La maestra de Panamá

 
 site hit counter

Llueve otra vez.

¿Se acordará la gotera

de que existe?

Tsing-Tzinc (1581-1650)

 

Mantengo un sitio en Internet con mi nombre. “Una pendejada” me dijo un querido amigo, que además agregó para maquilar su ironía “pero te entiendo”. Así son de sinceros los abrazos. Los abrazos rotos. Llevo además una estadística de lo que le suceden a los “cuentos” que navegan bajo esa bandera. Digamos, para mitigar el morbo, que todo está dentro de mi oficio. Me ejercito para estar al día. Aprendo, investigo y luego enseño. En fin “otra pendejada” por la que no pagan muy bien pero algunas personas la disfrutamos. Gana siete veces más un economista por leer la bola de cristal.

 

La lectura de esa bitácora me permite saber de que países y ciudades entran a esos cuentos, si los leen o si apenas los miran y se van. Sé si regresan. Sé otros detalles que no tiene importancia mencionar aquí. No sé el nombre de las personas porque eso requiere otras herramientas más sensibles que no me ofrece el software y además no es fácil, aunque de falsos hackers y crackers esté lleno el infierno digital. Prefiero el anonimato. Si alguien desea mostrarse, allí va mi correo electrónico al final de cada “cuento”, pueden escribirme. Lo hacen desde lugares inverosímiles y me alegra.

 

Este es un ejemplo, alguien, puntualmente, lee mis “cuentos” desde un lejano lugar llamado Larvik en Noruega. Ni idea de quien será. Le agradezco el detalle. Larvik es un puerto en una bahía en el sur del país, allí nació Thor Heyerdahl (1914-2002), el antropólogo y explorador noruego. El navegante solitario. También entra alguien de Skien y de Tromso en el mismo país pero con menos frecuencia.

 

De todos los “cuentos”, entre los 10 más leídos, siempre se encuentran “El huevo de Colón”, “El puente de los emprendedores”, “Bajina Basta”, los dos del paralelo 10, “La química del amor”, “Lenguas muertas”, “El discurso de Hitler”. En octubre “El huevo de Colón” sube al primer lugar, la efemérides tiene un peso enorme. El público se acuerda del almirante de la mar océano durante esos días. “Bajina Basta” está en los lugares de privilegio por la pésima ortografía de los navegantes de la web, andan detrás de una vagina, entran a Google y escriben “la bajina más …” y el buscador les sugiere mi página. Decepcionados al no hallar un cuerpo desnudo salen enseguida. Pero ya el daño está hecho, ese “cuento” sumó un punto sin merecerlo.

 

En marzo de 2009 el promedio de visitas se disparó con respecto al mejor mes. La culpa la tuvo alguna maestra [1] en Panamá. Eso fue lo único que se me ocurrió para motivar el desbarajuste estadístico, ese incómodo pico en el gráfico lineal. Alguien al sur de nuestras fronteras, en la capital: Panamá City, eso si lo puedo asegurar, les dejó una tarea: investigar ¿cuáles paralelos y meridianos tienen monumentos y dónde están ubicados? Las visitas desde Panamá saltaron del lugar 23 al 4 en la última semana.

 

La pregunta obvia es ¿Por qué llegaron a mi sitio? La respuesta es simple, tengo dos “cuentos” relacionados con el tema de los paralelos, meridianos y monumentos, me refiero a “¿Quién se llevó el paralelo 10?” y “El paralelo 10 y los ladrillos tatuados”, Google les sugirió a los estudiantes el primero. Cuando descubrí el ingreso masivo desde Panamá y el motivo decidí darle una ojeada, lo leí varias veces y concluí que podría servirles para su tarea. Lamenté la ausencia de imágenes, el mojón que reivindicaba el paso del Paralelo 10 Norte por la Universidad Nacional continúa sin placa y en el olvido. Aún así, lo fui a buscar, le tomé varias fotografías, también capturé algunas de la franja imaginaria por donde transita y tan pronto como pude las coloqué en la página. Espero que los niños de Panamá tengan éxito con sus deberes escolares[2]. Me encantaría que a partir de ahora no olviden el detalle: por la Universidad Nacional en la ciudad de Heredia en Costa Rica pasa el paralelo 10 norte y había un monumento. Y me olvidé del asunto.

 

Mojón visto desde la gradas

Click sobre la imagen para ampliar


 

Ayer una llamada me sorprendió mientras degustaba una sopa negra con huevos en el mercado viejo de Heredia, era una mujer, con acento de vendedora de tiempos compartidos. De esas que le ofrecen una cena gratis por tu linda cara. Pero en un segundo descarté la opción. En la maldita base de datos, en la cual tienen registrados hasta el nombre de mis tres gatos, almacenan un error grave que los delata, me preguntan por mi nombre completo que sólo mi madre, cuando se molestaba, me lo decía: Luis Felipe Demetrius de Jesús y Tal. Así me llaman para ofrecerme el cielo y la tierra los miles de vendedores. Al escuchar mi nombre completo les digo: “marcó equivocado” y me atengo a San Judas Tadeo, el santo de los casos difíciles y desesperados para que opriman “delete”. Pero esa mujer me llamó por mi nombre abreviado: Felipe. “Si. ¿Qué desea joven?” le respondí repitiendo el estribillo de las muchachas que atienden la soda donde estaba almorzando. Entonces sucedió lo inesperado. Punto y aparte.

 

“Fíjese que soy una maestra de Panamá y mis estudiantes leyeron su cuento acerca del Paralelo 10 Norte que atraviesa la Universidad Nacional […] nos interesamos tanto con el tema y el deseo de ver el monumento que nos vinimos en excursión a buscarlo. Don Felipe (me insiste, casi llorando) no lo vemos, suponemos que debería estar por aquí, tengo a treinta y cinco niños y cuatros maestros más el chofer al borde de un ataque de nervios. Todos quieren una fotografía al lado del mojón […] ¿Qué #$$# hago? Ayúdeme”.

 

Respiré profundo. Maldije a los burócratas y a mi pluma traicionera. Pensé un instante largo. Se me enfriaron los huevos[3] y la sopa ¿Ahora qué hago? “Ya llego. Espéreme 15 minutos” le murmuré.

 

Imaginé hallarme con una auténtica “guagua” panameña, similar a la que tomaba a diario para viajar de Bugaba a Boquete, pero no, aquello era un flamante bus de turismo. Destellaba espléndido frente al parquecito, al lado de los tres teléfonos públicos que la línea imaginaria del paralelo 10 norte atraviesa. Al bus lo partía en dos. Afuera. En la acera un puñado de güilas y güilos de diversos colores y tamaños decoraban el paisaje urbano.

 

Llegué tan turbado que me presenté como lo haría el agente 007. “Soy Ovares. Felipe Ovares” y sin mucho preámbulo me los llevé como el flautista de Hamelin[4], no eran ratas, eran niños siguiéndome, niños investigando, niños aprendiendo: sonrientes, caóticos, inocentes. Entramos al parqueo de Ciencias Sociales, lo recorrimos hasta el edificio antiguo. Nos acercamos a las gradas externas del inmueble y les señalé el mojón. Y para salvar el honor de la honorable universidad necesaria les mentí “Por allí pasa el paralelo”[5]. Nos tomamos miles de fotos. Subieron las gradas para tomar otras fotografías desde arriba. Me besaron. Me abrazaron. Me sentí como un político convencido de la verdad de sus mentiras. Luego los llevé al lado de la piscina del Palacio de los Deportes para tomarnos otras tantas fotografías frente a otro mojón: con placa y en el lugar correcto. Esta vez les dije: “Por aquí pasa el paralelo 10 Norte”.

 

Arabela de Peraza, así se presentó la maestra de Panamá, me estampó un beso enorme cuando nos despedimos. La excursión a un lugar marcado por la caprichosa geografía había concluido.

 

Nadie me tiene.

 

[1] O Maestro por aquello de la “paridad de género”.

 

[2] Un niño llamado Diógenes me escribió desde Panamá, unos días antes del affaire de la maestra, me pregunta: “¿Señor me deja plagiar algunas partes de su cuento del paralelo, es para una tarea?”. Le respondí: “Déle camino…”.

 

[3] A mi querida amiga, la sicóloga Susana Cabezas, le aclaro que esta frase no tiene doble sentido, por favor no se lo busque, es literatura pura e ingenua.

 

[4] Der Rattenfänger von Hameln escrita por los hermanos Grimm.

 

[5] Por allí pasa el paralelo 9:59:58, es decir casi 10 norte.

 

Felipe Ovares Barquero

Tres años después,

y en la misma esquina.

 

16 de abril de 2009