Número 142 • Sábado 13 de junio de 2009 • Inicio Cuentos Marginalias Fotografía Contacto Ciudad Reseñas

El cautiverio sigue. No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!

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Ficción
María Nubia
Alfredo De los Ríos

A comienzos de los sesenta del siglo pasado, cuando cursaba, en el antiguo sistema educativo, el cuarto de bachillerato, apenas tenía algunas amigas, de las  que podrían clasificarse entre las fáciles o numeritos como se les decía en aquel entonces.  Sólo cuando estreché mi amistad con Manuel Lorenzo Rico, pude conocer ese medio a mis anchas, porque mi nuevo amigo, era el equivalente de un príncipe entre plebeyas. Este éxito no sólo se debía a su encanto o simpatía personal, que poseía de uno y otra, sino a un instrumento de gran atractivo en esa época: un poderoso Ford 56 Fairlane, rojo y blanco, de dos puertas sin parales y con exosto de doble salida. En el grupo del colegio regido por  curas jesuitas, pocos tenían auto propio, por lo cual Manuel Lorenzo, quien no era propiamente un adonis, ni tampoco un notable estudiante, se destacaba por este poder adicional que le confería una aureola especial y más entre las amigas con las cuales se podían armar programas especiales. Solamente hasta un año más tarde, en mi familia compraron un Chevrolet Bel- Air, modelo 54, que me sirvió para los propósitos que aprendí, a partir de mi amistad con Manuel Lorenzo.
Con mi compañero en su poderoso Ford Fairlane recorrimos todos los suburbios de la ciudad, unas veces repasando sus numerosas amigas, que con uno o dos pitazos salían presurosas a los balcones, abrían las ventanas o venían corriendo y se apoyaban en la puerta del lado de Manuel Lorenzo, con sonrisas y suspiros. En otras ocasiones hacíamos nuevas amistades, producto de las ya conocidas, o utilizando el efecto del auto, en grupos de muchachas que caminaban por las calles de los barrios o que departían en las aceras y en las entradas de las casas y que saludándolas con simpatía y desenfado, devolvían sonrisas y se miraban entre sí, y al final siempre aceptaban alguna invitación para “dar una vuelta”. En esos años se utilizaba el apelativo de “gasolineras” con las muchachas que más que por los conductores se dejaban tentar por los autos.
Yo todavía no estaba acostumbrado a ese trato de excesiva confianza y tampoco con el uso de ciertos códigos particulares. Manuel Lorenzo se comportaba con todas como un amigo especial o como una suerte de novio, que tenía derechos para tomarles las manos por ratos prolongados, les daba besos fáciles incluso en  la boca y a veces prodigaba caricias que nunca en mi vida me habían autorizado mis pocas amigas. El les decía sin vacilar todo tipo de giros cariñosos y aún de doble sentido, con los cuales las muchachas reían o emitían grititos emocionadas; o respondían en clave, sobre asuntos ya familiares para ellos: una salida anterior, una amiga común, una noche deliciosa…
Los paseos nocturnos en el Ford Fairlane tenían siempre un cierto orden: saludar a las amigas más especiales, pasar enfrente de las casas de otras —eran las que ya tenían novios o eran casadas—  y de acuerdo a ciertas señales se podía saber si estaban ocupadas y finalmente ir donde alguna que tenía una amiga segura, para poder formar las dos parejas. Manuel Lorenzo, sin decirlo abiertamente, me hacía entender que la primera amiga era la suya, y la amiga de ésta, que no siempre él conocía, era la que me correspondía. Era un albur, porque así como resultaba ser una chica atractiva y simpática, podía también ser desagradable y pesada y en esos casos mi amigo era solidario y con gran habilidad cancelaba el programa y hacíamos una nueva ronda hasta quedar satisfechos.
Con las numeritos, a quienes en versión más actualizada se les llama grillas, se podía emplear ciertas conductas que con las mujeres corrientes no era posible. Cuando se subían al carro, sin apenas conocerlas, se les podía tomar la mano sin muchos preámbulos o poner la propia sobre sus piernas, y  con seguridad no existiría repulsa alguna. Era aceptable  pasarles el brazo por encima de los hombros y estrecharlas, y aunque podía existir alguna tensión y falta de confianza, se esperaba que ésa fuera la conducta previsible. El primer beso era  rápido, sin necesidad de mediar palabra, pese a que al principio era sin deseos y con cierto desgano, pero si los labios eran jugosos y la mujer abría su boca y permitía un primer juego con la lengua y se empezaba a sentir el sabor, la función había comenzado. Era necesario superar este umbral, había que ser considerado, no apurarse demasiado pero tampoco quedarse como una estatua, y después de los primeros besos, era muy conveniente mostrar agrado o decir frases estimulantes como “que rico son tus besos” o “si seguimos así, ojalá no pase el tiempo” y el efecto era casi que inmediato. La muchacha empezaba a sonreír, se podía apretar suavemente su mano o su hombro y era el momento para iniciar alguna charla insustancial, una broma suave que la hiciera reír con más intensidad o comenzar a definir un lugar para tomar algunas cervezas -—con servicio en el carro— o en el mejor de los casos para bailar.
Después del  nivel de los besos, era recomendable socializar la relación hasta el siguiente avance, cuando ya  ambos  memorizáramos los nombres y hubiéramos relatado mutuamente los aspectos formales de la  identidad, salvo que se quisiera por anticipado ocultar la verdadera y hacer una especie de falsa relación para no ser reconocidos posteriormente, debido a imaginarios temores con la familia, la novia o las amigas de la misma posición social.
 Aquí es necesario recalcar que estas relaciones se daban entre diferentes sectores sociales,  y en esa época esta diferencia no era un problema ideológico tan sensible, ni los grupos feministas tenían  la influencia que ahora ejercen en nuestro medio; era una forma de machismo espontánea y aceptada por las mujeres, y los códigos se aprendían por medio de los ya iniciados o de nuestros compañeros y amigos un poco mayores. Era, para decirlo sin ambages, una forma de iniciación en la vida afectiva y sexual, de ciertos sectores masculinos, pero también de sectores femeninos —pese a que no se correspondían en la misma clase social—  tolerada en general, en la que cada cual sabía que tenía ciertos derechos y deberes, algunas opciones y también beneficios respectivos.
Los tres grupos de mujeres con las que en aquellos años, un muchacho de clase media tenía alguna forma de relación diferente a la familiar, especialmente al final de la secundaria y al comienzo de la vida universitaria eran: primero, las amigas o novias de igual nivel social, de las cuales se esperaba, a largo plazo, que se escogiera la futura esposa. Luego, las numeritos, muchachas de barrios más populares, de colegios de menor categoría o que estudiaban secretariado u oficios técnicos, o simplemente las que se quedaban “en la casa”, que colaboraban  con el inicio de las caricias, la sensualidad y los contactos sin amor, en los cuales las retribuciones fuera de un cierto agrado mutuo, eran las invitaciones a salir por las noches, a bailar en grilles y discotecas más populares; los regalos de baratijas y perfumes en promoción; rara vez se llegaba a las relaciones sexuales o al enamoramiento, y en muy contadas ocasiones una relación de éstas terminaba en matrimonio.  Ellas se casaban luego con los hombres de su condición social.
 Por último estaban las prostitutas, con las cuales nuestra generación todavía tenía la verdadera iniciación sexual, casi siempre dramática y dolorosa o contaminada con enfermedades venéreas. Muy pocas veces se tenía acceso a una prostituta joven y bella, antigua numerito o que se había metido a esta vida a causa de un embarazo indeseado. En ciertos momentos podía existir una especie de enamoramiento, más bien un “encoñamiento” que podría ser una estupenda entrada a la vida sexual; o por desgracia a una contaminación venérea y a un gran sufrimiento a causa de los celos adolescentes, ya que la putica tierna y hermosa, tenía que seguir con su trabajo, mientras el varón soñaba despierto con que había encontrado la mujer más deliciosa de su vida.
La experiencia de la prostitución se volvía no obstante ineludible para casi cualquier joven, que tarde que temprano, con familiares, amigos o por sí mismo tenía que pasar por este trance, angustiante casi siempre, pero finalmente iniciático como un bautismo de sangre y microorganismos. Habitualmente con licor y aletargamiento de la conciencia, con sensación de pecado y temor a la gonorrea. Era una pérdida brutal más de la ignorancia que de la inocencia y otorgaba la sensación de ser portador de un heroísmo barato por haber mantenido dignamente una erección y recibir en premio alguna frase de cajón como “eres un gran polvo y lo que vas a llegar a ser”. Después de la experiencia era frecuente la autopromesa de nunca reincidir, solo hasta la siguiente rumba, cuando bajo los efectos del licor y el estímulo de un grupo de jóvenes hormonados, se volvía a lo que oscuramente había sido ya iniciado, en algún antro parecido y había dejado una huella de goce imborrable que siempre se anhelaba superar o un deseo inconfesado  de toparse con la amante ideal.
En el estrato de las numeritos se encontraban mujeres que marcaron la vida sexual de muchos de los de mi generación y que luego se perdieron en una vida quizás anónima y mediocre. Quiero evocar aquí a Maria Nubia, número por excelencia y única en su género, herencia de mi amigo Manuel Lorenzo, que cuando me la presentó ya llevaba varios meses visitándola.
 Mi amigo me explicó: te voy a presentar una amiga muy especial, que no vas a olvidar fácilmente. No es de las que le gusta salir y tomarse unos tragos, ni tampoco bailar o trasnochar. Con ella todo se desarrolla en las escaleras de su casa, que quedan en el lugar más discreto y oscuro, y como ella ya tiene amaestrada a su mamá y a su hermanita, nadie los va a molestar. Si le gustas te puede enseñar lo que quieras, menos acostarse, porque lo que más valora es su virginidad, ya que quiere darse el gusto de llegar así al matrimonio cuando le toque y además desea tener muchos hijos. Todo esto lo recitó como en un sermón de una cruzada moral, entornando los ojos y con actitud de extraña seriedad.
 Luego agregó: te llevaré una sola vez, y de allí en adelante, te defenderás como puedas.
En una noche de semana, Manuel Lorenzo me recogió en su Ford Fairlane y nos dirigimos hacia una zona llamada La Mansión, en las estribaciones del tradicional barrio de Villa Hermosa, sector popular y obrero, al norte de Medellín. Con un solo toque de la bocina, Maria Nubia salió a la puerta de su casa, ubicada en un talud,  adonde debíamos subir por medio de unas escalinatas de por lo menos ventitantos escalones e hizo gestos con la mano. Bajamos los dos del auto y con su estilo habitual y la respiración entrecortada por el ascenso, Manuel Lorenzo la saludó y le inició una charla con bromas ligeras, diciéndole que le traía un amigo muy culto y  buen estudiante, a quien tenía que cuidar como a un tesoro. Quedó de recogerme pasados cuarenta y cinco minutos y me dejó en manos de Maria Nubia  —literalmente— como siempre la recordaré.
A esta distancia en mi memoria no puedo reproducir fielmente una imagen definida de Maria Nubia. No era bonita pero si agradable desde que no sonriera, porque mostraba una prótesis en su dentadura con alambres visibles y los dientes un tanto hacia adentro; lo que para los signos sociales era una muestra de ordinariez y de aquello que nuestras madres expresaban con frecuencia, pero que sólo con algo así lo lográbamos comprender: el concepto de lo mañé. Tampoco de su cuerpo me queda el menor recuerdo porque no fue, sin lugar a dudas, el escenario privilegiado de nuestro encuentro. Emanaba un aroma de  un perfume penetrante y barato y desde el comienzo tuve el temor de quedar impregnado.
Lo que Maria Nubia ofrecía en calidad de experta eran sus manos: blancas, suaves, expresivas, con dedos largos y elegantes y las uñas  perfectamente cuidadas. Yo intuía  lo que se debía hacer y comencé lentamente con el rito establecido de conversar y con gran prudencia  acaricié sus manos para detectar sus reacciones y mis posibilidades.
Ella sonreía levemente y escuchaba atenta mi cháchara introductoria, en la que le narraba la amistad con Manuel Lorenzo, las virtudes del Ford Fairlane y las dificultades con los exámenes de matemáticas que deberíamos presentar en la semana siguiente. Era muy difícil pasar a temas más generales y tampoco a situaciones  personales o íntimas. Ella dejaba tranquilamente que yo le explorara con suavidad sus dedos, manos y antebrazos, pero cada vez que me acercaba a su pecho o a sus muslos, con extrema delicadeza, retiraba mi mano y la dejaba entre las suyas, o la apretaba  y continuaba con el jugueteo de los dedos. Me preguntó si me gustaba la música y en particular los boleros y las canciones románticas, le dije que sí ya que uno de los discos que más escuchaba era el elepé de Los Panchos, el cual tenía canciones como “Usted”, “Sin ti”, “Novia mía” y “Únicamente tú”. Pareció alegrarse y luego acercó un radio de transistores y con volumen leve puso una de las emisoras de boleros, que en ese momento emitía  “Amigo de qué”, cantada por el incomparable Orlando Contreras, que con frecuencia yo oía en la cocina de mi casa, en el radio de la mujer que planchaba la ropa, un día cada semana.
Imperceptiblemente en  medio de este jugueteo de manos con fondo de bolero, Maria Nubia acerca sus manos a mi cintura y lentamente pero con habilidad, me desabrocha el cinturón, desprende el botón de la pretina del bluyín y con la naturalidad de una función mil veces repetida, baja el cierre, e inicialmente introduce su  traviesa mano entre mi calzoncillo, en medio del cual estaba un poco perdido con semejante ritual, mi asustada mascota con apenas un débil entumecimiento.
 Con la otra mano acaricia mi rostro, como la novia más amorosa, y con un ritmo sin igual, —recuerdo que mi conciencia se disolvía en la música de Contreras—  ella tañía el instrumento con la maestría y el virtuosismo de una concertista de talento sin par, y cuando el língam estaba ya en su mayor longitud y diámetro a punto de explotar y yo de sollozar,  con maniobras especiales lo apaciguaba y volvía a recomenzar el proceso una y otra vez, como siguiendo las más agudas recomendaciones del kama-sutra hasta que  debía suplicarle, casi levantando la voz, que terminara, que  ya no soportaba más, que era lo más placentero que mujer alguna me había regalado. Ella, con la misma sonrisa, sin decir palabra, extraía de su bolsillo un pañuelo de seda y afinaba sus dedos con experta operación de masaje y me empujó al primer éxtasis manual, con sus sabias y perturbadoras manos, logrando con ello  el primero de una serie que yo hubiera querido inagotable de encuentros, que sin cambiar de formato: el saludo, la conversación, el bolero, el jugueteo de manos, la sonrisa, el cinturón, el cierre y todo lo demás, y por último el pañuelo de seda, duró por más de tres años. Algunos cambios fueron secundarios para mejorar el estímulo: a veces yo ya tenía la portañuela entreabierta y el botón desprendido; en otras prescindí por anticipado de la ropa interior y desde momentos antes la presión del animalucho era más notoria. Adquirí también una suave crema de manos para facilitar la caricia y ella la guardaba sólo para nuestro encuentro. Unos meses más tarde la mano dedicada al rostro descendió sabiamente para complementar la caricia de la otra y pude disfrutar del suave masaje en el resto de mi entrepierna, en el momento de la suprema suerte.
Sólo  hasta un año después su cabeza participó activamente en el ritual y tomó entre sus labios el dulce pájaro de mi juventud e ingresé así, al club de los afortunados que pudieron rociar su boca con  ímpetu placentero,  pese a que jamás me atreví a evocar su prótesis para no desanimar mi éxtasis final.
El guión predeterminado establecía que el cuerpo de María Nubia estaba vedado a las caricias y así no podía acceder a  besar su boca, ni  sus pechos, ni tenía acceso a los muslos y menos que todo a su entrepierna,  porque ella se consideraba  virgen y deseaba permanecerlo, pese a que sus manos eran las más promiscuas y expertas; y así las mías sólo se agarraban al piso, a veces a las ramas de un arbusto del jardín o a los bordes del escalón donde irremediablemente repetimos la función más de cien veces.
Como en las tiras cómicas, nunca apareció la madre ni la hermanita. Nadie la llamó al teléfono en esos momentos, jamás dejó de realizar su papel ni mostró rechazo ni fatiga. Tampoco logré abrazarla, aunque lo deseé intensamente en el momento del acmé excitatorio, aunque después del colapso placentero la rechazaba y deseaba salir de allí rápidamente. La costumbre era que la visita sólo podía durar una hora a lo máximo, casi nunca la ceremonia se extendió más de tres cuartos de hora. Sólo me aceptaba una vez a la semana, el mismo día y hora. Yo sabía que muchos hombres jóvenes y viejos, solteros y casados tenían cita en sus respectivos horarios y sólo rara vez, cuando en mi auto yo salía, me percataba de que el siguiente llegaba. Ella hacía su oficio de “amanuense” nocturna de siete a diez, un promedio de cuatro a cinco hombres por noche, de lunes a viernes; no aceptaba repeticiones en la misma semana, no pasaba al teléfono y sólo a veces ella era la que me llamaba en las tardes  y me decía: ¿ Cómo estás? te espero el próximo martes, a nuestra hora...
Nunca recibió dinero, sólo regalos, joyas verdaderas o de fantasía, algún perfume y especialmente mucha gratitud. No supe qué hacía y cuántos pañuelos de seda poseía, siempre estaban limpios y con aroma de alguna loción; en algunas ocasiones utilizó el que yo llevaba.
 Jamás me enteré de la vida corriente de la dueña de esas manos, ni de sus costumbres familiares y de qué manera sus parientes tenían alguna complicidad con sus prácticas. Nunca expresó sus fantasías ni supe si se masturbaba o evocaba lo que hacía, en su tiempo libre. Tampoco tuve noción sobre sus fuentes económicas, porque no parecía trabajar, ni en su escasa conversación apareció la de una figura paterna o la de hermanos mayores.
Desde varias ángulos esa extraña relación tuvo una gran importancia en mi vida: fue  un hábito que no pude dejar en casi cuatro años, toda la semana esperaba el momento del encuentro, aunque cuando terminaba sentía extremo fastidio; me alejé de la prostitución corriente y  de sus riesgos, y aunque aquí era una relación de puro placer, había una cierta confianza y casi ningún riesgo de contaminación o violencia. La masturbación adolescente —la “paja” más coloquialmente— que antes de esa experiencia se me había vuelto un problema moral y me causaba gran malestar, desapareció casi por completo, porque si tenía deseos de practicarla, lograba aplazarla ya que estaba convencido que no tenía un goce más  refinado que aquél y me daba más motivos para volver; en algunas ocasiones, debo reconocerlo, me masturbé con el estímulo de los recuerdos de la experiencia, que más que en la persona, estaba concentrado en sus manos.
No recuerdo en qué momento dejé de asistir a las citas; quizás alguna novia ofrecía nuevas experiencias, aunque realmente  no creo que en la misma dimensión placentera, sino a lo mejor en un nivel amoroso y personal. Y esta condición era necesaria, porque Maria Nubia era una especie de robot sin corazón, ni vulva ni senos, era unas manos y a veces una boca, que me hicieron disfrutar, como la que más, no puedo olvidarlo, pero que también, por la ausencia de afecto y comunicación, me señalaron el valor de la relación amorosa con todas sus contradicciones. Sí, no temo confesarlo, era una máquina masturbatoria, pero así me tocó en aquella época y no pude dejar de vivirlo y ahora de recordarlo, sin pesares, como un vocablo que ya no  utilizamos.
Muchos años después —yo ya había terminado mis estudios universitarios— la vi en un supermercado, con cara de señora corriente, un poco gorda y en el carrito llevaba un niño de unos cuatro años y la seguía una niña de por lo menos seis o siete, que jugueteaba con las mercancías. Creo que no me vio o no me reconoció y esa noche y otras más evoqué con agrado sus manos y las sensaciones que me procuraron.
Volví a recordar a Manuel Lorenzo y a su Ford Fairlane y también a nuestro Chevrolet Bel-Air. Por pura casualidad hace poco volví a escuchar en el radio de mi carro, la canción de Orlando Contreras, que inauguró aquellos encuentros inolvidables.
Si les contara a mis hijos la manera como se dio mi iniciación en los juegos de la sexualidad, pensarán que  soy una especie de extra-terrestre o que me crié en una  época ya olvidada.

Alfredo De los Ríos
Médico psiquiatra, escritor, colombiano
Vive y trabaja en Medellín.

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