Número 127 • Sábado, Diciembre 6 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS! 
 
 

Ficción de la semana (Un mero ejercicio)

Flores en la pared*

Por Ángel Galeano Higua


Laura montó una chacita al frente, para verlo, para conversarle, para acompañarlo. Un improvisado ventorrillo de golosinas para atalayarlo. Le había criticado que se la pasara allí porque temía que uno de esos buses de dos chimeneas lo atropellara. Nunca pensó en otro peligro. Pero el destino le salió con un bramido y ahora todo ha cambiado. Todo. En cuestión de horas. Un estudiante llegó esta madrugada y pegó en el agrietado muro del Paraninfo una cita de Nietzsche escrita en una hoja de cuaderno con tinta roja. Hablaba de que lo mejor del ser humano no estaba en los grandes ruidos, sino en los grandes silencios. Algo así, y luego dibujó varias flores en la pared, aprovechando los agujeros hechos por las esquirlas. Se veía que quería extender el ordenado reguero de flores que, en el suelo, atadas en pequeños manojos, trataban de cubrir el boquete. Aquella especie de túmulo aumentaba la romería y agigantaba el dolor y la incertidumbre y una rabia impotente. Y eso era lo que había impulsado a Laura a instalarse al frente, en la otra acera. Quería ver cómo su vida diaria, esa de ven que ya está el desayuno, que la suerte te acompañe, y cómo te fue, dejaba de ser palpable para transformarse en eso otro neblinoso: los recuerdos. A tu padre lo mataron cuando eras bebé, y también era tan confiado como tú. Para esa comprobación no tenía necesidad de pasar la calle. El adiós sin despedida llegó al comenzar la noche de anoche, así, de sopetón. Lo supo por la radio. Y no es que hubieran dicho su nombre. Ella lo supo por el lugar. Y por la hora. Y por otra cosa inexplicable, como un pálpito que sólo pueden sentir las mujeres por sus hijos. No hubo ninguna preparación para aquella partida. Laura no se cansa de verlo a plenitud en un ayer sin opacar, porque lo que tiene al frente no lo cree todavía su presente. Lo ve a él sin tapujos, limpio, cariñoso. Lo único que le disgustaba, y le sigue disgustando, son sus llegadas tarde. Fíjate bien por donde te metes, le decía. Y se lo sigue diciendo de todos modos. No te preocupes tanto, mamá, que a mí me protege mi propia sombra. Le oía decir eso y le daban ganas de sacudirlo a ver si de veras la sombra se interponía para defenderlo. Cuando él tenía campito le gustaba leer y oír su música alegre. Eras buen conversador, como tu padre. Y sigues siéndolo a pesar del silencio. Cuando las cosas se ponían tirantes, rapidito diluías los temores con un cuento o una broma. Sí, Laura mantiene la conversa sin necesidad de cruzar la calle. Desde la chacita. Sin gritos. Los dos saben que mientras más bajito hablen más pueden superar el ruido de la ciudad. Que mientras menos abran la boca, menos humo negro les tiznará la sangre. Sí, a pesar de tanto ruido callejero ellos conversan. Él le contesta y hasta le pone tema: No había luna, mamá, y la ciudad se veía tan tranquila… Laura puso colores a cada flor dibujada en el desportillado de las esquirlas. Tres pétalos amarillos con pintas rojas, como tres heridas, agarradas a un tallo verde. Tal como lo aprendió en el colegio. Te quedaron bonitas, le dice él, pero no las dibujaste tú, ¿verdad? Todo alrededor del cráter parece un jardín lunar. Entre amarillo y frío. El muro abierto semeja un mapa cruzado por mil ríos desquiciados. Y las flores aprovechan las inesperadas grietas del golpazo para brotar en lágrimas de colores. Colores bonitos pero tristes. Mami, oye ella, el muchacho que escribió mi epitafio era mi amigo, el vecino, ¿lo recuerdas?, el mismo que no le gustaba hacer las tareas del colegio pero que leía mucho…, con el que iba a los charcos de Bello. ¿Ése que se la pasaba dibujándolo todo? Sí, mamá, el mismo, y déjate y lo verás que va a seguir dibujando flores en la pared para que tú las colorees. Ahora empieza a llover y Laura pide permiso en la papelería y se entra un poco. Ha cubierto la chacita con un plástico, asegurándolo con un caucho, y se encoge como si así escampara más. Él no, él sigue allá, mojándose sin mojarse, tranquilo aunque por un momento Laura cree oírle un: ¡cuidado, abrígate! ¿Cuántas veces ella le dijo lo mismo? Y lo ve sonreír. ¿Por qué escogiste esa hora para pasar?, le pregunta, apretando los dientes, como para morder la rabia. Yo no la escogí, mamá. Pasaba por aquí hacia la casa como todos los días y de repente el mundo sonó y me sentí infinitamente roto y liviano y desastillado. Yo no escogí ese repente. Más bien ese repente me escogió a mí y no me dio tiro de escabullirme. Bien sabes que tenía otros planes. Y cuéntame, mamá, ¿te has venido ahí al frente para vigilarme? No, más bien para acompañarte, como no volviste. Te juro que ya iba para allá, pero fíjate, me han tenido muy ocupado, ¿lo ves? Viene mucha gente a mirar. Quieren saber cómo queda uno en el sintiempo. Con la mirada me esculcan para ver el estruendo. Me preguntan si me duele, pero es su dolor lo que los asusta, no el mío. Creí que con el estallido quedaría sordo, pero no, al contrario, ahora escucho todo. Hasta sonidos de antes. O de mañana. No sé, no los diferencio. Hasta escucho tu silencio, mamá. Tu llanto mudo, el de tu corazón. Y eso es lo que duele más en este sintiempo. Por eso, háblame, mamá, te lo suplico: sigue hablándome que tu voz es mi música. Mi historia. Nunca dejes de hablarme. Eres mi vida aquí, en esta bóveda callejera que yo no escogí. No estoy entero, lo sabes. Me han dejado como una diáspora. No sé hasta dónde fui esparcido. Siento que aún hay algo mío flotando sobre la ciudad. Partículas de mi rutina, de mis afanes. Fragmentos de mis sueños rotos. No te calles, mamá, no te calles... Ella empieza a llorar de para adentro, que es el llanto más llanto que existe. Ay, hijo, sabes que  me trago el grito para llenarme de silencio, porque así ha de ser mi escucha para que me oigas. Tú eres quien no debes abandonarme. Ahora empiezo a comprender lo dura que es la vida sin tu vida y a verte en mi ayer, que empieza a ser mi fuerza de hoy. Eres el poblador más importante de esta soledad que ahora me toca, hijo. Al otro lado de la lluvia, ella ve que un muchacho enfundado en una capa impermeable, se arrima al muro y empieza a dibujar más flores. Entonces ella siente que otra lluvia mana de sus ojos, una lluvia salada que saborea al susurrar una promesa: Al menos sé que cuando escampe tendré una tarea de colores para cumplir.
* Ángel Galeano dice de este cuento que es un mero ejercicio y como tal hay que leerlo.

Ángel Galeano Higua
Escritor colombiano. Vive y trabaja en Medellín.
Fundador hace veintiseis años, en Magangué, de El Pequeño Periódico, del cual es su director, lo mismo que de la Fundación Arte y Ciencia de Medellín. Autor de: Rumor de río, crónicas y reportajes (1993), Navegantes de la Utopía, crónicas y reportajes (1997). En la boca del cura y otros relatos (2000), El río fue testigo, novela (2001), fue finalista del Concurso Nacional de Novela convocado por el Instituto Distrital de Cultura. Ganador del Premio de Cuento Cámara de Comercio de Medellín en 2003 con Palabras al viento, cuentos.

Marginalias