Número 131 • Sábado, enero 24 de 2009 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad Reseñas NUEVO

El cautiverio sigue. No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!

 

 

Ficción de la semana
Letanía a la Virgen Negra
Por Mario Angel Quintero

El solar de mi padre era pequeñito pero sorprendentemente plano. Yo, yo era un salvaje, un piel roja sin fronteras ni apegues: indomesticable. Pero era realmente sorprendente como de plano era el solar de mi padre. Dejamos de jugar fútbol ahí porque era muy pequeño, porque nos enamoramos del aire, y porque aquello brotaba ahí. Cuando digo que nos enamoramos del aire, es que aprendimos a movernos sobre los techos y corríamos por las cercas, explorando las vísceras de los lotecitos en lo más privado de lo propio. Conocíamos los hábitos y la ropa interior de todos, y éramos casi silenciosos, como ratas, como cosas que pasan entre los papás.
Pero esto en el solar de mi padre era algo totalmente diferente. Eso que brotaba casi en la mitad exacta del solar de mi padre era mío adentro, de mi columna vertebral a la escalera que vio Jacob. Era el ciruelo de mi sangre. Mi voz sigue manchada de su jugo y los callos de mis pies del verde de su corteza pelada. Antes de cristo estaba la cruz esperándolo. La carne de esas ciruelas es mi herida.
Las pelas que me gané por ese ciruelo. Me lo habían advertido. Pero era como estar en trance, como un romance cruel. Si se sube a ese árbol otra vez, le doy con la cuchara de palo hasta que quede más morado que negro. Mi madre abría la ventana por donde me veía, con la misma mano que ya estaba cansada de pegarme, y elevaba el grito. Mejor para usted que no baje, negrito, mejor que se quede allá arriba. Porque para mi padre ese ciruelo representaba su hogar y el esfuerzo  que él había hecho para conseguirlo. Por eso el ciruelo era intocable. Por que más que el terreno, o la misma casa, el ciruelo era, para mi padre, su propiedad.
Pero el ciruelo era para mí un sendero vertical hacia un dominio divino. Yo sabía que lo que buscaba no habitaba en el polvo plano del solar. Las tórtolas se perseguían, puños de movimiento, de rama en rama. Respirar me tallaba por dentro. Todo me decía que subiera. Sin saber, subía para estar más cerca de ti, Señora. Al mirar hacia arriba y ver ese azul, esas mansiones de nubes, supe que sí, que esta escalera me llevaría a ti. Al acercarme al árbol, la corteza misma parecía tener uñas, garras, incrustadas. En mi ardor de pecho limpio, esto no podía ser otra cosa que una invitación al tacto, a pegarme a ella. Subir por ese tranco era una especie de sobadita contra lo más tierno de mi cáscara. Subir para estar más cerca a la fuente que llenaba la ponchera del cielo.
Primero subía a combatir demonios, mi camisa llena de piedras. Los demonios empezaban a ladrar allá abajo apenas me veían. Sabían que era con ellos. Yo  buscaba demonios por todo tu Edén, Señora. Mi brazo mandaba relámpagos, rayos en forma de piedras lisas. Yo era el querubín que cubre, con mi espada resplandeciente en llamas. Vine a buscar y a salvar lo que se ha perdido.
 Pero no siempre era tan bélico. El ciruelo en el cielo daba para celebrarte también. Machucaba las ciruelas en un pocillo, lo tapaba, y lo escondía en las alturas del árbol dos y a veces tres días. Cuando ya el jugo se había enchichado, me subía con ese pocillo hasta las ramas más altas y celebraba tu misa. Esas ramas altas bailaban bajo mi peso y yo te invocaba. Me movía para allá y para acá por todo el cielo, esbozando tu nombre.
Horas de delirio y diarrea eran simplemente parte del ritual. Todo lo que se veía y se sentía entre gemidos en esos momentos. Uno vacío ya del todo, vaciado por tu nombre.
Una vez, en esa debilidad de milagros, volví a subir, con el pulso del corazón en la cabeza, con el esfuerzo del guayabo, para poder meter mi cabeza y hombros dentro de la corriente azul del cielo. Ahí, encima de todo, el delirio tomó las proporciones de un vuelo sobre todo mi vecindario, y fue ahí, en ese momento, que te vi.
En un solar vecino, estirada sobre una manga, absolutamente desnuda en tu inocencia absoluta, ahí estabas, La Virgen Negra.  Yacías bajo la plena luz del sol con todo tu esplendor y majestad en evidencia. Mi imaginación ya te había tallado de madera negra, pero la profundidad de tu manifestación era otra cosa completamente. Tus brazos lánguidos, tus ojos maliciosos y llenos de misterio, tus senos que abarcaban toda la misericordia del mundo. Con sólo haber visto tus muslos, su fuerza y su curva gradual, me hubiera quedado de suplicante de por vida. Pero verte toda, completa e innegable, debajo de mí, iluminada por la luz del sol, fue demasiado.
Nuestra Señora de las Luces. Pensé: no merezco esta visión. Ten piedad. Y fue como si el encanto de mi vuelo se hubiera quebrado. El golpe de semejante visión me tumbó del ramo donde estaba sentado, y el aire azul empezó a caer, empezó a pasarse por encima de mi rostro. Yo volaba hacia ti, mi Señora. Abiertas mis alas, me despegué del árbol, y estaba a punto de meter mi cabeza en la corona del sol, cuando algo me atascó el talón. Era la entrepierna de la Virgen Negra, era una horqueta del árbol que no me dejaba seguir. Y quedé colgado ahí boca abajo del talón, como Pedro, como tantos que se han atrevido a acercarse a ti.
Cuando al fin me bajé, y mientras que pasaba la fiebre, mientras que mi cuerpo se compuso de nuevo, creció en mí el convencimiento de que yo portaba una inmensidad. La sensación de tener una riqueza infinita por dentro era insoportable, era como ser un faro. A veces corría cuadras con la cabeza entre las manos.
Lo que siguió fue puro instinto, la reacción de la tribu, sin explicaciones ni sentido. Entré a la cocina de mi madre y llené mi camisa con puños de arroz. Subí el árbol para esparcirlo por todo el Edén. Había llegado el momento de repartir  las riquezas. Ahí mismo empezaba  a llover, empezaba a nevar, tórtolas. Centenares de tórtolas bajaban en rosetas a reclamar los granos de alimento, los granos de tu gracia.
Tantas tórtolas bajaban que después tuve que dejar de repartir. Porque ellas se acordaban, y cuando apenas subía el ciruelo con el arroz, se me venían, primero persiguiéndome, y luego pegándose a mis manos y a mis hombros, a mis brazos y a mis piernas hasta que yo parecía un ser conformado de grandes cantidades de alas pequeñas que se sacudían y aleteaban por todo mi cuerpo.
En estas reparticiones ¿qué veía yo? ¿Qué sentía al soltar el arroz al aire?
Sentía que en el momento que se despegaban los granos de arroz de mis dedos, cada grano se transformaba misteriosamente en una moneda de oro. A medida que iban cayendo como aleluyas doradas, esas monedas titilaban en la luz del sol. Al dar contra la tierra y el cemento y la hierba y la madera de la cerca, producían un sonido alegre, un sonido liviano, que se me parecía a la risa. Pero no risa burletera, sino risa como cuando mi madre estaba feliz, y cerré mis ojos para escucharla, y cuando los abrí la quería encontrar, buscaba a mi mamá por toda la casa, y gritaba: el arroz no importa. ¡Mira debajo del árbol! ¡Mira madre, todas las monedas del mundo!
Después de ese momento fue difícil. Fue difícil sentir algo después de ese momento.

Mario Angel Quintero
Escritor, poeta, hombre de teatro, pintor. Vive y trabaja en Medellín.
Estudió literatura en la Universidad de California. Ha publicado obras narrativas en inglés y español en numerosas revistas colombianas, estadounidenses y canadienses. Cofundador de el grupo Párpado Teatro. Primera exposición de pinturas bajo el título Cirugía en la Galería Exfanfarria Teatro. 2008                        

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