Número 108 • Sábado, Julio 5 de 2008 • Inicio CuentosMarginaliasFotografía Contacto  •

Bienvenidos los liberados. Ahora más que nunca, no se pueden olvidar los que quedaron allá

 

El cuento de la semana

La enseñanza
Por Elkin Restrepo

Una noche estaba a punto de acostarme, cuando escuché a alguien afuera. Al abrir la puerta, me topé con un hombre muy alto a quien, dado el frío que hacía, invité a entrar. Pero era tan grande que no cabía por la puerta, y aunque lo intentó una y otra vez, doblándose hasta donde se lo permitía su cuerpo, pronto desistió de hacerlo y con una seña me pidió que saliera.
Me puse mi chaqueta de cuero de cordero y salí a la noche limpia y estrellada.
Advertí entonces que era mucho más alto de lo que pensaba  y que, al lado suyo, cualquiera se veía insignificante. ¡Ni en el circo había visto criatura igual! Al advertir mi turbación, puso una mano sobre mi hombro y sonrió para tranquilizarme.
De una delgadez extrema, su cabeza se perdía arriba en el cielo, lo que no impedía que pudiera escucharlo. Andaba tan lento que, viniera de donde viniere, debió gastar años en llegar hasta aquí. Supuse el cansancio, lo que aún le faltaba por recorrer, el carácter de su aventura.
– ¿Eres Dios acaso?, le pregunté, asombrado.
Era una pregunta rara, yo tenía doce años, y no se me ocurrió otra cosa qué preguntarle.
Pese a  mi intriga, no contestó.
– ¿Eres Dios, no es cierto?, insistí de nuevo.
Ni su tamaño, ni su voz hablándome desde las nubes, me alarmaban. Por el contrario, me alentaba encontrar de pronto en aquel suceso inesperado una oportunidad para cancelar viejos asuntos. Pero, como si mi curiosidad le causara gracia, rió con una risa breve, de niño que se ahoga, y eso fue todo.
–Cada noche le pido a Dios que venga–, continué, sin desanimarme.
–Es una bonita petición.
– La verdad, jamás  he visto un ser como tú.
–No, no hay otro como yo. Antes quizás, en otros tiempos, pero ahora  no.
– ¿Antes? ¿Hubo otros como tú antes?
–Dije quizás.
Aunque la respuesta era ambigua, lo miré maravillado. La verdad, no podía imaginarme un mundo lleno de criaturas como él.
– ¿Entonces Dios no es uno?–, intenté otra vez.
Volvió a reír con su risa pequeña, ahora con un dejo de cansancio.
–Si no hay otro igual, eres sin duda...
– ¿Cambiamos de tema? –, me interrumpió, impaciente.
Recostó su figura de sueño en la casa y bostezó sin disimulo.
– Ví una luz en el camino y quise charlar un poco. Hace tiempos que no lo hago.
Entonces habló y habló, olvidándose de que era medianoche y de que allí afuera en el campo helaba. Por lo que advertía era un charlatán nato, y habló de cuanta cosa se le ocurría, del mal tiempo, del gobierno, de deportes, y se retorcía de risa cuando creía haber dicho algo jocoso. La verdad, salvo trivialidades, poco de particular tenían sus palabras.
Al rato, para estirar un poco las piernas, caminó delante de la casa. Fue hermoso verlo alzarse hasta las estrellas. Luego, volvió a su cháchara insulsa, que no iba  a mi  parecer con una criatura como él.
Hablaba de todo y de nada. Realmente se notaba que hacía tiempo no lo hacía con nadie y, para retenerme, inventaba historias sin pies ni cabeza. Sin embargo, en algún momento, dijo que quería tener conmigo una verdadera conversación de compañeros, y recalcó la palabra compañeros.
Parecía que, al fin, diría  algo serio, y  me apresté a escucharlo. Entonces, inclinándose, en plan confidente, me preguntó si tenía novia. El asunto me tomó de sorpresa y no supe qué responderle. ¿Novia? Sí, claro... por supuesto... Viendo mis dificultades, fingió ocuparse de su traje sucio y maltrecho.
Al final, le respondí que sí, que tenía una desde hacía algún tiempo. Pero al averiguar por su nombre, no supe decirle ninguno. Me sonrojé de vergüenza y, contra mi voluntad, un par de lágrimas empezaron a correr  por mis mejillas. Mentiras decía a menudo, pero no entendía por qué ésta me delataba de esa manera.
Cuando esperaba un reproche, vi que de nuevo fingía ocuparse del estado de su traje. Que en su ánimo no estuviera censurarme, me dio un gran descanso.  Separó con parsimonia una hebra de la manga del saco y, con gesto escrupuloso, la tiró al aire. De nuevo se recostó en la casa y, mientras se hurgaba una oreja, con aire sibilino, dijo que yo ya estaba en edad de saber unas cuantas cosas acerca de las mujeres. Por primera vez lo escuché con verdadera atención, aunque el tono me pareció presuntuoso.    
–Respecto a las mujeres, comenzó, lo mejor es estar alerta y actuar con sigilo de gato. Que yo sepa, nadie ha entendido qué es lo que ellas realmente quieren. Son caprichosas y tercas, como mulas; su vocabulario sólo consta de una sola palabra: ¡desastre! Un bofetón de vez en cuando, te lo aseguro, no les viene mal...
Calló enseguida, para medir el efecto que me producían sus palabras.
Yo lo miraba estupefacto, no podía creer lo que estaba oyendo.
–Por supuesto, continuó, son hermosas y, a lo mejor, sin ellas, el mundo sería más aburrido. Pero igual sucedería si no hubiera leones ni cocodrilos, con la ventaja de que con ellos no te estás cruzando a cada momento. Además, ¡horror!, ¡crían niños! Cualquier cosa, menos eso, mira cómo tienen el mundo, ya no cabemos en él.
Feliz oyéndose, elevaba cada vez más la voz y exageraba el movimiento de las manos. Parecía un actor sobreactuado. Por mi parte, no sabía qué pensar, lo que decía no me parecía correcto aunque, en últimas, lo encontrara atrayente. Intenté contradecirlo, pero no me dejó abrir la boca.
–Hay algo, sin embargo, que les agrada sobremanera, algo que un chico de tu edad no sabe... a menos...
Era un maestro en el arte de la intriga, y me reventaba que no fuera directo al grano.
– ¿A menos qué?, casi grité.
–A menos que me prometas no contárselo a nadie. Es un secreto.
Aún pareció pensarlo de nuevo, aunque le di mi promesa. Al fin, con una seña, pidió que me acercara. Corroboró que no hubiera alguien por ahí  y de nuevo se dobló como un papel. Al oído, entonces, empezó a contarme tales cosas, que ni un rufián mayor lo haría mejor. Según él, sólo un picaflor, sabe qué es aquello que pone realmente alegre y feliz a una mujer... aquello por lo que son capaces de todo, matar incluso. Lo sabía por experiencia propia
Entonces, entre palabra y palabra, empezó a ampliar las pausas.
–Con las damas (su voz se volvió un hilo), lo mejor es ir derecho; si no se aprovecha la oportunidad, jamás lo perdonan.
Infló el pecho como un pavo y, con aire sentencioso, culminó.
– ¡A las mujeres hay que tirárselas a todas!
Aunque ignoraba que quería decir “tirárselas a todas”, me sonrojé hasta las orejas. La expresión me produjo una rara inquietud, tanta que mis pies dejaron de estar helados. Jamás un adulto me había hablado en esa forma.
– ¡A todas!–, oí que rugía de nuevo. Entonces, ante mi desconcierto, rió con esa risa molesta suya, de niño ahogado.
La situación me excedía. Antes de que el rubor me delatara, decidí dar por terminada la charla.
–Tengo prohibido hablar con extraños; además es tarde–, intenté despedirme.
El hombre no disimuló su desencanto.
–Siempre ocurre igual. A ninguno parecen gustar mis enseñanzas.
–Vuelve cuando quieras–, le dije por hablar.
Con desgano me alargó una mano increíble, de mi mismo tamaño, que retiró enseguida al ver los problemas que me creaba.
Ambos reímos.
–Es una carta que nunca falla, dijo.
Entonces, sin remilgos, se despidió; lo vi alejarse bamboleándose en la fría noche, quién sabe a dónde. Y sentí pena, porque sabía que ni en sueños volvería a ver a alguien semejante.

Elkin  Restrepo
Poeta. Vive y trabaja en Medellín
Embolata las horas dibujando y escribiendo cuentos. Ex abogado, ex profesor universitario. Ex–ex. Ha sido Cofundador y codirector de la Revista Acuarimántima, Poesía, DESHORA y Odradek, el cuento. Director de la Revista Universidad de Antioquia. Recién ha publicado. Poesía. La visita que no pasó del jardín (2002) y (2008). Luna blanca (antología), (2005). Amores cumplidos (Antología) (2006) Narrativa. Del amor, lo pasajero (2007). La bondad de las almas muertas (próximo a publicarse). Desde hace algún tiempo, atento a las voces de sus mayores, ha decidido sentar cabeza. No volvió a cine.

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