Idioma universal
 
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Lo que más sé, a la larga, acerca de moral

y de las obligaciones de los hombres,

se lo debo al fútbol.

Albert Camus.

Fue en la cancha del Sportul de Bucarest(1) donde jugué mi primer partido internacional. Aún hoy, sigue siendo un estadio pequeño, como el de Pedregal en Belén. Esa tarde lejana era el único espectador. Tenía 24 años, pateaba cómodamente con las dos y había anotado algunos goles memorables, que solo yo recuerdo, pero que con eso basta. Uno se lo marqué a la selección de Costa Rica en el estadio nacional, y otro al team florense en un partido a beneficio del hogar de ancianos de la Puebla al cual no asistieron ni las novias de los jugadores, porque a veces el amor no da para tanto.

Como no tenía nada que hacer, nadie con quien conversar, nada mejor que ver un partido de fútbol. El Sportul se alineó contra un modesto combinado de la Universidad de Bucarest que apenas tenía a los once y al cual le ganaban sistemáticamente una vez al mes desde hacía más de cuarenta años en un ritual de castas balcánicas. Faltaban veinte minutos cuando se quedaron con diez por la lesión del central en un encontronazo con dos delanteros. El profesor como le dicen en Rumania al entrenador, miró afligido hacia la banca donde no había suplentes, dio media vuelta buscando una respuesta en la gradería, yo estaba casi detrás de él. Me hizo un ademán, que cualquier mejenguero (2) del mundo entendería, bajé a la cancha, supongo que me preguntó si quería jugar, le dije: da, me mostró un uniforme, me cambié a los cuatro vientos, calenté tres minutos, creo que me ilustró en rumano con las indicaciones evidentes para enderezar la barca que zozobraba tres a cero. Jamás olvidaré ese acento gutural y prosódico de esdrújulas recursivas y diptongos anidados. No comprendí nada, solo sabía decir si (3) en ese idioma, lo cual según la circunstancia podía ser embarazoso. Pisé el zacate con cierto garbo, me coloqué en la media cancha. Había estudiado desde las gradas al motor del equipo, un jugador de metro setenta y pico, que hacía con la bola cualquier fantasía. Me encargué de él. Con el volante marcado, el Sportul perdió fuelle, empezamos a subir poco a poco al marco contrario. En dos contragolpes les marcamos sendos goles, y sobre el filo del minuto noventa les anoté el empate en una filigrana que Galeano (4) hubiera inmortalizado en su antología del fútbol si yo no fuera un don nadie. En la pizarra quedó sentenciado el tres a tres. Era la primera vez que el combinado universitario le sacaba un empate al Sportul desde su fundación en 1916 (5).

El fútbol es el idioma del amor, de la pasión. No necesita palabras. Lo entienden miles de millones. No supe que me dijeron, supongo que me felicitaron. En la calle, frente al estadio, me tropecé de nuevo con el volante contrario, se acercó, me saludó con un apretón de manos. Sacó del bolso una camiseta del Sportul y me la obsequió. En la espalda tenía estampado su nombre: era un tal Gheorghe Hagi (6). Por la entonación y los ademanes sospecho que me hizo una pregunta, respondí otra vez: da y terminamos tomando cervezas y comiendo bocas aderezadas con aceite de girasol en un barcito llamado el “Stadion”, en la esquina de una strada cuyo nombre de doctor, es probable, que lo haya olvidado para siempre, no así, a Simona Iorgulescu, la salonera de labios tibios y atentos a quien varias veces le dije: da. Era la época luminosa de Nicolae Ceausescu, cuando las gitanas, contratadas por su gobierno, salían cada noche a barrer las sombrías calles de Bucarest con unas escobas medievales como las que usaba mi abuela para asear el solar y espantar las gallinas.

El tiempo va deshaciendo los recuerdos, algunos afortunados terminan en tonos sepia, otros son tan lejanos y extraños que me pregunto si sucedieron o fueron parte de algún conjuro mediático. Ahora diría que esa tarde futbolística a principios de julio de 1984 en Bucarest nunca sucedió. La camiseta en blanco y negro de Hagi con el número 10, mi único sustento del episodio en transilvania, se la cargó un pinta que vino a mi casa a hacer unas reparaciones, además del souvenir rumano, se tomó una botella de tequila y dos de vodka, a poquitos o corcor (7), no sé, durante la semana laboral. Se embolsó una colección de billetes de cinco colones y varias postalitas de los tres arcángeles milagrosos que me obsequió el cura de la iglesia de Pueblo Nuevo.

***

En una panga bautizada “El Milagro” hicimos la travesía desde el embarcadero del puerto en San Carlos de Nicaragua hasta la isla San Fernando en el archipiélago Solentiname, durante el trayecto conocimos a un nica descendiente de un italiano aventurero, naufrago de esas aguas contrariadas, donde surge el “río San Juan de Nicaragua” como reza en un rótulo de dimensiones bíblicas que se mira desde la estación espacial. Al darse cuenta que éramos “tiquillos” nos invitó a participar en la mejenga del domingo. El era el árbitro y el dueño de “Las Carolinas” una de las treinta y seis islas que decoran la ribera sureste del lago Nicaragua al que algunos entendidos llaman Cocibolca.

En el Estadio de Los Mártires, en la isla Mancarrón, se juega todos los domingos ese partido de fútbol en el cual, invariablemente, los locales sopapean al equipo de la isla San Fernando, también conocida como la Elvis Chavarría,y casi siempre por goleada.

Estadio de Los Mártires


-Yo me encargo de que ustedes juegan con la Elvis a ver si acaso esos jodidos ganan algún día. –Nos dijo.

“Sabrá Dios, uno no sabe nunca nada” (8). Más de veinte años después, volvería a participar en un partido internacional.

El domingo 9 de julio de 2006, Daniel Lanza, administrador del hotel en la isla San Fernando nos prestó un cayuco para ir a Mancarrón en donde estábamos invitados para el juego. Tardamos casi hora y media dando palos de ciego por no dominar el arte de la navegación a remo. Finalmente cuando superamos la isla Atravesada no sabíamos para donde seguir, encallamos en una playita en la isla próxima, como náufragos descarriados.

Archipiélago Solentiname

Bajé del cayuco como si fuera un emisario de los Reyes Católicos con la cruz de Santiago tejida en el pecho, subí hasta la planicie, me encontré con una “mujer angélica de ojos septentrionales” (9) llamada la Sochi.

-¿Esta es la isla Mancarrón? –Le pregunté.

-Si. –Respondió. Y desde el fondo de su alma húmeda y ancestral emergió una sonrisa de confusión retroactiva que se detuvo en el dibujo de un beso piadoso cuando descifró mis desasosiegos geográficos.

Me imaginé al pobre don Cristóbal Colón preguntándoles a los nativos americanos si había llegado a los dominios del Gran Khan.

Ese domingo, imperturbable en todo el universo, con la ayuda de dos ticos, la Elvis le empató a tres goles a la isla Mancarrón por primera vez en la historia futbolística del archipiélago, Ricardo: el fantasma del Chato Medrano, marcó dos goles y este servidor, el tercero. Terminamos tomando Flor de Caña reserva especial en los corredores de la biblioteca del padre Ernesto Cardenal, mirando, como dicen por allá, la final del mundial de Alemania 2006, transmitida en vivo por un canal tico.

Y Zidane hizo lo que hizo…

***

(1) El Sportul de Bucarest es un equipo modesto de la capital rumana. Su nombre oficial es: F. C. Sportul Studenţesc. Su mejor época fue durante los años 1984 a 1986 cuando llegó a los torneos europeos.

(2) Según la Real Academia de la Lengua la palabra mejenga solo se usa en Costa Rica y tiene dos acepciones:

1. Borrachera (efecto de emborracharse).

2. Partido de fútbol informal y amistoso.

Mejenguero y mejenguera aún no están registradas.

(3) En rumano si se dice: da. A veces da sorpresas decir da.

(4) Eduardo Galeano es un escritor uruguayo, en su libro “El fútbol a sol y sombra” narra varias historias memorables de este deporte.

(5) Unos días más tarde me enteré de que el entrenador de la Universidad de Bucarest me confundió con un jugador que esa tarde llegaría a hacer una prueba.

(6) Gheorghe Hagi, es considerado el mejor jugador rumano de todos los tiempos, incluyendo por supuesto la época en que Ovidio estuvo desterrado en Tomi en el mar Negro por escribir versos licenciosos. Para entender la grandeza de Hagi basta agregar que lo llamaban “el Maradona de los Cárpatos”.

Hagi debutó con el Farul Constanta (1982-83, 18 partidos, 7 goles), pasó al Sportul Bucarest (1983-86, 92 partidos, 53 goles). De 1986 a 1990 jugó para el Steaua Bucarest (97 partidos, 85 goles), y de ahí se marchó al Real Madrid (1990-92, 64 partidos, 15 goles).

Luego jugó para el Brescia italiano (1992-94, 61 partidos, 14 goles), regresó a España con el Barcelona (1994-96, 21 partidos, 9 goles), y colgó los tacos con el Galatasaray turco (1996-2000, 63 partidos, 16 goles).

En la selección rumana, jugó en 125 oportunidades, marcó 34 goles, participó en tres mundiales (Italia 1990, USA 1994 y Francia 1998), marcó tres goles en 12 apariciones.

(7) Corcor: Sonido gutural que la Real Academia de la Lengua recoge como adverbio de modo, sólo se usa en Costa Rica, el significado, según el diccionario, es: tomar algo de un trago. Algunos reconocidos etimólogos nacionales creen que un sonido similar, con significado idéntico se usaba en la lengua occitana medieval y lo escribían así: cor-cor. A pesar de que ya les aceptaron una ponencia con esta investigación, en el 19º Congreso Mundial de Sonidos Guturales, que se llevará a cabo en la Universidad de Mpumalanga en Sudáfrica, tengo mis dudas. La definición debería ser: sonido onomatopéyico que imita o recrea el paso de varios tragos de un líquido por la garganta hasta acabar el contenido del recipiente.

(8) Tomado del bolero “Sabrá Dios” escrito por Alvaro Carrillo.

(9) Tomado del poema “El abuelo” del poeta cubano Nicolás Guillén.

Felipe Ovares Barquero

3 de octubre de 2006.