Número 140 • Sábado 4 de abril de 2009 • Inicio Cuentos Marginalias Fotografía Contacto Ciudad Reseñas

El cautiverio sigue. No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
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Ficción de la semana
Las ánimas del purgatorio
contra los chulavitas

Álvaro Marín Hoyos
 
En 1964, cuando me vine a vivir a la capital, tenía 21 años.  Había nacido en Santa Isabel, el pueblo más violento de Colombia y del mundo.
Santa Isabel es un municipio del Tolima, ubicado en lo más alto del nevado, y la finca donde nací estaba localizada en Morrosucio. Allí cultivábamos papa, maíz y cebada y cuidábamos ganado de leche. Daba gusto ver desfilar hasta treinta recuas, cada una de sesenta bueyes, arreados por campesinos rollizos, chapeados, alegres, bien vestidos y bien peinados, llevando comida producida en sus fincas para alimentar a los habitantes de la capital.
Mis padres habían construido su casa con espacios generosos para darles abrigo a los campesinos que bajaban del nevado entumidos por el frío. Lo primero que hacía mi madre era cambiarles sus ropas empapadas por unas secas, de ella si eran mujeres, y de mi padre si eran hombres. Después de cambiarse y comer algo se reunían a contar historias, a pelar papas o a cantar en una deliciosa algarabía. Mientras hacían todo esto, calentaban sus huesos alrededor de un gran horno instalado en la cocina.
Lo que quiero decir es que hago parte de una familia roja que sobrevivió a la violencia en aquellos tiempos.
Sobrevivimos por los buenos oficios de las ánimas del purgatorio, a quienes sigo invocando todavía hoy, ya mayor, cuando llego fatigado de mi trabajo y me dice mi mujer que la fiebre no le ha cedido a uno de mis nietos, por más que le han dado brebajes. Le digo que espere tantico, que voy a descansar un poco, pero lo que hago es ponerme a conversar con las ánimas y a pedirles ayuda. Al poco rato, cuando le pongo otra vez la mano en la frente al muchacho, compruebo que las ánimas hicieron su trabajo. Lo cierto es que desde aquella época tengo comunicación directa con ellas y les puedo asegurar que nunca me han fallado.
Todo comenzó un día que vinieron a matarnos. A media noche se aparecieron unos hombres gritándonos que les abriéramos porque traían un enfermo. Uno de los bandidos hacía que se quejaba pero todos sabíamos que era una patraña. Papá no estaba esa noche en casa. Mi madre acostumbraba trancar la puerta con dos listones gruesos. Los hombres empujaron la puerta con fuerza pero las trancas no cedían. De un momento a otro dijeron que se iban y mi madre les creyó. Aprovechó para tratar de asegurar mejor la puerta por si volvían pero en la confusión y el pánico lo que hizo fue quitar las trancas. Al darse cuenta, los agresores regresaron, empujaron con fuerza y entraron. Estábamos perdidos cuando, de un momento a otro, los asesinos salieron en estampida diciendo que en la casa había hombres armados. ¿Hombres armados? ¿De dónde? Eran las benditas ánimas del purgatorio disfrazadas de hombres armados las que habían venido a salvarnos.
Unos años antes, a mi papá lo iban a matar, pero sólo pudieron perforarle un hombro de lado a lado. Mi madre lloraba sin parar. Papá nos explicó que había sido una caída del caballo y hasta me mostró el sitio donde había sucedido. Yo no le creí. Otro día mi madre me contó la verdad. Lo querían asesinar porque pertenecía al partido rojo, nada más por eso. Mi madre me mostró una lista donde aparecía él en primer lugar y muchos otros de ahí hacia abajo. Yo tenía unos ocho años. Corrí a casa de mi abuelo y le robé su revólver. Yo ya sabía a quién tenía que matar en caso de que cayera mi padre, eso lo tenía muy claro. Gracias a las ánimas del purgatorio no mataron a mi papá y yo no tuve que volverme malo para vengarlo.
Tanto los rojos como los azules éramos creyentes. Demasiado creyentes. Lo mejor que producía la tierra era para el altar de San Isidro y las mejores novillas se las entregábamos a la virgen del Carmen. Al pueblo íbamos los domingos y fiestas de guardar, también los primeros viernes de cada mes a confesarnos y a comulgar. Nos engalanábamos con el mejor vestido, la mejor ruana y el mejor sombrero.
Me parece estar escuchando al padre Castro: “aquí donde me ven, amadísimos feligreses, debajo de estas enaguas tengo pantalones y al cinto llevo un revólver para matar rojos, porque matar rojos no es pecado”. Ese día salimos todos asustados con lo que dijo el padre, porque en un pueblo tan creyente si el cura decía que no era pecado matar rojos, pues no era pecado, y nos iban a matar a los poquitos que quedábamos.
Ese primer viernes, después de la misa, salimos como unos ocho niños rojos a jugar metisaque, trompo, bolas, como otras veces, pero los amigos azules nos dieron la espalda, no querían jugar con nosotros porque éramos collarejos, que era otra forma como llamaban a los rojos. Nos tocaba agachar la cabeza. Toda mi familia tuvo que agachar la cabeza. Venían los pájaros y nos quitaban los juguetes y nos golpeaban en la cabeza y nos amenazaban.
Los pájaros eran los mismos chulavitas. Yo no sé qué quiere decir chulavita. Sólo sé que eran unos tipos que traían de otros departamentos y los disfrazaban de policías. Se iban para las veredas, le ponían un antifaz a algún campesino azul y lo obligaban a señalar rojos para que los chulavitas los asesinaran. Mataban solamente hombres, a las mujeres no, a no ser que estuvieran embarazadas y supusieran que el bebé fuera a ser rojo. En ese caso mataban a la mamá y mataban al feto.
Otros pájaros eran de la región. Me acuerdo de Marrullas. Su nombre de verdad era José Tarcisio, hermano del profesor de la escuela y de un cura. Marrullas andaba por ahí, se iba para el campo y “postiaba” a los rojos. Recuerdo también a Pájaro azul, que tenía un hijo de siete años que andaba con revólver de verdad. 
A uno lo acusaban de brujo o de hechicero o lo acusaban de que leía la biblia, y se tenía que esconder porque lo mataban o lo desterraban. Yo tengo todavía una biblia muy antigua que logró conservar mi padre guardándola en una casa que construyó en un precipicio a donde sólo se podía llegar descolgándose en sogas. Allí nos protegíamos cuando los vecinos nos decían que venían los chulavitas a matarnos.
Ya no me acuerdo cuántas veces repetí primer grado en la escuela. Nunca pasé a segundo. A los rojos no les daban clase, sólo a los azules. Mientras los azules estudiaban, a los rojos nos ponían a recoger papeles en un patio grandísimo que tenía la escuela, lavábamos inodoros y limpiábamos los chiqueros de los cerdos. A mi papá se le ocurrió contratar una maestra para que nos enseñara a los rojos de la vereda, pero ninguna se quedaba. Les daba miedo y se iban.
Jacinto Cruz Usma estudiaba conmigo, era un poco mayor que yo, rojo, de muy buena familia por padre y madre, pero no lo dejaron aprender. Los profesores lo correteaban todo el tiempo y no lo dejaban en paz. A Jacinto lo mataron en el Valle, muchos años después. Se le conocía con el nombre de Sangrenegra. ¿Por qué sangrenegra? Él se hizo llamar así desde un día que mató a un policía azul y… pero esta es una historia que no quiero contar.
Sangrenegra era un moreno alto, no muy amigo mío pero sus padres lo eran de los míos y de mis tíos, muy buena gente. Aburrido de tanta joda se fue para arriba, para el Nevado del Ruiz, cerca de los termales. Hasta allá llegaron los chulavitas. Sangrenegra se escondió entre unas matas de mora. Les preguntaron a las hermanas y a la mamá que dónde estaba Jacinto. Pero ellas, claro, decían que no estaba por ahí. Los chulavitas metían sus bayonetas al  matorral pero no lograron herirlo. Abusaron entonces de sus hermanas, él viendo.  De ahí en adelante no volvió a tener sosiego. Se dedicó a andar por todas partes como alma que lleva el diablo. Fue a dar a Santa Teresa, que es un pueblo rojo, muy cafetero, pero Jacinto no sabía coger café. Después vino el cuento del policía que mató. Jacinto se convirtió ese día en sangrenegra. Se metió al monte y empezó a entrenar muchachos con sed de venganza. Si me hubiera hecho una seña yo también me hubiera ido con él, porque fue por esos días que quisieron matar a mi papá y yo tenía mucha sed de venganza.
Sangrenegra terminó dándole protección a los dueños de las fincas a cambio de dinero y lo mataron después en el Valle, delatado por su hermano.
Vendí el revólver de mi abuelo cuando nos fuimos a vivir al Líbano. Allí sufrí una metamorfosis. El Líbano era más civilizado, menos violento, más grande. Había muchos azules pero también muchos rojos. 
El cambio fue tremendo. Pensé que había descubierto el mundo. Antes andábamos debajo de las enaguas de la mamá, muertos del miedo, mocosos, callados, envueltos en una ruana, pero en el Líbano despertamos. Respiramos aire puro. Aprendimos a conversar. Levantamos la cabeza. 
A mi papá le fue mal en los negocios porque le dio por comprar un almacén y él no sabía de eso. Mi hermano, que es el más arriesgado de todos, arrancó un día para la ciudad. Al tiempo mi mamá me mandó a que lo acompañara porque me había levantado una novia que me quería casar y a mi mamá no le gustaba esa vieja.
Ahora vivo bien en la ciudad. No guardo rencores. Sólo les agradezco a las benditas ánimas del purgatorio que nos hubieran permitido sobrevivir. Les agradezco todos los días la familia que tengo. Mi pequeña ilusión es tener algún día en mi casa una habitación llena de instrumentos musicales para que me visiten mis amigos y toquen lo que quieran. Por ahora tengo tres guitarras aunque no las sé tocar. Mis tíos sí saben. Cuando uno de ellos quiso enseñarme, papá se opuso. Talvez se imaginaba que tocando guitarra me iba a volver un inútil. Y creo que no estaba equivocado porque desde pequeño soñaba con tener veintiún años para irme a jugar billar todo el día y tocarles el culo a las viejas.

Cali, 1996.

Álvaro Marín Hoyos
Escritor Colombiano. Vive y trabaja en Cali
Ingeniero administrador de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Creador del Método C, herramienta para viabilizar empresas en crisis. Autor de Cómo recuperar su empresa libro que ha viajado por el mundo entero. El cuento de hoy es una de sus tantas incursiones en la literatura.

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