Google y el comején
 
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Hace unos días se filtró a los medios de comunicación un chisme, cuyo origen estuvo en algún empleado o empleada de la oficina de prensa de nuestro querido presidente, el de las vacas gordas[1] y flacas del “cow parade” suizo en Costa Rica. Me imagino que, allá en la idílica playa blanca de Cancún en Méjico, alguien observó al presidente conversando amenamente con uno de los tantos CEOs[2] de Google y luego imaginaron una historia interesante, digna de una mente creativa: Google abrirá una sede en Costa Rica para Centroamérica. El chisme se convirtió, sepa Dios con qué intención, en un comunicado oficial de la casa presidencial y le dio la vuelta al mundo.

Para quienes conocen la pujante evolución del gigante de las búsquedas: Google, la noticia era maravillosa. Fui uno de los cándidos creyentes, y regocijado se las envié a mis queridos y queridas estudiantes, para que se fueran preparando para gestionar un puesto en la empresa apenas construyera su sede en Heredia. La alegría se desvaneció en menos de un día, y tuve, dada la circunstancia azarosa, que enviar otro correo para rectificar. Fueron dos correos, el primero lo titulé, en tono eufórico: “Google abrirá sede inteligente en Heredia”, y el segundo en tono ofuscado: “Google no nos estaba buscando”. Como ven fue gracias a un chisme.

Es realmente una lástima que Google no viniera a Costa Rica, no sólo por los posibles empleos para muchos de nuestros nuevos emprendedores, sino también, por los otros ofrecimientos, en particular deseo destacar, la propuesta del fantasmagórico CEO, un tal señor Alegre, de digitalizar todo lo digitalizable habido y por haber en el país. Habrían puesto en bits el incontable material de las bibliotecas y de paso hasta le hubieran metido el hombro al gobierno vegetal punto com que todavía no sabe para que sirve Internet. Ese par de detalles eran suficientes para regocijarnos.

Ahora que, con espanto, hemos recibido la noticia de que cientos de documentos de la biblioteca colonial de Cartago se debaten entre la vida y la muerte, Google habría sido milagroso. Ahora que, con el mismo espanto, hemos recibido la, también, nefasta noticia (difícilmente tenemos buenas) de que la documentación archivada en las oficinas de Carrera Académica (CA) está siendo atacada vilmente por un ejército de bichos (comején[3] y polilla), la llegada de Google habría sido memorable.

Quienes están enterados de la divulgación de las queridas colegas de CA sabrán que el comején y la polilla están causando estragos, a tanto ha llegado el descaro de estas especies diabólicas que es imposible laborar en esas oficinas y han optado –las funcionarias- por abandonar el lugar a su suerte y declararlo non grato. Mientras tanto los implacables animalillos ya han consumido obras completas, algunas inéditas, otras con sello editorial, diccionarios de lenguas olvidas, historias jamás reveladas, trilogías a dos manos, poemarios, “una autobiografía escrita por el mismo” del legendario Juan de Cavallón, con anotaciones al margen del cura Juan de Estrada Rávago, cuyos tres puntos se le asignaron inexplicablemente a cierto historiador, una misa escrita íntegramente en huetar, opúsculos con los resultados de los cientos de proyectos de investigación que en su momento adelantaron la ciencia un nanómetro, partituras todas, como dirían los de Les Luthiers, con la misma tonalidad: blanco amarillento, ensayos, libros de cuentos, recopilaciones, guías académicas, fotocopias de títulos de doctorado, licenciatura, bachillerato y diplomado, certificados de cursos allende los mares, pasantías, ponencias en idiomas inverosímiles y hasta en lenguas muertas, pinturas al óleo y acuarelas, la tesis doctoral de mi querida y controversial amiga Azucena Flores Rojas, el evangelio apócrifo de mi no menos apreciado primo Anunciación Barquero tasado en dos y medio puntos, una novela que hizo llorar al presupuesto de la universidad pues se imprimieron mil ejemplares y hasta ahora, treinta años después, solo se han vendido veintitrés, de esta gloria, los bichos se comieron la versión original manuscrita. Con algunos catedráticos, el comején y las polillas, han efectuado mesa gallega, de sus treinta y tantos puntos en producción académica ya sólo les han dejado tres, y ahora surge la pregunta ¿deberían ser re-evaluados? Si se cometiera esta injusticia pasarían a engrosar el batallón de los profesores uno y tendrían que volver a producir. Por supuesto que la culpa no es de la universidad, ni de los bichos, es de los creadores por no haber retirado de las oficinas de marras tan valioso material. Espero en Dios que Julio Escamez[4] no haya olvidado por allí ningún grabado y si fuera así ojalá los bichos lo respeten, y que también se detengan ante los bellísimos trabajos de pintores nacionales reconocidos que se les obsequiaban a los catedráticos al alcanzar ese honor.

Con la llegada de los edificios inteligentes (EI) a Heredia, CA podría solicitar uno capaz de mantener la temperatura adecuada para que la documentación no se dañe, ese detalle es una minucia para un EI, dotado de otros poderes, como por ejemplo, eliminar cada cierto tiempo a cualquier bicho corrupto que atente contra los bienes de la institución, rociándolo con algún químico, que aunque no lo mate (sería un pecado ecológico), al menos le arrebate el apetito intelectual y deje de alimentarse con la producción académica. Ese flamante EI evitaría ésta y otras tragedias que están devorando a nuestra querida universidad.

***

[1] ¿Quién se comió las vacas gordas que vió pastando en nuestro querido terruño el presidente?

[2] Especie de yuppie.

[3] (Del arahuaco antillano comixén). Nombre de diversas especies de termes en América del Sur.

[4] ¿Sabrán los yuppies que Julio Escamez alguna vez impartió clases en esta universidad?

 

Felipe Ovares Barquero

Desde el Edificio Inteligente de la Escuela de TICs y Tal

Donde las paredes “miran, callan y piensan”