Número 104 • Sábado, Junio 7 de 2008 • Inicio • Cuentos • Marginalias • Contacto

No olvide la liberación de TODOS los secuestrados
 
 

Cuento de la semana

El guanabanol*
Por Juan Carlos Restrepo Rivas

A Gatillo le cascabelea la furia entre los huesos del cráneo, como si un sonido seco se soltara desde el lóbulo y cabalgara hasta el laberinto del caracol, chasqueándole su enfado al nervio acústico.
Afuera, el cielo mira desde su pezón rubio a Gatillo con sed y mira que los hombres que esperan para cruzar la avenida son falanges jugueteando con ese pezón hasta llevarlo a sus bocas jugosas. Él está rabioso de sed y así, las palabras secas de hojaldre se le atraviesan en la garganta, aleteando. Planea una tarea sucia, realmente baja, sin ser descubierto y sin salpicar la mugre. Hay que dejar el asunto tan limpio como un trapo resplandeciente de una propaganda de detergente nuevo, sin manchas de salsa de tomate o de sangre.
El sol está que hace reventar la grama.
La vieja sirve sopa tibia para Baby llena de pulgas. Luego le arrima el tapete junto a la pata de su cama para que se eche y no le haga daños. Se pone un vestido estampado de flores azules para salir a comprar un hilo rojo.  Le soba la cabeza despidiéndose y sopla la llama de la veladora. Cuando vuelve, siente un ardor en una pierna, pero le pone más cuidado a enhebrar el hilo y terminar la costura.
Gatillo se habla deslenguado y de afán sobre sus planes y se interrumpe, porque la cascada de gente, con mucho estruendo, viene suelta por el semáforo peatonal. Son una fila desordenada de críos babosos ahogándole la concentración, cada uno con su disfraz mañanero. Ellos ahí afuera, con ese cielo de gasa y él con sed. Ellos entrecortando el espacio.  Puede venir en el tumulto alguien que lo odie, alguien al que le deba algo. A Gatillo se le sale el enojo y la sed como el ladrido de la Baby que desde la plancha de cemento muerde todos los días el viento y le reclama y lo muerde y le vuelve a reclamar, una y otra vez más. De esa marejada que cruza la avenida, no conoce a nadie. Al vendedor callejero de jugo de guanábana por cucharones, el hombre le habla con voz de pandero. El trago le guillotina la sed que arde desde el esófago, con los filos de los hielos y la rabia se hace tajadas, atrancándose en la raíz de su lengua que se entrecorta a sorbos, que se ata al frío, al jugo que le lanza dentelladas. La sed con su lengua de piedra pómez se suelta del piñón de las palabras que no se dicen, porque son veneno calmando el furor embutido de su voz interna de guanábana despulpada, con sus papilas que se arrollan para la percusión deleitosa del trago, que empuja un grito mal cerrado, cóncavo. Traga fracciones de locución igual a cáscaras desprendidas del paladar, a hostias mudas estampilladas al paladar, a escamas. Bebe con su lengua de almeja el jugo platino. De las cuerdas bucales se ensarta lo no dicho, porque lo dicho puede salir a jirones y con enfado; ¡sí que salen igual que un hipo!; y lo no dicho se queda húmedo y en el sartal, pendiente, colgante, mascullando las intenciones.

Gatillo necesita otro vaso desechable con un cucharón de jugo, necesita tragar a salivazos el líquido y así, aplacar la sed, la que arde con irritación y quema, como ese sol que no se aplaca. Planea el golpe limpio y certero, en un santiamén, tomando y mordiendo el hielo, enredando entre los sesos, como motas de algodón, el andar del enemigo que puede venir inflado, creciendo más que un pez globo. Hay que salirle al paso a esos que se creen muy anchos.
La sed es un áspid con su cabeza dentro de la boca de Gatillo, está tocando clarinete y traga guanábana y cuando se vacía la marea de gusanos emplumados, sale la rabia altanera y asoma la lengüita que roza la úvula, que roza la cúpula del paladar, que roza la encía rosada. Esa maldita sed es un áspid como hebra con la cabeza igual a la cola y la cola cabezona y pendular balanceándose iracunda en su vaivén, que se columpia y va y va más furiosa por las paredes hacia dentro de los túneles, donde se ramifica el aire viciado de la espera, el de la venganza roja dulceabrigo, el que se suelta y se encoge y se toma y se vuelve a soltar resbaloso, de afán, saliendo, entrando y volviendo a salir y a entrar en su ritmo de daga de vidrio, así con furia, con mucho enojo. La serpiente en la gruta de la garganta hace como un minero que arranca esmeraldas de la veta y se las traga, como mascando hielos verdes;  se traga las gemas con la venganza que se va hasta el fondo, culebreando torpemente con su nariz chata y de afán, y se enreda en los hielos. La maldita ira es ese animal que vibra, que golpea, que azota, que tortura y que despedaza lo que piensa el hombre, cascabeleando en el cráneo; palabras de oxígeno que se tragan enteras: rabia indignada, cólera jugosa de cuerpo con carne transparente. La boca de Gatillo chupa de la realidad con sed mordelona; va chupando la mota de la ira.
Gatillo está anclado en el piso, atado a la sombra de un árbol roto que se sacude. La mañana pica. Afuera rebulle una avioneta, el freno del bus, el tilín-tilín de la cicla que carga la caneca de “guanabanol” y el golpeteo de los hielos que giran dentro del aluminio. El pájaro y la moto van de afán y el tumulto de desconocidos cruza la música que deja un  taxi oloroso al pasar.  Detrás del árbol del separador en la avenida viene colándose, por las  filosas hojas el sonido acuoso del jugo, la  luz roja, la luz mandarina, la luz verde del semáforo y el impulso intermitente de la furia como hipo que no se va. La fruta en la caneca de aluminio hace remolinos lechosos. Los hielos son lentes mirando hacia fuera, que es azul celeste. Los témpanos van a la deriva, girando una y otra vez en el remolino cuchareado. La gente no mira a Gatillo.  La rabia es un hipo insistente que se aprieta.  “Dame otro, que tengo sed”. Otra lluvia de jugo lubrica las papilas, y la sed que da ira, que da más sed,  se expande. Las olas revientan sin espuma a ras de la caneca y el cucharón se hunde. Los hielos se oyen en su quebrazón que viene y golpea y los trozos se vuelven pedazos rotos, fragmentos. En medio de la caneca, los filos de hielos rotos caen al vaso como estalactitas y buscan la garganta.  El pecho abierto de Gatillo se chorrea. Él juguetea con la tetilla, le saca el cuerpo al clima que da furia, a la furia que da mucha sed girando, igual que los hielos girando, cortando el líquido con el azul atmosférico. En el jugo agitado se abre un círculo por el que caen  trozos de cielo, en los pedazos de hielo que se arrastra la sed y la rabia, hasta el fondo de esa venganza, que se quiere vaciar. Las escasas motas blancuzcas de guanábana son peces babosos, resbalosos y dulces que se sumergen y emergen.
El furor de la mañana sólo deja asomar una nube recostada al pico donde se alza el barrio, el de la vieja. En la superficie que rompe la imagen de Gatillo y su tercer vaso, se aplaca el hipo de la furia que se va con esa nube que no sangra y se diluye con los buses, con los transeúntes extraños flotando en un iceberg. El enojo se congela y la sed hiriente se hunde y se ahoga la rabia y el campanazo del medio día calma esa espera, entonces el hipo se queda taponado por las motas y la furia se despulpa.
Se toma el último trago, destruye el vaso y aguanta. Será otro día en el que se haga esa tarea; será otro día cuando, los que deben algo, paguen su cuota, porque este día caliente se aplaca. Esta sed que da rabia también se fuga, como la tarde que va de paso. Será otro día porque las horas ya van reptando sobre el filo de la montaña como una iguana luminosa.
Él pasa en un carro colectivo que serpentea entre el desfile desorganizado de buses y taxis por la avenida con nombre de santo. Conoce de sobra esta hora, la hora gris, la hora para refugiarse, para largarse de esa maquinaria que se lo chupa y descansar en su camastro.
Todo se pierde entre el perfil del cielo y la oscuridad que avanza; todo se borra y el tiempo fluye vertiginoso hacia la noche, más profunda que el carrizo de la negra que siempre aguarda, y más enorme que la búsqueda de la tranquilidad que aún no alcanza. Va para la casa de su vieja, arriba en el barrio, sin mirar atrás; su mejor forma de enfrentar el mundo. Es que su mundo se viene hundiendo dentro de la piel sin lograr salir desde el abismo, dando vueltas, engrasado, sin poder escapar. Su mundo cóncavo y muy espeso que cada día baja rodando por las faldas del barrio, porque una vez que lo estable se agota, la balanza se viene de culos y para eso, buenas son las meneaditas de algún sueño.
El carro colectivo lo deja a unas cuadras. Hasta allá suben escalas y camina para llegar. Cruza la cancha con su máscara de indiferencia bajo el brazo; se parece a la puta muerte. Camina para olvidar. Se espanta con un balonazo oscuro. En la parte de encima del barrio se recuestan unas casas empinadas, oliendo a mula dulce. La fachada se ilumina con un foco colgado de su larga cola de contrabando. Gatillo entra y escucha un llanto que sale débil. Una luz mostaza baña el tapete de la Baby, chillona de mierda. En el fondo, él se ve sobre una ventana interior que lo mira: está gastando. En la pata de la cama hay un plato vacío. Sigue sonando ese llanto oscuro.
El chorro de luz lo lame y se duplica. Si no fuera por la sombra que se nos estampa, los hombres seríamos luminosamente invisibles y a veces, eternamente desapercibidos.
Cuando la vieja había sentido de nuevo el ardor en su pierna, la que chancleteaba el pedal de su Singer, era que ya tenía mojado el empeine, empapada la chancla y crecía un charco como un tapete rojo, dando un sueño tan débil que no tuvo fuerzas para levantarse del butaco abullonado, ni para llamar a nadie.
Él encuentra a la vieja sentada, recostándose a su sombra sobre la Singer, vistiendo una prenda de flores azules; su vieja muy muerta, azul como esas flores estampadas. El cadáver anciano estaba sentado junto a los chillidos que se arrinconaban. Hasta allí la Baby fue a beber un poco de sangre y se había puesto a llorar como perra, cerca a las piernas con una vena várice rota;  desangrada la vieja; la pobre se vio desangrando y se vio muriendo.
Gatillo no suelta sus lágrimas de arena. Le da sed. El chillido perfora sus oídos y él no aguanta los ojos afilados de Baby, así que le casca a la chandosa hasta que la deja callada, muda y untada, y se sienta en la cama sin hacer mucha bulla, no fuera que de pronto se despertara la vieja que dormía su sueño largo: muerta dormiloncita. Y él no llora ¡varón!; ¿para qué el llanto? Es que las lágrimas, antes, lo ponían quieto. Ahora es mejor, porque se le secaron para siempre y le han quedado como hojas tostadas de grama muy asoleada detrás del párpado, pero le da sed, mucha sed. 
El voleo calma esa sed de tajo. Media tajada de la paga cae antes y la otra parte viene después del cruce. Pero esta sed es otra y el hijo, sin hacerle bulla a los oídos muertos de la vieja con cara de pálida dormida, se cambia de camisa. Se pone una pantaloneta encima de los mismos calzoncillos y un bluyin planchado. Mejor sin medias. El sol ya no es un encarte ni una lupa que quema la sed de cartón.
Sale y no hace bulla. Atraviesa las costillas del metro y se va hacia el centro oloroso a fritanga. Gatillo tiene sed. Toda la cuadra de las funerarias está muy sola. Espera con sed. Odia las funerarias. Con sed espera a que lo atiendan en la funeraria.

* El guanabanol hace parte del libro Antología del taller, Biblioteca Pública Piloto, Medellín, 2000.

Juan Carlos Restrepo Rivas
Escritor colombiano. Vive y trabaja en Medellín.
Es autor de: Novillo suelto, Cuentos (IV Concurso Nacional de cuento Cámara de Comercio de Medellín, 1998); Premio Internacional de Narración Julio Cortazar, España, 2001, con Carne de zapote; Patios enrejados, novela (VIII Concurso Nacional de novela Cámara de Comercio de Medellín, 2007).



 

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