Número 134 • Sábado, febrero 14 de 2009 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad Reseñas

El cautiverio sigue. No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Ficción de la semana
La libreta*
Por Esther Fleisacher

A Víctor Gaviria.
Porque el origen de las historias es un misterio.


A pesar de las fotos en la repisa, mi padre es un silencio, es sólo una imagen, no habla, nunca pienso en él para tomar una decisión, no lo evoco en situaciones felices ni apremiantes, no me imagino qué puede pensar él de mi vida, no siento su compañía. “Papá”, sólo existe la palabra, pero vacía, no resuena, no tiembla.
Y, ahora, después de quince años, siento la necesidad de que me diga algo, de que me haga un guiño, de que me acompañe.
Al intentar abotonarse el último botón de la chaqueta cayó al piso, lo oyó, pero no vio dónde cayó. Arturo se acuclilló para buscarlo y en la parte de abajo del mueble vio la libreta. Fue como si lo atrapara. La cogió y dudó en abrirla, pero ya la tenía en las manos. Parecía un diario, tenía las fechas (de los últimos tres meses) de cada párrafo o página escrita. No tenía afán, se acomodó en la poltrona del cuarto a leer. Él era el último en salir de la casa, la primera era Diana, después los niños que él despachaba, y él a mitad de la mañana, si era indispensable; si no salía antes del mediodía a algún almuerzo con clientes.
Reconoció la letra de su mujer, sabía que era una lectora dedicada, pero no tenía idea de que escribía. Una punzada le incomodó el alma al pensar que ella tenía un secreto y se dispuso a leer esperando encontrar apuntes sobre la cotidianidad, lo que hacía afuera, con quién almorzaba, confirmaciones o dudas con él, sobre los niños… y hasta descubrirle un amante. Pero eran unos escritos extraños, llenos de alusiones a la muerte, visitas al cementerio (¿cuándo las hacía?), conversaciones con los muertos. No entendía nada. ¿Quién era, entonces, realmente ella? ¿La que con sus actos estaba ahí, la que lo acompañaba y deseaba, la madre de dos hijos dedicada y firme, la que lloraba en cualquier película? o ¿era esa otra que hablaba con los muertos; la que repasaba una y otra vez las tumbas en el cementerio, a pesar de que llevan allí toda la vida; la que buscaba a un padre muerto?
Lo mortificaba no poder hablar con ella, se enteraría que seguía día a día su diario. Se volvió un hábito, en las mañanas antes de salir revisaba la libreta para leer lo nuevo. A veces pasaban semanas sin una línea. La idea de que ella le ocultaba un mundo, lo socavaba.
Arturo la miraba esperando una señal que le confirmara algo, pero ella se reía como siempre, se ofuscaba por lo mismo, lo besaba con amor, no había perdido el entusiasmo con los niños…
—Siempre me estás mirando —le reprochó Diana una mañana mientras servía el jugo de naranja.
—¿No te gusta? —Arturo pensó que podía ser la oportunidad de que algo se abriera.
—Siento en tu mirada mutismo, siento que buscas algo y me siento incómoda. Es como si supieras o buscaras algo que desconozco.
—¿Toda tu vida es nuestra? —se aventuró Arturo, queriendo ver más su reacción que escuchar su respuesta.
—No entiendo, ¿por qué no haces la pregunta de manera directa? Mira, a veces siento que hay algo en mí que no me pertenece, cuando sueño dormida…
—¿Tienes sueños despierta? —la interrumpió él.
—También, claro, tienen que ver contigo, con los niños, a veces con el trabajo, con viajes, otra casa, en fin, sueños terrenales. Pero los otros me tienen, no los elijo. ¿Tienes dominio sobre tus sueños cuando duermes?
—Siempre los olvido —respondió tajante Arturo.
Diana se acercó, le acarició el rostro, lo beso con pasión y presión (a pesar de ser las 7:30 a.m.), cogió el bolso y desde la puerta, buscando las llaves, le pidió:
—Ojalá fueras claro. Algo te atormenta. Ahora la duda es mía: ¿todo tú eres nuestro? Parece que ocultaras algo. —Y salió sin esperar respuesta.
Llevaba años sin ir al cementerio. Hoy lo recorrí detenidamente, como en otras épocas con el abuelo, cuando me pedía que lo acompañara a visitar a la abuela. Íbamos de tumba en tumba, poníamos piedras y leíamos lugares (ciudades en su mayoría europeas) y fechas de nacimiento y muerte, hacíamos la cuenta de cuánto habían vivido. Sabía cómo había muerto cada uno: si de un infarto, de cáncer, en un accidente o de amor. Él recordaba que era una mujer menuda y que no parecía poder albergar un sentimiento tan profundo; no parecía que en ese cuerpecito hubiera raíces que pudieran estrangularla. Cuando murió el marido, a todos los conmovió la manera como suspiraba, sus gemidos parecían venir de otra parte, era imposible que ese cuerpo pudiera dolerse así… No tenían hijos. Ella quedó con el almacén, era pujante y lo siguió llevando sola. Pensaron que iba a pasar como con las otras viudas, poco a poco van llenando sus vidas con actividades sociales, gustos y hasta alegría. Pero ella cerraba el almacén y se iba para su casa. Allí se encerraba con sus recuerdos y los suspiros que nunca la abandonaron. De vez en cuando el abuelo pasaba por el almacén a saludarla y constataba que incluso allí se le salía uno que otro suspiro, y él miraba detrás de ella y no había nadie. Cada vez la veía más flaca, pero decía estar bien. Nunca se quejó. El cáncer se lo diagnosticaron unas semanas antes del fin. Cuando fueron a desmontar el apartamento, no había herederos y todo lo había dejado a la comunidad, encontraron papelitos escritos debajo de los cojines, en las chaquetas, en las carteras, en los adornos, en el equipo de sonido, debajo de la alfombra, donde hubiera una ranura o un bolsillo había papelitos que decían: “Quiero estar contigo, llévame”.
Mi desconcierto aumentaba. No sabía si esas historias eran ciertas. Me sentía atrapado. Si abría la boca y esas historias eran inventos de Diana, estaba perdido, delataría mi curiosidad sin pudor. ¿Cómo saber si eran recuerdos o imaginaciones? La idea de que Diana tenía una vida que yo desconocía se afincaba cada vez más. Siempre estaba al acecho de alguna pista.
—¿Sabes?, de un tiempo para acá siempre estás tenso, lo sé porque la vena de la frente está brotada. Ni siquiera después de nuestros encuentros amorosos se desvanece —le dijo Diana.
—Eres buena observadora.
—Siempre me ha gustado mirarte —y pasó su dedo por la vena brotada en la frente.
Soñé con papá, acariciaba mi pelo de ahora como cuando era niña; era mi sonrisa de niña en mi cara de ahora, y Arturo mirándome sin ser visto. Siempre he creído que papá quiso morirse, se le acabaron los caminos, mamá siempre estaba desencantada, siempre… y a él se le agotó la imaginación… impotente, prefirió irse.
¿Elegir morirse? Diana está loca. Hasta donde sé lo encontraron muerto en la oficina, fue un infarto, no un suicidio. Fue tan fuerte que ni siquiera pudo llamar a la secretaria. ¿Elegir morirse? La muerte es inesperada e impredecible. Hay quienes viven con la muerte pisándoles los talones durante años, y hay quienes llenos de vida se mueren de un día para otro. Esta mujer, mi mujer, no tiene idea de qué es la muerte.
Diana desde la puerta lo miraba divertida hablar solo. Estaba tan escandalizado que no sintió la puerta ni los pasos, a pesar de que ella no hizo nada por ser silenciosa. Él la miraba con susto y pena, con la boca abierta sin saber qué decir.
— Son ejercicios. Asisto a un taller de escritura. ¿Te gustan? —La sonrisa no desaparecía de los ojos de Diana, le parecía divertido. No era un secreto, de hecho la libreta estaba a la vista, pero sabía que él no entendería.
—¿Lo que escribes sucede o sucedió? — por fin, pudo decir algo Arturo.
—¿Tú lo crees mientras lees?
—Si,…
—Entonces son verdad —no lo dejó terminar Diana.
—Pero tus hermanos nunca hablan de esas historias —insistió Arturo.
—Yo no hablo, yo las escribo.

*La libreta, hace parte del libro de cuentos La flor desfigurada. Hombre Nuevo Editores, Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, 2007.

Esther Fleisacher Cohen
Escritora colombiana. Vive y trabaja en Medellín
Es autora de: Las tres pasas y otras historias, cuentos, Editorial Universidad de Antioquia, 1999; Cable a tierra, poemas, ganador de la Beca de Creación del Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura en Antioquia, 2000; La flor desfigurada, cuentos, Hombre Nuevo Editores, Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, 2007, ganador de la VII Convocatoria de Becas de Creación del Municipio de Medellín.

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