Medicina cuántica

 
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Ella tenía un remedio para cada mal y una sonrisa abundante. Así de fácil. Yo en cambio apenas estaba cayendo en la cuenta de que los cambios fundamentales de la sociedad podían tener lugar sólo con la transformación de la conciencia individual. La conocí en el entretiempo de un Paris Saint Germain – Betis. Lo primero que me llamó la atención fue su desprecio sistémico hacia el espectáculo, tenía entre las piernas un libro en tonos acuáticos con tres margaritas flotando en un espejo sombrío en la portada. Lo leía como si el resto del mundo fuera un laberinto y en sus páginas amarillas estuviera la clave para descifrarlo.

-¿Le gusta el fútbol? –Fue mi primera pregunta.

-Para nada.

-¿Entonces qué hace aquí?

-Estoy asoleándome. Además me siento bien con el oleaje desordenado de la gente, el caos es una energía que me entusiasma y eso es bueno para el alma.

-¿Qué está leyendo?

Por respuesta me mostró el libro. “Amor, sexo y castidad” de un tal Krishnamurti. Luego lo abrió en la contraportada y me señaló la fotografía del autor. Mi primera impresión fue un parecido ambiguo con el ex seleccionador argentino César Luis Menotti y el peón de mi tía el finado Neno Cartera.

-¿A qué te dedicas?

-Trabajo en un herbolario. Soy la ayudante.

-¿Y eso?

-Curamos a la gente con hierbas y una técnica japonesa llamada Reiki que utiliza las manos para transmitir la energía del universo con fines terapéuticos.

-¿Curan cualquier enfermedad?

-Lo que sea. Siempre tenemos fe.

-¿Hasta el mal de amor? –Le pregunté haciéndome el chistoso.

Me miró con desprecio desde el fondo de unos ojos apacibles y soñadores. No agregó nada más. Se levantó y se marchó. Cuando reaccioné ya era demasiado tarde. Estaba enfermo de amor. La multitud se la había tragado para siempre. La busqué por los rincones absurdos de un Paris perezoso y veraniego, gasté los ahorros de un mes en taxis, visitando los herbolarios las bibliotecas y las librerías. Nada. Y cuando me quedé sin nada, tuve que irme. Nadie había visto a esa mujer de belleza indescriptible que leía a Krishnamurti.

Hice una escala en Notre Dame. Encendí velas a los santos piadosos que ayudan en asuntos de amor. Subí al altar de rodillas. Bajé al Sena. Deambulé por calles aledañas. Descubrí una replica de la estatua de la Libertad. Visité una librería en l'Ile de Saint-Louis, le pregunté a un díscolo dependiente, con rostro de sacristán y ademanes ambiguos, si alguna mujer joven y esbelta como de esta altura había comprado un libro de Krishnamurti.

-Non Monsieur. Ayer una anciana se llevó dos de Osho por el precio de uno.

-¿Alguna con las mismas características qué buscara libros de hierbas medicinales o las técnicas japonesas de Reiki? –Insistí.

-Non Monsieur. Pero le puedo ofrecer una reimpresión del antiquísimo “De virtutibus herbarumde Platearius. Es un libro muy famoso del siglo XVI. La versión original vale unos diez mil euros. Pero ésta se la dejo en 20. Umberto Eco la cita en su novela “El nombre de la Rosa” y también Rudyard Kipling en “El Ojo de Alá”.

Por supuesto que no le quise decir que estaba equivocado. Si Umberto Eco citaba ese libro jamás podría ser del siglo XVI. En las librerías contratan a cualquier vendedor. Pensé y callé. Pero él continúo.

-Del tema de Reiki hasta la otra semana. Pero tengo el Wong Kiew Kit; Chi-Kung para la salud y la vitalidad. Es una técnica similar.

-¿Y usted cree en eso? –Le pregunté, ya mosqueado.

-Oui Monsieur. La energía es maravillosa pero aún sigue guardando sus misterios. Lo que llamamos calor humano es en realidad una frecuencia de energía electromagnética que emana del cuerpo dadas ciertas circunstancias. Según la intensidad tiene diferentes aplicaciones, por ejemplo, una frecuencia de 2 Hz regenera los nervios, 7 Hz fortalece los huesos, 10 Hz es para los ligamentos, en fin.

-¿Y se aplica en abrazos o en ampollas? –Le dije en broma.

-Cualquier contacto físico puede ser bueno. Pero sin duda no hay nada más saludable que el intercambio energético producido al hacer el amor con la persona amada.

Lo dejé mientras silbaba una versión allegro ma non troppo de Les neiges du Kilimanjaro.

Desde algún punto por allí vi la parte alta de la Torre Eiffel. Di marcha atrás hasta la Gare d’Orléans. Me refugié en el tren y desde entonces pienso: Aún nos queda París.

En el viaje nocturno a Madrid, soñé que Menotti me sacaba del partido después de haber anotado dos veces, el sustituto era Neno. Me quité la camiseta del modesto Deportivo Juan Gobán, la tiré sobre la línea de cal y me marché a correr por la playa hasta llegar a Manzanillo, sin detenerme, ni volver la vista atrás. Buscándola. No podía entender, Neno tenía entonces unos sesenta y cinco años mal vividos y Menotti lo puso a jugar en mi lugar. Qué cólera. Al despertar, el tren cabalgaba junto a la costa del Atlántico en algún lugar entre Biarritz y Bayonne, era la primera vez que veía el océano tan cerca, nunca antes había estado en Limón. Fue como descubrir el mundo al revés.

En Madrid me conformé con los volúmenes de un librero desaliñado seguidor del Rayo Vallecano. Eran seis libros con los secretos para remediar los males con hierbas exóticas y tradicionales. Me leí dos, en los recesos que me daba el cura español de la Catedral de Alajuela que se sentó a mi lado en el vuelo de Iberia Madrid - Santo Domingo - Panamá.

Cuando llegué, me sentía como “Blacamán el bueno vendedor de milagros”. Acabé recetando lágrimas de limón ácido diluidas en miel de abeja para el dolor de garganta y más de trescientas infusiones similares.

Fue a mediados de este verano nefasto cuando empecé a sentirme enfermo. El colapso de la globalización se me vino encima, ese insaciable consumismo de querer tenerlo todo me cobró factura completa y con intereses. Al final terminé en un hospital, conectado a un computador mediante Internet, para que otro aparato más inteligente me velara de noche y de día desde Houston, y según su análisis de sistema experto, me fuera recetando vía satélite las odiosas drogas.

Entonces llegó ella. Entró con un ramo de calas. Esa sonrisa blanca que disuelve. Ese pelo negro. Esos ojos imposibles. Esa magia que fluye de su carita gitana.

Yo, el hacedor de milagros, descubrí esa tarde que mi abuela, como siempre, tenía razón: “el calor de mujer es la panacea, cuando no cura mata”. Basta el abrazo de ella que te quiere para paliar los males, una mirada, ese contacto cuántico donde cada célula siente la presencia del amor y se conmueve y reacciona para sentir la felicidad de estar vivo, la necesidad de estar sano, el impulso para seguir.

Desde sus ojos almendrados llegaron esos dos rayos infinitos acariciando cada punto de mi cuerpo simultáneamente, como si fueran en realidad incontables punzadas de alivio mezclados con una sonrisa como un cataplasma cósmico. Un abrazo me transmitió la ilusión de su existencia y en cada mimo de sus manitas un soplo de esperanza. Una sensación tibia fue disipando mi frío glacial.

Me desconectó de los cables. Me trajo a la vida. El espejo me devolvió la imagen de un héroe de película, con una barba apacible de semana y media, con la pinta de fotógrafo de la Nacional Geographic, sombrero australiano y chaqueta de cuero, dispuesto a no rendirme otra vez. Recordé aquel libro de Neruda: “Confieso que he vivido” y pensé, aún tengo cuentas pendientes y no dimitiré ni de mis sueños ni de mis rebeldías.

Gracias Encanto donde quiera que estés.