Armenia
 
 


Mi querido amigo Jué prometió solemnemente ajustar cuentas con el cura párroco. La sentencia la pronunció, a los cuatros vientos, unas horas después de que el prelado lo interpeló con una pregunta bíblica frente a los compañeritos del catecismo. Éramos entonces unos niños que sabíamos otras cosas más mundanas pero divertidas.


–A ver chaval, –le dijo el cura[1] a Jué acercándose con el micrófono en mano– ¿Qué os hace pensar la palabra Sodoma?


Jué no titubeó ni siquiera lo que tarda un pestañazo, abrió la boca y respondió así:


–Es el interior izquierdo del Recreativo.


El cura le pegó un manazo en la cara y le digo:


–Es que sois un bruto.


El ofendido sollozó en silencio con el rostro hundido entre las piernas el resto de la clase. Cuando salimos me dijo, siempre con la misma ingenuidad:


–Verdad que Sodoma es el brasileño del Recreativo de Huelva.


–No Jué. –Le aclaré– Lo está confundiendo con el africano Sinama Pongolle.


–No importa. Algún día me voy a sacar el clavo. Cualquiera se equivoca con semejantes nombres.


Pasarían exactamente trece años, hasta que el dulce sabor de la venganza, según el criterio de mi amigo, llegó. La promesa que todos, menos uno, habíamos olvidado tocó la puerta. El decorado era la misma banca, la misma iglesia, y por supuesto, los mismos actores: Jué y el cura. Silencio sepulcral, el prelado mirando hacia la bóveda de la iglesia, “Levantemos el corazón”. “Lo tenemos levantado hacia el señor…”. Suenan las campanillas agitadas por el monaguillo.


Jué, para impresionar a su novia con su erudición religiosa, aprovecha el breve tilín tilín y le pregunta a la suegra que está sentada a su lado:


–¿Mami –así le decía– usted sabe cuál fue el primer país en aceptar el cristianismo como religión oficial?


La suegra lo miró de soslayo, Jué hizo lo mismo con su novia para tratar de observar el efecto de la pregunta. Durante un frágil instante los tres se miraron. A la señora le gustaba que le hicieran ese tipo de preguntas religiosas.


–No mi hijito. –Le respondió.


El muchacho las volvió a mirar rápidamente y respondió subiendo un poquito la voz para impresionar, aprovechando la culminación del Allegro con brío en sol mayor sostenido de las campanillas.


–Armenia.


La suegra y su hija se volvieron a ver, ella, la dama tocada con velo negro, abrió la boca, subió aún más el tono, y respondió:


¿Dónde queda esa m–i–e–r–d–a? –La frase la pronunció cuando las campanillas, súbitamente, dejaron de sonar.


Los feligreses de las bancas vecinas se volvieron hacia ellos e iniciaron un murmullo que fue creciendo poco a poco hasta colmar la iglesia con un barullo infernal. El cura, a grito pelado por medio del micrófono, puso punto final diciendo:


–Callaos pecadores. Esto no es un mercado. Es la casa de Dios.


El silencio volvió a caer brutalmente sobre el templo.


–¿Qué os sucede? –Volvió a vociferar el cura. El silencio ya era tan espeso que se podía sentir su frío en la piel.


De pronto Jué se levantó de la banca y se encaminó hacia el púlpito. Solamente se escuchaban sus pasos golpeteando el mosaico. Eran sus botas vaqueras de cuero vuelto, tacón cubano y punta italiana, reforzadas con clavos de cabeza plana, una envidia cuando las lucía bailando swing criollo en El primer amor. Nadie chistó. Subió las gradas. Aquello era una escena plagiada a Alfred Hitchcock, un thriller diría la crítica entendida. Tomó el micrófono y le preguntó al cura que parecía un santo de palo impresionado hasta el mutismo por el desenlace de la trama:


¿Padre –así le decían los devotos– usted sabe cuál fue el primer país en aceptar el cristianismo como religión oficial?


–No mi hijito. –Le respondió, recuperándose lentamente del paroxismo de aquella oveja descarriada.


–Armenia. –Le respondió con un dejo de insolencia mientras colocaba el micrófono en el pedestal, enseguida dio media vuelta y abandonó la iglesia con “el tumbao que tienen los guapos al caminar”. Nunca más regresó.


El cura rojo de la ira, saliendo del encantamiento, le gritó desde el púlpito:


¿Dónde queda esa m–i–e–r–d–a?


El cura se curó, nunca más volvió a hacer preguntas para ridiculizar a los feligreses como solía hacerlo desde la primera vez que celebró misa en Santo Domingo.


Hace una semana me encontré con la hija de Angelita la ex novia de mi querido amigo el finado Jué. Ella se casó con un gelado de Orotina dos meses después del affaire con el cura. Lo hizo por despecho, dijeron unos, otros conjeturaron que fue por la vergüenza de que la vieran con el excomulgado. La versión oficial, la de Jué, fue que el cura la carboneó para que lo dejara.


La hija de Angelita, es un amor, aunque ustedes no lo crean su nombre es Armenia, quizá se deba a un acto de fe o de alguna conexión oculta. Ese día luego de un intercambio de saludos le pregunté si sabía ¿cuál fue el primer país en aceptar el cristianismo como religión oficial?[3]


Me voy a reservar la respuesta que salió de los labios de aquella muchacha tan linda.


***


Esto no es palabra de Dios. Es un cuento con mediación pedagógica. Me lo contó mi tío Hernán que acaba de cumplir ochenta y siete. Tiene, según él, dos objetivos. El primero es no olvidar jamás que Armenia fue el primer país católico. El segundo depende un poco de la curiosidad del lector: investigar dónde está ubicada Armenia. Se requiere un “mapamundi de todo el mundo”. Debe ser un mapa moderno, post–perestroika, en uno de la era soviética quizá no la hallen, en uno antiguo quizá sea muy sencillo por lo grande que alguna vez fueron sus dominios.



Una pista. Desde muchos zaguanes, balcones, calles, parques, etc. en Ereván, la capital de Armenia, hacia el sur se ven, los días bonitos y despejados dos bellísimas montañas, una más pequeña que la otra. Son dos triángulos adheridos al horizonte cubiertos siempre de nieve, dos montes solitarios en cien kilómetros a la redonda. Son el Gran Ararat (5165 m) y el Pequeño Ararat (3925 m). Allí, en el Gran Ararat es donde, según los eruditos, acabó tocando tierra el arca de Noé[4] cuando las aguas del diluvio universal empezaron a bajar.



[1] El cura era español.

[2] El Monte Ararat es uno de los símbolos nacionales de Armenia, irónicamente ahora no le pertenece.

[3] La iglesia de Armenia fue fundada por los apóstoles Judas Tadeo y Bartolomé, quienes predicaron el cristianismo en Armenia entre los años 40 y 60. Armenia fue la primera nación en adoptar cristianismo como religión del Estado en el año 301.


[4] “Y en el mes séptimo, el día diecisiete del mes, varó el arca sobre los montes de Ararat”. Génesis, 8:4. Dicen en Armenia que el mérito de Noé no fue salvar a la humanidad del diluvio, fue mantener a raya durante cuarenta días y cuarenta noches a la pareja de conejos.


Felipe Ovares Barquero

7 de octubre de 2008