Número 135 • Sábado, febrero 21 de 2009 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad Reseñas

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Ficción de la semana
Última voluntad*
Por Pablo Montoya  Campuzano

Nos enseñó a poner los dedos en el clavicordio situado, desde que tengo memoria, en un rincón de la sala. Nos explicó, con paciencia, cómo se leen las figuras que limitan los sonidos. Recalcó la elocuencia del silencio en una partitura. Sólo a unos pocos nos guió por los caminos de la composición. De todos soy, acaso, quien mejor aprendió los escollos de la fuga, los juegos simétricos de los cánones, la austeridad de los corales. Enseñó la música como si fuera un ejercicio logrado a partir de un esfuerzo tenaz. Me decía con frecuencia que la emoción de la obra culminada era asequible a cualquier hombre disciplinado. Aquél, cuyo cuerpo todavía está fresco bajo la tierra, siempre se mostró remiso a considerarse como una sensibilidad elegida. Yo, que sigo en el vacío de la vida, más vasto después de lo que he hecho, fui el único testigo de esa grandeza.
Hace dos noches agonizaba. Sus ojos se habían quedado sin luz y la piel era cascada. Pero mantenía la frescura en los oídos que supieron escuchar la expresión de lo sublime. Me habló, vacilante, de ciertos manuscritos. Los busqué en el baúl, junto al mudo clavicordio. Tembló al sentirme de nuevo y me contó de las notas que, apretadas, se extendían en los papeles. “¿Afirmarás al último favor que pediré?”, dijo. Quise esbozar una réplica, pero el ruego se hizo presente: “Quiero irme tranquilo, y sólo a través de ti se me puede dar esa posibilidad”. Asentí sin saber la hondura de lo que iba a pedir. ¿Había otro camino? Por privilegio o por desgracia estaba viéndolo morir, y me sentí involucrado en su deseo. Con las fuerzas postreras dijo algo de la obra que otra vez pasaba a mis manos. Su narración fue sucinta e incoherente. La voz siempre trémula. Más tarde, la alcoba se llenó de mujeres viejas que apresuraban oraciones cantadas. Al salir, me propuse romper el juramento hecho antes de que le llegara la muerte. 
De la obra puedo decir poco. Y lo que explique, de todas maneras, será insulso. Tal vez fue una revelación en cualquier instante de uno de los días que vivió. Prefiero suponer que durante varias noches le fue dada la claridad precisa para componerla. No sé si fue corregida con pulcritud. Si estuvo oculta, como esbozo, en el baúl por semanas meses o años. Creo, por ejemplo, que la brevedad tenía que ver con su carácter divino. Si la intuición de Dios es efímera, el hallazgo de su ser lo es todavía más. Pero medirla con las usuales normas temporales es demasiado prosaico. Generalmente la música hace olvidar la dura presión de las horas. Lo que escuché, no obstante, obligaba a sabernos fuera de ellas, desconocerlas. Sé que el tiempo es el soporte de los sonidos, su escurridiza herramienta. En la obra estaba de tal modo separado, que la impresión dada era de una insoportable libertad. Sentí algo cercano al terror cuando en mis dedos culminó la lectura. Cabalmente me fue dicho que esa música que acababa de existir daba al infinito, sólo percibido en su total dimensión durante tres miserables minutos.
No sé si en este mundo, en este 1750 que padezco, exista una composición similar a la que hace dos noches se me obsequió con un determinado fin. Sé, en todo caso, que la ambición de ciertos hombres ya idos y de algunos que esperan el turno en la ronda de los años, fue y será la de justificarse, por medio de las cinco líneas paralelas, ante el universo. Mi padre, que me hizo jurar una destrucción, logró que el universo se justificara plenamente en su pequeña obra. Luego de escucharla, comprendí que la búsqueda del misterio quizás era inútil, porque su esencia se había encontrado. El entendió que su obra toda, la que generaciones futuras no se cansarán de elogiar, sólo era una quebradiza aproximación a lo que compuso en un momento de su existencia. Supo que, de permanecer los manuscritos, se negaría a muchos la alternativa del desgarramiento presente en el oficio de la creación. Yo también lo entiendo así. Además, una vez ejecutada la obra, violado en parte el juramento, desvanecido el eco de los últimos sonidos en la sala del clavicordio, sentí rabia porque aquella ilusión tenía término.
Salí a la calle con el recuerdo de las palabras que solicitaban el favor. En alguna esquina, unos vagabundos presenciaban, en medio de músicas de adufes y vihuelas, el hechizo de las grandes lenguas en una fogata. Una mujer, de facciones enjutas, me sonrió con los ojos cuando arrojé los papeles al fuego.

* Última voluntad forma parte del libro La sinfónica y otros cuentos musicales, El propio bolsillo, Medellín, 1997.

Pablo Montoya Campuzano
Escritor Colombiano. Vive y trabaja en Medellín.
Ha publicado: Cuentos de Niquía ( Vericuetos París, 1996), La sinfónica y otros cuentos musicales (El propio bolsillo, Medellín, 1997), Habitantes, cuentos (Índigo, Paris, 1999), Razia, cuentos (Editorial Eafit, Medellín, 2001), Viajeros, prosa poética (Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2005), Sed del ojo, novela (Editorial Eafit, Medellín, 2004), Requiém por un fantasma, cuentos (Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2006), Lejos de Roma, novela (Alfaguara, 2008)

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