El extraño caso del Cisne Negro
 
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Lo dice Torrente
que es un servidor…[1]

No atemos tanto cabo, ni es necesario convocar al espíritu de Agatha Christie para hallar la solución de tan menguado acertijo. La respuesta para los españoles es natural: Es el oro del rey.

De Gibraltar partió un Boeing 757 hacia el aeropuerto JFK en Nueva York, la nave cargaba en su barriga 17 toneladas de monedas extraídas del fondo del mar, acuñadas en oro y plata, metales preciosos, no necesariamente, extraídos de las legendarias minas del rey Salomón. Eran 500 mil: las monedas. Según los expertos, un coleccionista pagaría sin mucho titubeo $1000 por cada una. A mi calculadora le faltan ceros y me sorprende con un 5 elevado a la 08 (508).

El gobierno español señala como nuevos piratas[2] a las compañías norteamericanas, que no respetan lo ajeno, y los responsabiliza del saqueo irreverente de sus tesoros. No ha faltado, en la madre patria, quien los tilde de sinvergüenzas, aventureros e infieles. Bajo las aguas del estrecho de Gibraltar yacen unos 400 naufragios similares cargados de fortunas procedentes de las Indias esperando volver a ver la luz del sol. El mismo sol que secó el sudor y las lágrimas de los incas y de los mayas…

La compañía norteamericana Odissey Marine Exploration, argumenta que todo es transparente, excepto las aguas en donde están los restos de los naufragios. Por ahora no revelarán el sitio del hallazgo, lo han cubierto bajo un velo de misterio bautizado con el sensual nombre del Cisne Negro. Dicen que está ubicado cerca de las costas de Inglaterra, muy lejos de donde despegó el avión contratado por Odissey. Los españoles sospechan que los están engañando y que el lugar secreto está en sus propias narices, es decir en el estrecho de Gibraltar. Ahí ha estado operando desde hace varios meses el buque Odissey Explorer de la mencionada empresa.

Gibraltar es una pequeña colonia británica (de 6 Km2) localizada en Andalucía, España. Permanece ocupada por el Reino Unido desde 1704 por virtud (dirían los ingleses) del Tratado de Utrech (1713). Una piedra en el zapato que los españoles han soportado, no sin sobresaltos, durante más de tres siglos. Historia similar a la de las pequeñas ciudades de Ceuta y Melilla que España mantiene en el territorio de Marruecos.

Pérez-Reverte al referirse al oro del rey nos ilustra así: “En las minas lejanas del Perú y Méjico, lejos de la luz del sol, bajo el látigo de los capataces, miles de esclavos indios[3] habían dejado la salud y la vida para que ese metal precioso llegara hasta allí y fuese a pagar las deudas del imperio, los ejércitos y las guerras que España libraba contra media Europa, o aumentara la fortuna de banqueros, funcionarios, nobles sin escrúpulos, y en este caso la bolsa del mismo rey.”[4]

Ahora viene el lento pero preciso y honesto proceso judicial en los Estados Unidos, allí se ventilará el asunto, y si el oro no se tomó legalmente como lo indican los tratados internacionales, el gobierno norteamericano empleará su poderío para devolver el oro a su legítimo dueño: El rey.

 

Gloria a Dios en las alturas,

recogieron las basuras

de mi calle, ayer a oscuras[5].

 



[1] Tomado de la canción “Semos diferentes” de Joaquín Sabina.

[2]Según Pérez-Reverte, en su novela “El oro del rey”, hubo piratas berberiscos, ingleses y holandeses. Todos querían lo mismo: el oro del rey.

[3] Benedicto XVI en Brasil nos ilustró diciendo que se trató de un encuentro de culturas y no de una imposición y alienación.

[4]Arturo Pérez-Reverte, en su novela “El oro del rey”

[5]Tomado de la canción “La fiesta” de Juan Manuel Serrat.

Felipe Ovares Barquero

18 de mayo de 2007