Número 124 • Sábado, Noviembre 8 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Ficción de la semana

Sin título

Por Tomás Caicedo C.


Sucede en los restaurantes populares y también, por supuesto, en los que se vanaglorian de sus tenedores. Cuando una mesa para cuatro está ocupada por una sola persona y no queda lugar en la sala, la llegada de un nuevo cliente obliga a compartir mesa, sobre todo los comensales solitarios. Todo depende, es lógico, de la buena voluntad del instalado. En los restaurantes de alto vuelo quien se encuentra a manteles tiene la última palabra. En los restaurantes populares la decisión está tomada de antemano, la privacidad no aplica, la gente comparte sin mayores problemas y si es necesario ventila sus intimidades allí mismo, delante de quien sea. Por fortuna no fue lo que sucedió aquel miércoles en la Fonda del Paso donde Adán tomaba su almuerzo después de una mañana quisquillosa en el trabajo. Adán no era persona para dejarse doblegar pero la orden que recibió de su jefe era inaceptable, quería que entrenara a su nieto en el arte del enderezador de hilos de oro para filigrana. En apariencia era un capricho del señor para iniciar al joven en el oficio que tomó una vida entera dominar. En realidad era una ocasión disimulada para ahorrar el valor de los estudios que el joven estaría obligado a cursar si quería destacar en ese arte difícil y, de paso, era también la disculpa precisa para aprovechar la experiencia y conocimientos del maestro que, en el corto plazo, saldrían gratis. Cuando el muchacho estuviera entrenado, en poco tiempo Adán lograría iniciarlo en los rudimentos de la disciplina, el señor agradecería sus valiosos aportes a la empresa familiar, le obsequiaría un estilógrafo imitación Mont Blanc y con dos palmadas en la espalda lo mandaría para su casa. Por supuesto, nada de esto había sido planteado por su jefe de esa manera, nadie mejor que él sabía que el arte del enderezador era una cuestión de talento, sin embargo estaba convencido de que si al nieto le faltaba el talento, la experiencia del maestro supliría el defecto; y si lo tenía, como era de esperarse en una familia de filigraneros, más rápido se liberaría de los servicios de Adán.
Adán sabía que la aparición de un asistente, sin pedirlo y sin una necesidad expresa de colaboración era la entronización del futuro reemplazo, sobre todo, si el asistente era el nieto del dueño. Pensaba Adán en las variables que podían resultar del encuentro “quisquilloso” de esa mañana, así lo denominó el jefe, mientras tomaba bocado tras bocado del plato fuerte de la Fonda del Paso, mondongo. Cada vez que la situación ameritaba una reflexión profunda iba a la Fonda y pedía el mismo plato, sabía por experiencia que tomar decisiones con el estómago vacío no era aconsejable.  Esta vez, el resultado de su análisis era capital, el jefe le pidió una respuesta para el día siguiente, estaba sumido en sus consideraciones y no escuchó cuando Jayson, el mesero, le anunció que iba a tener compañía, acomodó al recién llegado en el puesto del frente, le tomó el pedido, idéntico al de Adán en todos los puntos incluído aguacate, arroz, banano, cilantro picado fino de acompañamiento, y mazamorra con panela de sobremesa..
Es posible que el hombre intentara entablar conversación, sin embargo Adán no lo recuerda. De aquel día sólo viene a su memoria que estaba petrificado por la propuesta de su jefe y la preocupación era tan grande que cuando terminó de comer, el vecino había partido dejando en la silla más cercana, por eso insistieron que era de él, un maletín de cuero negro con dos chapas de metal dorado y una agarradera del mismo cuero que le daban un aspecto compacto. Todos los meseros lo miraron con cierto recelo cuando declaró que no era suyo. Varios de ellos, incluso Jayson y Amanda, aseguraron haberlo visto entrar con él en la mano y le sugirieron que se tomara una vacaciones, trabaja demasiado y ya no se da cuenta de las cosas que lleva, le dijeron. Quizá es una forma prematura de Alzaimer, agregó la esposa del dueño de la Fonda mirándolo con lástima mientras se alejaba con el maletín en la mano. ¿Qué llevará? parece pesado, aseguró Jayson.
Fue así como Adán se hizo al maletín que no era suyo y que lo seguiría a todas partes. Aquello que los empleados de la Fonda tomaron como la demostración del paso de la edad en Adán, él lo asumió como el azar que lo lanzó a una situación hasta ese momento desconocida: preocuparse por encontrar un extraño con quien descubrió, poco a poco, que tenía un parecido cercano. El día que recibió el maletín y no logró convencer a nadie de que no era suyo regresó directo al trabajo, lo dejó sobre un archivador metálico, no pensó más en él y se concentró en la respuesta que debía dar al jefe la mañana siguiente. No fue un problema menudo el que ocupó la atención de Adán durante toda la tarde, el caso del maletín era nada en comparación.
Había caido la noche cuando Adán dejó su puesto de trabajo, el empleado de la seguridad nocturna lo alcanzó en la puerta con el maletín negro en la mano, doctor, le dijo, olvidó sus documentos. Su primera reacción fue decir, ese maletín no es mío, pero prefirió callar, no estaba de ánimo para dar explicaciones. Lo sintió más pesado que al medio día cuando se lo entregaron en la Fonda del Paso. La curiosidad por saber lo que contenía disipó en algo la preocupación monumental que le había lanzado el jefe esa mañana. Tal vez al interior está la dirección o el teléfono del dueño, pensó mientras caminaba hacia la estación del Metro.
Adán era un producto clásico del consumo, del liberalismo salvaje y de las herencias libertarias del sesenta y ocho. Tuvo mujer y dos hijos, hombre y mujer, ya grandes e independientes aunque ignoraba si ya se habían casado. Era divorciado, su mujer, Eva, el nombre fue una coincidencia feliz al comienzo, pero el paraíso terminó a mordiscos. Cuando se separaron estaban de acuerdo y fueron civilizados aunque no faltaron los roces desobligantes, por eso no se vieron nunca más. En cuanto a los niños, siempre los llamó así, se reportaban con cierta frecuencia pero no dejaban vislumbrar nada de sus vidas. Vivía solo en una residencia con apartaestudios independientes. La ventaja que tenía esta manera de vivir y sobre todo ese lugar era que el arriendo mensual incluía la limpieza y arreglo de las dos piezas con baño y balcón, sin contar la cocina con mesón. Si quería, podía desayunar o tomar cualquier comida en el restaurante del primer piso y al fin de mes llegaba la cuenta con los extras del caso. Adán era un hombre relativamente solo, cuando quería compañía buscaba amigos de otras épocas y si estaba necesitado de cariño recurría a un par de amigas, no se conocían entre ellas, que pensaban como él y lo buscaban para lo mismo que él a ellas, comida, cine y sexo, en ocaciones el orden variaba pero básicamente esos tres puntos se cumplían en cada encuentro.
El maletín tuvo la virtud de hacerle olvidar lo espinoso que sería el día siguiente. Le dedicó buena parte de la noche con vanos intentos por abrirlo, trató con todas las llaves que encontró, las de sus maletas, las de los candados, por último utilizó las de las puertas pero eran demasiado grandes. Tenedores y cuchillos pasaron la prueba y nada, estrenó un juego de destornilladores milimétricos que compró sin saber para qué y tampoco sirvió. Era cerca de la media noche cuando se acostó en su cama con la mirada fija en el techo de doble altura y el maletín en el centro de la habitación, en el mismo lugar donde había intentado abrirlo. A las cinco y media de la mañana su reloj biológico lo despertó como de costumbre. Faltando diez para las siete estaba listo para ir al trabajo, todavía era temprano pero le gustaba desayunar con calma, la necesitaba antes de afrontar las carreras del día.
Tropezó con el maletín y sintió, pero no le prestó atención, un olor como de esencia que no había distinguido antes, creyó que era algo pasajero. Recordó la cita con el jefe, allá él, pensó. Había tomado la decisión de aceptar la propuesta de entrenar al nieto a pesar de que sabía que no iba a ser fácil. Poco antes de terminar el desayuno, Edelmira, la mujer que arreglaba su apartaestudio bajó al restaurante con el maletín en la mano y le dijo, iba a dejar sus documentos doctor. Pensó en decirle que no importaba que dejara ese maletín donde lo había encontrado pero la sonrisa de satisfacción de la mujer por haberlo encontrado se lo impidió. En ese momento sintió el aroma de la esencia de nuevo y preguntó a la mujer si olía algo en particular, ella respondió que no, pero se concentró en su delantal y su ropa con la preocupación de que fuera ella la fuente del tufo no deseado.
Las escaramuzas con el jefe se dieron en las horas de la mañana, el señor tenía urgencia de aclarar la situación. Cuando le dijo que a las dos de la tarde llegaría el nieto para comenzar labores, Adán pidió la tarde libre, para unas diligencias urgentes, dijo, y sugirió comenzar el día siguiente, el jefe aceptó pero no vio con buenos ojos la idea de que su nieto comenzara labores con medio día libre. A las doce y media Adán salió, maletín en mano, rumbo a la Fonda del Paso. Tenía la firme intención de encontrar allí, ese mismo día, al vecino de mesa desconocido que lo olvidó. Jayson lo acomodó en la misma mesa del día anterior. Adán tuvo buen cuidado de dejar el maletín en la misma silla donde lo abandonó su dueño y esperó. Como las decisiones que debía tomar estaban tomadas no pidió mondongo, prefirió un plato más ligero, filete de róbalo a la plancha con patacones y ensalada. Para sorpresa de Jayson que siempre le servía jugo de lulo o de mora en agua, esta vez Adán se despachó con un ron doble con hielo de aperitivo y otro de refuerzo mientras comía. La segunda sorpresa para Jayson y los otros meseros fue su tranquilidad, no mostró la prisa de otros días, eran las tres de la tarde cuando terminó el café obsequio de la casa. Pasaron varias horas desde el momento en que ocupó la mesa que, coincidencia o no, no compartió con nadie, le hubiera gustado almorzar en compañía del propietario del maletín. En vista de la ausencia, llamó a Jayson para que le ayudara a encontrar entre los recibos del día anterior el que canceló el hombre del maletín, lo único que recordaba de él era la cabellera oscura como la suya. Jayson se demoró el tiempo de otro café para encontrar los papeles y regresó con dos recibos, uno escrito a mano con la descripción del consumo y otro más pequeño, pegado al anterior, donde aparecía la firma, el número de cédula y el teléfono de quien pagó la cuenta. Tres, treinta y cuatro, sesenta y seis, cero, cero, fue el número que Adán marcó en el inalámbrico de la Fonda. Una voz femenina respondió, ¿aló? Casa de quién preguntó Adán con la intención de pedir que le pasaran al señor para concertar con él una hora y lugar para devolver el maletín, pero cuando escuchó el nombre prefirió colgar después de murmurar una disculpa. Se llama como yo dijo a Jayson que afirmó, entonces el dueño del maletín sí es usted. No, soy yo, insistió Adán ¿recuerdas cómo era? preguntó al mesero, necesito que hagas memoria. No, repondió Jayson, no lo recuerdo, la verdad, continuó, entre usted y él no creo que haya diferencia. Adán decidió no seguir discutiendo con el mesero y salió a la calle. Mientras hablaba con él se le ocurrió una idea pero prefirió no decirla, no quería dar la impresión de que estaba perdiendo el juicio, o la memoria o, peor aún, la testarudez que lo estaba consumiendo.
No había alcanzado a caminar doscientos metros en dirección al terminal de transportes cuando Jayson lo alcanzó jadeante con el maletín en la mano. Mire lo que olvidó, le dijo con voz entrecortada mientras levantaba la forma rectangular de cuero negro a la altura de sus ojos, un cliente casi se lo lleva, alegó que era de él pero logré convencerlo de que estaba equivocado. Adán no se había percatado de la falta del maletín y no encontró palabras para renegar contra Jayson, de mala gana sacó un billete y se lo entregó para premiarlo. No sabía bien qué estaba premiando pero lo hizo y el gesto sacó una sonrisa al muchacho que lo dejó con el maletín entre las manos, más pesado y oloroso que antes.
En las Páginas Blancas del directorio telefónico de la terminal de transportes encontró tres homónimos, el cuarto registro era el suyo. Dos vivían cerca del centro, en los barrios al pie de las montañas del oriente. La dirección del tercero era al otro lado del río, hacia el occidente. Lo primero que pensó fue ir de inmediato a cualquiera de las tres direcciones pero era un riesgo hacerlo sin antes llamar, no quería perder el viaje. Con los minutos el maletín se hacía más pesado y oloroso, aunque nadie, en apariencia, parecía darse por enterado. Para descansar un poco del peso y el olor, pidió a la mujer del puesto de información que se lo guardara unos minutos mientras iba al teléfono público pero se negó. Mientras llamaba hizo el ensayo de dejarlo abandonado a unos pasos de la cabina con la esperanza que alguien se lo llevara en un descuido pero nadie hizo el intento, sólo una mujer lo aproximó a él, empujándolo con el pie, mientras le aconsejaba que lo retirara de la circulación porque alguien podía tropezar. Uno de los teléfonos parecía fuera de servicio y en los otros no hubo respuesta. Adán regresó a su apartaestudio con el olor del maletín pegado a la nariz, sus ropas comenzaban a sentir el mismo aroma.
 Con la firme intención de recuperarlo al día siguiente antes de ir a cumplir el primer día de labor bajo la nueva modalidad, disimuló el maletín en un apartado para utensilios de uso común debajo de las escaleras, y subió a su apartaestudio con el mayor sigilo posible. Cuando estaba orinando con los ojos cerrados y la respiración profunda de quien se quita un peso de encima, escuchó el timbre de la puerta. Pensó en el vecino de abajo, o en la vecina de arriba con ganas de conversar porque el marido no había vuelto a dar señales de vida; pensó también en Cuco, una de sus amigas íntimas y deseó que fuera ella. Llegó hasta la puerta arreglándose la bragueta del pantalón y al mirar por el ojo de vigía no vio a nadie, supuso que la mujer le estaba jugando una broma ocultando su cuerpo al lado de la puerta y abrió sin preguntar quién era. No había nadie. El rellano frente a la puerta estaba vacío, no se escuchaban pasos cercanos ni lejanos, el ascensor tampoco funcionaba y sólo los ruidos del tráfico de la ciudad pasaban a través de las paredes. Si Adán no se tropieza con el maletín al dar un paso al frente para escudriñar hacia las escaleras, no lo hubiera visto, eso hubiera sido lo mejor pero no fue así y ahora que lo vio tenía que entrarlo a su casa.
El olor lo abrumó en segundos, intentó abrirlo de nuevo con herramientas más pesadas que las utilizadas la vez anterior. Nada. Lo dejó bien visible en la mesa de centro del salón para que ejerciera el efecto contrario a disimularlo, es posible que así no lo vuelva a ver, pensó. Hizo intentos por llamar a casa de sus homónimos y sólo uno le dio la oportunidad, mecánica, de dejarle un mensaje. El otro no respondió. Tengo un maletín de su propiedad, dijo al respondedor y lo describió, usted lo dejó olvidado en la Fonda del Paso hace dos días, dijo la dirección, y tengo la intención de devolverlo personalmente, luego dejó su número de teléfono para confirmar lugar y hora de la cita. De todos los lugares del apartamento donde se acomodó para llamar al homónimo, el maletín era lo más visible, incluso desde su cama la silueta negra, rectangular con dos brillos dorados en la parte superior era ineludible. Cerró la puerta para dormir en paz pero le pareció que aún así el olor se colaba por todas las rendijas.
Durmió bien, no soñó pero durmió más de lo previsto. Lo despertó Edelmira, la empleada del servicio, sorprendida de encontrarlo a esa hora, las ocho y media dijo cuando él preguntó y aprovechó para darle el mensaje que un caballero dejó en el teléfono. La cita es a las diez en la Plazuela de San Ignacio, entre el Paraninfo y la iglesia. Tengo tiempo, pensó Adán. Un segundo después pensó que lo que no tenía era tiempo, a la hora de la cita debía estar iniciando al nieto del jefe en el arte del enderezador. Un segundo después decidió que el nieto podía irse para la mierda, no era él quien iba a entregarle en bandeja de plata su experiencia, conocimiento y sobre todo, su talento, aunque el talento no se entrega, se tiene o no se tiene, así haya uno nacido en cuna de filigrana. Pensaba Adán en la cuna del nieto cuando decidió que debía ir por lo menos a decirle a su abuelo lo que pensaba, pero el segundo después se arrepintió porque no tenía tiempo de hacer presencia en los dos lugares en menos de una hora. Debía decidir, si ir o no ir, el maletín o el nieto. Adán, todavía en pantaloncillos, hacía calor y no era capaz de dormir con piyama, se sentó en el  sillón de tela azul que siempre utilizaba para leer y se preguntó ¿qué hago? Meditó largamente, sopesó las ventajas y desventajas. También evaluó lo incierto. Se tomó unos buenos minutos pensando y dejándose envolver por el aroma. Peguntó a Edelmira si sentía algún olor desconocido. Ella respondió que no y de nuevo se preocupó por el olor de su ropa. Luego Adán le pidió que fuera al restaurante del primer piso y trajera el desayuno. Mientras regresaba se bañó y se vistió. Cuando Edelmira regresó, Adán no sabía aún si ir al encuentro del nieto o correr hasta la Plazuela de San Ignacio tras el dueño del maletín. Terminó de desayunar en aparente calma a las nueve y media, cuando ya no era hora para llegar a tiempo a ninguna parte y sin que Edelmira lo esperara, se paró en el balcón que ocupaba el ancho de uno de los costados del salón, lanzó el maletín por los aires y dijo, ¡a la mierda todo el mundo! Luego regresó al sillón de tela azul.
Se sentía liberado de un peso, de dos pesos, si tenía en cuenta que junto con el maletín lanzaba por los aires al jefe y al nieto. Lo único que sabía en ese momento era que tenía todo el tiempo libre para hacer lo que quisiera. Un cuarto de hora, veinte minutos, quizá, después de lanzar el maletín por los aires, Edelmira, entró al apartamento con él entre sus manos. Señor, dijo, mire lo que se le cayó por el balcón, usted es muy de buenas, nadie se lo llevó. 

Tomás Caicedo C.
Escritor colombiano. Vive y trabaja en Medellín
Sin título es su primer cuento. Asegura que ha escrito algunos más y espera publicarlos proximamente.

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