Número 125 • Sábado, Noviembre 15 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Ficción de la semana

Album familiar

Por José Guillermo Ánjel Rendo


La mujer era gorda, alta y cuadrada. Y el marido chico y de nariz grande, con cara de ratón. Los dos posaban para una foto de familia en el estudio de mi tío Abraham, quien les había propuesto una foto de cuerpo entero y otra en plano medio, cosa que al marido de la mujer gorda le había gustado poco porque le parecía que en especial en la foto de cuerpo entero se notaría más la diferencia de tamaños y anchos. Pero ella aceptó y decidió, ordenó mejor, que las fotos serían tal como proponía el fotógrafo, que era quien sabía el oficio y no ellos. A la mujer le gustaba la situación y sonreía mirando a mi tío. Su marido puso cara seria, se acomodó la corbata azul con rayas amarillas y se paró en la punta de los pies para ganar unos centímetros de altura. Cuando mi tío disparó el flash, la pareja puso cara de angustia. Hubo que repetir la foto dos veces.
Mi tío Abraham tenía su estudio en la calle de los zapateros, un par de cuadras arriba de la plaza de la Aduana y su negocio sobresalía debido a un aviso grande en el que se leía Fotos Artísticas en enormes letras rojas, donde una de las íes era una sirena y la última a tenía forma de zapato de cristal, destacándose entre los demás avisos de la calle. La sirena remitía a la belleza y el zapato de cristal a la aventura, decía Abraham, quien había hecho el diseño del aviso. Y esto era importante, porque cuando la gente compraba zapatos y miraba el aviso se animaba para tomarse una foto. Quizás porque antes de pasar frente al estudio se habían mirado en el espejo de la zapatería y se habían visto bien, así que querían aparecer en una foto estrenando zapatos. O porque el hecho de llevar algo nuevo en un paquete, en este caso zapatos, los motivaba para pasar a la posteridad incitados por los dos dibujos del aviso. Mi tío había encontrado una relación entre zapatos nuevos y fotos, pero no por ninguna teoría sicoanalítica sino por azar y olfato. Y si bien, como le propusieron sus hermanos, el negocio podría ser más próspero en otra parte, él se sentía bien en esa calle con olor dulzón. Allí tenía sus amigos, compartía el periódico y algunas revistas y jugaba a las cartas con los vecinos cuando no había mucha clientela, en especial cuando el calor encerraba a la gente.
La mujer gorda y cuadrada había venido a tomarse fotos en tres ocasiones, siempre luciendo el mismo vestido. Pero sólo la última vez había venido con su marido. Las dos veces anteriores, había posado con un ramo de flores de papel, que en la foto parecían verdaderas, y al lado de un espejo redondo que le duplicaba el perfil. Y si bien no era un perfil bonito, porque la nariz era delgada y se quebraba un poco en la punta, en la foto, ayudada por la luz y un poco de polvo opaco que mi tío le aplicó,  le otorgaba un poco de elegancia. En la primera foto, mi tío le acomodó el cabello sobre la oreja para que se le viera bien el arete. En la segunda, le indicó que pusiera el ramo de flores sobre el muslo para que se le notara más soltura e indiferencia. Y a la mujer, se notó, le gustó que mi tío la tocara. Abraham tenía unos dedos largos y cuidados de hombre que utilizaba las manos como herramientas de precisión, ya accionando el disparador de la cámara, ya con las pinzas que usaba en el laboratorio. Eran unas manos entre femeninas y de hombre, muy difíciles de definir.
En la foto donde la mujer posó con el marido, la intención de ella fue mostrarle a mi tío que no había problema para unas próximas fotos, así al menos lo leyó Abraham en los ojos de la mujer y en los labios que ella humedeció con la lengua. Y como en esa tercera sesión de fotos había algo pecaminoso, mi tío se preocupó porque la cara de la mujer quedara muy bien definida. Así que cuando la pareja se fue, entró al laboratorio y reveló la película para ver con más detalle y sin obstáculos lo que decía esa cara. Realmente la mujer no era fea y, con su marido al lado, se veía más apetecible. Tendría unos cuarenta años y aun mantenía, por lo que se podía presumir dentro de la tela del vestido,  algunas carnes firmes. Pero al mirar la cara del marido, que parecía pobre y asustado, la intención inicial de hablar con ella y quizás lograr una cita, se fue al traste. A mi tío le pareció que el marido podría ser un demonio que le estaba tendiendo una trampa. Y entre el olor de los ácidos notó uno muy fuerte, casi amargo.
Mi tío había estudiado fotografía por su propia cuenta, haciendo ensayos con la cámara de mi abuela, que era un pequeño cajón alemán con una lente negra del tamaño de un botón de abrigo. Primero fotografió la familia, luego los espacios de la casa y al final hizo estudios de flores, platos y detalles arquitectónicos. Por un año, hizo una foto cada día, demorándose hasta dos horas en componer cada escena. Los hermanos y mi abuela vieron esto con preocupación, porque parecía que Abraham se estaba burlando de ellos y de los trabajos que le ofrecían en el almacén de telas de la familia o en las bodegas de aceite que manejaba el hermano mayor. Pero al final demostró que tomar y revelar fotos era también un oficio y, con la dote que recibió de su suegro, puso el negocio de fotografía. Y si bien no era para volverse rico, al menos le daba para vivir decentemente y mantener un pequeño piso cerca de la casa de mi abuela. Y como Ruth, la mujer de mi tío, no podía tener hijos y era una mujer de pocas pretensiones, realmente le interesaba poco estar viva, el dinero rendía. A mi me gustaba ir al piso de Abraham para leer sus libros, casi todos de novelas de aventuras, y ver la fotos que tomaba de algunos aspectos de la ciudad. Tenía una pared cubierta completamente de cuadros donde se veían las mujeres que vendían frutas, los hombres del puerto en actividad, algunas caras de inmigrantes, la salida del teatro etcétera. En esas fotografías estaba la historia de lo que sucedía afuera.
Ruth tenía el cabello rubio, los senos pequeños y las piernas gruesas. Y siempre parecía con sueño. Y a su lado engordaba mi tío Abraham, que más que un fotógrafo tenía el aspecto de un tendero próspero: su barriga prominente, las patillas largas, el cabello peinado hacia atrás y el reloj de leontina que brillaba con un pañuelo de seda cada vez que podía y mientras hablaba, le creaban una imagen de hombre al que la vida lo trata bien. Y todos esos elementos, a los que añadía una risa fácil, lo hacían ver, además de saludable, joven. Y aunque era el pobre de la familia, cosa que sus cuñadas siempre mantenían en la boca y que no dudaban en vomitar cada vez que todos estábamos reunidos, vivía mejor que los demás. Le tenían envidia; aun la misma Ruth que, como había dicho, no se explicaba como se podía vivir riendo todo el tiempo. “Debo estar casada con un loco”, repetía cada vez que hablaba con las mujeres de la familia.
La mujer gorda y alta, apareció para tomarse una cuarta foto. Era un jueves en la tarde y ya el calor estaba bajando su intensidad. Mi tío la miró al principio como a una cliente más y le pidió que esperara un momento mientras terminaba de hacer unas fotos que le hacía a un hombre con dos niños. La mujer se sentó en la silla del rincón cerca de la puerta de entrada, tomó una revista y cruzó las piernas sin preocuparse por que se le vieran los muslos. Lucía el mismo vestido de cuadros azules y verdes muy pequeños y llevaba un sombrero muy ajustado a la cabeza. El sombrero era un novedad en ella. Cuando Abraham terminó su trabajo con el hombre y los niños, sacó su reloj de leontina y comenzó a brillarlo con el pañuelo de seda. Estaba cansado y sudaba un poco. Se acercó a la mujer.
-Me he rapado el cabello-, dijo ella y sonrió. Tenía unos dientes cortos y blancos, parejos. “Y quiero que me haga una foto desnuda”. Se pasó una mano por el pecho y soltó un par de botones.
-Tendría que cerrar la puerta del negocio-, dijo Abraham y tomó el pañuelo con el que brillaba el reloj para pasárselo por la nuca. El muslo que mostraba la mujer le pareció demasiado blanco.
-Ciérrela, entonces-. La voz de la mujer sonó alegre.
Pero ese jueves no se pudo hacer la foto porque no hubo luces suficientes ni un escenario adecuado. Como le explicó mi tío a la mujer, era necesario construir un ambiente libre de la más mínima vulgaridad y para ello habría que mirar algunos cuadros de grandes pintores y el no tenía ningún libro en el estudio que le sirviera como referencia, así que le pidió a la mujer que regresara en una semana mientras él se ilustraba y hacía los preparativos para el escenario.
-Debo inspirarme-, dijo, y la mujer lo miró con ojos enamorados, como un animal que recibe una caricia y a la vez un regaño.
-Es una lástima, porque me gustaría una foto hoy, que me he rapado la cabeza-, soltó la mujer con voz acariciadora. -Pero si no se puede...-. En las manos lucía unos anillos que el tío no le había visto cuando le tomó las fotos anteriores. Esa novedad le hizo presentir que la mujer no era cuadrada del todo sino que tenía curvas debajo del vestido, así como era curvo el muslo blanco que veía y que el quiso besar pero se contuvo. La puerta abierta del local se le convirtió en la figura de Ruth que lo miraba.
-Es mejor hacer una foto sin errores-, dijo Abraham y se pasó el pañuelo por la frente.
-Y con pasión profesional-, dijo la mujer haciendo énfasis en la palabra pasión. –eso me gusta-. Y abotonó los dos botones que se había zafado, compuso su falda y se puso de pie sin necesidad apoyarse, o sea que no era tan pesada como parecía. Se vio un poco más alta que mi tío; los centímetros de más se debían a los zapatos de taco alto.
Mi abuela decía que había aprendido dos cosas en la vida que le servían para dormir tranquila: no ver demasiado y no pensar en lo que no estaba claro. Esto lo sabían sus hijos, sus nueras y sus nietos y ella lo repetía en cada cena importante para que, si había críticas o se estaban criando chismes, desaparecieran en su mesa. Y en la mesa de Rosh HaShaná, el tío Abraham oyó las palabras como dos martillazos sobre un gong, porque había visto de más en la mujer que iba a fotografiar desnuda y estaba pensando en cosas que no eran claras. Ya llevaba una semana pensando en el muslo blanco, en la fortaleza que mostraba esa pierna y en el presunto sabor dulzón que tendría, como a queso fresco o quizás a leche recién ordeñada. Y no tenía claro porqué se había cortado el cabello al rape. Quizás la mujer estuviera sufriendo de alguna enfermedad o le hubiera caído algo en el pelo. Y no tenía claro si se quitaría el sombrero o la tendría que fotografiar con él puesto, lo que crearía una imagen absurda y vanguardista: mujer desnuda con sombrero. Pero en lo que más pensaba era en cómo iba a cerrar la puerta, pues los vecinos y los transeúntes siempre lo veían hacer las fotografías desde la calle. Era parte de la publicidad que le hacía al negocio; igual que los barberos, que permiten que la gente de fuera y dentro del negocio les vea ejercer el oficio. ¿Cómo entonces cerrar la puerta de la Fotografía Artística sin levantar comentarios? Quizás citándola un domingo o tarde en la noche o de madrugada. El momento le causaba más preocupación que verla desnuda y pasándose la lengua por encima de los labios para abrillantarlos o inducirlo a algo más que una simple fotografía. Esto del algo más tampoco estaba claro y si lo había, sería una posibilidad peligrosa porque, ya se habían visto casos, era posible que el marido entrara en mitad del acto y le disparara o le pidiera dinero. Fue muy extraño que en la tercera foto, donde mi tío fotografió a la pareja, el marido no se hubiera dado cuenta de los gestos de su mujer. O sea que ya estarían de acuerdo y él tenía que evitar la trampa. Si, mi tío Abraham no había dormido tranquilo esa semana, cosa que notó Ruth y él dijo que era acidez en el estómago.
-Entonces debes visitar un médico-, dijo Ruth.
-Debe ser la época. Sabes que siempre me arde el estómago por septiembre-. Y miró a Ruth que era más bonita que la mujer gorda y cuadrada, que estaba disponible y sin ningún peligro, pero que carecía del demonio necesario para desearla.
-Debes ir donde el doctor Mandelbaum, es un especialista-. A Ruth le gustaba este médico porque era su primo y no le cobraba las consultas a los familiares, lo que había creado algunos chistes en la familia porque podría estar ensayando recetas con primos y sobrinos. En la mesa se lo miraba con temor debido a un ojo que le daba vueltas sin que estuviera mirando a ninguna parte
-Ya iré. Ya iré-, terminó por decir mi tío.

Tres veces apareció la mujer gorda por el estudio de mi tío, cada vez luciendo trajes distintos y más provocativos, que dejaban ver parte de los senos o los insinuaban como alud contenido en unos sostenes que se notaban estrechos. Pero siempre con el sombrero. Y en cada ocasión fue a sentarse a la silla del rincón y cruzó las piernas de manera que se le viera el muslo blanco y fuerte.
-Esta es la última vez que vengo, porque si no decide ya cuándo me toma la foto, voy donde otro fotógrafo-, dijo la mujer la tercera vez que vino. Llevaba más anillos en las manos y tenía los labios pintados con un rojo brillante. Las uñas de los pies eran del mismo color.
-Tendrá que ser temprano, a las siete, para aprovechar la luz-, dijo mi tío y sintió que en lugar de hablar se le hubiera accionado un resorte. -Pasado mañana, si le parece-.
-Tendré que dormir poco, pero usted es el que sabe el oficio-, dijo la mujer y se inclinó un poco pasa rascarse la pierna. Abraham vio unos senos enormes. Cuando la mujer se levantó, una gran sonrisa se le dibujaba en la boca.
-Ojalá un poco antes de las siete, es para aprovechar la luz-, reiteró mi tío. Le temblaban las piernas y en lugar de brillar el reloj de leontina con el pañuelo de seda, usó el trapo fino para quitarse algo de los ojos. Una muchacha que esperaba turno  y ya se había sentado para ser fotografiada, lo miraba con curiosidad. El fotógrafo parecía haber envejecido mientras hablaba con la mujer gorda. La muchacha era joven y bonita y se había puesto una bufanda de color verde para quedar en la foto con un aspecto de viajera.
-Mire un poco a la derecha-, le dijo Abraham. Y disparó el flash.
El día de la foto de la mujer gorda desnuda, el tío Abraham duró el doble del tiempo en el baño. Se afeitó hasta que la piel se le puso roja y arregló sus uñas. Peinó sus cabellos con aceite perfumado y, como Ruth todavía estaba dormida, lo que evitaría preguntas, se echó en el pecho y la nuca una buena cantidad de agua de colonia. También se puso el traje blanco de Lino y se miró varias veces en el espejo. Y llegó al negocio a media hora antes de las siete, cuando todavía la calle tenía las puertas cerradas. Quizás lo viera entrar el celador de por la noche, pero él no sospecharía de nada. Lo conocía poco. La mujer llegó a las siete menos cuarto. Hacía un bonito día.
-Creo que saldrá una buena foto-, dijo mi tío.
-Espero que si-, dijo la mujer. No parecía de buen humor. Traía puesto el vestido de las tres fotos anteriores, la mano desprovista de anillos y en lugar de sombrero lucía un pañolón con enormes flores rojas. Y contrastaba mucho con la elegancia de mi tío.
-Primero le haré unas fotos de pie y luego unas sentada-, dijo Abraham cerrando la puerta con llave y atravesando una tranca. De esa manera si el marido de la mujer quería entrar, tendría que hacer mucho esfuerzo y mi tío podría salir por el pequeño patio del local, donde la noche anterior había puesto una escalera.
-Pero no veo ningún escenario especial-, dijo la mujer.
-No es necesario, todo el ambiente será de luz-. Mi tío se quitó el saco, se arremangó la camisa y encendió unas luces contra el fondo. Puso una pequeña silla frente a la cámara.
-Espero que la foto salga bien-, dijo la mujer y empezó a desvestirse. Lucía unas bombachas rosadas de seda y unas medias de nylon con algunos puntos de esmalte. El brasier que traía era uno de esos clásicos, de hueso de ballena. La primera impresión que recibió mi tío fue la de una mujer gorda y vieja. El pañolón le daba un aire religioso. Abraham se sintió como si fuera a hacer un trabajo científico.
-Saldrá bien y la sesión durará poco, hay muy buena luz-, dijo mi tío. La mujer sonrió con desdén y se paró delante de la cámara.
-No quiero que haga un trabajo a las carreras-, dijo ella y se cruzó los brazos por encima de los senos.
-Será un trabajo profesional, señora-, dijo Abraham mirando por el visor de la cámara. –Suelte un brazo y coloque el otro sobre la cintura-. La mujer obedeció. Como había supuesto mi tío, lo que la hacía ver cuadrada era el vestido. Y si bien estaba jamona, la curva de la cintura y de los muslos le daba un buen aspecto. Los senos si parecían un poco largos, pero acreditaban unas rosetas amplias y de color crema. Lo que si desentonaba con el cuerpo era la cabeza rapada que daba la sensación de pertenecer a una mujer castigada. –Creo que puede colocarse el pañolón al estilo cubano-, opinó Abraham.
-No, quiero que me fotografíe así, a fin de cuentas estas fotos no las conocerá nadie más que usted y yo-. La voz de la mujer sonó ronca.
Mi tío fotografió a la mujer en varias poses, sentada y de pie, con una pierna sobre la silla o sentada y abrazada a las piernas. Y realmente hizo un buen trabajo, porque la visión de la cabeza rapada y el temor a que el marido llegara lo llevó a estar más pendiente de la luz y la pose que del deseo. Cuando terminó, ya iban a ser las nueve de la mañana.
-Creo que saldrán unas buenas fotos-, dijo Abraham y brilló su reloj con el pañuelo de seda.
-Deme el rollo-, pidió la mujer. –No quiero ninguna copia-, dijo la mujer colocándose el vestido.
-Pero...-. Mi tío miró la cámara, a la mujer, a la ventana por donde ya se veía que estaban abriendo los negocios de la calle.
-Tranquilo, le voy a pagar. Pero quiero el rollo-, volvió a decir la mujer.
-Como quiera, pero quisiera unas copias para mi archivo-.
-No habrán copias-.  La cara de la mujer se había embellecido. –Como le he dicho, estas fotografías sólo quedarán entre usted y yo-.
Mi tío sacó el rollo y se lo entregó a la mujer. Y ésta, en lugar de salir a la calle, fue y se sentó en la silla del rincón, cruzó las piernas y dejó ver el muslo blanco. Allí abrió el rollo de lado a lado y todo el contenido se veló. Luego lo volvió a enrollar y lo guardó en la cartera. Y sonrió. Cuando llegaron los primeros clientes, la mujer leía una revista. Esperaron, creyendo que la mujer hacía turno, pero ella les indicó que podían seguir a tomarse la foto. Y así estuvo toda la mañana, indicando que ella no hacía turno. Al medio día, la mujer se levantó y salió del negocio. Pero antes dijo: “Me gusta verlo tomar fotos”. Mi tío Abraham sudaba copiosamente.
Por la tarde, dos zapateros del vecindario lo invitaron a jugar a las cartas. Pero mi tío no quiso, aduciendo que tenía dolor de cabeza y que se iría temprano a casa. Pero no salió temprano sino que se encerró en el negocio a mirar la silla donde había fotografiado a la mujer y que ya no tenía el olor de ella porque otros se habían sentado encima y que cuando la miraba remitía a varias gentes y no sólo a la mujer gorda con el pie encima o apoyada con la manos en el espaldar o sentada a medias o simplemente de pie y a un lado, como si le hiciera compañía a un ser invisible. La silla era la única evidencia de que la mujer se había fotografiado desnuda. Entonces Abraham comenzó a fotografíar la silla desde distintos ángulos y bajo diferentes luces. Hizo un trabajo detallado, ahora si científico, porque según se viera la foto así remitiría a la mujer desnuda, al tiempo con ella, a lo que pudo hacer mi tío y no hizo. Terminó el trabajo casi a la media noche y se gastó cuatro rollos.
Seis semanas después, apareció de nuevo la mujer. Lucía un traje sastre que le quedaba ajustado y un sombrero corto que le dejaba ver un poco de cabello. A su lado venía el marido, con la cortaba azul con rallas amarillas. Estaba flaco y pálido. La mujer lo dejó en la puerta diciéndole que la esperara ahí y se acercó a mi tío Abraham.
-Me gusta la fotografía de la silla que tiene exhibida en la vitrina. ¿Cuánto vale?-.
-No está en venta-, contestó mi tío.
-Pero ahí estoy yo, señor-. La mujer pareció ofuscarse, pero se controló cuando oyó al marido decir qué pasaba.
-No está, es otra mujer-. La voz de mi tío sonó como un golpe de navaja.
-No le creo-, chilló la mujer.
-¡Qué pasa?-, pregunto de nuevo el marido desde la puerta y se dejó venir hasta la mujer.
-Nada-, la voz de la mujer se fue calmando. –Es una historia triste-.
-Si, es una historia triste-, repitió mi tío mirando a la mujer y luego al marido.

José Guilermo Ánjel Rendo (Memo Ánjel)
Escritor colombiano. Vive y trabaja en Medellín
Es periodista, gastrónomo exquisito, narrador y erudito. Dirige el programa radial “La otra historia”. Entre sus libro publicados se cuentan: Historias del barrio Prado; De dictadores, ángeles peatones; Pecados renovadosMesa de judíos; Míndele 1955, novela, Mención especial en el VII Concurso Nacional de Novela y Cuento cámara de Comercio de Medellín, 2007; La luna verde de atocha; Entendimiento, la novela de Spinoza; 1492 Historia de una herejía; Farmacopea del Descubrimiento. Sus textos han sido traducidos al alemán y al italiano.  

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