Más de cien años de soledad

 
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Esta es la vaca, hay que ordeñarla

todas las mañana para que produzca leche

y a la leche hay que hervirla para mezclarla

con el café y hacer café con leche.

Gabriel García Márquez[1]

Hay libros adorables. Los motivos son diversos. Algún día contaré la historia del libro de Garamond. El primero que compré porque me dio la gana, fue una versión modestísima de Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, aún lo conservo, por razones obvias no voy a dar los datos de la editorial. Pagué ocho colones en una librería llamada Palomares ubicada en las inmediaciones del parque central en Heredia. Tengo también, la Historia de la literatura española de la Editorial Kapelusz, impresa en 1945, cuyo primer dueño la maltrató demasiado, aún así sigo convencido de que es un tesoro. Y otros tantos que personas muy especiales me han obsequiado. Todos tienen una historia y algunos una dedicatoria.

***

Librería El Erial 

Sucedió en los lejanos tiempos de la escuela. En un contexto vagamente medieval. Mi primo me llevó a recoger un Quijote a San José, se lo había encargado a un viejo librero propietario de una compra y venta llamada El Erial, localizada cerca de la iglesia de la Soledad. No sé si aún existe, aunque varias veces he sentido la enorme curiosidad de ir a buscarla, sigo sin hacerlo. Era un lugar desordenado, colmado de libros y revistas de segunda mano, en donde merodeaba un olor a naftalina, tabaco rancio y aceite de jengibre.

Mi primo se obsesionó con adquirir la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha publicada por el cervantista Francisco Rodríguez Marín[2] de la serie Clásicos Castellanos de Espasa-Calpe. Sin embargo, el dueño le había conseguido una más reciente que según su erudición era de insuperable valor.

–De las ediciones de Francisco Rodríguez, la mejor es la cuarta, y no es tan buena, ha sido muy criticada por su falta de rigurosidad. En cambio las anotaciones de ésta son excelentes. –Nos ilustró, mientras sacudía en el aire El Quijote con una mano, y en la otra, prensado entre los dedos amarillos, le daba un respiro a un cigarro sin filtro.

Mi primo no parecía muy convencido. En su rostro se manifestaba una sobredosis de desilusión. Ojeó varias veces el volumen y ya lo iba a devolver cuando el librero le dijo:

–Llévese este Quijote y le obsequio algo de primera.

Era muy astuto y no iba a dejar que el cliente se le escurriera sin comprar nada. Extrajo de una caja de cartón una novela titulada Cien años de soledad[3].

–Ni idea de quien es Gabriel García Márquez. –Le dijo mi primo, luego de dedicarle un breve estudio, como si cien años se comprimieran en un segundo.

–Si no le gusta me la devuelve. –Repuso el librero.

Pagó unos sesenta colones, en aquel tiempo serían casi diez dólares. Al salir de la librería tomó la obra de García Márquez y me la obsequió. Fue mi primer libro y aún lo conservo como un preciado tesoro. Él transmitía felicidad con su Quijote de la editorial Planeta anotada por Martín de Riquer[4] en 1960.

–Es una ganga. –Sentenció.

***

Hace casi cuarenta años, un argentino llamado Javier vino a maravillarse de los embrujos del trópico, pero se quedó varado desde el primer día en un laberinto impertinente del destino. Un pillo lo limpió en las inmediaciones de la Coca-Cola al bajarse del taxi que lo trajo desde el aeropuerto, le dejó lo justo para pagar dos noches en un hotel de sábanas luyidas[5]. Sobrevivió la pretendida semana de vacaciones cantando tangos y milongas en un bar de apariencias dudosas en San Pedro, acompañado de un bandoneonista improvisado apodado Gitanillo, cuyo verdadero oficio era maquillar cadáveres en una funeraria en Desamparados. En El Erial, don Carlos el propietario, algo le pagó por aquel desconocido libro de García Márquez al pobre argentino. Fue el mismo libro que según él nos obsequió al día siguiente. La historia nos la contó muchos años después el librero cuando ya la obra del colombiano la habían traducido a treinta idiomas y el realismo mágico estaba de moda desde Mpumalanga hasta Trebisonda.

–Estoy convencido de que ese libro que les regalé en 1967 fue el primero de Cien años de soledad que llegó a este país. Pasaron varios meses antes de que se vendiera en las librerías. –Nos dijo.

Es difícil saber si la primera edición de un libro puede llegar a convertirse en un tesoro, principalmente si el autor es poco conocido. En 1966, Francisco Porrúa de la Editorial Sudamericana no sabía quien era un tal García Márquez, por eso no se aventuró y tiró, al año siguiente, ocho mil copias de Cien años de soledad[6] para probar. Gracias al ladronzuelo de la Coca-Cola, conservo uno de esos ilustres ejemplares de la primera edición y me siento un privilegiado. La portada muestra el dibujo de un galeón en medio de la selva y en la página de la dedicatoria, se lee esta otra, escrita con una caligrafía distinguida a pesar del aparente desaliento de la mujer:

Para Javier Otárola[7]

Una sombra ya pronto serás…

Ulrica

1 de agosto de 1967.

Buenos Aires, Argentina.

Alguna vez se me ocurrió coleccionar ediciones de Cien años de soledad en otros idiomas[8]. A ello se debe mi inmensa alegría al recibir para mi cumpleaños la versión hindi que me envió mi amiga Vishnu Vandana desde Bangalore. Ella sabía que era un regalo maravilloso. Ellas siempre saben esas cosas y tantas otras más. Según narra García Márquez en la misma novela, la versión original la escribió Melquíades en sánscrito, y resulta que lo más parecido a este idioma es el hindi que se habla en la India. La tengo entre la edición en esperanto: Cent jaroj da soleco, traducida por el filólogo español Gerardo Diego y la versión turca, cuya título no escribo acá porque tiene más acentos que todos los nombres juntos de los atolones franceses del océano Pacífico.

La he leído varias veces, en español por supuesto, aunque según Gabriel García Márquez la versión en inglés, traducida por Gregory Rabassa, supera en calidad a la original[9]. Lo mismo dijo Borges del Quijote y le llovió desde la madre patria. Ahora quise volverla a leer pero no pasé del nacimiento de Amaranta. Fue inevitable recordar a la peluquera colombiana que una vez en el puerto me dijo:

–Yo a ese zambo no lo leo.

A una querida amiga, a quien le presté la edición de Javier, no sin antes hacerle mil recomendaciones para que no me la dañara,cuando me la devolvió le hice la pregunta obligada:

–¿Qué le pareció?

–Que viejo más mentiroso. –Me respondió.

Y al entregármela agregó, ignoro si hubo doble sentido o simplemente estaba citando a García Márquez.

–Qué Dios te la conserve.


[1] En 2007 el escritor colombiano Gabriel García Márquez cumple 80 años, hace 40 que publicó Cien años de soledad y 25 que recibió el Premio Nobel de Literatura.

[2]Francisco Rodríguez Marín. (Osuna, Sevilla, 1855 - Madrid, 1943), poeta, erudito, folclorista, paremiólogo, lexicólogo y cervantista español.

[3]La primera edición de Cien años de Soledad se imprimió en Argentina el 30 de mayo de 1967.

[4] Con motivo del IV Centenario de la primera edición de El Quijote, Editorial Planeta publicó un Quijote de la Mancha ilustrado por el humorista Antonio Mingote, con prólogo de S.M. el Rey Don Juan Carlos I. Según palabras del propio Martín de Riquer: «El Quijote, que es una obra de humor, por vez primera aparece ilustrado por un humorista». La tirada de 3000 ejemplares se vendió en dos semanas.

[5] Mi abuela usa la palabra luyir cuyo significado según sus propias palabras es: Gastar, deteriorar algo por el uso continuado.

[6]En el 2007 se cumplen 40 años de la primera edición.

[7] Algún día voy a ir a Argentina, quizá encuentre a Javier y Ulrica.

[8]La novela ha sido traducida a casi 40 idiomas.

[9]En una entrevista Gregory Rabassa dijo: “Yo decía que el honor se debe a la lengua inglesa. Que tal vez la novela debía estar escrita en inglés. Yo tenía que seguir lo que él estaba escribiendo. Si él cree que salió mejor no es por mí es por la lengua, quién sabe”.

Felipe Ovares Barquero

6 de marzo de 2007

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