Levantémonos
 
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Se incendió mi casa:

Ahora nada me obstruye

la visión de la Luna.

Mizuta Masahide (1656-1723)

 

 

Siempre será fácil culpar a alguien de nuestras desgracias. Sea dios, el diablo, la naturaleza o la maldad de nosotros los seres humanos. Por eso no creo en esa frase que aflora, con una facilidad pasmosa, en casi cualquier costarricense ante los infortunios: “Es la voluntad de dios”. Si dios o quien sea quiere verme de rodillas, y si ese detalle lo hace feliz, entonces me arrodillaré ante su voluntad y alzaré los brazos hacia el cielo, cerraré los puños y le diré: “aquí estoy arrodillado”. Luego me levantaré y caminaré de nuevo.

 

El jueves 8 de enero, a las 2:30 de la tarde, poco más de una hora después del terremoto de la 1:21 pm, llegué a mi casa en las cercanías del epicentro. Una fuerza descomunal había sacudido la construcción sin contemplaciones, una mano poderosa, en apenas unos segundos, agrietó las paredes, botó cuanto objeto estuvo en su paso, dejó los cuadros colgando en posiciones ridículas, como si un bromista hubiera estado por ahí. Mientras tanto, afuera una tarde bellísima, típica del verano tropical, daba la impresión de que nada había sucedido.

 

Anduve la casa en silencio, ese que da el misterio, la impotencia. Imaginé la ira de la tierra, la fuerza alejándose furiosa desde el volcán Poás, la casa temblando, quebrándose en medio de un ruido espantoso que hería, sin piedad, el silencio de la tarde. Imaginé los pájaros abandonando los árboles. Un escalofrío se apoderó de mi piel. Me sentí infinitamente pequeño y caí de rodillas, ante la severa demostración de una réplica de más de 4 grados, alcé los brazos, cerré los puños y pensé: “Si eso te hace feliz aquí estoy”. Y me levanté. Otro fuerte temblor me sacó de la casa. Desde afuera los balcones bailaban a un ritmo incomprensible y el árbol, en cuya sombra me protegía, se sacudía con idéntico sometimiento.

 

Pasó una semana. Borré las heridas visibles. La casa recuperó su esplendor. Aún quedan cicatrices para el tiempo que irán desapareciendo en ella y en mí, y luego quizá llegue a ser sólo un detalle. Durante estos días, hora tras hora, más que un trabajo juzgué que me estaba levantado para caminar de nuevo.

 

 

En el fondo del hermoso paisaje de las montañas, repitiéndose la escena, como una señal persistente de la tragedia, el ruido de los helicópteros me acompañó, yendo y viniendo, unas veces volando hacia Los Bajos del Toro, otras hacia Cinchona o Pavas. En un momento dos, luego cuatro y enseguida uno. Como las hormigas, pareciera que no se agotan, en su trabajo o en su deseo de no permanecer arrodillados ante la desventura. Y junto al susurro de las naves las réplicas me devuelven el escalofrío de la tragedia. La tierra sigue palpitando como un enorme ser vivo que necesita acomodarse.

 

Levantémonos. Que nada nos derrote. Volvamos a reconstruir la maravillosa ruta a San Miguel de Sarapiquí, las casas, las fábricas, las fincas, los hoteles, las sodas. Aprendamos y recuperemos la sonrisa. Con sus defectos y virtudes esta es nuestra tierra. Aquí vivimos.

 

 

Felipe Ovares Barquero

Guacalillo, Barva, Heredia.

Donde la tierra sigue moviéndose.

14 de Enero de 2009