Lágrimas negras
 
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Y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Antonio Machado

Se ha ido un amigo: Enrique Coen. Un hombre bueno. Lo conocí en la penumbra de su laboratorio en el departamento de Física. Había que apuntalar la luz larga para descifrar su figura fantasmagórica en el crepúsculo interior, siempre investigando, siempre fumando, siempre dispuesto, siempre haciendo travesuras con los excelentes juguetes computacionales con los que se divertía en aquellos días de glorias indocumentadas y, peor aún, relegadas. Y todo a media luz como dice el tango.

Daba gusto y envidia lo que este hombre sincero sabía de Informática, algoritmos, gráficos, simulaciones, satélites y tormentas, esas aficiones que ninguna de nuestras legiones visigodas jamás han soñado. Estaba orgulloso, ¿por qué no? de sus andaduras científicas y quizá por eso tenía una fotografía junto a la antena parabólica con una sonrisa cargada de complicidad e ironía, esa imagen la tuvo en su página en Internet en los tiempos ajenos a la mano de la inquisición. ¿Te acordás hermano? Me gustaría que todavía estuviera por allí perdida, como una botella con un mensaje cifrado en su vientre, en el mar digital.

Enrique era un hombre de principios. Que lástima que no fuera díscolo e impuntual, para haberlo tenido cerca y disfrutar más su sabiduría, su palabra fácil, su manera ortodoxa de analizar lo grande y lo simple de este reality show que nos tocó compartir en el planeta azul que le arrebató el sueño. Que ganas de haber invertido tantas tardes con él en lugares inverosímiles como el Doble Cero. Escuchándolo. Aprendiendo. Porque como diría Sabina: sabía cosas que ni uno sabe que sabía.

La última vez que nos topamos se veía bien. Casual y entero como siempre. Pero ya conocíamos que el dedo acusador de nuestro Dios ingrato y envidioso lo tenía señalado. Un digno actor para cualquier papel, incluso para este último que afrontaba con gusto y buen humor, aunque siempre del sufrimiento real solo los suyos pueden dar fe. De eso no hace nada y ya no está pero nos volveremos a encontrar.

Enrique, quisiera tenerte hombro con hombro en otros tiempos más palpitantes, en algún galeón del siglo XVII, mirando el cielo, escudriñando estrellas, leyendo estelas en la mar, presagiando tempestades, blandiendo espadas, apuntalando velas y descubriendo tierras remotas, porque eso era Enrique: aventurero, marinero de ojos caribeños, astrónomo, meteorólogo, geógrafo, espadachín, maestro inquieto y cuantas cosas más, todo en broma, todo en serio. Descendiente –quizá- de aquellos Cohen holandeses que navegaron en el mar de las especies y le plantaron cara de perro bravo a enemigos poderosos: piratas, corsarios, ingleses, franceses y españoles. Un poco como ahora con diferente decorado.

Aunque tú me has dejado en el abandono/Aunque ya han muerto todas mis ilusiones/En vez de maldecirte con justo encono/en mis sueños te colmo/en mis sueños te colmo de bendiciones[1]. Allí estaremos en ese receloso galeón de papel que tantas veces se me ha ido a pique porque no hay quien sepa como tu interpretar el lenguaje del viento, las olas y las nubes. Enrique serás el capitán y el resto de la tripulación estará integrada por esa gente por quien daríamos la vida.

Se ha ido un caballero honrado, escribo estas palabras con el significado que les hubiera dado mi abuela hace sesenta años.

Volveremos. Será divertido.



[1]Tomado de la canción Lágrimas negras escrita por Miguel Matamoros del Trío Los Matamoros.