Número 109 • Sábado, Julio 12 de 2008 • Inicio CuentosMarginaliasFotografía Contacto  •

El 20 de julio saldremos a marchar por la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

El cuento de la semana

Aldo quiere ser un caballito de mar*
Por Reinaldo Spitaletta

I

La brisa borró la huella del cangrejito sobre la arena. Y el hombre pensó: “así somos de efímeros”. Con la mano derecha se subió el mechón de pelo que le tapaba la frente. Después, con desgano, miró el horizonte azul claro y se hundió en su soledad. El vuelo de una gaviota lo sacó del ensimisme. Escuchó el rumor de las olas y la voz del viento que gritaba a lo lejos. “Es un viento salado”, pensó. El sol estaba a punto de clavarse, enrojecido, en el mar. Un alcatraz tomó impulso y se arrojó contra la superficie encrespada del agua. Al penetrar en ella, nacieron espumas blancas. El pájaro se elevó de nuevo. En su pico descomunal agonizaba un pescado. “Tanto nadar para terminar en el vientre de una ave”, pensó el hombre y en sus ojos se reflejó el disco encarnado del sol muriente. Las hojas de los cocoteros se agitaban como manos de despedida. El hombre entendió los movimientos de las palmeras, y agachó la cabeza para mirar una concha inerte en la playa. “Son extraños los paisajes marinos”.
–Papá, ¿cuándo me llevarás al mar?
–No sé. Tal vez nunca podamos ir. El mar nos hace sentir pequeños.
–Pero yo soy pequeño, eso no importa.
El hombre se tendió en la arena y un cielo sin nubes le cayó en los ojos. Una legión de alcatraces en formación triangular, volaba hacia el sur. “Parece una escuadra guerrera”, pensó. La brisa aumentó su intensidad y las palmeras continuaron su concierto de adioses. El hombre sintió en su pie derecho el paso baboso de un caracol. Cerró los ojos como si ese acto le agudizara su sensibilidad. “Es un cosquilleo como el que produce el miedo”, se dijo para sí y movió con fuerza el pie. El pequeño molusco se desprendió en silencio.
–Papá, ¿este año sí iremos al mar?
–Tal vez. Todo depende de si hay dinero.
–¿Y para ir al mar se necesita dinero? Los pájaros van y no pagan.
–Nosotros no somos pájaros.
La brisa azotó el cuerpo desnudo del hombre. “Es caliente pero siento frío”. Siguió mirando el cielo limpio. “Sí, es verdad. El mar y el cielo nos hacen sentir insignificantes”. Se reacomodó sobre el piso arenoso y volvió a mirar el horizonte, ahora rojizo. “Hay un incendio en el infinito”, pensó y se pasó la mano derecha por la frente. La sintió húmeda. Entonces se la secó con el dorso. Los haces lumínicos pintaban al hombre de un confuso anaranjado. Parecía un cuadro impresionista. “Me duele esa luz en los ojos”. La brisa inició un canto crepuscular. Parecía como si algo o alguien estuviera muriendo. El hombre se puso boca abajo y la voz de las olas le apagó los sollozos.
–Papá, ¿por qué no me has llevado nunca al mar?
–Porque el mar te hace daño. El sonido de las olas te podría enloquecer.
–¿Y cómo no enloquece a las gaviotas?
–Porque ellas no lo escuchan.
El hombre se levantó, despacio, como si no tuviera fuerzas, y se limpió la arena del cuerpo. En el suelo quedó una hendidura con la forma de una silueta humana. La pateó varias veces. “No quiero que quede nada de mí”, dijo y sus palabras las arrastró el viento. Caminó hacia el mar. Su sombra lo siguió, larga. La cara del hombre tenía el color de los arreboles. Una manchita nacarada en la playa le distrajo la marcha. Se agachó. “Es hermosa esta concha porque está muerta”. Volvió a tirarse sobre el blanco colchón ondulado, granulado. El sol estaba a punto de hundirse definitivamente en el mar, flotaba en las olas, y las pincelaba de luz dorada. Tornó a cerrar los ojos. Y pareció como si se desvaneciera en sueños.
–Papá, quiero convertirme en pez, en un pez volador. Así podré ver los corales y las palmeras.
–No digas pendejadas. Los niños no se vuelven peces, a no ser que cometan pecados.
–Yo soy un pecador.
–¿Por qué?
–Porque quiero ir al mar.

II

Quería ser un pez (“Los pececitos que van por el agua, nadan, nadan, nadan”) y ahora me encuentro nadando en el aire, volando, alto, muy alto, casi toco las nubes. Ah, sí, allá abajo está papá, ¡papá, papá!, ¡puedo volar!, ¡mírame! ¡Podré ir al mar por mi cuenta! Ah, qué frescura. Volar es como si uno no tuviera cuerpo, solo alma, espíritu. No tengo alas, pero vuelo. Tampoco muevo las manos, ni los pies. Simplemente me dejo llevar, seducir por el viento, como una cometa, como una pluma. Cada vez las cosas de abajo son más pequeñas. A papá lo veo como un enano. He crecido más que él. Por fin soy más alto que él. No quiero bajar nunca. No quiero volver a ese cuarto desnudo, sin cuadros, sin juguetes, sin mamá. Ese cuarto huele a orfandades. Volaré hacia el mar, allá, en el fondo, debe estar ella, jugando con las estrellas y las caracolas marinas, coqueteando con corales, arrastrando algas, conversando con las medusas, amando las corrientes oscuras, acariciando cofres de piratas, ella solía cantarme canciones de mar. “Soy pirata y navego en los mares, donde todos respetan mi voz”. Y su voz era clara, tenía música en cada palabra, en cada beso que me daba, en cada oración que me enseñaba: ángel de la guarda, mi dulce compañía no me desampares ni de noche ni de día. La voz de mamá se me parecía a la brisa. Venía de mares lejanos, y esos mismos mares se la llevaron, hacia ti voy, mamá, ya estoy llegando, allá está el azul, más abajo estás tú, sobre una barquita al garete, metida en la tormenta, no grites, mamá, que yo voy por ti, yo te salvaré porque puedo volar, puedo luchar con las olas porque tengo alas, alas invisibles… Ajá, te has puesto a cantar, mamá, quieres calmar la furia marina con tu voz de sirena: el mar y el cielo se ven igual de azules, y en la distancia parece que se unen… Te suena bien la canción, mamá, mira que el agua se ha calmado, tu voz hizo el milagro, ¿milagro?, ¿por qué te has aquietado sobre el agua, mamá?, ¿por qué tus cabellos están desparramados y tus ojos abiertos y tus labios sin color? Ya casi llego hasta ti, no te vayas, no te vayas, no me mires con esas cuencas vacías, no me digas adiós con esas manos sin carnes, espérame, voy contigo, quiero que me cuentes otra vez los viajes de Simbad.

III

–¿Adónde irá en sus vacaciones, señor Marín?
–Esta vez sí iré al mar.
–Pero usted ha dicho que el mar lo pone triste. Y en vacaciones uno va a dejar las penas atrás. El asueto es para olvidar.
–Voy a arrojar mis penas al mar.
Una corriente fría le bajó a la mujer por la espalda. Miró el papel blanco y comenzó a teclear. El ruido de las letras sobre la hoja le mimetizó la voz: “Ojalá no se vaya a matar”. El hombre se despidió con un movimiento de mano y cerró la puerta con suavidad. Caminó hasta el ascensor y antes de que se cerrara, observó con una mezcla de desgano y melancolía el avisito de la oficina: “Representaciones Aldemar Marín”. La calle lo recibió con su voz ronca de automotores, gritos de vendedores ambulantes y afanes de seis de la tarde. “Mañana me libraré de este infierno. Estaré en el mar”, pensó el hombre. Tenía el pelo aindiado, con un mechón gris que le caía en la frente. Se pasó la mano derecha por la cabeza y caminó despacio. Atravesó una calle y el pito desesperado de un carro lo dejó aturdido. “Esto es irresistible”. Sus pasos eran inciertos. No sabía adónde dirigirlos. Lo mismo le daba el norte que el sur. Las luces de neón le acentuaban las tres arrugas de la frente y le ponían brillos a su mirada. Eran unos ojos cansados e inexpresivos. El hombre se detuvo frente a una vitrina de almacén. Y su cara se reflejó en el vidrio. No se reconoció de inmediato. Creyó que alguien lo vigilaba desde el otro lado. En la vitrina había adornos fabricados con conchitas marinas y dos pescados de mármol. Los observó con curiosidad. “Pronto estaré con ustedes”, pensó.
Las luces artificiales de la ciudad hacían ver al caminante como un fantasma. Le empalidecían la faz y le estiraban la sombra. El hombre continuó su errancia callejera. En otra esquina se detuvo en seco. Había una mampara luminosa y en ella, un aviso de colores: “El pez que fuma”. “Qué nombre tan extraño”, pensó. Se paró frente a la puerta y miró hacia adentro. Vio hombres que abrían sus bocas, unas veces para articular palabras ininteligibles desde dónde él estaba; otras para beber las copas. Hizo una señal de fastidio con los labios, y se alejó. No había vuelto a bares, y no le gustaba la compañía. Por esa rara afición a la soledad, no se casó, y las novias que tuvo siempre lo abandonaron porque lo veían como un hombre anormal, sin ganas para el amor, sin motivaciones para el futuro. Era un ser derrotado. Un fracasado. Apenas sobrevivía con su oficinita, pero nunca quiso pasar de ahí. No le interesaba conseguir dinero. No estaba destinado al éxito, ni a la fama. Era, lo sería siempre, un mediocre. Un hombre sin atributos. Uno de esos que dicen a mis soledades voy, de mis soledades vengo. Así lo había acostumbrado su padre. Y la vida. Hijo único, conoció desde niño las descompañías y las ausencias. Los libros le mitigaban las amarguras en sus noches largas. Tal vez ellos, con sus voces de silencio, lo habían salvado de la locura y de la muerte. El hombre detuvo su andar. Era nadie en medio de la ciudad. Era un desconocido, un forastero, un extranjero en su tierra, un alma extraviada. Se dijo todo esto mientras miraba la fuente de un parque. El movimiento del agua le recordó antiguas conversaciones con su padre y le evocó a su madre, tan desfigurada en el recuerdo. Apenas una imagen sonora. Memoraba su voz. “Creo que era como la voz de esa fuente”, pensó.
–Mamá, cántame una canción. Quiero dormirme ya.
–¿Cuál te canto, Aldo?
–La del barco que salió de Jamaica y jamás volvió.
–Esa es una canción triste, niño. No te haría dormir.
–Esa es la que quiero, mamá.
El agua de la fuente tenía un sonido agradable. El hombre lo oyó bien. “No siento el barco, no siento el barco que se perdió”. La voz salía del fondo y se elevaba con los chorritos luminosos. Se acercó más, y siguió escuchando la voz acuosa. “Siento el piloto, siento el piloto y la tripulación”. El hombre ya estaba al borde de la pileta. La voz no paraba: “pobres muchachos, pobres pedazos del corazón, y la mar brava, y la mar brava se los tragó”. El agua fría en los pies, lo aterrizó. Se alejó despacio de la fuente, dejando atrás sus huellas mojadas. En su cerebro siguió oyendo, durante un tiempo indeterminado, un eco distante: “y la mar brava, y la mar brava se los tragó”.
La ciudad se estaba silenciando, cuando el hombre prosiguió su marcha indecisa por las calles. La noche estaba llena de avisos luminosos y de soledades. “Mañana ya no estaré más”. Un olor a pan que se escapaba por una puerta ancha, le recordó sus años jóvenes. Vio a un niño de pantalón corto y cargaderas. Bajo el brazo portaba un cuaderno, y de su hombro derecho colgaba una cantimplora de plástico. El párvulo entró a una tienda, sacó del bolsillo una moneda y pidió pan. “Este pan vale más”, le dijo el dependiente, con una sonrisa fresca en la cara. “No tengo más”, contestó el niño. El vendedor siguió sonriendo y le dio un golpecito en el hombro al muchacho. “Otro día me pagas el resto”. El hombre parpadeó. Sus ojos estaban vidriosos. Parecía con ganas de llorar. El olor ya había pasado.
El hombre oyó el eco de sus pasos que lo perseguía. Los tacones tabaleaban el piso, como si acompañaran una canción de ritmo lento. Otra vitrina lo hizo detener. En su interior, una red de pesca se extendía a manera de adorno. La atarraya sostenía una colección de vestidos de baño. Cada uno tenía el dibujo de un pez espada. “Me gustaría que un pez de esos me atravesara el alma”.
–¿Por qué Aldo será un ser tan triste?
–No sé. Siempre ha sido así. Interiorizado. Lleno de dolores.
–¿Por qué no conseguirá una mujer que le lidie las angustias?
–No le gusta compartir con nadie sus pesares. Es un hombre colmado de misterios. Indescifrable. No sé cómo logra comunicarse para poder vivir de una oficina.
–Debería buscar otros rumbos. Cambiar de paisajes. Eso le vendría bien a su alma. Es un hombre pobre de espíritu.
–Sí, debería irse al mar.
Cuando se retiró de la vitrina dejó de escuchar las voces. Miró con descuido al cielo negro y vio algunas lucecitas. “Son los navegantes de la oscuridad”, pensó. “Pronto estaré con ellos”. Anduvo cuatro cuadras más, sin prisas, como si no quisiera llegar nunca a su casa. De una torre cercana volaron once campanazos. “Estoy cansado de todo. Creo que el mar me hará mucho bien”. Sacó un llavero del bolsillo, escogió una llave y la introdujo en la chapa. Mientras la giraba, pensó: “Esta es la puerta del infierno”.

IV

El hombre abrió los ojos y las estrellas lo saludaron con su luz titilante. “El cielo lo hace ver a uno como un ser mínimo”. Comenzó a distinguir la Osa Mayor y, hacia el sur, descubrió a Orión. Estaba embebido con las constelaciones. El firmamento le enviaba extrañas señales que él intentaba interpretar. Quería leer su futuro en cada uno de los luceros. Quiso contarlos, pero le pareció una tarea inútil. Recordó que, cuando era niño, una noche vio la caída de una estrella. Estaba en el patio de su casa mirando la oscuridad, como un gato acechante, cuando una luz atravesó el espacio. El cuerpo celeste descendió, vertiginoso, y desapareció de su vista muy pronto. Se sintió frustrado. Esperaba más del fenómeno. Pero todo ocurrió tan rápido. “Esa era mamá que jugaba con las estrellas”, pensó.
En la arena, los cangrejos se paseaban con calma. Algunos agujereaban la playa y se metían por las cavidades. El viento silbaba, y del mar surgían voces lúgubres. Las palmeras daban la impresión de ser escuálidas manos abiertas, implorantes, manos que emergían de la tierra como pidiendo auxilios. El hombre observó la soledad circundante. Y sintió piedad del mundo.
–¿Cuál es el animal que más te gusta, Aldito?
–El caballito de mar.
–¿Por qué?
–Porque corre bajo el agua y no se ahoga.
–¿Te gustaría ser un caballito de mar?
–Sí, profesora. También me gustaría ser una estrella marina. El agua no las apaga.
-Por lo visto, te gustan los habitantes del mar.
-Me gustaría vivir en el mar para jugar con mi mamá.
El hombre comenzó a escuchar, lejana, la música de las estrellas. Lo arrullaba. Le relajaba el espíritu. Los ojos brillantes del cielo lo miraban con curiosidad. “¿Será que los astros quieren hablarme?”, se preguntó mentalmente. Un cangrejo se montó en el pie derecho del hombre, y lo hizo levantar bruscamente. El animal corrió y se metió a un hueco. El hombre escuchaba ahora el rumor de las olas, se sentó en la arena, y el viento le agitó el cabello. Miró hacia el mar y vio luces móviles. Parecía un naufragio de luciérnagas. Se levantó y alzó los brazos. Vio el cielo por última vez, y echó a andar. El brillo intermitente de las aguas marinas aumentaba. Iba y venía. El hombre avanzó con seguridad y sus pies se hundieron en la arena. A su paso, huían los cangrejos. Sintió el agua tibia. Y continuó caminando con más velocidad. Las extrañas luces acuáticas le iluminaron la cara. El hombre siguió adelante. Atrás, las palmeras manoteaban adioses. La voz del viento se regó, ancha, por la playa solitaria. Arriba, el cielo parecía llorar con lágrimas de luz.

* Aldo quiere ser un caballito de mar hace parte del libro El desaparecido y otros cuentos.

Reinaldo Spitaletta
Escritor colombiano. vive y trabaja en Medellín.
Ha publicado: El último puerto de la tía Verania (novela), Oficios y Oficiantes (relatos), El Desaparecido y Otros Cuentos (cuentos), Vida puta puta vida (con Mario Escobar Velásquez), Reportajes a la Literatura Colombiana (con Mario Escobar Velásquez), Vida muerte y resurrección de Benjamín Camacho (gran reportaje, en coautoría con Guillermo Sánchez), Con otro son, relatos (en coautoría con Memo Ánjel), Café del Sur, relatos (Con Memo Ánjel).


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