Número 129 • Sábado, Diciembre 20 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Última Ficción del año

Río abajo*

Por Saúl Álvarez Lara


Al rasgar el papel con arabescos de colores leyó Río Abajo en letras blancas y gruesas sobre un cielo de atardecer naranja oscuro. No había tarjeta ni marcas que indicaran el origen del regalo, aunque ese día no era extraño recibir presentes. Sonrió al sentir que entre quien le ofreció el libro y él podía existir alguna complicidad pero no intentó imaginar quién pudiera ser. Rasgó el envoltorio de los otros paquetes con una sonrisa de circunstancia, de satisfacción, de deseo cumplido, como si hubiera anunciado sus antojos a los cuatro vientos y cada presente se ajustara a ellos.
Era día de fiesta en el mundo entero y también, día de fiesta personal. En cuarenta y cinco celebraciones cumplidas siempre encontró motivos para festejar, por la amistad, el amor o el deporte, los viajes, la suerte, los amigos. En los primeros aniversarios los motivos venían por sugerencia de su familia, las mascotas, las nubes, la música, los juegos, pero desde la mayoría de edad él decidía su propio motivo, era una  costumbre familiar que obligaba a nunca celebrar nada sin añadir un tema, una suerte de pretexto a la celebración original. Celebró por todo lo que era posible celebrar. El día del aniversario número cuarenta y cinco, quien lo creyera, no logró encontrar un motivo con suficiente atractivo para organizar su fiesta y entonces prefirió pasarlo solo. La soledad será el tema de este año, pensó, mientras se servía una copa de vino.
Volvió al lugar donde desempacó los presentes para repasarlos mientras prolongaba el contenido de la copa con sorbos menudos como si intentara, apenas, humedecer los labios. El que llamó su atención fue el libro. Le quitó el papel y lo consideró tan lejos como le permitieron sus brazos. Río Abajo, Monique van Bever, Editorial Salento. Las letras más grandes eran las del título, después las de la autora y por último la editorial. Todas blancas, de la misma familia sin adornos, rectas, limpias, concretas, sobre la fotografía de un río bajando hacia  el atardecer naranja oscuro. Nunca fue hombre de imágenes por eso no alcanzó a notar la silueta de un barco, un lanchón, de dos cubiertas debajo del título.
No miró los otros regalos. Un espectador atento hubiese notado la diferencia en la expresión sobre todo en el brillo de sus ojos al abrir el envoltorio del libro. Los otros paquetes apenas le causaron una impresión leve, como si conociera el contenido antes de desenvolverlos.
Con la misma sonrisa de intriga que mostró al ver el libro por primera vez, lo observó ahora por los cuatro costados. Se detuvo en la contraportada. Un texto sobre la continuación de la imagen de la portada  lo detuvo. Intentó leer pero sólo alcanzó a distinguir las mayúsculas, las otras letras debía adivinarlas. Fue en busca de sus lentes, tomó otro sorbo de vino y leyó: “…Había sido una jornada calurosa. Al final de la tarde Nilo subió el equipaje de Marguerite hasta la segunda cubierta de la barcaza de madera que crujió bajo su peso. Después de inspeccionar el lugar dejó las mochilas al lado de la hamaca treinta y nueve, el número marcado en el tiquete, y regresó a buscar el suyo. Cuando lo depositó frente al número cuarenta y seis ella lo abrazó y, a pesar del calor, pegó su cuerpo al de él como si buscara protección, él no supo cómo deshacer la muestra de afecto y murmuró algo en su oído, una promesa, quizá. No imaginaban, en ese fugaz momento de intimidad obligada, lo que sucedería río abajo …”. Los dos párrafos siguientes eran críticas que mencionaban la calidad del libro, su intriga y el futuro incontestable de la autora.
Nilo, era también su nombre, sonrió con satisfacción ante la coincidencia con el protagonista de Río Abajo. Cerró los ojos en un intento por recordar o por lo menos imaginar quién pudiera estar al origen del regalo, sin duda alguien que buscaba intrigarlo con el anonimato y la casualidad en los nombres. Constató, sopesando el volumen del libro, que era la primera persona que conocía con el mismo nombre, si es que un personaje de novela puede considerarse persona.
Lo llamaron Nilo desde cuando sus padres cambiaron de ciudad y él entró al nuevo salón de clase un jueves a la primera hora de la mañana cuando la profesora hablaba del río más largo del mundo. Estaba asustado. Ella quiso saber su nombre. Él pensó que le había preguntado por el río y respondió Nilo. Qué coincidencia, dijo la maestra, como el río y continuó la clase. Nadie más preguntó si era su nombre verdadero y de ese día en adelante respondió como si fuera con él cada vez que alguien mencionaba el río. Al organizar los listados, otro profesor notó que el nuevo alumno era Nicanor Loza, supuso que Nilo era una reducción de nombre y apellido y lo dejó tal cual en todas las hojas. Lo que siguió fue sencillo. Nilo sustituyó a Nicanor y se convirtió en río, caudaloso, con sequías, rápidos peligrosos, meandros perdidos, caídas infinitas y sin marcha atrás. Lo emocionante era que la sola mención del nombre traía a la memoria historias de grandeza y aventura que de inmediato asociaban con él.
Por eso, asumir como tema la soledad para la celebración de su cumpleaños, era por lo menos extraño. Sus amigos decían en tono de broma seria que Nilo tenía un sinfín de afluentes y un caudal que arrastraba lo que cruzara su paso. Sin embargo esa noche no. Por falta de ideas o porque había entrado en un período de sequía intensa, tórrida, esa noche no. La celebración era solo. Abrió el libro en las primeras páginas como si en lugar de leerlo quisiera mirarlo pasar a lo lejos, desde su propia ribera.
“Zarparon al atardecer, cuando ya quedaba poco del color naranja recortado por los árboles de la orilla opuesta, espesa y oscura. De repente, más allá de los límites de la barcaza una oscuridad profunda los rodeó. Sólo la luz amarilla de las lámparas de petróleo colgadas de los postes que sostenían la cubierta superior iluminaba entre las hamacas y las sombras de los equipajes arrumados debajo. Nilo y Marguerite buscaron un lugar en la segunda cubierta desde donde pudieron ver como invadían la noche. Una que otra luz, a veces titilante o a punto de desaparecer rompía la oscuridad.     
El amor salta donde uno menos piensa, dijo Marguerite como si retomara una conversación interrumpida. En una calle, en un café, en el vecindario, navegando por un río lejos de todo, en la noche. Es cierto, murmuró Nilo. En cualquier lugar aparece sin prevenir, insistió Marguerite. Nilo no respondió. Era evidente que ella buscaba algo perdido en otra parte, quizá con otra persona, el tono de su voz la delataba y la suavidad de su piel tenía la virtud de poner su acompañante a la defensiva como si tocarlo fuera un ataque...”
Nilo era un verdadero producto de la tecnología, apresurado, siempre conectado, sobre actuado. Era un caudal imparable. Varias veces mientras leía achacó, en el segundo plano de su entendimiento, a la falta de tiempo la poca imaginación mostrada para programar su fiesta de cumpleaños. Pero no era esa la causa de su desconcentración, era la impaciencia de la lentitud, no alcanzaba a imaginar cómo ellos, Nilo y Marguerite, solucionarían lo que tuvieran que solucionar en el espacio reducido de una barcaza, lejos de la ribera, en la eternidad que representaban las trescientas ochenta páginas del libro. Las últimas palabras al final de la novela eran “... y el río siguió impasible.” Llegó a ellas en un momento de desamparo cuando el reloj marcaba las once y tuvo la idea de acelerar la acción.
Mientras servía otra copa, que atacó con tragos largos, pensó sin tener más argumento que la intuición que algo iba a pasar a Marguerite, la rubia, delgada y bonita que no se atrevía a abandonar los vestidos ligeros por miedo a los rayos del sol. Su descripción le recordó la compañera de pupitre el día que la profesora lo confundió con el río Nilo. El cabello rizado, los ojos grandes, la boca amplia, era quizá una exageración pero la autora de la novela, lo mismo que su compañera describían en ellas un parecido con Sofía Loren, rubia por supuesto y sólo de cara porque eran de cuerpo delgado y sin las voluptuosidades de la diva.
“... no durmieron. Ninguna noche durmieron. Pero no por falta de sueño. Había momentos de la navegación, durante el día, que Nilo entredormía, de pie, aferrado a la borda para no caer. En las noches, entre los ruidos de la oscuridad, las voces de los cargadores de madera, los mosquitos que llegaban por ordas y el asedio de Marguerite que no se atrevía a rechazar, Nilo no cerraba el ojo. El café sobrecargado de azúcar que recibía del cocinero, piloto y director de carga a la vez era lo único que parecía hecho en favor del sueño, pero tan dulce que al cabo del tercero o cuarto día dejó de tomarlo. Marguerite nunca lo probó y se contentó siempre con las botellas de agua caliente que encontraba en los caseríos donde paraban en la oscuridad de la noche para cargar madera. Una vez encontraron una botella de aguardiente, caliente como todo en esos rincones, y la compraron en lugar del agua.”
Con ansiedad porque previó un accidente o una catástrofe peor, saltó páginas, pero la historia era lenta y no estaba acostumbrado. Por primera vez rasgó una página, luego otra y las tiró al piso, en la siguiente encontró párrafos donde la autora mencionaba detalles de Marguerite que él no ignoraba, los conocía de antes, la sonrisa, la manera de hablar pausada, cariñosa y sobre todo, la marca de nacimiento unos centímetros a la izquierda del vientre, como una mariposa que su compañera de pupitre también llevaba en el mismo lugar y con la misma forma. Recordó el día que la descubrió, por azar, en el vestuario de mujeres donde entró distraído y se encontró frente a ella desnuda después de una ducha. Él no supo qué hacer o para dónde mirar, aun los ríos caudalosos, como él, se intimidan frente a las mujeres. Ella, con calma, sin intentar cubrirse y con naturalidad le preguntó si la marca de nacimiento como una mariposa tatuada le gustaba.
Nilo tenía la boca seca como aquel día en el vestuario. Quiso servir otra copa pero la botella estaba vacía. Es una cuestión de tiempo pensó y continuó el recorrido por las páginas. Debía llegar a los hechos antes de que sucedieran, quizá podía impedirlos, proteger a Marguerite o a su compañero pero tenía poca práctica para la lectura rápida y a veces no entendía por qué todo era lento en ese río, en esa noche, en ese libro. Tuvo la sensación de que lo estaban poniendo a prueba, como si la persona que le regaló el libro y lo introdujo en la historia supiera que su caudal interior circulaba a velocidades extremas y no podía, no sabía, como detenerlo.
Al final de una página, la doscientos treinta y tres, leyó, “... cayó a la corriente y el barco quedó en silencio.” Fue un golpe, un gancho de izquierda a la mandíbula que casi lo tira al piso. Entre ríos no hay secretos, quizá se funden, se respeten, corren el mismo cauce, pero no se devuelven lo bailado y Nilo lo sabía, quien cayó a la corriente no iba a regresar. Imaginó a Marguerite o a su compañero debatiéndose entre bancos de arena o sumergida por remolinos traicioneros. En la página siguiente, que por suerte no había arrancado aun, leyó, “... La carga de madera había ocupado la bodega y buena parte de la primera cubierta, era normal que en ciertos momentos el agua de la corriente humedeciera el piso de madera y pasara por encima de ella como sobre un puente inundado. Cuando cayó al agua escuchó la algarabía, después vino el silencio y la soledad. Recorrió el barco por todos los rincones y no encontró a nadie, todos debieron partir después de la función, los reproches, la falta de amor, la disputa y el traspiés provocado que terminó con el cuerpo en la corriente ...”
Nilo dio un respiro a la lectura, alguien cayó al agua y no sabía quién. Arrancó páginas que miró apenas por encima y mencionaban la soledad, los sonidos del río y las sensaciones de alguien que, sin saber qué hacer, se encontró a la deriva. Trató de calmarse, es cuestión de tiempo, pensó, y fue a destapar una nueva botella de vino. Despachó una copa en dos tragos y sirvió otra. Cuando volvió al libro todavía estaba recorriendo las cubiertas abandonadas. Por intuición o por certeza de río, siguió los pasos de quien recorría el barco, participó de la descripción minuciosa, que lo ponía a prueba y encontró que todos los pasajeros dejaron sus atados, cajas amarradas con lazos y bolsas arrumadas debajo de las hamacas. Con la luz del amanecer, él o ella, no sabía aun quién, constató que navegaban por el centro del río y la corriente se encargaba de guiarlo. En cierto momento comparó su soledad de fiesta temática programada, con la de Marguerite o Nilo. Cerró los ojos e imaginó el ruido del agua cortada en limpio por la quilla. Cuando los abrió, los sonidos conocidos en su ventana habían cambiado por los agrestes del río. “... cerca de la desembocadura notó que las riberas estrechaban la corriente hasta la borda. El agua llegaba a sus pies por el peso de la sobrecarga, pero tardó en comprender que para salir al mar el río se dividió en mil brazos. La barcaza parecía guiada a distancia...” Nilo leyó envuelto por sonidos de manglares cercanos, de aguas que se cruzan, troncos que chocan, aves que levantan vuelo, hojas que se rozan, viento que silva entre corrientes y pantanos, como el murmullo y los gritos de una multitud en movimiento.
Nilo se paró sorprendido en medio de hojas de libro dispersas por el salón. Se sintió rodeado de gente y pensó que sus amigos habían llegado para la fiesta pero se encontró con el silencio de la ciudad dormida, eran casi las cuatro de la mañana, estaba solo, nada había cambiado, ni siquiera los regalos que él mismo compró para hacer la pantomima de la sorpresa frente a su soledad. Fue el libro y quien se lo regaló lo que disolvió su plan, ¡Esa sí que había sido una sorpresa!, sin remitente, con un personaje que llamaban como él, quizá tan caudaloso y sin marcha atrás como él; y una mujer como..., ¿cómo se llamaba? intentó recordarlo en los momentos de liberación de la lectura pero no lo logró. Tendría que llamarla Marguerite, como la del libro.
En ningún momento la narración aceleró su ritmo. “... los sonidos de la desembocadura rodearon la barcaza que pasaba, como si tuviera la ruta trazada entre el laberinto de canales, corrientes y pantanos. Siguió el recorrido entre pasadizos de madera apilada y bultos de plátano en racimo. El calor era insoportable. Quien recorriera el barco aceleraba progresivamente el paso incitado, o incitada, por los ruidos de la multitud en el manglar. Una brisa levantó de improviso algunas telas de colores dejadas de cualquier manera en las cubiertas...” En esas palabras Nilo vio el vestido de Marguerite volar al viento y se lanzó tras ella, debió arrancar otras páginas para acelerar el encuentro, los gritos del manglar eran la incitación al otro lado de las corrientes. Por fin, al voltear una hoja, como si fuera la esquina de uno de los arrumes de carga, se encontró con la figura delgada y la sonrisa amplia de Sofía Loren que siempre, a lo largo de las trescientas setenta páginas, distinguió a Marguerite.
Como en el vestuario, no supo qué hacer, como ese día buscó una salida, como ese día, después de provocar el encuentro, miró para otro lado cuando la tuvo en frente. En aquella ocasión la marca en forma de mariposa tatuada fue una excusa para decir la primera palabra, ahora no había mariposa, el vestido ligero cubría el cuerpo. Al contrario de la primera vez ella no dijo nada, él tampoco. Sin pensarlo arrancó otras hojas del libro, pero cuando volvió a él todavía estaban frente a frente en silencio. Leyó en busca de una salida pero encontró que en esa página y la siguiente, ella hacía un recuento de lo deseado, dejado de hacer, abandonado, despreciado, de la soledad de lo no correspondido y del sentimiento de pérdida, de tiempo, de entereza, en muchas ocasiones de orgullo.
En el párrafo siguiente ella, la Marguerite de la novela o, no recordaba su nombre, la compañera de pupitre de su colegio desde el primero hasta el último día dijo que después de mucho tiempo, incluso a riesgo de haber desaparecido en el olvido, decidió provocar otra vez aquel encuentro. Era el momento de verdadera cercanía y lo provocó con la precaución de no dejar vías de escape posibles. La única era la corriente del río que siguió impasible.

* “Río abajo” fue publicado en el número 39 de Ficción . La Página.  

Saúl Álvarez Lara
Escritor Colombiano. Vive y trabaja en Medellín.
Autor de Recuentos, cuentos, libro ganador del Concurso de la Cámara de Comercio de Medellín, 2001. El teatro leve, cuentos, coedición, periódico Vivir en El Poblado de Medellín y la Editorial Universidad de Antioquia, 2002. El sótano del cielo, Editorial de la Universidad Eafit, Medellín, 2003. La silla del otro, novela, Universidad Pontificia , 2005. ¡Otra vez!, novela, beca de la III Convocatoria de Proyectos Culturales, Alcaldía de Medellín, publicada por Hombre Nuevo Editores de Medellín, 2007. Editor de Ficción.La Página.

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