Lenguas muertas

 
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Sicut erat in principio,

et nunc et semper,

et in sæcula sæculorum.

Amen.[1]

Cuando la casa de madera de mis abuelos, allá en San Juan Chiquito de Esparza, se terminó de caer en pedazos, descubrimos un sótano en donde hallamos muchos objetos inverosímiles, vale destacar varios manuscritos en latín, arameo y copto, entre los libros, uno titulado Speculum Clericorum sive Sermo ad Clerum in Synodo Tridentina, impreso en Venecia en 1580 por A. Amici, autografiado por Urbano VII en 1590[2] para Felipe II de España que por alguna vicisitud cambió de destinatario, en el addendum venía una versión prudentísima de la misa Tridentina en latín[3] profusamente anotada y comentada en los márgenes. Luego encontramos en San Ramón otro libro relacionado con el tema, titulado Acta Concilii Tridentini, Anno M.D.XLVI celebrati ; Vnà cum Annotanionibus pijs, et lectu dignissimis. Item, Ratio, cur qui Confessionem Augustanam profitentur, non esse assentiendum iniquis Concilij Tridentini sententijs iudicarunt / per Philippum Melanchthone, 1546, editada por su amigo Francisco de Enzinas[4].

Para justificar el extraño caso del sótano, agrego que de 1913 a1919 mi abuelo estuvo en la Università di Roma La Sapienza estudiando las lenguas relacionadas con la Biblia, embelezado con la idea de hacer carrera en el Vaticano como historiador y prelado, y lidiar, me imagino, por un capelo cardenalicio que lo convirtiera, aunque fuera en sus sueños, en possibili papabili. Loado sea Dios, por algún motivo su aventura religiosa se truncó y desde entonces hemos estado llegando sanitos y gozosos sus descendientes.

A diferencia de casi todos los mortales, a él le fascinaban las lenguas muertas, creía que a pesar de su estado, seguían siendo peligrosas porque podrían revelar secretos adversos, especialmente para los intereses de la Iglesia. En 1919 regresó a este remanso de paz y nunca más volvió a salir, mi abuela decía que Benito Mussolini y su movimiento emergente lo habían espantado hacia unas castísimas nupcias. Sin embargo, haberse aguantado la Primera Guerra Mundial en Europa tenía tintes épicos y de ninguna manera censurables. Del episodio italiano rescatamos, además, una fotografía en sepia con el Papa Benedicto XV, vestigios de su vida contemplativa, y un “pallone di calcio” con las firmas de los jugadores de la Associazione SportivaCasale que en la temporada 1913-1914 ganó su primer y único scudetto en la antigua Divizione Nazionale que ahora es la Serie A[5].

Aquí se pasó inventando empresas que terminaban en deudas encubiertas para que mi abuela no lo deportara al viejo mar del Al-andalus, fue panadero y zapatero en San Ramón, tinterillo en Golfito, sacristán en San Pedrillo, policía en Medio Queso, pescador en Agua Viva, agricultor en Terrón Colorado, entrenador en San Juan del Murciélago, traductor en San Vito, chamán en Talamanca y educador en una universidad de tercera de cuyo nombre no me da la gana acordarme, pero a lo mejor, él hubiera deseado ser “confesor de la reina, banderillero en Cádiz, tabernero en Dublín, comunista en Las Vegas, ahogado en el Titanic, flautista en Hamelín”[6], o mejor aún, hacker en la red, pero ni en broma, asesor de Arias o asistente de un tal Medford.

De esas aventuras la que más nos marcó fue su inquebrantable amor por la sacra liturgia en latín. Nos llevaba a las misas para que escucháramos al cura párroco de Santo Domingo y luego lo imitaba en la casa o en el cafetal, mi abuela se enojaba, porque no sabía si era un acto de fe o una broma impía, y a la vez agregaba que rezando así, con ese acento melifluo y endémico, se parecía al loro del doctor Juvenal Urbina[7]. A pesar del matiz era divertido, y su mediación pedagógica envidiable. Luego la Iglesia se paseó en la misa “Tridentina” y sorprendió al mundo al sacar de la caja de Pandora del Concilio Vaticano II el Novus Ordo Missae para que cada quien la celebrara en su idioma vernáculo y sin darle la espalda a los fieles.

Esa fue mi primera razón para alejarme de los caminos del Salvador, en particular de la misa, sin caer jamás en la fogosidad de las almas concupiscentes. Adoraba y admiraba ese rito medieval, enigmático y perfumado de incienso cuyos secretos y aleluyas[8] compartía con “una almohada que hablaba y sabía de mi ambición de ser cura[9]. Sospecho que el arzobispo francés Marcel Lefebvre también se molestó con el Vaticano por esta decisión.

La segunda fue un asunto menos ortodoxo, pero más carnal y prosaico, fruto de la ingenuidad infantil.

Sucedió por el desaguisado que tuvimos mi hermano y yo una semana que debió haber sido santa, cuando mi mamá nos mandó a confesarnos, ambos estábamos en la escuela y llegamos mansamente hasta la larga y piadosa cola donde los feligreses esperaban congraciarse con el cura. Luego de casi dos horas de ver como iban saliendo como querubines los recién reconciliados con el Señor, el párroco abandonó abruptamente el confesionario de envoltura inquisitoria, miró la devota concurrencia con desprecio, se nos acercó y a grito pelado nos reprendió:

—Hoy no confieso a niños.

Nunca olvidaré su mirada apocalíptica y ese aliento glacial, pegajoso y rancio que se me impregnó en la piel como un tatuaje de indulgencias perpetuas.

Solo se me ocurrió decirle:

—Ora pro nobis peccatoribus[10].

Abandonamos la cola.

Su Amén, ayuno de conciliación, se lo llevó el viento húmedo de abril. Los de atrás avanzaron dos lugares hacia el cielo prometido. Nos dedicaron una ojeada inexcusable, lapidaria y pedregosa, las mismas que fulminaron a María de Magdala. Ese día el cielo perdió dos angelitos y el reino de las tinieblas nos reservó sendos asientos en zona VIP.

Regresamos a la casa como ovejas descarriadas.

—¿Cómo les fue? —Esa era la pregunta esperada que mi mamá nos hizo, pues manejaba con precisión newtoniana el algoritmo recursivo para derivar la carga de pecados a partir de la penitencia y la respectiva función inversa a cargo del cura.

En aquel tiempo era un año mayor que mi hermano (aún seguimos así aunque parezca mentira), y ese desliz del calendario me hacía responsable de dar la cara y qué manera de darla, nunca imaginé que seis palabras cambiarían mi relación con la Iglesia per sæcula sæculorum. Desde lo más profundo de la ingenuidad de un niño, le respondí, solemnemente:

—El hijueputa padre no quiso confesarnos.

Lo que dura un manotazo en llegar a la boca tardé para ver estrellas, galaxias, al degradado Plutón abandonando el sistema solar con fondo musical casi imperceptible de son montuno. Perdí la inocencia y dos dientes quedaron apuntando hacia La Meca durante varios años, hasta que en una mejenga un chancero, mediante un codazo quirúrgico, me los devolvió a su sitio original.

—Se va a salar. —Me sentenció mi madre, como si el sopapo, que me dejó la carne trémula y la lengua moribunda, no bastara.

Y fue profética, me salé. Para muestra esta colección de botones rosados: media vida laboral interino, seguidor del glorioso, de jefes e ilusiones ni hablar, y un prolongado etc. que más vale no frecuentar, porque como dice Sabina: “pongo un circo y me crecen los enanos”.

Me fui despidiendo de la Iglesia a poquitos, una vez al mes, dos al año, escuchando la homilía desde la puerta trasera. Me iba al cine a congraciarme con los vaqueros predicando en el viejo oeste a punta de pistola, o a la casa de una tía cómplice, a ver a los alemanes perdiendo la guerra en los campos de Francia todos los domingos contra media docena de gringos encabezados por el sargento Saunders. La intención era engañar a mi madre, pero ya saben, es más fácil perder al pisuicas[11].

Dos sucesos vinieron a cambiar las cosas, porque todo da vuelta. El primero fue que mi hermano y yo le dimos la absolución al cura al convertirse en seguidor de nuestro equipo de fútbol, oraba para que ganáramos, pero nunca pasamos de un modesto quinto lugar. En la misma época, por algún motivo que no recuerdo, mi mamá se cabreó con el padre y lo mandó al carajo. Renunció, hasta la fecha, al sacramento de la confesión, y cuando la reprenden por su disidencia religiosa, hace suya la frase de la mujer del capo siciliano: “uno debe arrepentirse ante Dios y no ante los hombres”, y aquella vez, que una mujer pía le llamó la atención por citar a una infiel, entonces la desarmó con Timoteo 2:5: “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, hombre él también”.

El segundo suceso es que el actual Papa Benedicto XVI acaba de autorizar el regreso de la misa “Tridentina” de San Pío V en latín. La Iglesia es así de caprichosa.

Estoy confundido o el mundo está confundido o no soy de este mundo.

Quizá vuelva.

No sé.


[1] Como era en el principio, / ahora y siempre, / por los siglos de los siglos. / Amén.

[2] Urbano VII fue Papa durante doce días en setiembre de 1590.

[3] El Concilio de Trento se celebró entre 1545 y 1563. Además de una serie de acuerdos destacables, se estableció un rito unificado conocido como Misa Tridentina y se reafirmó la existencia del Purgatorio que hace poco la globalización eliminó. Al cielo se va sin escalas.

[4] Francisco de Enzinas realizó la primera traducción del Nuevo Testamento del griego al español en 1543. Se la dedicó al emperador Carlos V, el premio consistió en ponerlo en las garras de la inquisición. Estuvo en la cárcel en Bruselas de donde huyó. Su hermano Jaime murió en la hoguera.

Así justificó su traducción:

“Ningún poder humano está en condiciones de ir en contra de la publicación de las Sagradas Escrituras; todos los demás pueblos de Europa gozan ya del privilegio de poseer la Biblia en su propia lengua y llaman a los españoles supersticiosos porque todavía no han llegado a esto; ninguna ley real o papal prohíbe la edición. Y aunque algunos califican de peligroso tales traducciones en tiempos heréticos, téngase en cuenta que las herejías no se originan de la lectura de la Biblia, sino de las perversas explicaciones de hombres malos que tuercen las Sagradas Escrituras para su propia perdición.”

[5] AS Casale fue el primer equipo italiano que derrotó a un similar inglés: el Reading F.C. La serie por el título de 1913 - 14 se la ganó a la Lazio 2 a 0 y 7 a 1. Ahora juega en la Serie D. Su cede está en la ciudad de Casale Monferrato en el Piemonte. Algunos investigadores opinan que Cristóbal Colón nació en esta ciudad.

[6] Tomado de la canción de Joaquín Sabina “El pirata cojo”.

[7] Gabriel García Márquez. “El amor en los tiempos del cólera”.

[8] Del latín bíblico halleluia, y este del hebreo hallĕlū yăh que significa alabad a Dios.

[9] Tomado de la canción de Joan Manuel Serrat “Mi niñez”.

[10] Ruega por nosotros los pecadores.

 

[11] Pisuicas se usa en Costa Rica como sinónimo de diablo. La Real Academia de la Lengua aún no ha registrado esta pintoresca palabra. Ignoro cuál será su etimología.

20 de noviembre de 2006.