El bar de la esquina

 
 

A cierta gente le gustan los bares rosa de San Pedro y Escazú. Desde que tiene sueños de trenes lejanos, Heredia, también empieza a coleccionar bares de esa clase. Si a un bar lo frecuentan las hijas de mi estimable colega Solanito, basta para ponerle la etiqueta de rosa o baladí. He tenido, por compromiso, que chuparme tres o cuatro horas leyéndoles los labios a mis contertulios, pues el volumen no deja que la voz llegue a tus oídos, en uno de esos sitios “cool”. Me siento como una botella en un mar sin nombre, sin barcos a la vista, sin islas desiertas, sin costas cercanas. Una botella que lleva un mensaje en su barriga pidiendo a gritos que lo lean. Pierdo en tales circunstancias una noche de mi vida y después de coleccionar cierta cantidad de calendarios esas pérdidas duelen. Eso sí, gano una madrugada con la mente repleta de retumbos viendo las horas, en rojo neón, yendo a ningún lugar. Busco un detalle en el cielo raso de mi cuarto que salve a ese bar de una x para siempre, pero no lo encuentro.

“¿Por qué prefiere ir a la Olla que al Jazz Tal o al Observatorio?” Me pregunta mi querida amiga Sisy.

Veamos la diferencia. Desde que llego a la Olla me siento entre gente cálida. Pablito el cuidador me está esperando, observe el cariño al recibirnos, nos busca el mejor lugar para parquear, está atento a los detalles, si alguna puerta o ventana quedó abierta. Nos saluda con una ternura familiar, sabe nuestros nombres. En los bares rosa me revisan, de pies a cabeza, dos gorilas en la entrada, van armados, les tengo que mostrar la cédula, las llaves, la billetera y el celular, de su olfato medieval depende nuestro ingreso. Para ellos somos delincuentes. Nadie nos conoce, nadie nos saluda. Nos atienden con desprecio. Al entrar en la Olla nos recibe Jahaira con un abrazo cargado de sentimientos que van a parar directo al alma, es un afecto genuino. El detalle vale la noche. He llegado a ese bar desilusionado del mundo y de la gente, con su afectivo y poderoso abrazo ella me devuelve la ilusión, dejo de ser un robot y vuelvo ser humano. No sé si lo sabrá, su abrazo siempre es curativo. En “Julk-Escazú” dos falsos puñales apuntando directo al corazón te reciben, están enfundados en dos tallas menos. Los labios color púrpura de la rubia se me acercan al oído para susurrarme, el ruido no le permite otros trámites, “anima esa carita tan seria que estás en tu noche de suerte, chaval” yo te voy a atender, y en seguida me pasa, a la altura del antebrazo, su artillería pesada. Un latigazo me recorre la piel, el desasosiego empieza en la cabeza y termina en la factura. Allí nada es gratis.

Pasemos a la barra, todos son mis amigos, con todos he conversado alguna vez, me saludan con el mismo calor humano que lo hizo Jahaira y Pablito. A cada uno de los contertulios lo saludo por su nombre: Rolando, Pepe, Alonsito, Roberto, Hernán, Marvin Antonio, Karlita, Ana María, Blanca Guerra, Allan, Gerardo, Cristóbal y un largo etc. Se respira un ambiente social familiar: una hermandad. Un centro de salud mental diría mi primo JR. Son mis sicólogos. En el “Bule” soy un sospechoso que cada tres segundos recorre con ojos de perro policía alguno de los mamulones de la seguridad.

En la Olla, el azar caprichoso, algunas veces me coloca al lado de la muchacha del escote pedagógico. Huele a campos de algodón, a sábanas blancas. Es inevitable recordar a Miriam Hernández cantando “Huele a peligro”. Hoy, a nuestro lado está Milton, es mecánico, viene del trabajo. No tiene que pedir, ya saben que toma Flor de Caña. Tenemos los mismos gustos musicales: nada de Arjona, ni de Vicente Fernández. Él ignora que de Vicente me gusta, además de la yegua, “Un millón de primaveras” y “Estos celos”, pero espero que nunca se dé cuenta, aunque mi querida amiga Sisy amenazó con traicionarme. Al estar junto a Miltón tenemos tema para rato. En algún momento se encenderá una chispa y el grupo de contertulios se tornará en una obra de teatro, cada uno en su papel, esa magia se la he ido insinuando a ella. Nos separa un abismo de la amargura de los bares de San Pedro “infestados de guiris, bolingas, taquimecas” y de narcos que disparan sonrisas blanqueadas con láser y de chuzos en las aceras.

Luisito nos pondrá a Juan Luis Guerra que nos gusta, luego, sobre el filo de la media noche llegará la música de los 80 para Milton y nosotros.

Después de muchos viajes. Espero impaciente, Sisy me escribirá un mensajito al celular: “Vamos a la Olla”. Iremos. Esa noche dormiré feliz. Por el cariño de todos. Por la sonrisa de ella. Y me acordaré de Sabina pidiendo con su voz desafinada “que no te cierren el bar de la esquina”.

Y para que la procesión acabe en paz alguien pide “Quisiera” de Juan Luis Guerra y esa me llega al corazón después de tres rones. Me miro en la pecera y sonrió mientras canto entre dientes. “Y salir contigo disfrazado de horizonte”.

Felipe Ovares Barquero

Lunes cerrado.

18 de julio de 2009