Número 123 • Sábado, Noviembre 1 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto Ciudad NUEVO

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS! 
 
 

Ficción de la semana

Había una pesebrera...*

Por Ramiro Montoya


A la vitrola
 
1

A Moncho Cardona las ferias y cabalgatas de Urrao le traían una desazón física, mezcla de miedo porque iba a encontrar a don Januario Gaviria y de emoción porque junto a este mandamás vería a su mujer, Limbania Turizo.
Iban siempre a caballo, en las bestias más finas, encabezando los grupos de jinetes que se tomaban la plaza y las calles, dando voces de ánimo a las cabalgaduras que repicaban sus cascos sobre el empedrado.
A pesar de sus sentimientos contradictorios, Moncho buscaba ser visto y saludado en algún momento por la pareja, cuando ésta detenía sus trochadores a la puerta de algún sitio o cuando desmontaba en la plaza o la calle principal.
“Hoy tampoco va a querer nada, este Cardona-chiquito”, era seguro que le diría don Januario, mientras que un espontáneo se hacía cargo de tener la rienda de las bestias bien aviadas y sudorosas.
“Nunca quiere nada”, diría ella con una sonrisa y una mirada que envolvían a Moncho y lo hacían sentir como levantado hasta la silla del caballo. Y así levitado, por ese mes, hasta la feria siguiente.
Sucedió que en la cabalgata organizada para dar el tope al nuevo rector del colegio, Moncho sufrió tremenda decepción. Es cierto que intentó estar cerca de la pareja y de otros jinetes que se detuvieron en la fonda de la gallera, sin desmontarse, para beber cerveza y aguardiente, y también que don Januario lo llamó por su apodo de “Cardona-chiquito”, lo que por un instan-te Moncho recibió como alentadora señal de que había sido visto y reconocido. Pero la mujer del mandamás o no escuchó ese saludo o prefirió seguir hablando con el hombre que tenía a su lado, estirado jinete de un mula blanca. De labios de Limbania no salió ninguna frase para Moncho, ni se produjo la mirada que tantas ilusiones le creaba. Las páginas de este relato sería cortas para dar albergue a la herida que abrió aquel desdén.
Le quedaron de refugio las puertas de cualquier cantina, donde lo dejaban estar de pie, sin poder entrar porque “no se admiten menores de edad”, pero desde la acera podía escuchar
Golondrina que te fuiste
de mi lado para siempre,
este infierno de tu ausencia
me consume sin piedad.

Y sin saber que iba a conseguir un mayor sufrimiento, Moncho se adentró por caminos de evocación, creyendo que sólo el pasado le aportaba felicidad, mientras al presente sólo quedaba aplicarle la canción:
Ya retorna la canora
primavera floreciente
y aún tú me condenas
a vivir en soledad.

Iba a hacer un año que su hermano Indalecio lo había traído a este pueblo, para que estudiara en el colegio de bachillerato mientras vivía en la pensión de las tías Fernández, dos acontecimientos que lo hacían sentirse muy crecido. No eran la lejanía de su casa ni el miedo a tantas novedades en un pueblo desconocido los causantes de la inquietud que lo consumía.
 

2

Para venir de Altamira a Urrao, las ocho leguas las había hecho con Indalecio en buenos caballos; pero gastaron dos jornadas porque este hermano, que era el mayor y que desde la muerte de su padre lo había reemplazado en el manejo de las fincas y negocios, venía a lo largo del camino mirando ganados y entrando a ranchos y fondas para entregar encargos y apalabrar tratos. Pasaron la noche en Chorroblanco, finca de la familia. Al proseguir al día siguiente, vieron a través de una llovizna mati-nal el interminable torrente precipitándose por entre peñascos oscuros y yarumos blancos. Y más adelante, al doblar los últimos montes hacia Penderisco, dejaron atrás aquel gran copo de neblina combatida por los oblicuos rayos del sol.
Hasta ese momento Moncho había sido muy valiente ante la separación de su madre y sus hermanos que se quedaban en el pueblo, mientras él se alejaba, casi con alegría, disfrutando de la yegua Gasolina que no necesitaba rienda ni mucho menos espuela, sino que se adelantaba al caballo Merejo de su hermano y en los llanitos lo sobrepasaba con ágil trote y aun en galope desbocado. Pero cuando ya no vio más a Chorroblanco, Moncho tuvo que ocultar las lágrimas que rodaron por sus mejillas. Involuntaria debilidad que hubiera dado a su hermano ocasión para burlarse, porque eso era: un burletero que con todo hacía bromas y que tendría para rato con esa demostración de que “no era muy hombre”.
El que sí vio sus lágrimas, pero guardó silencio cómplice, fue Ramón Ospina, peón de confianza que manejaba bestias y ganados, quien se les unió desde Chorro-blanco para acompañarlos en esta jornada. Salió jinete en un mulo que entregó a algún compadre en el camino; por largo rato anduvo a pie metiéndose por atajos y trochas; reapareció luego para ir al anca de Indalecio o de Moncho, porque era pequeño y enjuto y no represen-taba peso adicional. Más adelante volvió a conseguir cabalgadura propia, sin saberse de donde la sacó. Era imprevisible en sus desapariciones, pero a juro que estaba al lado de Indalecio cuando éste contaba sus largas historias, a propósito de ciertas veredas o fincas que iban rebasando.
Para los oídos de Moncho, dedicado a pensar en la vida que iba a llevar en el colegio y en la pensión de las tías Fernández, esos cuentos de su hermano eran inaudibles como los lejanos torrentes que por un instante se avistaban desde las alturas del camino. Así que Indalecio tenía que llamar a su escuchante antes de aventarse con otra de sus crónicas: “Ramón, ramónospina, ¿dónde diablos te metés? Oíste, Ramón...”.
Mientras el muchacho pensaba si podría ir al cine sólo los domingos o algún día entre semana, Indalecio iba como ensartando una camándula de historias. “Por esta trocha llegaban los paños y sedas que los arrieros contrabandistas traían del lado del Chocó y que terminaban en los almacenes de Medellín, sin hablar del oro que le iban cambiando por mercado a los mineros...”. “En ese monte mataron a Polidoro Ardila. La verdad es que nadie se creyó el cuento de que había sido por un asunto de linderos. Parece que el que lo mandó matar fue Brocardo Molina, que era socio del muerto y el encargado de mantener abierta la ruta de abastos para el Cauca. Con este Brocardo precisamente se volvió a casar la viuda, a los tres años de haber enterrado su primer marido”. “Las grandes fincas de este lado del Penderisco las han formado con corrida de linderos y sobre todo con baldíos titulados entre tinterillos tram-posos y notarios que firman lo que les lleven, con tal de cobrar...”. Y siga ensartando crónicas, entremezcladas, falsas y ciertas. Ramón las escuchaba, intercalando sus opiniones, mientras Moncho cavilaba si en el pueblo a donde iban habría una biblioteca con el Tesoro de la Juventud y libros de Julio Verne.
Como se cruzaron con el paquetero que venía de Urrao hacia Altamira, quien escasamente los saludó sin detenerse, Moncho empezó a preguntarse cuándo podría llamar por teléfono a la mamá, o si era mejor en-viarle telegramas o cartas.
“Por lo que me han contado, el primer Ardila que llegó por estos lados fue el viejo Pedro Nolasco, que en asocio con un primo compró por tres mil pesos de los de antes el llano completo y la quebrada de la Cristalina. Eso era tanta tierra que tenía las salinas y las barrancas de guaquería desde época de los indios, y dio para sembrar toda la caña del mundo y montar los trapiches de panela que abastecieron estos pueblos durante mucho tiempo”, seguía Indalecio en su inventario de riquezas y amarguras. “Por esos lados están los alambiques para el aguardiente de caña gorobeta, que tanta fama cogió y hasta tiene la marca del mismo Pabón”. Y siga inventando historias...

3

El sol estaba sobre sus cabezas cuando Indalecio les explicó al mayordomo y a Moncho que el almuerzo sería en la Fonda del Aguacate y que allí se encontrarían con Januario Gaviria, “que viene como a darnos el tope y a mostrarme un ganado que vamos a negociar”. Y agregó: “Este Januario no es que sea un viejo acabado, pero ya tiene sus años, quedó viudo y como está tan rico se volvió a casar con una de las Turizo, que viene a ser como pariente lejana, pero por la edad podría ser una hija. Siempre andan en las mejores bestias, porque ella siendo Turizo tiene que ser buena chalana”.
Cuando llegaron no había mucha gente en la fonda, ni estaba el amigo para tratar el negocio. Mientras lo esperaban, el apetito de los viajeros la emprendió con el almuerzo de sancocho de gallina. Ramón los dejó senta-dos a la mesa, para salir al cuidado de las cabalgaduras que permanecían ensilladas al frente de la casona.
El corredor estaba lleno de cargas, petacas y baúles y de los rejos y enjalmas que unos arrieros habían desliado de su recua. Como eran conocidos y alguno de ellos primo suyo, Ramón les pidió que llevaran al corral de atrás a la yegua Gasolina asignada a Moncho, porque era poco más que una potranca y merecía cuidado y descanso.
Dentro de la fonda, dos clientes acompañados de mujeres bebían cerveza y uno de ellos pidió al cantinero que pusiera en la vitrola el disco que traían para oírlo donde llegaran. Un dependiente le dio cuerda a la vitrola y Moncho oyó una canción que ya sabía de memoria, de tanto oírla en el pueblo:
Corazón ¿por qué no callas?
¿No te cansas de llorar?
Mira que me estoy muriendo,
mira que no puedo más.
Si yo pudiera arrancarte
para dejar de penar
y así mostrarle a esa ingrata
que al que olvida hay que olvidar.

Poco después, en bestias muy finas, dando altas voces de saludo, llegaron Januario Gaviria y su mujer, acompañados de un chalán y mayordomo que venía arrendando un potro arisco, en el que dio remolinos frente a la tienda, antes de descender los tres para ordenar ron con ginger y pedir al dueño del disco que les dejara seguir escuchando la canción de La engañera.
Indalecio se sumó a la charla y libaciones de Januario, quien insistía en agasajarlo “por haber llegado primero que nosotros al Aguacate, viniendo desde Altamira”. En ningún momento les dijo que habían amanecido en Chorroblanco, de modo que siguieron diciendo: “Debes de haber apostado carreras con este Cardona-chiquito por todo el camino”, le comentaron para elogiar sus cabalgaduras. “Y este joven ¿qué es lo que quiere tomar?”.
Pero a Moncho esa pregunta se le hacía un nudo de complicaciones, porque la ginger le parecía muy picante y no se le ocurría nada qué pedir, así que Januario y Limbania bromeaban poniéndole el apodo del “Cardona-chiquito-que nunca-quiere-nada”. Y siguieron en el cuasimentir de un brindis y del otro.
—Debemos irnos a ver ese ganado, antes de que nos prendamos más. No se les olvide que tenemos que meternos por unos potreros que no están cerca —advirtió el mayordomo a los dos negociantes.
Ramón se despidió de Moncho, “porque si hacen el negocio del ganado me tengo que quedar y arrearlo pa’ la finca de Chorroblanco”.
—Yo creo que no los acompaño porque me he tomado como tres rones —dijo Limbania.
—Moncho, te quedas con la señora y antes aprovechas para recoger tu yegua que se la llevaron a cuidar a los corrales de atrás.
—El que maneja la vitrola me dijo que tiene el disco de “Rancho Chileno”, de modo que me quedo muy bien acompañada por Moncho-que-nunca-quiere-nada y puedo oír la música mientras ustedes miran sus no-villos. Así que pídanme un chicharrón con arepa y otro ron de vinola, antes de irse, porque no está bien que una señora ande ordenando trago en una fonda.
Los hombres se tomaron un último ron en el estribo y se fueron a su negocio, mientras la vitrola molía
Me has engañado mujer dándome un beso,
fuego lento que llevo dentro de mí.
Un beso que con engaño tú me diste,
otro beso que con amor te di.


4

—Como tienes que ir hasta la pesebrera a buscar tu yegua, mejor vienes conmigo; antes me acompañas porque debo ir al baño que queda allá por atrás.
Moncho se subió al anca del brioso trochador de Limbania, tratando de resolver el problema de dónde colocar las manos, ya que tenía que abrazarla desde atrás, con firmeza, para sostenerse en una carrera que la jine-te emprendió con mucho brío dando espuela y fuete a su caballo.
Al poco trecho se toparon con los arrieros que ya salían para el largo camino, echando las últimas amarras a los bultos que las mulas cargaban con renovado brío.
—¡Adiós patroncito Cardona... por allá en el cuido le dejamos su potranca... y téngase firme que lo tumba ese colimocho...!
La cabellera desplegada al viento golpeaba la cara del muchacho, excitado por aquel azote sensual que se mezclaba con un perfume de mujer que nunca había tenido tan cerca, traspasado por una embriaguez que lo hacía agarrarse más fuerte de la móvil cintura, hacia arriba, hacia abajo según el galope del caballo, clavando involuntariamente su nariz en la nuca descubierta.
Había una pesebrera y la chalana detuvo su alazán.
—Y ¿por qué te llaman “Moncho”?
—Soy Ramón Arturo, pero me dicen “Moncho”.
—¿Vienes de Altamira a estudiar en el colegio de Urrao?
—Sí, señora.
—Mejor que me digas Limbania, eso de “señora” me suena como si fuera una vieja.
—No me parece vieja sino una señora joven —respondió y saltó a tierra.
Ella se fue apeando con lentitud, vaciló por un instante con el pie en el estribo, estirando la mano para que Moncho la ayudara; pero no cogió la mano que él le ofrecía, sino que descendió apoyándose en los hombros del muchacho que, por ser más bajito y liviano, trastabilló un poco y no se fue al suelo porque ella lo atrajo contra su pecho, besándolo fugazmente.
—Y ¿cuántos años tienes?
—Trece, señora.
—Limbania.
—Eso, Limbania.
Moncho miró en todas las direcciones, como si buscara una escapatoria. No había ningún ser humano ni vivienda a la vista. Sintió que su cara estaba pálida y que entre su pantalón el bulto era inmenso.
Detrás de la pesebrera, desde una alberca desbordada por el agua y las frondas, caía un chorro que rasga-ba el silencio del lugar. Allí estaba la yegua Gasolina con otras bestias comiendo en las canoas. De las vigas colgaban monturas, riendas y cabestros. Por el suelo, a un lado y detrás de la mediagua, montones de caña, de pasto cortado, enjalmas, costales, alfombras y pellones de ensillar. Sobre aquel montón de aperos de carga y caballería, a un lado de la acequia, se echó Limbania, arrastrando a Moncho, con gesto equívoco.
—Ayúdame a quitar las botas. Ayúdame también con los briches; pero no te asustes. Échate aquí a mi lado.
El olor de mujer que había conocido al abrazarla cuando galopaban se mezclaba ahora con el de los caballos y el pasto yaraguá y se hizo más intenso cuando ella le tomó la cabeza entre las manos, diciéndole:
—Bésame aquí en el cuello y por todas partes. No tengas miedo.
—No, señora, no tengo miedo.
—¿A que no eres capaz de clavar tu nariz en mi nuca, como hiciste cuando galopábamos?
—Si usted me enseña cómo, porque antes fue por esa carrera del colimocho.
—Quítate, mi amorcito, los pantalones. No importa que apenas te estén saliendo pelos, no tienes que taparte, que yo no te voy a mirar.
Sintió que ella lo abrazaba, lo tranquilizaba con diminutivos y frases entrecortadas y lo subía en un dulce columpio.
Cuando volvió a este lado del mundo, en la mente de Moncho quedaba la visión de Chorroblanco rompiendo los rastrojos y resonando con el murmullo de la acequia cercana.
De regreso a la fonda, sin cambiar palabra, enten-dieron que había un desafío para medir sus bestias. Corrían muy parejos hasta cuando Moncho aplicó la rienda, antes del final, para que la yegua se fuera aquietando y poder escuchar la vitrola:
ÀTe recuerdas mujer de aquella tarde?
ÀTe recuerdas mujer que me dijiste,
acariciando las crines de mi overo,
ay que feliz ser’a yo, si me llevaras
al anca de tu lindo mancovero?


*Había una pesebrera…, hace parte del libro de cuentos A este lado del mundo publicado por la Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2007

Ramiro Montoya
Escritor colombiano. Vive y trabaja en Madrid, España
Ha publicado, entre 1956 y el 2005, cuentos y textos de otros géneros en periódicos y revistas como El Colombiano, El Tiempo, Crisis, La Calle, Contemporánea, Mito y Al Margen. Artículos, crónicas y cuentos suyos han aparecido además en diversas publicaciones del exterior. En Madrid, donde reside, publicó Diccionario comentado del español actual en Colombia, Madrileño urgente para colombianos y El parlache, jerga de marginados, léxicos integrados en un solo volumen por Visión Net (Madrid, 2005) y Ediciones Párrafo (Bogotá, 2006).

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