Número 126 • Sábado, Noviembre 29 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Ficción de la semana

Mara

Por Álvaro Marín Hoyos

 
Varias veces al día dejo mi silla roja y me asomo al espejo a revisar uno por uno los espacios vacíos que va dejando el tiempo en mi cabello. Con mi peine pequeño y sucio repaso con una sola mano los cadejos marchitos que se amontonan en pequeños oasis, como si una fuerza caprichosa los obligara a aglutinarse angustiosamente antes de desaparecer. Parecen las greñas dóciles y débiles de un bebé, blanquecinas en unas partes y café nicotina en otras.
Deslizo luego mi mano temblorosa por las arrugas de mi frente, por la terca maraña de mi barba todavía fértil y llego hasta mi boca trémula y vacía desde hace años.
Algo de mi piel me recuerda un primate. Y miro mis manos: están ajadas. Y mi cuerpo, todo mi enorme cuerpo se tambalea al caminar. Hablo por hablar, en cierta forma para dar testimonio de que estoy vivo.
Mi futuro estaba en el templo. Me hice primero acólito y luego sacristán. Pero antes de que pensara en otra cosa, vino el ejército y me convirtió en soldado a la fuerza. Como en el monte cuentan las balas y no la liturgia, tuve que aprender a disparar y olvidarme de las campanas. 
Cuando cumplí el servicio militar mis padres habían muerto y para no quedarme solo me casé con Dabeiba, una señora loca muy alta y gritona que vivía enseguida de mi casa. Como regalo de bodas, su hermana nos trajo a ñapango, un hermoso gato blanco.
Dabeiba murió sin darme descendencia. Estaba destrozado aquel día. Las mujeres de luto rezaban frente al ataúd. Mis amigos bebían.
Tomé a ñapango entre mis manos. Su motorcito ronroneaba como si estuviera nuevo. De pronto, con furia súbita, lo despescuecé como a una gallina. Todos corrían aterrorizados mientras yo esparcía la sangre de ñapango sobre el ataúd de mi esposa, sobre los muebles, sobre los vestidos de los asistentes, sobre las paredes blancas y, por último, sobre mi cuerpo, sobre mi camisa blanca y sobre mi vestido negro.
Envejecí demasiado en el sanatorio. Mi cuerpo se alargó un poco y se hizo más enjuto. Me extrajeron todos los dientes para que no pudiera hacerles daño a quienes me cuidaban. Me obligaron a llevar anteojos ahumados para no molestar a los otros pacientes con mi mirada. Y me obligaron también a firmar un documento mediante el cual cedía la totalidad de mis bienes a mi hermana media, con el compromiso de que se encargara de mi cuidado cuando me dieran de alta. Desde entonces estoy con ella.
Me despierto todas las mañanas a la misma hora. Tomo café en la cama, enseguida me levanto y me visto sin bañarme. Me paro después en la puerta de la calle sin mis dientes postizos ni mis anteojos ahumados, para que el mundo vea mis setenta y siete años.
Las colegialas que pasan por allí, con paso menudito y repicado, me preguntan qué horas son porque tienen la sensación de que llegarán tarde. Pasan también los muchachos con su pelo engominado y unos cuantos cuadernos forrados en plástico debajo de sus brazos. Van siempre jugando con algo. Se ven preciosos y frescos a esa hora de la mañana. 
Faltando diez minutos para las ocho salen las dos hijas de mi hermana media para su trabajo. Son elegantes y agradables. Estoy seguro, aunque no lo digan, que les molesta verme allí parado. No me importa lo que piensen. Más bien diría que disfruto su disgusto.
El resto del día lo paso remascando mis encías, sobándome la cabeza con las manos, y una mano con la otra. Si suena al timbre, me levanto de mi silla roja y abro la puerta antes de que otro lo haga. Por alguna razón, el sonido del timbre me recuerda mi nombre: Mara.
 
Medellín, 1971
Cali, 1995

Álvaro Marín Hoyos
Escritor Colombiano. Vive y trabaja en Cali
Ingeniero administrador de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Creador del Método C, herramienta para viabilizar empresas en crisis. Autor de Cómo recuperar su empresa, libro que ha viajado por el mundo entero, publicado por Editorial Norma. Cali 2002. “Mara” es una de sus tantas incursiones en la literatura. 

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