El marinero de Krk

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Estaba el jardín en flor
y el marinero se fue
por esos mares de Dios

J.M. Serrat.

Eran las dos de la mañana. El tren había partido unos minutos antes de las seis de la tarde de la estación de Belgrado con destino final en Bucarest[1]. Un hombre alto y de apariencia reposada abrió la puerta de la cabina del vagón de tercera donde yo dormía apaciblemente.

–Me llamo Zoran. Soy ingeniero. Voy para Constanza en el mar Negro. ¿Usted de dónde es?

–Soy de Costa Rica en América Central. Voy para Bucarest. –Fui lo más escueto que pude al interrogatorio del inesperado visitante. Ya lo había visto cuando los africanos armaron un alboroto porque el más joven de los tres no quería mostrarle el tiquete al sobrecargo del tren, y luego, mientras las autoridades fronterizas rumanas requisaban minuciosamente cualquier sitio sospechoso donde fuera posible ocultar algún contrabando.

Me despabilé y me senté a mirar las luces fugaces arañando atrevidamente la ventana. Entraba un aire tibio cuya fragancia desconocida pero cargada de nostalgia me recordaba el olor de los cafetales en flor.

Se acomodó con cierta ceremonia en la banca de enfrente. Sentía que era un intruso, el tren iba casi vacío y cada pasajero podía darse el lujo de apoderarse de una cabina y dormir a pierna suelta. Estuvimos un largo e incómodo momento ignorándonos mutuamente. De repente se levantó, se estiró y me dijo:

–Sabe. Yo nací en una isla, se llama Cres, cerca de Rijeka. Frente a Cres hay otra isla que para ustedes tiene un nombre impronunciable: Krk. Soy croata. Me gusta decirle a los extranjeros que soy croata. Algún día volveremos a ser independientes[2].

El acertijo geográfico y la profecía política empezaron a intrigarme. Saqué un termo con café negro que había reabastecido en una soda[3] en Belgrado. Me serví una taza, la olí y supe de inmediato que aquello era un purgante, muy lejano del cafecito chorreado en cualquier casa en Santo Domingo. Le ofrecí al intruso un poco y aceptó, por dicha llevaba un jarro de lata que mi abuela había envuelto tiernamente con sus manitas angelicales en las hojas de un periódico viejo.

–En Costa Rica hubo un presidente de origen croata. –Me dijo mientras saboreaba el veneno y regresaba a la banca. Su silencio y su mirada los interpreté como una interrogación.

Repasé mentalmente los presidentes de Costa Rica con apellidos extraños, pero ninguno me sonó croata. Por un momento estuve tratando en vano de imaginarme los incómodos árboles genealógicos del libro de Samuel Stone La dinastía de los conquistadores. Pero nada. Creo que el ahora compañero de viaje disfrutaba con la incertidumbre.

–No sé. –Respondí. Sentí un tinte de vergüenza prendiéndose en mi rostro producto de la ignorancia. Por dicha la escasa luz no alcanzaba para revelar mi zozobra. También recordé que a alguien le había prestado La Cartilla histórica de Costa Rica y no me la había devuelto.

–El honor le corresponde a un hijo de Cres y Krk. Francisco Orlich Bolmarcich. –Repuso con una tonalidad donde se percibía orgullo al pronunciar la frase.

Estudió mi reacción y luego de un silencio lacónico pero deliberado agregó:

–Permítame contarle una historia.

–¿Más café? –Le pregunté.

Me acercó el jarro. Se lo llené queriendo agotar el contenido, sin embargo aún daba para un sorbo. De nuevo sentí vergüenza porque los Orlich habían sido amigos de mis abuelos allá en San Ramón. Quise aliviar mis angustias con una sonrisa distraída.

Vista de Punat
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–Mi bisabuelo era amigo del abuelo de Francisco Orlich. –Continuó–. Estuvieron juntos en la escuela en Punat. Se llamaba Franjo Orlich Ladich. Nuestras familias eran muy pobres en aquel tiempo. Aprendieron a pescar en pequeñas embarcaciones en el Adriático, faenaban hasta el estrecho de Otranto, pero Franjo era más audaz y se metió a marinero. A los dieciséis años se fue por esos mares de Dios y terminó recalando en Costa Rica. Allá en su país se casó con una mujer de apellido Zamora, llegó a ser un hombre respetable y pudiente.

–¿Más café? –Le pregunté aprovechando un breve silencio. Por dicha dijo que si y se acabó.

Desembolsé el mapa de los países balcánicos y un cuaderno para tomar apuntes, estaba seguro de que a mi padre y a mis tíos les iba a interesar esta historia. Me mostró con la punta de un lápiz las islas Cres y Krk en el golfo Kvaneric en Croacia y Otranto en el sur de Italia.

–¿Conoce Lecce? –Me preguntó.

–No. Quizá al regreso pase por Brindisi. –Le dije.

–Si puede vaya a Lecce. Vale la pena. –Inmediatamente volvió a su historia.

–Franjo y su esposa regresaron a Punat en varias ocasiones. Construyeron ahí un molino hidráulico, una fábrica de pastas, una villa que llamaron Costa Rica, colaboraron con dinero para reparar la Parroquia de la Santísima Trinidad y el hospital. Creo que Josip –José Rafael Orlich Zamora me aclaró– nació en Krk en alguno de esos viajes.

Parroquia de la Santísima Trinidad en Punat
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Se detuvo un momento. Me devolvió el jarro y continuó.

-Años después vino Josip y conoció a una joven llamada Georgina Bolmarcich Lemecich nativa de Cres. Se casaron. Ellos fueron los padres de Francisco[4] que nació en Costa Rica. Después de la Segunda Guerra Mundial la fábrica de pastas la remodelaron para hacer el Punat Park Hotel que aún existe.

–¿Cuánta personas viven en Punat? –Le pregunté. Sólo por decir algo.

–Alrededor de mil quinientas. En el verano llegan muchos turistas.

El tren disminuyó la velocidad.

–Conservo una fotografía con Francisco Orlich y el cura[5] de Punat. El visitó Krk durante su gobierno. En esa oportunidad me contó que mi bisabuelo y su abuelo se escapaban nadando a la isla Kosljun para hacerles alguna broma a los franciscanos que todavía mantienen un monasterio ahí.

Cuando el tren se detuvo en Craiova me dijo:

–Disculpe que lo haya despertado, vine a decirle que tenga cuidado con esos negros. Son peligrosos. –Se levantó. Me pidió que le obsequiara las hojas arrugadas del periódico La Nación de Costa Rica. Las dobló, las colocó bajo el brazo, y me dejó solo en la cabina.

Pensé en los tres africanos que habían sido mi salvación desde que los conocí en un bar en Venecia.

Me dormí hasta que el tren llegó a Bucarest. En la salida de la estación volví a encontrarme con el ingeniero.

–Buen viaje. Si al regreso desea pasar por Krk estaré de vuelta en una semana. –Me dijo y me obsequió una tarjeta con su nombre, dirección y teléfono.

Se colocó la capa, el sombrero, abrió el paraguas y se metió bajo la lluvia en aquella ciudad oscura, triste y decimonónica. Un taxi pasó, majó un adoquín flojo y me pringó la camisa blanca recién estrenada.

Esa fue la última vez que lo vi.

Nunca me interesé en investigar cuánto de lo que me contó el ingeniero croata aquella madrugada era verdad.



[1] Itinerario: Belgrado 17.52 - Timişoara Nord 23.46 - Craiova 05.22 - Buccarest Nord 08.03.

[2] En 1984 Yugoslavia era una república federal integrada por varias regiones que ahora son repúblicas independientes: Eslovenia, Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Montenegro.

[3] La palabra soda sólo se usa en Costa Rica. Establecimiento, por lo general más pequeño que un restaurante, donde se venden comidas y bebidas.

[4]Francisco José Orlich Bolmarcich nació en San Ramón el 10 de marzo de 1907. Hace cien años. Fue presidente de Costa Rica de 1962 a 1966. Murió en 1969.

[5] El cura de Punat en esa época era Alojzije Raguzin.

 

Felipe Ovares Barquero

San Ramón, Alajuela.

10 de marzo de 2007

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