Réquiem tardío por Don Peppino
 
 site hit counter

Por amor a mi pueblo,

no callaré.

Giuseppe Diana (1958 - 1994)

 

1

 

Me llamó muchas horas después del asesinato. Tantas como para despertarme en la madrugada. No se cuántas veces sucede, sólo sé que son pocas, pero jamás se pueden olvidar. Nunca para comunicar una buena noticia. Una de esas sobrecogedoras llamadas telefónicas, que lo sacan del sueño tempranísimo, sucedió hace muchos años. Fue en 1994, mi querida amiga Simonetta Petacci me telefoneó desde Casal di Principe, despuntaba el 19 de marzo. Conservo en mi recuerdo, como un tatuaje en neón verde la maldita hora 3:19. Allí se acabó el sueño. Me sacó de la tibia cama para contarme que habían matado a Peppino. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Respiré profundo queriendo impedirle el paso a las lágrimas, estaban allí, las sentía venir, volví a respirar, más profundo aún, pero fue imposible. Bajaron y no pude seguir hilvanando frases. Corté. Luego le devolvería la llamada, necesitaba recuperarme.

 

2

 

Hará unos días empecé a leer “Gomorra” un libro revelador de Roberto Saviado, desnuda el alambicado mundo de las mafias del sur de Italia: el imperio de la Camorra. La lectura atrapa desde el primer momento, la abrumadora y descarnada violencia que Roberto desmenuza con pasión y a veces con tinte literario no permiten abandonar el libro, a pesar de la considerable cantidad de información: una mezcla de novela negra y ensayo periodístico, y además, una sentencia de muerte para su autor por desvelar una verdad inmensa. Ahora se mueve con escolta y vive oculto. Si se lee con detenimiento y ojo crítico es fácil llegar a una triste conclusión: aquí tenemos los ingredientes, falta mezclarlos y la explosión mafiosa se apoderará de nuestro vergel. Basta ojear los diarios y comparar, auscultar el sistema, cualquier sistema, asomarse al sub-mundo, desarropar la telaraña. Nos tienen atrapados. Es imposible cambiar de curso, vamos hacia ese agujero negro. La lista es larga: carteles, narcotráfico, influencias, miedo, dinero fácil. Toda conciencia tiene un precio, no importa cuánto, la compran.

 

Una tras otra fueron pasando las páginas. Al llegar a la mitad del libro, el autor, había mencionado al menos tres historias conocidas, pero sentía una deuda, no aparecía mi querido amigo Peppino, faltaba contar su cruzada antimafia. Con cada nueva página pasada, su ausencia se hacía más notable. A lo mejor, la narración me fue llevando hacia ese deseo de volver a encontrarme con él. Al abordar el último tramo del libro, casi como colofón, postre o premio, surgió con un guiño de ironía, un capítulo entero titulado, por supuesto: “Don Peppino Diana”[1]. Anoche una extraña penitencia o un conjuro de coincidencias me hizo cerrar el libro. Había un coro de pajaritos en mi cabeza. Lo dejaría para luego. Soñé que Simonetta me llamaba en la madrugada para preguntarme si me gustaban las mariposas. Le respondí que si y colgó. Luego, supongo que sería otro sueño, un hombre vestido de blanco purísimo me tenía arrodillado exigiéndome explicaciones. Mi pecado: haber escrito algunas verdades. No supe el final. En el fondo un grupo de mariposas entonaban una versión gregoriana de “Salve Santus Parens”[2] entre sábanas blancas flotando en el viento. En medio de aquel decorado inquisidor y celestial, surgió la voz suave de Simonetta, otra vez, soplándome al oído: si te condenan te convierten en mártir.

 

3

 

Lo mataron el día de su cumpleaños: el 19 de marzo de 1994 a las 7:30 de la mañana, para que fuera un detalle descifrable. Los mafiosos dejan mensajes claros. Según lo relata Saviano, cuya relación coincide casi con la de mi amiga. El asesino, de los que abundan ahora para cualquier pendejada, entró a la iglesia San Nicola di Bari, en Casal di Principe, y preguntó:

 

-¿Quién es Don Peppino?

 

-Soy yo.

 

El mafioso apuntó. Pum, pum, cinco tiros y listo. Dio media vuelta y salió sin prisa, sin ocultarse. Había concluido su trabajo: callar para siempre a Peppino, un mensaje simple: callar a todos, callados y arrodillados se ven más bonitos y no corren peligro. Fue la decisión más difícil de los clanes napolitanos: matar a un cura díscolo. Los capos, su familia, los miembros del clan, todos son religiosos, en una mano cargan la Biblia y en la otra una AK-47. Rezan y matan, matan y rezan. Matar a un cura no está en el manual de la mafia, pero Peppino estaba incomodando. Sus arengas poco a poco irían descarriando ovejas de los clanes al camino del señor.

 

Así describe Roberto Saviano el pensamiento de Peppino Diana “no escuchaba los líos de las familias, no condenaba los amoríos de los varones ni andaba consolando a mujeres cornudas: había cambiado con naturalidad el papel del cura de provincias. Y había decidido interesarse por las dinámicas del poder, y no solo por los corolarios de la miseria; no quería únicamente limpiar la herida, sino comprender los mecanismos de la metástasis, bloquear la gangrena, detener el origen de lo que hacía de su tierra un yacimiento de capitales y reguero de cadáveres”.

 

Saviano me ha vuelto a contar el último día de Peppino. Una versión literaria. La de Simonetta fue más sentida, fraternal, cómplice. Nos conocimos los tres en un viaje en tren de Brindisi a Roma.

 

Aquella madrugada necesité dos horas para superar un llanto indescifrable y una tristeza irrevocable fruto de la mala noticia. Le devolví la llamada. Me contó de prisa “Han colgado sábanas blancas en las barandas de los balcones, en las ventanas, en los alambres de los patios. Es una protesta silenciosa. Trapos blancos por Peppino. Lo silenciaron”.

 

[1] Pág. 238. Roberto Saviano. “Gomorra”. DeBolsillo. 9ª. Edición. España. 2009. 7,500 en la Librería Internacional.

 

[2] Me gusta la versión de los monjes benedictinos de Saint Michael. Casi nunca la escucho en la casa, el motivo es muy simple, nuestro querido gato “Chemita” odia los cantos gregorianos y cualquier clase de ópera. Prefiere las baladas.

 

Felipe Ovares Barquero

Todavía estoy vivo,

esperando al inquisidor.

11 de marzo de 2009