Coro de pajaritos

 
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Canta un responso el sapo

a las pobres estrellas

caídas en su charco.

José Tablada

Algo no está bien. Querido lector y lectora, quizá usted también lo sabe y “Yo sé”, o a lo mejor sólo “Yo sé” y estoy delirando, solo, frente a la tumba de un hombre que un día escribió la verdad. No coloque nadie su fotografía sobre este texto sin antes escribir, en la intimidad y mirándose al espejo de su conciencia, su “Yo sé”. Antes debería ejercitarse desmenuzando la denuncia de Pier Paolo Pasolini titulada: “Yo sé”[1] para descubrir si esta cita es textual. “Todos quieren saber la verdad, pero no saben lo que supone saberla... Si sabes la verdad, tienes una responsabilidad enorme: la de contarla. Porque si no lo haces, te conviertes en cómplice o en aquel que decide sobre el destino de las personas por no haber dado esa información”.

Pero nos cuesta demasiado hallar esa fuerza que tienen los valientes cuando deciden enfrentarse a la incertidumbre de lo que viene al defender la verdad, a contra pelo de los que yacen sobre nuestras cabezas o a quienes nos intimidan para controlar el teatro de las marionetas. A menudo nos derrota la fuerza del miedo. Pero “ahora que tengo un alma que no tenía” aquí van algunas reflexiones.

Siempre habrá alguien que se moleste por una verdad. O porque canta un sapo solitario más ronco que los pobres y mansos pajarillos. O como escribió alguien por allí: “La verdad no está en un sueño está en muchos sueños”, el problema sería no despertar. Mi defecto es observar, presentir, sospechar, pensar, no creer en todo. La ley del iceberg: se ve el 10 por ciento, el resto debes deducirlo, si aceptas lo que te cuentan caerás a sus pies. Y si por escribir la verdad te echan bastará con recordar el Principio de Peter, para el consuelo de mi estimable amigo Gabriel, “En una jerarquía, todo empleado o empleada tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”.

Da lástima, no encuentro otro sinónimo más certero para expresarlo. Da lástima ver en una universidad[2] gente que tiene miedo, gente que se arrodilla, gente que se doblega ante el poder. Gente que obedece la invisible línea oficial. No puede ser. Siento repugnancia del coro de pajaritos que alguien dirige. “A ver, a ver, mis queridos emplumaditos ahora todos juntitos cantemos las alabanzas”. Y todos cantan o silban el guión escrito entre tantas manos. Cantan hasta los que no debieran cantar. Cantan los que desean huir porque no soportan la mascarada. Cantan los que lloran sus miserias. Cantan los que ni siquiera pueden votar. Cantan para hacer coro, para meter ruido. Cantan para matizar la apariencia. Cantan en sol mayor sostenido aunque estemos con el paraguas abierto. Cantan porque tienen miedo. ¿O serán tan listos que cantan por otro motivo?

Cantémoslo claro. Si alguien quiere subir en la jerarquía que lo haga por sus méritos, por el progreso que hemos visto con sus acciones, por sus maravillosas ideas, por que cada frase suya nos llena de ilusión y optimismo, por que realmente no queda duda, nos hace creer en ellas como personas de confianza, que piensan en la institución ante todo y jamás en desviar el agua hacia sus molinos.

Cantémoslo claro. Si ya les pedí el voto para llegar a una instancia y enseguida convierto un flamante navío en un velero sin brújula y sin timonel confundiendo a la Osa Mayor con la Menor, si les ofrezco básicamente lo mismo que les prometí con la misma redacción sospechosa y ambigua del pasado, si hice de una tripulación armoniosa y alegre un simple pleito de perros, de cuya casa de los sustos han huido los que pueden y hasta mis más cercanos colaboradores no quieren completar el dúo. Entonces algo está mal.

Cantémoslo claro. Si alcanzo un puesto de elección, por ética, por moral, por compañerismo, por lealtad a mis votantes, debería terminar el reinado, es lo mínimo que la buena conducta me debería dictar a mi religiosa conciencia. Ese debe ser el compromiso, del cual hago alarde en mis reiteradas promesas, con la institución. Independiente de las viejas prácticas que serenan mi conciencia. El capitán inflexible se hunde con el barco.

Cantémoslo claro. Si de pronto, en la acera de enfrente, me enamoro de otro puesto, también de elección, para evitar las aburridas clases, para no descuidar mi pensión o por lo que sea, me parece una falta de respeto para el colectivo universitario volverles a pedir el voto. Se trata de una comedia. O por simple respeto debería antes renunciar y dejar que el dedo de los votantes decida si me vuelve a creer.

Pero en fin. A veces nos comportamos como un coro de mansos pajaritos y cantamos lo que ellos quieren escuchar. Para evitar al experto en Biblia, cito a:

Mateo 5:5 “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” O lo que de ella nos dejen.

O quizá esta del Deuteronomio 22:10 “No ararás con buey y asno juntamente”.

El sobresalto es que siempre son los mismos, brincando de puesto en puesto, como un sapo[3] en un charco decorado con piedras en las cuales, el bandido batracio, siempre quiere estar: asoleándose sobre la más confortable.

Al buen sapo también le va bien batirse en el barro.

En una elección usted decide donde quiere ver al sapo…en la piedra o en el charco. Total aquí estamos, el resto del colectivo, con el agua hasta el cuello pero contentos. Para eso nos contrataron: en esencia para estar en el charco.

[1] Todos, algún día, despojándonos del miedo, deberíamos escribir nuestro “Yo sé”, señalando nombres, desnudando mentiras.

[2] Para quedar fuera del mal de ojo, aclaro que este comentario se refiere a la Universidad Pontificia del Atolón de Kapingamarangi, donde estoy disfrutando de una beca y los brujos no tienen ni idea de que existo. Cualquier parecido es mera casualidad.

[3] Me encantan los sapos. El uso que hago de este bello animal en el texto es metafórico y púdico, casi lúdico, y tal. Una fábula si se quiere. Si aún así algún sapo se siente ofendido, le suplico me disculpe.

Felipe Ovares Barquero

En Casarsa, contemplando

la tumba de Pasolini. Solo.

07 de Marzo de 2009