El Paralelo 10 y los ladrillos tatuados
 
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“Todos tenemos derecho

a un epitafio sin censura”

Mi abuelo(1)

Este dato es sólo una efeméride para maquillar la trama que va muy alambicada. Doscientos años atrás, el 2 de mayo de 1806 el Bureau des Longitudes retomó el trabajo de la medición del meridiano de París, que se había detenido por los vaivenes políticos en Francia, la guerra contra España y la muerte de Pierre Méchain, delegado para medir el meridiano hacia el sur desde Paris hasta Barcelona, luego se extendió hasta las islas Baleares. El encargado de terminar el trabajo fue el joven Francesc Aragó. La tarea en conjunto consistió en medir el meridiano desde Dunkerke hasta Barcelona, a Jean Baptiste Delambre le correspondió el segmento norte: Paris – Dunkerke, y a Pierre Méchain el sector sur: Paris – Barcelona, el objetivo era obtener “para todos los tiempos, para todos los hombres”(2) y mujeres, corrijo la cita por aquello del género, una medida universal: el metro, que podría ser la diez millonésima parte del cuadrante de un meridiano terrestre.

En reconocimiento a la labor de Francesc Aragó se colocaron más de cien medallones en Paris por donde pasa el meridiano. Actualmente se consiguen recorridos guiados por los distritos de la ciudad observando las marcas celosamente conservadas, que ahora solo forman parte del orgullo francés. Se pueden ver en esta dirección en Internet (http://www.parissweethome.com/parisrentals/art_es.php?id=65) los lugares en donde están situados. En la gare d’Austerlitz se consigue por 30 euros un combo para hacer este recorrido junto con el de los sitios emblemáticos mencionados en el Código da Vinci que en algunos momentos coinciden.

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Todo empezó con un sueño tan tergiversado con la realidad que ahora no sé cuál es cuál, me siento como “Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña”(3). Me encontraba en un hermoso parque, compartiendo con un grupo de distinguidos miembros del colectivo universitario y algunos colados, la brillante interpretación de la orquesta filarmónica de Heredia, de una variación instrumental para oboe y contrabajo en do sostenido mayor, de aquella cumbia llamada “Carmen se me perdió la cadenita” (4), cuando descubrí sorprendido que el sitio era el terreno en donde hacía algún tiempo habían eliminado el monolito del Paralelo 10 Norte. Ahora era un parque. Las aceras y la plazoleta las habían tapizado con ladrillos rojos y grises, dibujando figuras indescifrables en mi sueño, pero eso si, con algunos textos en cada ladrillo que no alcancé a leer. Disfrutábamos del concierto en un pequeño anfiteatro construido en uno de los desniveles del terreno, detrás un jardín con flores rojas y amarillas como festejando el buen arranque del glorioso, y al lado una pequeña placita imitando la rosa de los vientos, cruzada de oeste a este por una línea dorada de unos quince metros sobre el paralelo, y en el fondo hacia el este, en donde termina la línea, sobresalía orgulloso el monolito con la placa alusiva al detalle geográfico. También observé unas bancas, lo que mi abuela llamaba poyos, distribuidos a ambos lados de la raya dorada, en una de ellas estaba sentada una figura ilustre, me imagino, del país, de Heredia o de la U, similar al Coronel Sanders y a Ronald McDonald. Después en el mismo sueño, asombrado me percaté de que todo era falso, de ahí el desconcierto, lo que había era un parqueo y un cuida carros con chaleco de color naranja indefinido. Al consultar ofuscado porqué un parqueo y no un parque, alguien me dijo: es que no hay plata. Al despertar del borroso sueño, el vecino escuchaba el rondó a la turca de Mozart mientras hueseaba el chunche.

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En el año de gracia de 1996, se cumplían cien años de los primeros Juegos Olímpicos celebrados en Atenas, Grecia, por razones obvias los griegos querían festejar el centenario volviendo a realizar unas justas de tal magnitud, pero no disfrutaban de las condiciones económicas necesarias para enfrentar los enormes gastos y escaseaban las ideas para conseguir el dinero. Asumió el compromiso, sin money pero con ideas, la ciudad de Atlanta en los Estados Unidos, donde Claudia Poll obtuvo la única medalla de oro que tiene el país. Para conmemorar los cien años de las Olimpiadas, los organizadores decidieron construir el Centennial Olympic Park con la contribución de los ciudadanos y de paso cambiar la imagen de la ciudad en el sector donde se levantaría la obra.

Como pedir dinero siempre es feo, a alguien se le ocurrió la exótica idea de vender los ladrillos de las aceras y de las plazoletas del nuevo parque, quien comprara un ladrillo tendría derecho a poner alguna inscripción que quedaría incrustada en la baldosa para siempre. Los ladrillos tenían precios diferenciados dependiendo de los lugares en donde se colocaran y de lo que quisieran donar de demás los amantes del proyecto. Me imagino que diseñaron un mapa interactivo en computadora del parque, ahí los compradores podrían seleccionar los ladrillos que deseaban adquirir mediante un clic en el mapa, luego escribirían su texto. Con el dinero recaudado, aproximadamente $75 millones, construyeron el parque. Fue inaugurado unos días antes del inicio de los Juegos Olímpicos del Centenario en 1996. El resto es historia.

Las inscripciones en los ladrillos son variadas, desde muy simples, por ejemplo, nombres de personas: “Ann Miller 1/4/1996”, “Peter Hull”, “Tío Eddie”, o algo más amoroso como: “Remedios y Mauricio Babilonia”, “Ganga y Sir Archibald Bradley”(5), “Elton John y David Furnish”, “Bellota y Bomboncito”, “Bernardo Provenzano y Benedetta Saveria Palazzolo”, y más allá “Ganga y Man’go’zeele”. Pero con paciencia se descubren otros textos, como: “Margarita cásate conmigo” o este otro menos comprometedor, pero quizá más sincero: “Te extraño Bubble”, y al lado uno en clave: “Las tristezas de Aureliano son cuatro”(6). También algo formal como: “A la memoria de mi abuelo Robert Peat”. Hay epitafios sin censura pero no recuerdo sus mensajes, ni tuve la malicia de tomar fotografías. Algunos textos abarcan varios ladrillos. Para los curiosos, pueden observar las imágenes en el sitio en Internet, con suerte hallarán alguna inscripción (www.centennialpark.com).

Años después descubrí otro parque con ladrillos e inscripciones, ubicado cerca del Barrio Francés en Nueva Orleáns, en los alrededores del Acuario de las Américas, en la margen derecha del Mississippi, para ser más exacto a cien y cincuenta del Parque Jackson. Invertimos una tarde leyendo las ocurrencias de los contribuyentes, y al final, por casualidad vimos un ladrillo que por alguna razón nos llamó la atención: “Ganga y la Tribu Obepe”(5).

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Nota uno. Gracias al aporte de varias personas me di cuenta de que las verjas que están eliminando en la esquina del Paralelo tienen su historia, al parecer inicialmente rodeaban el parque Central de Heredia, hasta que algún iluminado, para darle paso a la modernidad, las quitó. Dichosamente alguien más sensato las rescató y las colocó en la antigua Escuela Normal. Existe el temor de que estas verjas terminen en algún furgón con destino a El Salvador y luego regresen al país convertidas en tornillos de pulgada y media.

Nota dos. Otro aporte, con fotografía adjunta, me indicó la existencia de un monolito con placa e inscripción en la esquina noreste del Palacio de Los Deportes, cerca de la piscina, por donde también pasa el Paralelo 10 Norte.

Fotografía suministrada por
Ing. Jorge Moya Z.
Escuela de Topografía, Catastro y Geodesia
UNA

Nota tres. Desde Sequepeque en Talamanca, una apreciable amiga me indica que las acumulaciones de fuerzas que se dan en ciertos puntos del planeta, también pueden afectar negativamente a personas individuales o a grupos, me citó el caso del team, cuyo estadio lo cruza el Paralelo 10, de ahí la posible explicación de porque el glorioso tiene años de no ganar nada, excepto la Copa La Negrita que se disputa en Cartago. No comparto esta apreciación pero la respeto, pues los mejores goles del herediano fueron anotados en el marco norte del Rosabal casi en el paralelo, según un estudioso del fútbol florense, esas joyas van en este orden: un cabezazo del Macho Montero en 1975, un zurdazo del viejito Jorge Rivaga o Ribaga, cuya fecha olvidé anotar, y dos zapatazos escandalosos del Chayota Ovares, estos dos goles en el torneo de 1978, cuando ganaron el título de la mano de Odir Jacques, después de una sequía de más de quince años sin cantar el alirón.

Nota cuatro. Algunas personas preguntan por el busto de Don Constantino Láscaris que estaba en una placita en las afueras de la Escuela de Filosofía.

Nota cinco. Un experto en movimientos de tierra, que no trabaja con un back-hoe, me sugiere dejar esas pendejadas de estar colocando mojones por donde pasa cualquier raya, argumenta que no vale la pena porque toda Centroamérica se está movimiendo constantemente, a razón de una diez millonésima parte de un pelécimo por segundo, es decir, que dentro de cien mil años, los benditos mojones deberían rectificarse un par de milímetros. Según otro erudito en el mismo tema, toda el área se va a separar del continente para convertirse en una isla, que dependiendo, no sé si de un plebiscito o de algún venturoso tratado, se irá hacia el norte donde nos espera Bush o hacia el sur donde nos recibirá Chávez. Flotaremos junto a los monolitos como en una balsa de piedra, y no sigo especulando porque podría plagiar a José Saramago.

Nota seis y definitiva. Estoy en la mejor disposición de comprar dos ladrillos en 50 dólares cada uno, eso sí a paguitos, porque no estoy para más, en Carrera Académica me rechazaron la dedicación exclusiva por otro medio pelécimo, y mis amigos y amigas, a quiénes podría recurrir para que me presten están peor: son interinos. Con 3000 ladrillos se recogerían 75 millones de devaluados colones para financiar el parquecito de los ladrillos tatuados. Voy a pensar, mientras tanto, en el epitafio que pondré en ellos.

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(1)Tomado de los versos apócrifos de mi abuelo.

Mi abuela, mi abuelo, mi tía y mi papá están sepultados en San Ramón de Alajuela y paradójicamente, hasta la fecha, ninguno tiene epitafio.

(2)Denis Guedj. La medida del Mundo.

(3)Tomado del poema Las causas de Jorge Luis Borges.

(4)Letra y música originales de Don Luis Guillermo Pérez Cedrón conocido como Lucho Argain fundador de la Sonora Dinamita.

(5)Tomado de la canción Cartas de Colores del grupo argentino Les Luthiers.

(6)Tomado de la letra de la cumbia “Los cien años de Macondo” de Daniel Camino Diez conocido como Canseco.

Quiero agradecer a mi mamá Nora Barquero Sáenz la paciencia de buscar en sus archivos el obituario de mi abuelo paterno, por corregirme varias veces este texto y por prestarme los volúmenes 3 y 7 de la Historia de La cumbia.

Felipe Ovares Barquero

2 de mayo de 2006.

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