La silla frailera

 
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Estaba la pájara pinta

sentadita en su verde limón,

con el pico recoge la hoja,

con la hoja recoge la flor…

 

Desde inicios del siglo XVI los hermanos franciscanos del monasterio de Vishakhapatman(Andhra Pradesh, costa oriental de la India) mantienen viva una curiosa tradición, la cual consiste en recibir con pompa y ceremonia, el tercer miércoles de cada febrero bisiesto, una nueva silla frailera. Durante los cuatro largos años, que separan una celebración de la siguiente, el hermano ebanista, junto con dos aprendices, fabrican una exquisita silla con finas maderas y esmerados detalles labrados a mano. A pesar de la sencillez y frugalidad implícita en la orden religiosa el trabajo se puede catalogar como una obra de arte. La nueva supera a la anterior en calidad, belleza y comodidades.

 

La costumbre, cuya regla monástica jamás ha sido escrita pero que resiste la indolencia del olvido y el hastío de los siglos, reza que el ungido, para posarse en tan extraordinario regalo divino, debe ser el hermano superior. El actual Abad, de origen birmano y lejanas raíces uzbekas, el querido Epsy Lonh ha estrenado siete sillas y a pesar de sus noventa y tantos calendarios continua gozando de excelente salud. Su puesto es vitalicio. El ritual del trono, como lo llamó alguna vez un díscolo monje albino, se remonta a su fundador Antonio de Padua, un franciscano que emigró a la India. Su único pecado, la carne es débil, fue llevar su tesoro: una silla frailera obsequio de su íntimo amigo Leonardo Da Vinci. Al llegar a su destino un marino grosero lanzó la caja desde la embarcación, al chocar contra el muelle el valioso contenido se quebró y no pudo volverse a usar. Un ebanista local que luego abrazaría la orden mendicante le fabricó una idéntica para lo cual ocupó cuatro años, debido a los extraños mecanismos ocultos y que tuvo que descifrar. Durante mucho tiempo se la estuvo renovando cada cuatro años hasta que la tradición se instauró.

 

Procesión, misa solemne y banquete engalanan la celebración del recibimiento de la nueva silla. La culminación es el ritual, al inicio del convite, cuando el prior toma posesión sentándose en la flamante creación luego de una breve oración en sánscrito y salpicadura con agua bendita importada de Lourdes, enseguida levanta los brazos y dice, también en el lenguaje litúrgico del hinduismo: “Devas adāt datas” y el conglomerado responde en canto gregoriano “Devas dāsyati dhānās” y repiten la frase seis veces[1]. La regla también establece que la silla dejada por el prior será tomada por el hermano de mayor permanencia en el monasterio y la suya irá al siguiente, y así sucesivamente, hasta que todos cambian de silla esa tarde gloriosa, las que van quedando sin dueño pasan a la biblioteca. Los monjes para el agasajo se sientan de tal manera que dando un giro en contra de las manecillas del reloj se apoderarán de su “nueva” silla luego de la bendición, obviamente, todas, excepto la del prior, son de segunda mano[2]. Al día siguiente, jueves, el superior bendecirá las maderas que el hermano ebanista seleccionó para su nueva empresa de los siguientes cuatros años y así hasta la consumación de los siglos seguirán imitando el trabajo pionero de Leonardo Da Vinci quien murió en 1519 sin darse cuenta de su legado.

 

La fiesta tiene un agregado extraordinario cuando el miércoles del febrero bisiesto coincide con el de ceniza[3], en estos esporádicos casos, la parafernalia ceremoniosa alcanza ribetes casi celestiales, incluyendo la invitación de todos los obispos y cardenales de la India y de algunos países del sudeste asiático, también participan los rectores [4] de las universidades pontificias dispersas por el mundo. Desde hace doscientos años se acostumbra invitar al papa de Roma que siempre se excusa por ser un viaje extenuante y no exento de peligros. Sin embargo, a pesar de su ausencia, algunos pontífices han solicitado una de esas sillas. Desde 1698 los monjes han enviado media docena incluyendo la original, excepto ésta, las restantes eran usadas. Se pueden observar en la Biblioteca Vaticana.

 

La tradición ha sorteado con éxito las más severas crisis: tifones, inundaciones, hambrunas, incendios, saqueos, ingleses, portugueses y corsarios, la final de un campeonato mundial de cricket y hasta la muerte súbita de varios hermanos ebanistas. En 1624 el prior Antonio Pedro Pablo Coimbra de Melo y Asis, pariente lejano del poeta portugués Luís Vaz de Camões, murió durante el banquete.

 

Investigadores del renacimiento italiano, expertos en la vida y obras de Leonardo Da Vinci, sospechan que el diseño de la silla frailera se hallaba en el Codex Atlanticus junto a la bicicleta pero desapareció por alguna razón aún desconocida. Algunos especulan que se trató de celos, pues la silla que en un principio sería para Ludovico Sforza terminó en manos del franciscano, pariente de un amigo íntimo de Da Vinci llamado Salai. Francesco, el heredero de Leonardo al ver las anotaciones al lado quemó los planos.

 

En febrero de 2008 cuando tuve la dichosa suerte [5] de visitar el monasterio y participar en la actividad religiosa, me interesé, morbo latinoamericano, por la reacción de los monjes, se me antojaba un acto de soberbia del prior: estrenar siempre la silla frailera. Sin embargo, el hermano bibliotecario, un ciego original de Burgos de nombre Jorge, me explicó, mientras caminábamos por el exquisito bosque del cual extraen la madera para crear las sillas: “Se trata, más bien, de un acto de humildad y sumisión del resto de los hermanos. Al fin y al cabo, una silla es sólo una silla”. Y luego de un silencio interrumpido por los cantos de los gallitos, agregó, citando un antiguo y sabio proverbio turkmeno. “El trono no hace al Rey. El Rey hace al trono”. Y dicho eso empezó a tronar y tuvimos que correr para eludir la ventisca que soplaba desde lo profundo de la bahía de Bengala.

 

Luego supe de boca del hermano gordo, cuyos dedos parecían guineitos sazones, que el monje albino que se sublevó dos años antes de la celebración de 1844 propuso abolir la costumbre para que la silla fuera rifada entre todos. Curiosamente fue hallado muerto, dos meses después del inicio de su revuelta, en la base de un risco junto al monasterio con la lengua manchada de una extraña sustancia color violeta. Esa noche soñé que vagaba extraviado en un laberinto tapizado con libros en idiomas inverosímiles mientras me iban cayendo sobre el rostro una a una las hojas de “El nombre de la Rosa”.

 

 

[1] Sin despreciar la rígida semántica y la exótica semiótica me atreví a traducir sendas frases así: “Dios nos dio dientes” y “Dios nos dará pan”. Agrego sin titubeos, siempre y cuando no le hagamos caso a lo que ven en la bola de cristal los economistas.

 

[2] Literalmente de segundas nalgas. “Muchas más” me corrigió el mayor de los hermanos cuando leyó este texto y que se apresta, Dios mediante, a relevar algún día a Epsy Lonh.

 

[3] Se premiará con una silla frailera, último modelo, a quien responda la siguiente pregunta: ¿En qué año caerá la próxima gran celebración: miércoles de ceniza en año bisiesto?

 

[4] Muchas universidades, cuyos rectores, participan en la celebración suelen copiar de alguna manera el paradigma de la silla frailera.

 

[5] Representé al rector, pues renunció a efectuar el viaje. Le pareció muy severo y los viáticos irrisorios.

 

Felipe Ovares Barquero

Entre cantos gregorianos

y sillas fraileras gastadas.

22 de febrero de 2009