Número 130 • Sábado, enero 17 de 2009 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad

El cautiverio sigue. No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Ficción de la semana

Fetiche*

Por Emma Lucía Ardila Jaramillo


Cuando el niño todavía era un bebé, lo llevaba a pasear en su cochecito para que recibiera el sol, durante todo el tiempo la gente se detenía a admirarlo, a decirme lo lindo que les parecía y yo aceptaba los cumplidos orgullosa; las cuñadas y mis hermanas me insistían: "mandá  una foto del niño a las revistas, seguro que de inmediato lo llaman para hacer algún comercial con él", pero a mí eso me parecía una necedad y nunca les quise hacer caso; cuando ya iba a cumplir los diez años, una empresa de publicidad fue al colegio y le pidieron al niño el número de teléfono de la casa y él se los dio, encantado con las propuestas que le hicieron; planeaban poner unas vallas inmensas en dos avenidas, con su foto anunciando un seguro de vida, “es la cara perfecta”, dijeron ellos, va a dar una imagen de salud y de seguridad, ésa que todo padre ansía para sus hijos; el niño nos insistió tanto, que al final el papá  y yo accedimos; en pocos días las vallas aparecieron; una cerca de la casa, al borde de la avenida y la otra, en la autopista que lleva hacia las afueras de la ciudad; en la tarde, al llegar del colegio, mi hijo me contó emocionado todo lo que le habían dicho sus compañeros cuando vieron las propagandas mientras venía hacia la casa; yo también había recibido varias llamadas de mis amigas felicitándome y preguntando por el nombre de la empresa publicitaria; en cambio, la abuela se sintió muy molesta y me anunció que aquello no era nada bueno y que la vanidad traía malas consecuencias; la sentencia de la abuela me puso muy nerviosa, me llenó de presentimientos y temores; inútil decirme una y otra vez que no debía sentirme así; también a mí me daban miedo las fotografías, mucho más si éstas se usaban como propaganda, un miedo supersticioso porque uno no sabe qué rumbo les puedan dar y lo único que hacen es fomentar la vanidad; por eso empecé a vigilarlas; sentía que tenían un poder que no sabía explicar, que de ellas emanaba una energía, que me hablaban; claro que eso no se lo dije a nadie, ni siquiera a Alfonso, pero no podía dejar de espiarlas y rezaba para que no les fuera a pasar nada; los publicistas me dijeron que aquellas fotos se exhibirían durante dos meses y sólo habían transcurrido quince días que se me hicieron eternos; Alfonso se dio cuenta de mis miedos, los primeros días estuvo muy paciente y trató de tranquilizarme, pero luego se enojó y me dijo que de seguir así, iba a terminar loca; otras veces hacía bromas burlándose de mis supersticiones y decía que quién sabe de qué tribu las había heredado; cuando se dio cuenta de mis desvelos, me dijo muy serio que por ningún motivo iba a permitir que su hijo participara de nuevo en esas cuestiones publicitarias, que estaba harto con todo ese asunto; empecé a mirar al niño con ansiedad; si se demoraba en llegar del colegio me llenaba de nervios, si se caía o se golpeaba, peor; traté de tranquilizarme, de poner las cosas en su lugar, de entender que aquello en realidad no tenía ninguna trascendencia y que, en adelante, como decía Alfonso, no permitiríamos nuevas propagandas; la cabeza me empezó a doler y tuve que tomar calmantes; y si él insistía no tendría más remedio que esperar hasta que fuera mayor de edad, eso ya estaba decidido; una de las vallas la situaron en la ruta por la que yo siempre transitaba, todos los días me encontraba de frente con la foto de mi hijo, inmensa, viéndome con sus ojos pardos y la carita fresca; yo le sonreía y no podía evitar detenerme a verla, las personas que pasaban en sus carros, al ver el mío estacionado en plena avenida, con las luces de parqueo funcionando, mientras yo, parada debajo del anuncio, miraba la valla, pitaban furiosos porque obstruía el tráfico; pero no era suficiente vigilar las vallas una vez al día, tenía que verlas al menos en la mañana y en la tarde, porque si no, esa espera tan larga se volvía insoportable sin saber de mi hijo hasta que regresara del colegio; ya no lo dejaba ni siquiera salir a jugar y cuando iba a marcharse, me despedía una y otra vez de él y le rozaba los párpados con los dedos, como bendiciéndolo para protegerlo, hasta que él se zafaba con impaciencia y se iba; después de un mes, o eso creo, alguien le arrojó a una de las fotos una piedra y dio preciso en uno de los ojos; al verlo, corrí horrorizada hasta la casa para llamar al colegio, descansé cuando me dijeron que no me preocupara, que el niño estaba bien; pero no me tranquilicé del todo, porque yo estaba segura de que algo malo iba a ocurrir, el recuerdo de mi hijo con el ojo roto y la luz que se filtraba por el orificio que había hecho la piedra y la imagen que ya no era sonrosada y feliz, todo eso me anunciaba una fatalidad; así transcurrió otra semana, otra eterna semana yendo hasta la valla más próxima a vigilarla, sin fuerzas para ver la otra, con terror de encontrarme con una coincidencia, con el mismo daño en el otro anuncio, en el mismo ojo y entonces volverme loca de angustia; pasada la semana, cuando regresaba de mi vigilancia cotidiana, recibí una llamada del colegio, ¡el niño había tenido un accidente! salí como loca y fui hasta allá, cuando lo vi creí que iba a perder la razón; tenía el ojo derecho vendado, ¡el mismo que se había dañado en la valla! lo abracé temblando y le pregunté desesperada al médico qué era lo que le había pasado, él me contestó que el niño se había chuzado con un lápiz, pero que no era nada de gravedad, que no me preocupara, que posiblemente en unos días iba a estar bien; yo no podía hablarles de coincidencias porque se hubieran reído de mí, pero estaba segura de que aquello no era una casualidad, la energía que emanaba de esas fotos era cierta, yo la había sentido y ahora tenía la prueba, si algo sucedía en ellas, entonces, de seguro, le pasaba lo mismo a mi hijo; cuando sucedió el accidente del niño, le alegué triunfante a Alfonso que aquello era una prueba de que no estaba loca, de que mis temores eran reales, pero él insistió en que eso no era más que una casualidad y que lo tenía harto con mis supercherías; afortunadamente tenía el sueño pesado y tan pronto empezaba a roncar, yo me ponía una sudadera encima de la piyama, revisaba a mis hijos que también estaban dormidos, y luego salía a vigilar, no fuera que de noche a los ociosos y a los borrachos les diera por echarle pintura roja a la foto o hacerle alguna atrocidad; las fotos empezaron a deteriorarse, se veían pálidas, y en la tarde, al llegar mi hijo, comprobé que también él perdía el color; eso acrecentó mi angustia y en las mañanas ya no me quedaba acostada como antes sino que me sentaba a la mesa mientras él desayunaba, espiando con ansiedad en su rostro algún signo fatal; él se reía contento de que lo acompañara, faltaban quince días para que quitaran los anuncios, eso era bueno pero a la vez me asustaba porque quién sabe qué harían con ellos; averigüé todos los detalles y supe que los pintaban de blanco y sobre ellos ponían una nueva propaganda; eso me dio cierta esperanza, así mi hijo, de alguna manera, quedaría borrado de allí, aunque rezaba para que ese borrado no fuera a significar ninguna muerte; cuando ya sólo faltaban tres días para que quitaran las vallas, me sentía agotada, por eso, en la noche, me derrumbé en la cama y sólo desperté al amanecer; cuando me di cuenta de la hora, pensé con horror en lo que habría podido ocurrir durante la noche, por no haber vigilado y salí desaforada; al principio creí que me había equivocado de calle, pero no, hasta dormida habría podido llegar allá, no, la valla no estaba, había desaparecido con estructura y todo; eso no fue lo que los publicistas me prometieron, se la llevaron antes de tiempo, me dije desesperada, los llamé tan pronto fueron las ocho de la mañana, la secretaria me explicó que seguramente había hecho mal la cuenta de los días, que el plazo estaba cumplido, que estuviera tranquila, que ya no iban a estar más allí esas fotos para mortificarme; no me gustaba molestar, pero tuve que volver a llamar porque necesitaba saber qué habían hecho con las vallas, entonces ya la empleada no fue tan amable y no quiso responder las preguntas que le hacía; volví a insistir, llamé y llamé, pero todo fue inútil; ni ella ni nadie me dieron razón, fui hasta allá  y tampoco, volví a llamar para que me dieran el número de la otra empresa, ésa que ellos decían que se encargaba de quitar la publicidad, pero una voz de hombre me gritó "¡usted es una vieja loca!" y me tiró el teléfono; yo estaba desesperada, nadie entendía mi angustia y para colmo, todavía faltaban como tres horas para que mi hijo regresara del colegio, él llegaba a las cuatro;  ¡yo luché! ¡juro que luché! muchas veces llamé a los publicistas, les ofrecí devolverles el importe proporcional al tiempo de exhibición que restaba, si retiraban las propagandas, pero ellos no aceptaron mi oferta, dijeron que no estaba en sus manos hacerlo, que había un contrato firmado con la compañía de seguros, que no podían echarlo atrás; no tuve más remedio que esperar y rezar para que no pasara nada grave, no dormía, todas las noches salía con sigilo para que los de la casa no me vieran y me iba a cuidarlo, sólo así podía luego descansar; yo lo cuidé, lo cuidé tanto como pude; hablar con Alfonso era inútil, ya no quería escuchar mis razones, se enojaba y me decía que estaba paranoica, que mi comportamiento era enfermizo y que lo único que faltaba era que aquellas fotos me dejaran de psiquiatra; lo único que me faltó fue sacarlo del colegio, pero eso el papá no lo hubiera permitido; ahora me arrepiento de no haberlo hecho, llamé al colegio y me dijeron que el niño estaba bien, me sentí un poco más tranquila y empecé a pensar que después de todo debía sentirme contenta, porque si él llegaba, si no sucedía ningún percance, la pesadilla terminaría por fin; eso no lo había pensado antes, ahora lo que tenía que hacer era olvidarme de las vallas aquéllas, ser optimista y pensar que seguramente las iban a colocar en otro lugar y que en este momento las estarían pintando de blanco; cuando pasaron las cuatro me dije, -bueno, un retraso es normal- pero como a las cinco aún no regresaba, llamé al colegio y me dijeron que había salido a la hora de siempre, entonces llamé a la encargada del transporte y me dijo que el niño no se había subido al bus, pero que estuviera tranquila que seguramente estaba en la casa de algún amigo; cuando vi que ya eran las seis de la tarde y todavía no aparecía, me enloquecí de angustia, en ese momento tuve la certeza de que si oscurecía ya no lo iba a encontrar; ¡lo busqué, lo busqué por todas partes!, al principio caminando, después corriendo, gritando, no estaba, no estaba por ninguna parte; me senté en el suelo enferma de angustia, desesperada, empecé a gritar; nadie quiere escucharme, ni siquiera Alfonso, nadie me quiere ayudar a buscar a mi hijo, ya no sé cuánto tiempo llevo esperando su regreso, por eso debo caminar y caminar, quizá recorriendo parte a parte la ciudad lo encuentre, debes revisar cada valla, - me dice la voz - yo sé que esa voz que oigo es la de mi hijo, yo la oigo, yo sé que desde alguna parte me está  hablando, - debes raspar con un palo largo la pintura de cada anuncio a ver si me encuentras, no puedes dejar de vigilar el sitio en donde estaba, tienes que seguir, seguir - y yo le hago caso, tengo que hacerle caso, por eso cuando vea a Alfonso me voy a poner furiosa, le voy a golpear la cara, nunca voy a perdonarle que no me ayude, él debería estar aquí conmigo, ayudándome a buscarlo, él podría encontrarlo porque cuando el niño todavía era un bebé, lo llevaba a pasear en su cochecito, para que recibiera el sol, caminábamos mucho y durante todo el tiempo la gente se detenía a admirarlo, a decirme lo lindo que les parecía y yo aceptaba los cumplidos orgullosa, las cuñadas y mis hermanas me insistían: " mandá  una foto del niño a las revistas, seguro que de inmediato lo llaman para hacer alguna publicidad con él", pero a mí eso me parecía una necedad y nunca les quise hacer caso...

*Fetiche hace parte del libro de cuentos “Nos queremos así” publicado por Fondo Editorial Universidad Eafit, Colección Letra x Letra, en junio de 2007.

Emma Lucía Ardila Jaramillo
Escritora Colombiana. Vive y trabaja en Medellín.
Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Pontificia Bolivariana y es magíster en Filosofía con énfasis en arte en la Universidad de Antioquia. Ha publicado dos novelas: “Sed” (Fondo Editorial Universidad EAFIT, 1999) y “Los días ajenos” (Universidad de Antioquia, 2002), y dos cuentos infantiles: “La cazadora casada” (Panamericana, 2003) y “El gran temblor” (Panamericana, 2003). Tiene además algunos cuentos publicados en diversas revistas y periódicos. Ha sido profesora de literatura en la Universidad de Antioquia y actualmente en el colegio Columbus School y la Universidad Eafit.

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