Número 106 • Sábado, Junio 21 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Contacto

No olvide la liberación de TODOS los secuestrados
 
 

El cuento de la semana

El pelo gris*

Por Esther Fleisacher Cohen

Aura eligió la simpleza como su estilo de vida. Excluyó lo que implicaba alboroto o bulla, frecuentaba sólo lugares propicios para la conversación; su apariencia era neutra, su vestuario no incluía colores vistosos, sin ser elegante era clásico; no se maquillaba y llevaba siempre el cabello corto. Había un deseo de austeridad, de pasar desapercibida. Por dentro y por fuera era la misma, emociones planas. Nada la sacaba de esa rigurosa cotidianidad; mesuradas eran sus expresiones, opiniones, gustos y gestos.

Pasados los cuarenta y cinco años, las canas asomaron profusamente y una palidez ceniza cubrió su semblante. Empezó a distanciarse de la imagen en el espejo, le costaba creer que esa fuera ella. Un asunto que nunca había sido parte de sus inquietudes comenzó a hacerse presente, sin darse cuenta se veía detallando a las otras mujeres, calculándoles la edad y comparándose con ellas.

La mañana comenzaba con una ducha de agua fría para despertarse de verdad, le templaba el alma y el cuerpo, le gustaba empezar el día con vigor. Pero el momento de elegir la ropa se había vuelto difícil, con todo se sentía marchita. Cada vez perdía más la confianza en sí misma, las vías convencionales le producían sensación de derrota. No se imaginaba cómo sería enfrentar a los conocidos con el pelo tinturado o con rubor en las mejillas. Hizo sutiles cambios que la llenaban de contento, introdujo el verde claro y un rosado pálido en sus blusas; el día que estrenaba pensaba que, ahora sí, se vería diferente; pero su rostro seguía igual de opaco.

A pesar de la vergüenza, intentó hablar con su marido, él lo tomó a la ligera; siempre vio en ella a una mujer práctica y descomplicada. Rodeándole los hombros con el brazo le susurró que la veía hermosa. Laura, ya con diecinueve años, hubiera podido ayudarle; pero se sentía ridícula preguntándole a su hija lo que ella nunca le enseñó; ignoraba los detalles sobre maquillaje, accesorios y moda, descalificándolos por poco útiles.

Nunca contó con que el paso del tiempo cambiaría tanto su aspecto, no se reconocía. Buscaba en las otras mujeres cuál podría ser el corte de cabello que le convenía, los colores de la ropa para su piel, el largo de las faldas para su estatura. Mirándolas descubrió que el maquillaje y los accesorios no eran carga, no se veían agobiadas, ninguna se ocupaba de lo que llevaba puesto. Tal vez como la pintura en los indígenas que tenía diversos significados, vislumbró que era una exigencia de la vida cotidiana. ¿Cómo enfrentar la mirada del otro sin que nada mediara?

La primera vez que la vio le robó su atención. No sabía si sería capaz de vestir como ella o de usar aretes tan largos, pero le pareció auténtica y no pudo quitarle los ojos de encima. El maquillaje era suave y preciso, el rostro se veía iluminado; el terracota de la blusa combinaba con la falda; los zapatos sin tacón, y el bolso de tela colgaba descomplicado en su hombro. Se bajó del bus con pesar, hubiera querido mirarla hasta descubrir dónde, en qué residía la armonía. 

Esperó verla pronto pero no hubo la feliz coincidencia. Sucedió pasados seis meses, la vio sola en el salón de té Astor, saboreaba ensimismada un salpicón con helado. Aura buscó un lugar donde podía observarla sin ser vista. Esta vez, lucía un sencillo vestido rojo con diminutas flores blancas arriba de las rodillas, medias color piel y zapatos marrón; el bolso de cuero descansaba en una silla. El rostro, con muy poco maquillaje, se veía fresco; resaltaban los ojos cafés, serenos.

Estaba absorta mirándola y no se percató de la otra mujer que se acercaba a la mesa. Se sobresaltó cuando vio el entusiasmo con que se saludaban las dos mujeres y el furtivo beso en la boca no le pasó desapercibido. La otra, que le pareció brusca, se sentó de espaldas, permitiéndole seguir la contemplación. Vio los roces de manos, las miradas insistentes y las risas cómplices. Nada de lo que veía era postizo. Estaba desconcertada, nunca se había detenido en el asunto considerándolo ajeno, y precisamente esa mujer se le aparecía como el ideal de lo femenino.

Las mujeres hacía rato se habían marchado y ella seguía allí, los pensamientos no lograban ordenarse, algo se le escapaba. Cuántas veces su propia madre le había dicho con dulzura: “Hija píntate, no tiene que ser fuerte, hace falta así sea sólo un poco”. De inmediato aparecía la imagen de la tía Claudia, imagen de payaso pintorreteado, de mujer triste y buscona. Poco después de cumplir quince años decidió que no podía falsearse; que el color de su piel era tenue, la expresividad de sus ojos miel sorprendían a quien se acercaba de verdad, su cabello abundante sólo necesitaba corte y lavado. Veía en el maquillaje y la vanidad intentos fallidos por esconderse. Pero esta mujer usaba la pintura, la ropa, el bolso como una continuación de su cuerpo. “...,hace falta así sea sólo un poco”, las palabras de su madre cobraban un nuevo matiz, inesperado.

Supo que era inaplazable y se fue a la peluquería. Albita había intentado en vano hacerle todo tipo de recomendaciones, pero ante el gesto escéptico de su clienta se limitaba al consabido corte de cabello de cada dos meses. No salía del asombro, estaba feliz de que por fin quisiera hacer uso de sus conocimientos. La escuchó atentamente y puso toda la sutileza e inteligencia que su oficio de tantos años le permitía.

Al final de la tarde, Aura miraba complacida su imagen en el espejo. Albita había logrado lo que ella quería, sin volverla otra tenía brillo. Lo que siempre había pensado como la mejor manera de ser auténtica, ahora se le presentaba como un interrogante. ¿Por qué tantos años queriendo ser invisible?


*El pelo gris, hace parte del libro de cuentos La flor desfigurada. Hombre Nuevo Editores, Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, 2007.

 

Esther Fleisacher Cohen. Escritora colombiana. Vive y trabaja en Medellín. Autora de: Las tres pasas y otras historias, cuentos, Editorial Universidad de Antioquia, 1999; Cable a tierra, poemas, ganador de la Beca de Creación del Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura en Antioquia, 2000; La flor desfigurada, cuentos, Hombre Nuevo Editores, Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, 2007, ganador de la VII Convocatoria de Becas de Creación del Municipio de Medellín.

 
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