Alfredo
 
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Ser, y no ser nada

Rubén Darío

Setenta y tantos bajo el mismo sol. Presagiando tempestades. Cara dura, tallada por mil soles esplendidos, polvo, lluvia, soledad, hambre y tristeza, y quizá también por la mano divina de la infinita alegría de la cosecha, de la faena vencida, del cogollo tierno, de su salud inquebrantable, de la nobleza de sus herramientas, del almuerzo tibio envuelto en periódicos que las manos suaves de su mujer le han colocado en la alforja. Y sabrá Dios que otras cosas más pueblan de dureza esa mirada que evita cruzar con la mía la abundante cantidad de amaneceres que lo he sorprendido camino del cafetal. El a su trabajo, yo a ahuyentar la vejez. El ataviado con lo mismo: pantalón raído, camisa manga larga que alguna vez fue blanca, delantal de mezclilla, portaviandas a dos aguas colgando del hombro, machetes y lima al cinto, sombrero de lona con los restos de alguna marca registrada al otro lado del mundo, botas de hule. El que le pasa de lado y escribe estas líneas: tenis New Balance, iPod, celular, pantaloneta y camiseta Puma, limited  edition, lentes oscuros, gorrita color mamón, embarradito de crema por si lo ataca algún jodido rayito de sol o los bichos, imagínense un yuppie deportista y tal.

Hoy lo he vuelto a ver. En otras circunstancias, en plena tarea, sacudiendo un saco de gangoche de la hierba que acaba de quitar. Es una postal de otros tiempos. Alto y delgado como un Quijote, auténtico, su esbeltez es a punta de machete, pala y pico. No hay cámaras escondidas filmando sus angustias mientras suda su gloria y afila el machete, nadie lo escucha. Nadie gastaría siquiera el ruido de una moneda para exaltar sus quehaceres. Ni tiene al final de cada semana un puñado de lumbreras juzgándolo. Está sólo, lucha sólo. No necesita psicólogo, ni va a misa, se basta con su fe, no sabe de colas en el Seguro Social, ni de sindicatos, ni de convenciones colectivas, ni del ISO-9 mil y pico, porque con su pico le basta para asustar a los acreditadotes y a sus formularios.

De la constancia de sus manos volcánicas han salido miles de fanegas de café, granos dorados que han cruzado las fronteras acabando en lugares inverosímiles. Héroe anónimo.

Alfredo tiene 87. Y seguirá en ese reality show hasta que el gran hermano lo ponga de rodillas, probablemente, sobre el polvo del mismo escenario: el cafetal de su vida.

El mismo se juzga: tú puedes Alfredo, lo has hecho bien, pero en el fondo de tu alma hay pasión, debes mejorar y cuando seas sorprendido por algún extraño en el escenario sonríe. No olvides nunca sonreír.

Unamos todos nuestros pensamientos por Alfredo. Para que nunca muera.

O envía un mensaje de texto al número 29832 con la palabra ALFREDO (todo en mayúscula) y derrotemos al mundo globalizado que nos tiene arrodillados escuchando a una niña española cuya fama se labró cantando aquella canción que dice “antes muerta que sencilla”.

Felipe Ovares Barquero

9 de octubre de 2008