Número 128 • Sábado, Diciembre 13 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS! 
 
 

Ficción de la semana

El perdón no alcanzó*

Por Román Castañeda Sepúlveda


A punto de cruzar el umbral, lo frenó la voz de la hermana: acabas de llegar y sólo te preocupa hacer reclamos sobre cosas que nadie recuerda.
Como en un sueño, se vio saliendo del cuarto, de la casa, del país, cargado de odio. Giró sobre sus talones y la miró, pasando por encima de las arrugas y las canas, sin hacer caso de sus músculos fláccidos y de sus articulaciones deformadas por la artritis, sin advertir los estragos de la vejez en la languidez de la mirada y en el marchitamiento de la voz.
Teresa estaba sentada junto a la ventana, al lado de la mesa esquinera en la que mantenía los libros y la tacita de café humeante. Puso un gesto de desafío cuando la increpó:
—Quiero mi parte de la herencia y la quiero cuanto antes.
—Alberto, eso pasó hace casi cincuenta años.
La vio hacer carrizo mientras tomaba un sorbo lento. Le dio rabia recordar la belleza de las piernas, que la habían hecho famosa entre sus amigos. Avanzó hacia ella y, casi en la cara, le rezongó: ¡cincuenta años, bah! Lo que quieres es seguir aprovechándote de lo mío ¡Pero no más! Y se dirigió hacia la puerta.
—Alberto, las cosas han cambiado: ya nos estamos muriendo.
Se detuvo de nuevo.
—Tú sabes lo que valen la casa y la finca, le dijo sin mirarla, y agregó con tono de ordenanza de cuartel —Quiero mi quinta parte de todo. Mañana vendré con lo necesario para hacer los traspasos, y me dirás si aceptas o si pones abogado.

Teresa se quedó pensativa. Cada paso de su hermano alejándose por el corredor le sacaba recuerdos, desde los recientes hasta los envejecidos por el abandono en el fondo de la memoria. Recordó la llamada que contestó el día anterior y la mezcla de sentimientos que la obligaron a sentarse para asimilar la noticia:
¿Sabías que Alberto está en la ciudad?, dijo la voz en el auricular. Hace tanto que no venía que hasta habla con acento extranjero, y me mostró el pasaporte que lo identifica como ciudadano del primer mundo…
“¡Regresó! ¿Cómo será?” Su única referencia eran los álbumes de fotos descoloridas, que no volvió a mirar para no sentir la cercanía de la muerte “¿Leería alguna vez mis cartas?” Le escribió a las direcciones que, de tarde en tarde, traía el correo de las brujas, pero no obtuvo respuesta. “Todos nos volvimos iguales desde que rompimos”.
Con los años, Teresa había comprendido que la eternidad tenía una cara nefasta: la de las situaciones jamás resueltas. Entonces, comenzó a mencionar a Alberto en las conversaciones de familia. Al principio quiso impedir que lo expulsaran a fuerza de olvido, y soportaba con estoicismo los escupitajos con que le respondían sus hermanos. Después buscó picarles la curiosidad y ellos la descolgaron con ironías. Por último, se dio a calmar su desaliento, contándoles historias medio inventadas a hijos y sobrinos, sobre el tío que vivía en el extranjero.
“¿Sabrá todo lo de la familia?” Los retoños de la tercera generación habían empezado a brotar. Muchos de la segunda eran profesionales y estaban bien casados, excepto la mayor, que seguía esperando el regreso de un novio rebuscador de fortuna, y los tres menores, a los que la edad apenas les alcanzaba para creer que la vida era una cadena de parrandas de fin de semana. El cuadro terminaba con la decadencia de los de su propia generación: cánceres inmisericordes se habían llevado a dos.
A punta de funerales, comprendieron el desperdicio de haber renunciado a una vida de esfuerzos y satisfacciones compartidas, a causa de una rebatiña injustificada, y acordaron pegar los pedazos de familia que quedaban, desinfectando y cosiendo las heridas. Pero nadie permitió que se tocara la inflamación que Alberto les había dejado.
Teresa recordó la nostalgia que le produjo su última foto juntos. “Éramos tan soñadores”. Estaba en el centro del grupo familiar, orgulloso del diploma que le tapaba el pecho. “Era nuestro doctor”. El padre, satisfecho, le pasaba el brazo por el hombro sin sospechar que no vería el fin de año. El infarto no le dio tiempo de hacer testamento. También la madre estaba a su lado, feliz con el hijo médico.
Volvió a sacar la foto por si Alberto venía en son de paz. “¡Qué ingenuos!” Le dolió recordar el desmoronamiento de su madre, aleteando alrededor de los hijos en batalla campal, luego del sepelio del padre. Ninguno de sus encantos le dio el poder de apaciguar la ambición que se apoderó de ellos y les hizo liquidar la hermandad en facciones irreconciliables.
La puerta de la calle se cerró con un golpe seco. Teresa recordó con pena que no se despidió de Alberto cuando se fue a especializar en el exterior. No volvieron a verse hasta hoy. Tampoco se despidieron. En vísperas del viaje la visitó. Estaba sentada junto a la ventana, al lado de la mesa esquinera en la que mantenía los libros y la infaltable tacita de café. Lo miró con gesto de desafío cuando la increpó:
—Quiero mi parte de la herencia y la quiero cuanto antes.
La vio hacer carrizo mientras tomaba un sorbo lento. Le dio rabia reconocer la belleza de las piernas, de las que hablaban con entusiasmo sus amigos.
—Tendrás que esperar el fallo del juez, le contestó ella con tono irónico.
—Es que me iré a estudiar al exterior…
—Problema tuyo.
—Tú sabes lo que valen la casa y la finca, le dijo sin mirarla, y agregó con tono de ordenanza de cuartel, quiero mi quinta parte de todo.
—No eres quien para ordenarme nada , repuso Teresa envenenando cada palabra con la lentitud que gastaba en tomarse el café.
—Entonces, no tenemos de qué hablar.
Un hervor fermentado le quemó el tubo digestivo hasta la garganta y la hizo toser, “¡Maldito reflujo!”. Se apresuró con la ranitidina, para remediar lo que el cambio de las delicias del paladar por un menú de comidas fofas no había logrado. “¿Por qué será que los médicos creen que el placer daña el estómago, cuando es la angustia?” Vació el café en el lavaplatos y volvió a la silla de la ventana con un vaso de agua. “El problema es que el perdón no alcanzó”.
Debió quedarse dormida, pero no pudo precisar desde cuándo. La voz de la empleada le evaporó la imagen de la fiesta, en la que abrazaban a Alberto, casi arrugándole el diploma, felices como madres recién paridas.
—Señora Teresa, el señor Alberto está en la puerta.
—Hágalo pasar por favor.
El café recién servido humeaba con un aroma delicioso. Teresa se acomodó en la silla, junto a la ventana, haciendo carrizo con sus piernas torneadas. Los pasos de Alberto se acercaban por el corredor. Teresa tomó la tacita y bebió un sorbo largo y lento.

* “El perdón no alcanzó” hace parte de la colección de relatos, inédito, La culpa fue del muerto.

Román Castañeda Sepúlveda
Físico y escritor colombiano. Vive y trabaja en Medellín.
Profesor Titular Escuela de Física Universidad Nacional de Colombia. Sede Medellín. Es autor de: Hojas de Arce, historias de pocas palabras. Colección Antorcha y Daga, Fondo Editorial Eafit, Medellín, 2003. Textos inéditos. La culpa fue del muerto (colección de 11 relatos) y El Cristal Maravilloso (novela corta de 19 capítulos del género maravilloso). Es autor de artículos en revistas científicas internacionales especializadas y ponencias en eventos científicos del área de óptica. Ha participado en por lo menos siete libros científicos en el área de la física.

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