Número 107 • Sábado, Junio 28 de 2008 • Inicio CuentosMarginaliasFotografía (NUEVO) Contacto  •

No olvide la liberación de TODOS los secuestrados 
 
 

El cuento de la semana 

Estatua*
Por Lucía Donadío

“El día en que una estatua está terminada,
su vida, en cierto sentido, empieza.” 
Marguerite Yourcenar

Descubrí en el jugo de mango el ala de una mosca. Detuve el flujo del liquido hacía mi garganta seca y puse el vaso sobre la mesa. Sumergí de nuevo mis ojos en el océano amarillo y encontré la perfecta simetría de un ala de mosca nadando en la superficie. Me pare tímidamente y llame a la Madre Paloma para que verificara la existencia del ala de mosca.
Con sus ojos fijos en la órbita del que todo lo sabe y todo lo puede, órbita para mí lejana e imposible, comprobó que sí era un ala de mosca. Sacó la cuchara bañada en espinaca del plato de la sopa y sin siquiera escurrirla la introdujo en el vaso y en un solo movimiento pescó el ala de mosca.
–Ya se puede tomar el jugo, dijo con voz de monja. La miré con ojos a punto de lluvia.
–Ya no tiene alas de mosca ni rastros de tiburones, añadió con una sonrisa de bruja.
Más humillada que el ala de mosca, no supe qué decir o hacer. Me volví estatua. Aprendí a ser estatua cuando jugábamos a explorar la casa de la abuela y en medio del coro de voces, gritos y carreras, Aurora decía un nombre y el nombrado se convertía en estatua, inmóvil, perpleja y muda. Aurora nos convertía a todos en estatuas, desperdigadas por corredores, alcobas y rincones. Durante eternos minutos debíamos permanecer quietos, estatuas completas y absolutas, para que ella, ama y señora del juego, arrebatará del corazón de la abuela todos los sí que añoraba conseguir. Aún siendo estatua, podía ver a Aurora derrochando poderes y saberes que la abuela le endilgaba en un abrir de sus ojos azulados por el velo de las cataratas. –Sigan como estatuas, decía Aurora con voz de mando y constancia de abeja, mientras nuestras piernas flaqueaban, el sudor chorreaba por las frentes y las lágrimas contenidas estaban a punto de explotar. Ella, indiferente al mundo de las estatuas en que nos había convertido, sacaba del baúl del bisabuelo cartas y fotos, medallas y estampillas, jugaba con trompos y canicas y danzaba libremente por los anchos corredores, mientras hilaba canciones en un idioma antiguo.
Había aprendido a volverme estatua cuando los mayores me ordenaban hacer lo que no quería. Tenía horas de entrenamiento en el oficio que cada vez perfeccionaba. Aprendí la lógica de la estatua, la sumisión de sus quietos atributos, la indomable paciencia de la espera, la semántica de la quietud.
Aurora nunca fue estatua. Era la mayor y reinaba en el universo del juego, satélite de la infancia. Sus ojos recorrían la órbita  del que todo lo sabe y todo lo puede, y toda ella era dueña absoluta del planeta de las certezas. Yo, temblorosa y tímida, abrazaba el mundo de las estatuas como nebulosa intentando adquirir un contorno definido. La quietud mitigaba los temores. Aurora decía que las estatuas no temían a nada y yo cuando era estatua no temía a nada. Aurora decía que las estatuas no lloran y yo cuando era estatua no lloraba. Aurora decía que las estatuas no hablan y yo cuando era y no era estatua no hablaba.
Aurora nunca dijo que las estatuas no miraban. Yo siempre miro. Hundo mis ojos en las orbitas de los otros ojos, en los movimientos de los cuerpos, en las apariciones fugaces, en las manchas oscuras y claras. Las estatuas miran silenciosas, digo yo, desde mi quietud de piedra. Convertida en estatua silenciosa me quede mirando a la madre Paloma Pimienta, con ojos de sal.
–Tómese el jugo, repitió por tercera vez, mientras la estatua que soy cuando me vuelvo estatua no se inmutaba, concentrada en escuchar el canto de la lluvia que mitigaba la voz de la monja y en observar las diminutas gotas que golpeaban la ventana.
–Pues sino se lo va a tomar sin ala de mosca, entonces se lo va a tomar con ala de mosca, dijo gritando, mientras las venas de la frente se le hinchaban. Cogió la cuchara del plato de la sopa e introdujo de nuevo el ala de  mosca en el jugo. Seguí en estatua mientras el comedor se iba quedando vacío y las que salían miraban a la estatua que era, hasta que mi paciencia de estatua derrotó el último grito de la Madre Paloma, que cayo al suelo convertida en estatua para siempre.

*El cuento Estatua hace parte de una serie de cuentos titulados A-E-I-O-U. Fue publicado en la Antología Comentada del Cuento Antioqueño de Mario Escobar Velásquez. Editorial Universidad de Antioquia, 2007

Lucia Donadío
Antropóloga, escritora y editora colombiana. Vive y trabaja en Medellín.
Es autora de Sol de Estremadelio, Colección Cántaro de Luz, Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2005. Escribe cuando el oficio de los libros le deja tiempo. Coordina talleres literarios en la Universidad Eafit y la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.


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