géneros y para difundir unos determinados principios, fundamentalmente la solidaridad[17] y la confianza.

 

Hasta ahora venimos hablado de renovación, pero en justicia hemos de hacerlo también de innovación, pues Francisco es además creador de las escaleras y columnas, nuevos géneros de los que esta antología incluye diversos ejemplos. Ambas pueden tomar la forma de prosa o de verso. Aunque en ocasiones las fronteras se difuminan.

 

El género de la columna y el de la escalera se fundamentan en el mecanismo de la reiteración, tan ligada a la oralidad aunque no sólo. Pensemos, por ejemplo, en la tendencia de los poemas mesopotámicos a la repetición de versos o tiradas de versos enteras, que tan cómoda resulta al eventual traductor, como en el poema de la creación Enuma Elish. Esa reiteración que tenía en la antigüedad, además de un valor estilístico, una función mágica añadida, conserva una cierta resonancia mística que convierte estas nuevas creaciones en composiciones de una gran rotundidad e impacto, llenas de fascinación. Gracias a su estructura, sugieren la capacidad de llamar a la vida por el poder de la palabra, por el poder de la palabra reafirmada. Que, especialmente en la escalera, va surgiendo y, al tiempo, creando. Quizá por eso, a pesar de pertenecer a un género literario contemporáneo, las escaleras concebidas por Francisco tienen un inusual poder evocador e invocador, una arrolladora fuerza verbal primigenia –la que habita las palabras sencillas, sin maquillar– que las dota de una innegable naturaleza poética, así como de un regusto ancestral y ritual muy cercano al conjuro.

 

Por otro lado, formalmente, en las escaleras y las columnas, sometidas a normas específicas relativas a una estructura que tanto tiene que ver con lo visual –y por ello, al tiempo, con lo geométrico y matemático–, advertimos una cierta herencia de la poesía concreta a la que Francisco se acercó en sus comienzos[18], ya que de hecho es considerado el primer poeta cubano en sintetizar y sistematizar la experimentación poética gráfico sonora. La escalera, más narrativa, sugiere el avance, el progreso. Mientras la columna parecería evocar el estatismo y la estabilidad. La columna constituye, visualmente, un firme pilar sobre el que se asientan los conceptos en ella enunciados, a los que la propia forma dota de una mayor autoridad.

 

Creo que, para hacerle verdadera justicia, esta antología e incluso la novela que presentamos hoy, dada su originalidad de poder ser leída también como una colección de cuentos, habría de ser valorada, además de por su innegable calidad literaria, en su particular contexto. Convendría recordar por tanto que en este país sólo muy recientemente el cuento, frente a la novela –y sufriendo un incomprensible e injusto agravio comparativo–, parece comenzar un lento y batallado proceso de revalorización que lo lleva a ser, finalmente, comprendido. En parte o en buena medida gracias a Francisco y al excelente trabajo de los narradores orales escénicos y a su labor de investigación, recopilación y renovación del género, de su difusión. Y en este sentido, Francisco, padre de la contemporánea Narración Oral Escénica, reconocido como tal en el mundo, el hombre que “Abrió una nueva era para la oralidad y transformó la historia de la oralidad artística”[19], el fundador de un movimiento de narración oral con repercusión mundial, que además comenzó siendo escritor antes incluso que narrador oral escénico y que, por lo tanto, conoce excepcionalmente el oficio –porque además se inició en la poesía, una disciplina que atiende a las esencias–, ha ofrecido un incuestionable e inestimable impulso que ha influido en autores, editores y lectores.

 

Otra de las virtudes de estas dos obras radica pues en ser testimonio de una labor pionera por parte de su autor, continuada a su lado por muchos de sus más brillantes discípulos, en favor de la revalorización de ese patrimonio cultural universal que es el cuento y muy especialmente la hiperbrevedad tradicional, antecedente de la hiperbrevedad literaria. En favor de la conservación de las tradiciones orales y memorísticas pero también, y muy importante, de la renovación de las mismas: de su acercamiento a la contemporaneidad literaria. En esta circunstancia cabe mencionar los cuentos escritos según las pautas del trabalenguas, los cuentos Tan, pero tan y, con especial énfasis, los cuentos de nunca acabar. Aquí, también, la colección Cuentos Onomatopéyicos, que responden a la idiosincrasia de la lengua castellana. Pues las onomatopeyas, como aquellos de ustedes que sean políglotas sabrán bien, varían de lengua a lengua, e incluso de país a país o de dialecto a dialecto.

 

De esta forma se introduce el cuento, incluso el que parte de tradiciones orales, en el ámbito de lo plenamente literario y vigente. A menudo se consigue dotándolo de un marco actual y dando pie a la crítica social, por ejemplo. Como sucede en algunos de sus “Cuentos de fantásticas criaturas”, en especial aquel en el que la acromántula no logra convencer a la comisión evaluadora de que le conceda la invalidez porque sólo ha perdido uno de sus ocho ojos. O dispensando nuevos y sorprendentes tratamientos a los personajes de los cuentos tradicionales, como la sirena, el ogro, el dragón o el lobo.

 

La labor de este autor se encuadra en un calculado proyecto para devolver al cuento, no sólo al oral sino también al literario, el prestigio que legítimamente le pertenece. Convendría no olvidar que el cuento como lo entendemos actualmente alcanza su madurez, y al tiempo esplendor, en el siglo XIX, con autores reputadísimos que dedicaron buena parte de sus esfuerzos a escribir cuentos excepcionales. Como Poe, que además teorizó abundantemente sobre el género. Podemos citar también a Hoffmann, Dickens, Hawthorne, Balzac, Maupassant, Henry James, Chéjov, Gogol, Tolstoi, Hemingway, Kafka, Ítalo Calvino… Hasta llegar al justamente aclamado Raymond Carver. También, figuras esenciales para las letras hispánicas, a las que tantísimo ha aportado Centroamérica y Suramérica, como Horacio Quiroga, Borges, García Márquez, el mexicano Carlos Fuentes... Y en el ámbito estrictamente nacional: Galdós, Clarín, Bazán… Más recientemente, Juan Benet o José María Merino. Hasta llegar a ejemplos tan notables en el microcuento como Ángel Olgoso, por citar sólo uno. El castellano cuenta con excelentes autores de cuentos que sólo ahora empiezan a conquistar del todo la consideración que merecen.

 

En concreto, la microficción tiene a sus espaldas una larga tradición a la que pertenecen tanto los haikús japoneses como los cuentos de Kafka, Jean Cocteau o Ítalo Calvino, por ejemplo. Aunque parece haber alcanzado su máximo esplendor con las letras hispanas. Augusto Monterroso nos dejó maravillosos microcuentos de los que el más recordado suele ser el inquietante “El dinosaurio”, si bien no renuncio a mencionar “El eclipse”, otro de mis preferidos. Borges también escribió algunos, entre los cuales su historia circular titulada “Un sueño”. A Ramón Gómez de la Serna debemos su truculenta “La mano”. A Cortázar, otros como “Las líneas de la mano”. A Bioy Casares, el brevísimo “Tigres”. A Borges y Casares hemos de agradecer la antología de 1955 Cuentos breves y extraordinarios, que contiene relatos de entre dos páginas y dos líneas.

 

Sin embargo en España sólo muy recientemente parece que hayamos descubierto la microficción. Actualmente proliferan los certámenes centrados en ella −entre los que, por supuesto, hay que destacar de los primeros los convocados por la CIINOE− y las antologías, de las que se demostraron excelentes precursoras La mano de la hormiga[20], de 1990, en la que por cierto se recogían algunos microcuentos de Francisco, y Mil y un cuentos de una línea[21], del 2007, con más de 140 autores entre los cuales Francisco fue antologado con especial amplitud.

 

La hiperbrevedad, una categoría especialmente compleja por la que personalmente, habiéndome acercado abundantemente a ella, nutro un profundo respeto y afecto, parece gozar ahora de una gran acogida. Quizá en consonancia con unos tiempos donde la agilidad resulta muy apreciada. Algo que de algún modo pronosticaba ya Ítalo Calvino al asegurar que una de las cualidades esenciales que la literatura habría de legar al próximo milenio habría de ser, precisamente, la rapidez.

 

El hiperbreve, aun no siendo una presencia única en la antología que hoy presentamos, sí goza de un peso indiscutible en la misma. No podía ser de otro modo pues Francisco se ha revelado un experimentado creador en este género, con libros tan fascinantes como los digitales Microfvisual[22], de narrativa hiperbreve visual, y Microficción / Microtextos: 50 formas literarias[23]. Prueba de ese interés por explorar las posibilidades artísticas de lo mínimo son también el inédito Bla bla bla bla sobre el amor y Le pido permiso para bailar con su osa, entre otros suyos. Pero lo cierto es que no sólo ha trabajado la hiperbrevedad en el ámbito de la narrativa, sino que también ha experimentado con ella en el contexto poético y dramatúrgico, en obras publicadas e inéditas. Incluso, en la compleja literatura para la infancia[24] y para la adolescencia[25], que tanta sensibilidad requieren. De hecho, basándose en su larga experiencia, ha escrito teoría de la hiperbrevedad −en Del cuento a la fugacidad que narra[26] y en Literatura e hiperbrevedad: Sacralización y desacralización[27]. A él debemos una aseveración que se me antoja de extrema importancia para entender la naturaleza de la microficción: “Y afirmo: Un hiperbreve que narra lo es sobre todo cuando desde su mínima extensión oral o literaria, desde su suceso o sucesos, es el detonante de evocaciones y asociaciones inconmensurables (mientras menos tenga el oyente o lector posiblemente más podrá suponer o imaginar).”[28]. Luego se me ocurre que el hiperbreve, al estimular al lector y posible autor de otras continuaciones o insospechadas interpretaciones y convertirse en origen de nuevas sucesivas creaciones, logra establecer lo más similar a un diálogo con el lector que se puede permitir la literatura.

 

También dentro de la hiperbrevedad se ha atrevido a innovar, experimentando con la combinación entre lo visual y lo literario o con la extrema economía de sus cuentos de una palabra o de una letra. Y aquí me parece muy interesante mencionar la sugerencia visual en la que se basan sus cuentos de una letra; la ingeniosa y perfecta armonía que existe entre la forma gráfica de la letra y el verbo que titula cada cuento[29].

 

Se puede decir que el autor se ha empeñado, consciente y voluntariamente, en investigar las posibilidades que se abren a convertir la hiperbrevedad cuyo límite máximo establece en las 200 palabras en hiperhiperbrevedad lo que el autor también denomina “hipermicroficción” y restringe a 10 palabras como máximo, pero que también gusta de llamar “género de la fugacidad narrativa” o “vertiginosidad narrativa” específicamente cuando en mínimos no respeta las partes estructurales de un cuento. Ello es, obviamente, fruto no de un tránsito fortuito, como demuestra un corpus textual suficiente como para desterrar la sospecha, sino de un profundo amor por el lenguaje. Del que pretende descubrir o ampliar, según cómo se mire, las fronteras. Y citaré a alguien con autoridad en la materia: de él Maruja Vieira, Académica de la Lengua de Colombia y España, ha afirmado Nadie como él ha logrado la expresividad absoluta de cada una de las sílabas de una palabra, hasta lograr proyectar el sentido profundo y misterioso que le fue dado al lenguaje desde el principio de los tiempos.”[30]

 

Respecto a su labor a favor de la hiperbrevedad en concreto, para argumentar la importancia de su legado y de nuestra deuda –la de quienes aspiramos a convertirnos en especialistas en esta categoría y la de todos los escritores en general, pues personalmente sostengo que la microficción es una de las mejores escuelas para aprender a escribir bien–, apelaré de nuevo a palabras de la académica Maruja Vieira[31]: Hay un nuevo lenguaje en el mundo. Es necesario dominarlo para que su hiperbrevedad no le haga perder el significado a las ideas. Una larga experiencia y un profundo estudio son el origen de estas páginas, que buscan orientar a los cultores del idioma que se aprestan a resguardarlo. Las Academias de la Lengua Española en el mundo deberán tenerlas en sus bibliotecas de consulta, como uno de los puntales en que seguirá sosteniéndose el edificio que han construido Mio Cid, el Romancero, Don Quijote de la Mancha y que ahora se debe asumir con el estudio que proporciona Garzón Céspedes en su Microficción / Microtextos: 50 formas literarias, que nos entrega la posibilidad de comprender múltiples formas, géneros y singularidades de la hiperbrevedad expresiva. No muchos autores pueden enorgullecerse de semejantes críticas tan elogiosas. Ya sé que lo han escuchado, pero aun así se lo repito: 50 formas literarias pertenecientes a la microficción… Es decir un enorme esfuerzo de investigación y reflexión.

 

Resulta innegable que los cuentos que hoy tenemos entre las manos, aun perteneciendo al ámbito literario, deben mucho al cuento oral, a la experiencia adquirida por el autor a lo largo de esa brillante y prolongada carrera que le ha llevado a ser considerado el mejor narrador oral escénico. Aun tratándose de cuentos literarios, de la tradición oral parcialmente se alimentan. Por temáticas, recursos, tiempos e incluso acercamiento al lector, según los casos. Son por ello cuentos especialmente vivos, especialmente cercanos al lector: capaces de llegar hasta él y conmoverlo o involucrarlo.

 

Porque todo escritor ha de ser escritor en el mundo y con el mundo; no debe perder el contacto con sus semejantes ni con cuanto le rodea. Con aquello que a menudo debería convertirse en su fuente de inspiración, si no quiere sumirse de forma permanente y ególatra en las simas de su propio ombligo. Se manifiesta así un temor que creo inevitable para un profesional responsable y consciente de lo que su trabajo implica; de lo peligrosa que puede llegar a revelarse esa profunda introspección que exige escribir cuando uno quiere ser realmente honesto. Y que, si no se sabe manejar, podría arrastrarnos a lugares sin retorno. Lo que Francisco describe magistralmente, en un alarde de capacidad sintética, en:

 

“Egocentrismo”[32]:

 

En el texto del escritor, la línea curva deviene espiral.

 

En esta clave hemos de interpretar su microcuento “Deformación Profesional”[33]:

 

Tropieza la rama insólitamente torneada como escultura por la naturaleza. Nada siente. Nada le sugiere. Ni oye el viento al rozarla. Como resultado, la despedaza. Cada vez es un escritor más famoso, más dedicado a la difusión de sus libros. Ya nunca observa, jamás lee por placer, menos escucha.

 

Porque el escritor, como el ogro[34], no es inmune: tiene sus propios fantasmas, esos terrores nocturnos que lo devoran aunque pueda parecer él, a priori, el predador sin competidores. El autor se enfrenta sin tapujos a sus miedos. Que son, inquietantemente, los mismos miedos que comparten todos los escritores. Especialmente, el temor al vacío en la página. Como en “Declive”[35], donde el protagonista finge que el único papel arrugado de su papelera es otro distinto…

 

Es una antología donde, en efecto, la reflexión sobre el oficio del narrador, la metaficción, hace acto de presencia aquí y allá. Con preocupación a veces, sí, aparejada a la conciencia de la responsabilidad; pero también, con gran sentido del humor, con fina ironía.

 

Como en “Desdoblamiento”:

 

Con pánico, bajo el agua, el escritor descorre la cortina de la ducha, pero no ocurre algo inusual. No aún. Porque él no es el personaje de la víctima, sino quien la asesinará.

 

Porque realmente para un autor, especialmente para un autor sincero, a veces resulta muy complejo separar su vida real de la de sus propios personajes.

 

El escritor ha de estar en el mundo, decíamos. Un mundo a veces frío y deshumanizado, como pone de manifiesto el cuento “Latido”[36]:

 

Cambió su viejo reloj de pulsera. Un objeto anticuado, maltratado por el tiempo. No obstante, decidió conservarlo encima. En el bolsillo superior.

 

El escritor ha de estar en el mundo precisamente para poder denunciar cuanto en él hay de mejorable. Por eso los cuentos que esta antología recoge no reflejan sólo preocupaciones referentes al ámbito literario, sino también de la vida cotidiana: la dicotomía que en la práctica se viene a crear entre la justicia y la ley[37], la publicidad engañosa[38], la violencia como reacción ante el medio o, si se quiere, los límites de la paciencia[39], la falta de empatía o la negligencia a la hora de intentar comprender a quien se diría peculiar[40], la temeridad al volante[41], la ausencia de reflexión y capacidad crítica[42], la mal entendida competitividad[43], la falta de afición por la lectura[44], la incomunicación o banalización del diálogo[45], el riesgo que comporta la venganza[46]… Qué más actuales que los consejos propuestos en los “Cuentos para conseguir empleo”. Especialmente teniendo en cuenta que provienen de un maestro en la comunicación. Aunque igualmente hay espacio para lo atemporal, para aquello que nunca pasa de moda, como la amistad, sobre  la que se reflexiona en los “Cuentos del amigo”.

 

Francisco no duda en echar mano de lo extravagante o absurdo, en pervertir los papeles, para demostrar que vivimos inmersos en un mundo de apariencias y prejuicios, en el que no pocas veces la que se diría víctima acaba revelándose verdugo; para alertar contra la arbitrariedad, contra los juicios de valor demasiado precipitados; contra las tomas de posiciones excesivamente inflexibles. Así, en “Apetitoso”[47]:

 

¿A cuál elegir?, se preguntaron. Y, desde su buen apetito, alisándose la cofia blanca y la caperuza roja, calibraron el peso del robusto lobo casi olvidando al enclenque leñador.

 

Porque es necesario usar la sensibilidad y la sensatez. Dejarse guiar por las apariencias, además de injusto, puede resultar muy peligroso.

 

“Prejuicio”[48]       

 

El guardaespaldas aparta al mendigo. Pero no al trajeado asesino.

 

Si abandonamos las orejeras, probablemente descubriremos que los monstruos no anidan en los cuentos y las leyendas, sino entre nosotros.

 

“Un basilisco en circunstancia humana”[49]

 

El basilisco, honrando su condición de serpiente nacida de huevo de gallina incubado por sapo, cacareó para de inmediato croar. Si atraía la atención del humano y éste le miraba sus enormes ojos amarillos moriría de inmediato: “Una condición humana menos.” Ansiaba el basilisco. Pero el humano, habituado a las tantas serpientes de su entorno con figuras humanas y a sus excentricidades, se aseguró de alejarse de inmediato sin ni siquiera un vistazo a aquellos quince metros de reptil coronados por una pluma escarlata. Reflexionando sí en que, “colmillos”, los de algunos de sus pretendidos semejantes. Esos ciertamente venenosos. El basilisco, de tan humillado, cuando intentó volver a cacarear no pudo decir ni “pío”.

 

Por eso, porque no obstante su voluntario optimismo el autor es plenamente consciente de la realidad que le toca vivir, “Cuentos de hombre y altura”, que en general recoge cuentos de tintes oníricos y de gran belleza tanto por su forma como por su contenido, llenos de magia, esperanza y confianza en el individuo, cuya capacidad de superarse y sorprender son ilimitadas, tampoco está exento de una mirada a veces mordaz. Porque a pesar del temperamento tolerante y conciliador tantas veces demostrado por el autor, el ser humano en general dista mucho de ser perfecto. Y no siempre ansía mejorar. De forma que, con un afán generosamente aleccionador, encontramos relatos llenos de ironía que lo ponen frente a sus miserias, como “Hombre y lengua”:

 

El hombre, en la cornisa, saca la lengua. Esa lengua temida por tantos. Después comienza a descender por su lengua. Con cuidado para no herirse con los filos. El hombre resbala en su propia saliva.

 

A destacar, siempre y especialmente, sin embargo, la extrema lucidez y la ternura, la fe en el prójimo y en los propios principios, la fortaleza interior que reflejan sus “Cuentos del loco”. Esos lúcidos “Cuentos del loco”, escritos desde mediados de los noventa e incluidos en el libro impreso Cuentos para un mordisco, por los que yo nutro especial predilección. Esos que han cautivado a tantos lectores y críticos; que se han incluido en diversas antologías y que tanto se han difundido por Internet también. Son losCuentos del loco” pequeños dardos certeros. Joyas que saben discernir perfectamente, cosa rara hoy en día, entre lo esencial y lo superfluo, entre lo prescindible y lo irrenunciable. Y es que creo que casi todos los cuentos de Francisco son Cuentos para locos lúcidos. Por eso quiero recordar uno de mis cuentos del loco preferido, uno que creo describe especialmente bien a su autor:

 

“Conexión”

 

El loco pensó la pecera. Eligió los peces dorados y los tragó sin dañarlos. Desde sí, iluminó.

 

No me cabe duda de que en este libro, en efecto, encontrarán iluminación.

. 

Es su autor un hombre de grandes principios, con admirables fines, que no desatiende ni subestima lo diminuto. A Francisco el árbol no le tapa el bosque; pero, insólita cualidad, ya dentro del bosque sabe seguir apreciando cada árbol. Y en cada árbol, cada hoja.. 

 

En definitiva, los cuentos recogidos en esta amplia antología son obras marcadamente literarias para aprender a ser feliz y a hacer felices a los demás; para potenciar cuanto de noble hay en nosotros. También, para recordar que hay que vivir la vida con pasión, sin renunciar, a pesar de todo, a nuestra propia inclinación y a los sueños. Sin perder nuestra identidad. Aunque ello suponga, a veces, parecer un poco raros a los ojos de los demás.

 

Por su parte, El amor es una bala de plata[50], que también presentamos hoy, puede ser considerado, si leído como una colección de cuentos en lugar de cómo una novela, el  primer libro de cuentos literarios extensos de Francisco. Supone por tanto un acontecimiento a celebrar, especialmente viniendo de manos del más famoso contador de cuentos, que ya deslumbró en su día a maestros del cuento literario como Julio Cortázar, quien declaraba sin empacho: “Garzón, narrador oral maravilloso, entrega el prodigio de cada una de las palabras”[51]. Imposible proponer una presentación más atractiva.

 

En El amor es una bala de plata se compendian una serie de circunstancias muy particulares que hacen de él un libro especial y especialmente original. Para empezar, formalmente, supone un ejemplo perfecto de las ventajas que el Sistema Modular de Creación –concretado en el ámbito de lo teatral en el Sistema Modular de Dramaturgia; pero como Francisco, su creador, ha demostrado, aplicable a otros géneros como el narrativo o el poético, con el que se inició– ofrece. Ya que esta antología, si leída como novela, en cuyo caso se titula Cazador de encuentros, adquiere una dimensión distinta.

 

La novela está escrita no en capítulos sino en módulos, es decir unidades, que pueden ser concebidos como relatos independientes, en cuyo caso nos encontraremos ante una antología de cuentos en la que se advierte como hilo conductor el amor. Quizá sería más apropiado decir los amores. Pero incluso si leídos como una novela, dichos módulos no pierden un cierto grado de autonomía en tanto en cuanto conservan un sentido propio: cada uno nos propone un conflicto o un matiz de la trama. Aunque sólo la mirada global a todos ellos, al elemento común que los une, nos da la clave final del argumento.

 

Es por tanto, esta obra, muy original en cuanto a su estructura. Pero no lo es menos en cuanto a su contenido: todas las historias que lo componen describen exclusivamente primeros encuentros.

 

Como su título sugiere, el objeto central es el amor. O el sexo. Aunque relatos o capítulos desconcertantes como el que abre el libro, "Como quien saca la cabeza a flote”, demuestran que el sexo no es nunca “sólo” sexo. Sin que por ello se pueda hablar, necesariamente, de amor en el sentido de amor de pareja. Aunque sí, al menos, de respeto hacia otro ser humano, de amor genérico a la especie. ¿Acaso se puede acostar uno con alguien que no le gusta como persona, que incluso nos repugna aunque sea externamente bello??

 

Para empezar el sexo implica, con la intimidad, confianza. Sobre ello reflexiona “La cadena y el colgante” –que reserva un final sorprendente–, donde entre un par de desconocidos que acaban de acostarse, cuando el colgante del hombre parece desaparecer del lugar en el que lo ha dejado, nace la sospecha y las acusaciones.  A menudo, en los primeros pasos de una relación, nos preguntamos si se nos ama o desea por lo que somos o por lo que poseemos. También dudar es humano, aunque la desconfianza no represente la mejor cualidad de la especie.de la especie.

 

Con toda la complejidad que caracteriza al ser humano, el amor que se nos presenta es un amor real; que lejos de resultar idílico, a veces puede volverse incluso despiadado. Como en “Girasoles sobre la piel”, donde el amante, defraudado por la falta de compromiso de su pareja, por la incapacidad de ésta de corresponder a la entrega recibida, le anuncia que está a punto de acostarse con otra. No se trata de una crueldad gratuita. Ni siquiera, exactamente, de una lección. Sino del trámite necesario para asegurarse de que no haya vuelta atrás en la ruptura; de que ella no pueda arrepentirse e intente perdonarlo. Quizá, también, un gesto de extraño altruismo: para asegurarse de que, con el tiempo, una vez pasada la punzada inicial del despecho, ella no pueda sentirse culpable por la ruptura.

 

Encuentros y desencuentros; recuerdo y olvido. Amores fugaces como nuestras vidas. Amores suspendidos en el tiempo: esos amores inigualables porque, a falta de un final verdadero, uno siempre puede inventarles uno perfecto que pudiera haber sido. Incluso amores fingidos únicamente con ánimo de lucro, de tender una trampa con la que desplumar al incauto como en “Con una certeza”, en el que la humanidad vence y la bondad, finalmente, recibe su justa recompensa. Amores, también, malogrados por falta de consideración hacia el otro.

 

Historias protagonizadas a veces por profesionales de la palabra –“Toda la escena”, “Una presa al alcance de la mirada”–, en las que podemos suponer, cuanto menos, un cierto grado de autobiografía. Al fin y al cabo las historias que escribimos son siempre, consciente o inconscientemente, de una u otra forma, nuestras propias historias. Como sabiamente explicaba Gabriel García Márquez, “El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar”. ¿Y acaso existe algo más difícil de explicar que el amor o el desamor?

 

Es el primer libro de cuentos que no pertenecen al género de la brevedad escrito por Francisco. En él se advierte un considerable esfuerzo por comprender y comprenderse. No en vano ha tomado forma a lo largo de unos veinte años. Tiempo de maduración ampliamente justificado por la responsabilidad que el autor, sabiéndose referente por lo que respecta al cuento oral contemporáneo, siente sobre sus espaldas.

 

Se podría hablar de sexo oral en el sentido de que, en este libro, se habla de sexo incluso más de lo que se practica, que no es poco. Y ello porque la esfera del sexo es compleja y amplia, no se circunscribe únicamente a la cama. En estos relatos cobra especial importancia la seducción, ya comprenda ésta un cortejo o no, o independientemente de que la aproximación sea más o menos directa y más o menos apresurada. Casi siempre los personajes se conocen a través de la palabra antes de conocerse a través de los cuerpos. O incluso si la aproximación física al final resulta, por circunstancias varias –a veces precisamente esa aproximación a la psique del otro–, limitada o casi nula. Porque estas historias, como la vida misma, están plagadas de finales imprevistos.

 

Y porque las personas se sienten cada día más solas y necesitan ser escuchadas, necesitan contar sus historias: la mejor forma de conjurar sus demonios. Historias en su mayoría con la ciudad como telón de fondo, con un deshumanizado marco –especialmente en “Un aire de inocencia”– en el que los personajes a menudo parecen perdidos, a la deriva en busca del otro cuerpo al que aferrarse para obviar el naufragio. Aunque al final éste se revele sólo una certeza temporal. A la búsqueda, sí, aunque no a cualquier precio. Porque el sexo no es nunca sólo sexo.

 

Finalmente descubrimos que el amor, mejor o peor, aun cuando pueda doler como una bala de plata, no es una enfermedad mortal. Mata sólo la incomunicación y la indiferencia. Mata, también, la soledad y la falta de confianza. Mata la incomprensión y el egoísmo, el desamor: la distancia impuesta por el ser que amamos. Pero salva la mano tendida del desconocido, el buen samaritano que desinteresadamente se preocupa por el semejante, que quizá llama a una emisora nocturna y esparce poemas al viento o deja su teléfono para que cuantos oyentes lo deseen puedan llamarle. Que presta oído a tantas historias que merecen ser escuchadas, y que en el fondo se reducen a una historia sola con muchas caras. Una historia eterna dentro de cada uno de nosotros, y también eterna porque repetida una y otra vez. Incluso con las mismas palabras, que por arte de magia se renuevan continuamente para aparecer originarias e inmaculadas, vírgenes cada vez. Una historia que también merece ser leída. Motivo por el cual no les desvelo más sobre una obra que consigue hacer compatible la originalidad y la sorpresa con un realismo y cotidianidad en los que todos podemos reflejarnos. En la que, a pesar de todo, aún queda espacio para la esperanza, para la confianza en el ser humano. Lo que significa, por supuesto, tener confianza, siempre, en el amor.

 

“El literato de puerta cerrada no sabe nada de la vida. La política, el amor, el problema económico, el desastre cordial de la esperanza, la refriega directa del hombre con los hombres, el drama menudo e inmediato de las fuerzas y las direcciones contrarias de la realidad, nada de esto sacude personalmente al escritor de puertas cerradas”, decía César Vallejo. Francisco, por el contrario, es un ser humano vivido que se ha dejado emocionar y aún sacudir por la realidad. Todavía lo hace. Y ello enriquece su obra y la acerca al lector.

 

El amor es una bala de plata pone de manifiesto una vez más la puntería del siempre diestro Francisco Garzón Céspedes, que en su faceta literaria vuelve a alcanzar con su brillante pluma, con su prosa en esta ocasión, a sus muchos y fieles lectores. Es éste un libro para leer sin prisas; para degustar como el buen vino. Y es que, como el buen vino, ha sido madurado con mimo en barrica vieja bajo la mirada del aclamado creador, que a lo largo de veinte años ha vertido en él a partes iguales, con profusión, maestría literaria y experiencia vital. Es éste un caldo rotundo y honesto, de buqué contundente y al tiempo fresco; capaz de cautivar tanto a paladares versados como diletantes. El amor es una bala de plata: una embriagadora obra llena de exquisitos aromas y múltiples matices.

 

Convengo con Waldo Emerson: “El talento solo no basta para hacer un escritor. Detrás del libro debe haber un hombre”. Y yo afirmo que éste, éste que está detrás de los dos libros que presentamos hoy y que tienen ustedes ahora delante, sólo parcialmente delante y quizá aún más en carne y hueso dentro de estas obras que hoy les invito a leer, es, además de un gran escritor y un inconmensurable hombre de escena, un excepcional ser humano. Decía Octavio Paz: "Los poetas no tienen biografías. Su obra es su biografía". Yo añadiría que esto es cierto para cualquier escritor, independientemente de su género.

 

No podría explicar lo último que deseo afirmar con palabras mejores que las de Marguerite Duras, y con ellas comienzo a cerrar esta intervención: “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor, es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es.

 

Cualquier explicación que yo haya intentado darles palidece ante la obra de Francisco. Sin duda se puede atribuir a mi torpeza, pero yo prefiero pensar −no por estúpido orgullo, se lo aseguro− que se debe más bien a la incomparable magia que reside en nuestros textos, ésa que a menudo se marchita cuando intentamos encerrarla en un prosaico análisis. De modo que si quieren profundizar en la figura de Francisco Garzón Céspedes, entenderle un poco más y entender más hondamente su grandeza, habrán de leerle primero.

 


[1] Francisco Garzón Céspedes, Amor donde sorprenden gaviotas, Editorial Letras Cubanas, Instituto Cubano del Libro, Ministerio de Cultura, La Habana, Cuba, 1980. 

[2] Donde la gaviota, por lo general símbolo en su obra, desde los años setenta, de la libertad, el amor y a la confianza, adquiere una compleja polisemia ligada no pocas veces a la justificada añoranza.

[3] Perteneciente a la Colección “Cuentos del dios lúcido”.

[4] Textos del autor publicados por las Ediciones COMOARTES, Colección Gaviotas de Azogue 41, México D. F., México / Madrid, México / España, Marzo 2008, y recogidos en Francisco Garzón Céspedes, Microficción / Microtextos: 50 formas literarias, Ediciones COMOARTES, Los Cuadernos de las Gaviotas 17, Madrid /. México D. F., España / México, 2011, p. 29.

[5] A esa necesaria “honestidad profesional” se ha referido en algunos de sus ensayos sobre la oralidad escénica: “Es difícil acercarse a este arte, e imposible alcanzar su cima, si no se es muy buena persona” (Francisco Garzón Céspedes, Cómo aprender a contar oralmente y a comunicarse mejor / El arte oral escénico de contar (teoría y técnica de la oralidad escénica y la oralidad escénica insólita modular, las dos: sus propuestas y creaciones al mundo), La Habana: Editorial Adagio, Ministerio de Cultura, CNCC, 2011, p. 9; impreso). Interrogado sobre la formación que habría de poseer un narrador oral escénico, el autor responde: “En primer lugar, debe ser una buena persona; si no se es auténticamente buena persona el proceso de la oralidad no será verdadero, no será honesto, no tendrá la auténtica fuerza de la verdad, de lo real; se elegirán malos cuentos, se agredirá al público o se le ofenderá, se traspasarán sus límites. Entonces es muy importante ser una buena persona, conocerse a sí mismo, conocer los propios recursos, posibilidades, conflictos o incapacidades, saber qué es lo que tiene que aprender o incorporar…” (Cómo aprender a contar oralmente, op. cit., p. 74).  

[6] En “Cuentos del contador de cuentos”.

[7] En los “Séptimos cuentos del loco”.

[8] En “Cuentos del contador de cuentos”.

[9] En “Cuentos del contador de cuentos”.

[10] “El loco puso su corazón en la línea de fuego al compartirlo” (“Indefensión”, recogido en los “Quintos cuentos del loco”).

[11] En “Cuentos del contador de cuentos”.

[12] “El contador de cuentos creaba desde su invención y contemplaba a los interlocutores hechizados por el poder evocador de las historias. Y pensaba, de nuevo esa noche en medio de la luz pensaba: ‘Ojalá las expresiones de los rostros fueran más terrenales’. No se sentía un dios.” (“Artista”, texto incluido en la colección “Cuentos del contador de cuentos”).

[13] Ibid.

[14] De “Desencuentro en el país de la magia”, perteneciente a “Los cuentos del dragón”, en el que el dragón explica a la presuntuosa doncella que no está predestinado a enamorarse de ella.

[15] Francisco Garzón Céspedes, El corredor de infinitos (cuentos de nunca acabar para adultos, varios visuales). Madrid: Ediciones COMOARTES, CIINOE, 2012. Colección “Garzón Céspedes” 2; impreso.

[16] De “Dudología de los eslabones”.

[17] Esa solidaridad y lealtad que deja una huella especialmente sobrecogedora en los “Cuentos de a cuatro”, cuatro mujeres a veces y, a veces, cuatro hombres.

[18] Francisco Garzón Céspedes, Cantos a la revolución, el pueblo y el amor (poemas y poemas visuales), La Habana: Editorial Letras Cubanas, Ministerio de Cultura, Instituto Cubano del Libro, La Habana, Cuba, 1985; y Francisco Garzón Céspedes, Desde los órganos de puntería (poemas experimentales escritos entre 1966 y 1969), La Habana: Ediciones Unión, Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), 1971. Éste último, primer libro de poesía experimental editado en Cuba y primer libro de poesía de experimentación en el mundo que, sistemáticamente, al verso libre unió los hallazgos de la poesía concreta, y, en general, los hallazgos de la poesía visual y sonora o de la novísima poesía o experimental.

[19] Según palabras de Fernando Rodríguez Sosa, Premio Nacional de Periodismo Cultural del Ministerio de Cultura de Cuba, publicadas en Semanario Opus Habana, Volumen CXI, Número 37, 23/10 a 29/10, 2011.

[20] Antonio Fernández Ferrer, La mano de la hormiga / Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas, Antología, Fugaz Ediciones y Ediciones Universidad de Alcalá de Henares, España, 1990.

[21] Aloe Azid, Mil y un cuentos de una línea, Thule Ediciones, Barcelona, Cataluña, España, 2007.

[22] Francisco Garzón Céspedes, Microfvisual: Historias hiperbreves visuales (cuentos de microficción y textos de la fugacidad narrativa experimentales). Madrid/México D. F.: Ediciones COMOARTES, CIINOE, 2010. Los Cuadernos de las Gaviotas 5.

[23] Francisco Garzón Céspedes, Microficción / Microtextos: 50 formas literarias, op. cit.

[24] Francisco Garzón Céspedes, Cupido Juglar, el niño más travieso, EDUCA, Editorial Universitaria Centroamericana, San José, Costa Rica, 1985, y Editorial Gente Nueva, ICL, Ministerio de Cultura, La Habana, Cuba, 1987. Francisco Garzón Céspedes, Raúl, el tirapiedras y la bola de barro, La Habana: Editorial Gente Nueva, Ministerio de Cultura, Instituto Cubano del Libro (ICL), 1987.

[25] Francisco Garzón Céspedes, Cupido Juglar, mensajero de la ternura, Editorial Amaquemecan, Amecameca, México, 1987.

[26] Francisco Garzón Céspedes, Del cuento a la fugacidad que narra (teoría y técnica literaria). Madrid/México D. F.: Ediciones COMOARTES, CIINOE, 2011. Los Cuadernos de las Gaviotas 35.

[27] Francisco Garzón Céspedes, Literatura e hiperbrevedad: Sacralización y desacralización (teoría y técnica literaria). Madrid/México D. F.: Ediciones COMOARTES, CIINOE, 2011. Los Cuadernos de las Gaviotas 44.

[28] Francisco Garzón Céspedes, Del cuento a la fugacidad que narra, op. cit, p. 17-18.

[29] Por poner sólo un ejemplo, “Limitó”: T.

[30] Maruja Vieira, “Las formas, géneros y singularidades de la hiperbrevedad”, en Francisco Garzón Céspedes, Microficción / Microtextos: 50 formas literarias, op. cit., p. 5.

[31] Ibid., p. 5.

[32] En “Unos y otros escritores de la tribu”.

[33] Ibid.

[34] En “Círculo”, de “Cuentos del Ogro”: “Hombre alguno devoraría al ogro, mujer alguna lo lograría. El ogro, no obstante, es devorado. Y no por un animal. Lo devora entero el ogro de su pesadilla.”

[35] En “Unos y otros escritores de la tribu”.

[36] En “Cuentos del bisturí.”.

[37] En “La justicia de la ley”, de “Los cuentos del dragón".”.

[38] En “La publicidad engañosa”, Ibid..

[39] En “Reacción a acciones”, Ibid.

[40] En “Sin y con prejuicios”, de “Los cuentos del dragón”, y en “Un unicornio con dos cuernos”, de “Cuentos de fantásticas criaturas”.

[41] En “Conducción”, de los “Séptimos cuentos del loco”, o en los ingeniosos relatos que componen “Cuentos de tráfico".

[42] En “Derivación”, de “Cuentos de la oficina".

[43] En “Currículum”, Ibid..
[44] En “Contabilidad”, Ibid.
[45] En “Mensaje”, Ibid.
[46] En “Pedrada por pedrada”, de “Cuentos sociales del siglo XXI".XI”.
[47] De “Cuentos de personajes con cuentos”. Pero también en todos los cuentos pertenecientes a “Del lobo feroz”, en realidad.

[48] En "Del cine de gángsters VII”, parte de “Cuentos de personajes con cuentos”.

[49] En “Cuentos de fantásticas criaturas”.

[50] Francisco Garzón Céspedes, El amor es una bala de plata (cuentos) o Cazador de encuentros (novela), Madrid: Ediciones COMOARTES, CIINOE, 2012; impreso.

[51] Boletín UNESCO, número 94, La Habana, Cuba, enero-febrero, 1985..