Soldados en la pared
 
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Los meses no son largos

ni los días ni las noches.

La guerra es la que es larga.

Guillaume Apollinaire

 

Se trata de un libro que deberíamos leer. Lo descubrí por casualidad. Lo acaba de leer mi madre que, con ochenta y tantos calendarios encima, aún conserva la rebeldía de aprender y de cuestionar a tanto yuppie vende patrias. Se lo leyó de un tirón. Y cuando me lo devolvió me dijo: “Esos gringos son jodidos”.

En Santo Domingo todo lo celebran con pólvora, de la brava, de la que asusta a cualquier primerizo, y peligrosamente vuelve desentendido a quien está acostumbrado a este folklore medieval. Esto último lo puedo afirmar porque en plena guerra en El Salvador, una mañana me desperté en la madrugada con unas ganas inmensas de irme a ver lo que yo creí era una diana[1]. ¿Cuál diana? Toda la noche se la pasaron matándose y yo soñando que estaba en mi casa. “¿Qué están celebrando?” Le pregunté, ingenuamente, a mi querida anfitriona mientras desayunábamos en su residencia en el Barrio La Sultana. “Pues nada. La guerrilla asaltó el cuartel tal. Hubo varios muertos de ambos bandos”. Y siguió comiéndose los huevos revueltos como si aquello hubiera sido una diana.

Desde aquel lejano día, cada vez que me despiertan con pólvora agudizo el oído y cuando finalmente logro escuchar la cimarrona sé que estoy en mi vergel. Doy media vuelta y sigo durmiendo. Algunas veces me levanto y voy a ver qué están celebrando.

En diciembre de 2007 hubo una de tantas festividades con pólvora y cimarrona. En esta ocasión decidí ir a buscar el motivo. Me encaminé olfateando la pólvora y la charanga hasta llegar al parque. En la esquina de la municipalidad había una respetable cantidad de gente. Llegué al final de uno de los discursos. Aplausos y luego pum, pum y enseguida la cimarrona con una magistral interpretación de la cumbia de los pajaritos en una versión blues.

Al primer conocido que me encontré, afortunadamente, fue al popular Golazo. Estaba sombreado junto a una de las palmeras de la esquina del parque. “¿Qué están celebrando?” Le pregunté. Con su dedillo tembleque me señaló una manta que cubría parte de la pared en la entrada principal de la municipalidad. “Van a develar una placa con los nombres de los combatientes domingueños[2][3] de la guerra contra los filibusteros”. Me dijo. Luego no pude escuchar el resto de su respuesta porque la pólvora volvió a retumbar en el cielo mientras la cimarrona finalizaba la ejecución.

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Lo primero que se me ocurrió fue pensar en algún pariente lejano por el lado materno cargando un fusil. Desgraciadamente, entre tanta laguna poblando mi cabeza, el árbol genealógico se me pierde más allá de los bisabuelos. Sigo especulando para mis adentros: cuando quiten esa manta y se dé la ocasión iré a buscar a ese soldado. En algún momento de la conversación con mi querido amigo Golazo le confesé mis angustias por no saber casi nada acerca de esa guerra. Él, como siempre muy ceremonioso, me sentenció: “Si querés saber de la guerra contra los filibusteros léase 'Cuando la patria ardió' de Luko Hilje[4]”. Se vino otro discurso, otro pum, pum y más cimarrona. En esas estábamos, disfrutando de “Caballo viejo” cuando mi contertulio, otra vez levantó el dedillo tembloroso para indicarme una figura entre la multitud. “Ese carajo canoso es Luko Hilje”. Enseguida me obsequió una charlita repleta de detalles curiosos del mencionado escritor.

Repasé varias veces la lista de soldados homenajeados en la placa y no alcancé a dilucidar cual de ellos podría ser mi posible pariente lejano. Al día siguiente muy temprano me aproveché de la soledad que dan los domingos a esas horas y le tomé varias fotografías a la placa. Me las llevé como un tesoro recién descubierto. Tengo pendiente recorrer el árbol genealógico, que debo ir completando, a ver si llego a alguno de esos valientes.

Unos días después mi amigo Golazo me obsequió el libro “Cuando la patria ardió”.

***

Recién finalizaba este texto me llegó un correo de Luko Hilje que adjunto a continuación.

¡Buenas tardes, amigos! Como se ha anunciado hoy en Informa-tico mi artículo "Los combatientes domingueños" fue seleccionado y postulado por un comité internacional para participar en este renombrado premio en Europa.

Es una linda noticia, sin duda, e independientemente de lo que suceda es ya, en sí, un homenaje a nuestros héroes y heroínas de la Guerra Patria (tan intencionalmente olvidados por muchos en su propia patria, irónicamente).

Con afecto patriótico... y domingueño.

Luko

[1] Para el ejército: toque militar al comienzo de la jornada, para despertar a la tropa. Para los domingueños: toque de una cimarrona que señala el comienzo de uno de los tantos días festivos.

[2] La placa dice: Municipalidad de Santo Domingo. Comisión y sub-comisión de Cultura. Homenaje a los héroes domingueños de la Campaña Nacional 1856-1857.

Alejandro Araya Argüello

Enrique Arce Argüello

Félix Argüello González

Toribio Argüello González

Juan de Jesús Arias

José María Arroyo Araya

Julián Bolaños Rodríguez

Pascual Bolaños Rodríguez

Félix María Bolaños Vargas

Gabriel Cantillano Bolaños

Pablo Cantillano González

Domingo Carrillo Bolaños

Sebastián Chaves Barquero

Alejo González Chacón

Manuel León Brenes

Valerio León Esquivel

Patricio León González

Juan Orozco

Sotero Portorrico

Ramón Salas Araya

Pedro Vargas Arce

Juan Manuel Villalobos Ocampo

“…Habéis cumplido enteramente vuestro deber para con la patria”.

Juan Rafael Mora Porras, 1856.

Santo Domingo, 1 de diciembre de 2007.

[3] Raúl Francisco Arias Sánchez. Los soldados de la campaña (1856-1857). Editorial UNED. 2007. En este libro se compila la lista de todos los soldados de esta heroica guerra.

[4] Luko Hilje. Cuando la patria ardió. Editorial UNED. 2007. Son 27 relatos escritos en una prosa que atrapa al lector desde el párrafo inicial. Se consigue en la librería de la UNED. 50 al norte de Fresas. Vale 3,500 colones y se puede pagar con tarjeta.

 

Felipe Ovares Barquero

Desde Santo Domingo de Heredia.

9 de junio de 2008