Número 121 • Sábado, Octubre 18 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto  •

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 

Ficción de la semana 

Acto de amor
Por José Libardo Porras

Los esposos yacen de espaldas esperando que los minutos que son siglos pasen. No se rozan. El liencillo del toldo sólo ataja al viento. Ernesto saca la mano y a tientas, por entre los tablones sin pulir, con riesgo de despertar a un alacrán o a una rabo de ají, busca una colilla en el piso de tierra.
–Callalo, Julia –por el tono se diría que ese sujeto no puede más con la puta vida.
Julia aparta la sábana, se incorpora, enciende la vela y va hasta el revoltijo de andrajos con mapas de sudor y embarrados de vómito y diarrea que es la cuna. La piel le forra los huesos: Julia es una momia del Perú. Su cuerpo no dice ni mu a la sangre del hombre, quien se cubre la cabeza: él agradecería que en vez de esa camisa de nylon ella usara para dormir un saco de arpillera sin transparencias.
Ernesto no sospechó que en días y semanas Julia pudiera acumular años. Sabe que él tampoco es un regalo para la vista ni para ningún otro sentido y experimenta lástima por ella. Somos dos rejos, se dice. En vano procura recordar cuándo se sentaron a una mesa abastecida con todas las de la ley. Recuerda las salidas a Puerto Asís a vender lo de la cosecha, los bolsillos a reventar, las jumas con los compradores, las pachangas en los prostíbulos; recuerda cuando llegaba a las cantinas ordenando “Aguardiente para todos de cuenta mía”; recuerda cuando en el sanitario de un bar debió limpiarse el culo con billetes; imagina los billetes navegando por el Putumayo y enseguida por el Amazonas camino del mar. Siente que va a llorar. Pero ¿llorar él, Ernesto? Jamás.
Julia carga al niño y entra en la cocina. Sobre la mesa, si se puede llamar mesa a esa chapuza de palos, junto a otras vasijas de aluminio y de plástico, hay una olla con agua: si se mira el líquido con escrúpulo, se ven larvas nadando; una película de barro oscurece el fondo. Una colonia de ratas, riéndose de la debilidad de los dueños, corretea por los aparadores de tablas: para qué huir. La armazón que usan para sentarse se lamenta por el peso de la mujer y su hijo. Luego hay un instante de silencio, una dádiva de Dios, y Ernesto lo degusta como si degustara un licor: podría emborracharse de silencio.
–No baja la fiebre –dice Julia al regreso, no como quien informa un hecho sino como quien implora perdón. Tres días con sus noches dura ya el suplicio: el bebé no recibe el caldo de harina de yuca, lo único que tienen, y arde en una fogata mientras llora un llanto con puntas, un llanto que taladra. Piensa: ¡Qué bueno una aspirina! Desde hace tres días añora una aspirina como si una aspirina pudiera apagar el infierno que se propaga en su crío. En otras épocas en esa selva abundaba, proveniente de la capital del departamento, cuanto ella pudiera desear, entonces no se le habría ocurrido añorar una aspirina. Ahora cambiaría un tesoro por un minuto de silencio, no tanto por ella como por Ernesto, y tal silencio se lo representa en la redondez de la pastilla que desde hace tres días brilla en sus ojos. Agrega–: Tragó unas cucharaditas de agua y devolvió una sopa verde y amarilla.
Al tiempo que ella apaga la vela, el enfermo reanuda su ataque.
Durante esas tres noches, hechas de minutos que son siglos, nadie en la choza de palma y esterilla ha logrado conciliar el sueño: si acaso alcanzan un estado de semi inconciencia del lado de la vigilia.
Julia se echa en el camastro. Ernesto regresa de su dormir de mentiras. El aire es una colada de plomo que cae y se le empoza a uno en cada poro. Es junio, en las selvas del Putumayo el verano da latigazos. Los animales languidecen; las plantas amarillean; se resquebrajan las piedras; la tierra se cuartea.
–Dale agua –dice Ernesto. Con ese tono podría haber dicho “mátalo”.
–Ya le di –responde Julia como si, en efecto, regresara de matarlo.
Ernesto no había escuchado a su compañera al volver de la cocina y piensa que miente, que no va a darle de beber al hijo por negligencia. En otras circunstancias eso habría bastado para empezar una guerra, sin embargo prefiere callar: no podría juntar más de dos frases con sentido. En él sólo hay cansancio.
Se ve a sí mismo cuando arribaron a Puerto Asís, en el embarcadero, soñando los montones de dinero que pronto serían suyos: ve la agitación de la bonanza, las lanchas hasta el tope de carga y de pasajeros. Se ve navegando río abajo en un silencio del cual nadie habría sabido explicar si era producto del temor o del alucinamiento; iba mirando el paisaje con ojos de vaca: el bosque, un tambo en un claro, los loros que en el cielo eran una embriaguez de color y de bullicio, un pescador a la sombra de su sombrero de hoja, una india de tetas vencidas por la ley de la gravedad enjuagando trapos en la orilla, los peces que eran resplandores fugaces fuera del agua... Reflexiona: ¿Por qué cuando pude no me fui? La selva es para los animales.
El llanto de su vástago lo contamina todo. Gime la arboleda; las alimañas gimen. ¡Malaya no ser sordo! Si lo fuera podría concentrarse y hallar respuestas.
Las peleas se han multiplicado como si un rencorcillo se hubiera sembrado en limo con guano. Las peleas. Eso es lo que más le hace a Julia aborrecer su venida a estas lejuras.
A Julia no le importa haber dejado la ciudad: al fin y al cabo sin trabajo nada tenía que hacer allá, salvo engrosar las hordas de mendigos. No le importa que el negocio de la coca se haya propagado por medio país y el precio haya caído de quinientos a cien pesos o menos el gramo de pasta, ni que la sequía haya arruinado el cultivo. No le importa haberse arriesgado a permanecer allí tras el espejismo de la cosecha fabulosa, en ese destierro, a cinco jornadas del pueblo, dos de camino por entre el monte y tres de navegación a contracorriente, sin un alma a la vista, sin víveres y sin una pastilla para el dolor. Ni siquiera le importa no haber salido con su hijo en busca del doctor cuando empezaron a aparecer los síntomas. Sólo le importa haber perdido la alegría de cuando eran ella y él sin nadie en medio, la costumbre de la conversación sobre los asuntos de diario y la afición por las caricias después del encuentro y de la saciedad de la carne. Piensa: El amor es tener un hombro en que dormir.
El niño no detiene su concierto: con el rasguñar y el corretear sobre la madera, los bichos le hacen la percusión; el viento ejecuta los vientos; las cigarras y los sapos le hacen coro. Es como si su propósito consistiera en hacerse odiar más y más.
–¡Callalo, Julia! –las palabras fluyen por sí solas, son frutos con gusanos que se desprenden de una rama.
Julia no se mueve: conoce la inutilidad de sus bebedizos de hierbas contra ese mal con garras y colmillos que atacó cuando el saldo de sus fuerzas se hallaba en rojo. Escucha la respiración de ogro de su hombre y se estremece. “Callalo, Julia” es la frase que él más le ha restregado a lo largo de la semana. Una frase en la que ella lee, el diablo sabrá el motivo, que él todavía la necesita a su lado. Piensa que si lograra brindarle a Ernesto una pizca de sosiego recuperaría eso que, sin saber con exactitud qué es, ha perdido. ¿Qué hiciera, Dios mío? Se figura una serpiente ascendiendo a la cuna del chico, saltándole encima y mordiéndolo en una pierna, mas de inmediato se santigua para conjurar el espanto y la vergüenza de sí misma que esas figuraciones le causan.
Ernesto se tapa los oídos, no obstante el llanto del niño le retumba en las sienes. Piensa en gritar, en salir y correr por la manigua voleando machete, arrasando. Desea prenderle fuego al mundo: bastaría sacar una brasa del fogón y botarla en el rastrojo.
Al parecer el apestado goza atormentando a su padre: su lloro no cesa y si cesa es para coger impulso. Los zancudos zumban sin tregua y por un roto invisible traspasan el toldillo. Los murciélagos hienden el aire de jalea. En lo alto se inquieta la pareja de gallinazos que, contraviniendo las normas de seguridad de la especie, estableció su residencia en la cumbrera.
–Hacelo callar, maldita sea –susurra entre dientes Ernesto.
Julia guarda quietud, si pudiera se convertiría en estatua, y ni se atreve a variar su postura a pesar de los calambres que ésta le ocasiona. Ernesto la juzga injusta: ¿Cómo puede dormir? Se ve a sí mismo: es una hormiga, una nada, y el universo, desentendido de su tragedia, se cierne a su alrededor para abatirlo. El bochorno aumenta como si él fuera una herida y un malevo se complaciera rociándole sal. ¡Y uno por aquí sin un cigarrillo siquiera! Al amanecer tostará puñados de hojas de coca sobre una lata y hará picadura de modo que no vuelva a faltarle algo que fumar. Envidia a los colonos que abandonaron sus cultivos antes de la calamidad y los odia por no haber sido capaces de convencerlo a él. Pero principalmente los envidia y odia porque no tienen que soportar a un llorón pertinaz. Odia a la humanidad, que no se compadece de él y continúa su marcha como si nada.
Observa en la penumbra el bulto de su esposa en el camastro: no es ni el rastro de ese cuerpo en el que solía adentrarse en las épocas de oro, el que con sólo entrever por las aberturas del vestido le suscitaba ganas de tumbarla y trepársele, no importaban la hora ni el lugar, si llovía o brillaba el sol. Comprende que se le rompió el alma, no desde el achaque del hijo sino desde antes, desde el día en que, obnubilado por los tragos y los castillos de naipes de los traficantes, aceptó internarse en el monte a cultivar coca.
Va a beber un sorbo de la aguacha que les brinda el pozo de la hondonada. No mira al heredero. Se oye el grito de una fiera; otra le contesta. El tiempo duerme y no avanza: el amanecer es una ilusión. Se promete, muy de mañana, dejar esa mierda, coger la trocha y retornar a la civilización.
–¡Callalo, Dios mío! –ruega Ernesto al volver al lecho de ascuas.
Julia sabe que esa petición es para ella, sin embargo permanece quietita. Removería montañas con tal de hallar un grano de paz para su esposo, pero una lasitud súbita le impide actuar. Reza y su rezo se reduce a repetir el nombre de unos santos; ruega al cielo un milagro y hace promesas de loca: recorrer el país de un santuario a otro de rodillas, reunir un millón de desheredados y darles alimento y cobijo.
El crío es una máquina hecha para chillar.
Ernesto no logra ordenar sus ideas; el agua le ha dejado en la boca un sabor de barro, una sequedad: lo atraviesa el deseo de beber una cerveza o una Cocacola con cubos de hielo. ¡Si por lo menos lloviera! Piensa en las matas de yuca raquíticas, en las matas de plátano con sus hojas secas y retorcidas.
Las ratas rasguñan y corretean; las ranas y las chicharras no callan; los zancudos usan sus cuchillos. A través de la cortina se ve el redondel de la luna presidiendo una congregación de estrellas, y Ernesto, con un gesto que por fortuna nadie ve y una entonación de res que arrastran al matadero, le lanza un alarido que va a perderse en el verde ennegrecido del monte.
–¡Maldita sea!
Julia cierra los ojos; un frío le recorre la piel, los dientes le castañetean. Un Ernesto que no conocía se le aparece ante sus ojos cerrados. Teme. Con sigilo pega su rostro a la almohada mordiendo una punta del guiñapo que le sirve de sábana. Supone que en todo el planeta se oye el ruido de sus tripas.
–¡Maldita sea! –repite Ernesto; en su voz se advierte una nota de Satán.
Julia se levanta y desde un lado de la cama observa al hombre como si se tratara de un cadáver listo a levantarse a cobrar venganza a los vivos. El llanto aumenta y ella cree por fin comprender el significado de las frases “Callalo, Julia” y “Maldita sea”: su marido la ama, la quiere para él solo, no la va a compartir. Entonces camina hasta la cuna; el retoño la mira con ojos atrozmente elocuentes. Le pone la almohada en el rostro presionando con fuerzas de gladiador. El enfermo agita sus extremidades de una forma que mueve a risa. La selva del Putumayo calla. Sobreviene un silencio estricto. Ernesto siente que por vez primera su esposa lo ha amado. Y él a ella.

José Libardo Porras
Escritor colombiano. Vive y trabaja en Medellín
Autor de: Es tarde en San Bernardo, cuentos, 1984. El continente sumergido, cuentos, 1990. Seis historias de amor edificantes, Primer puesto en el Concurso Literario Cámara de Comercio de Medellín, 1996. Historias de la cárcel Bellavista, Premio Nacional de Literatura, modalidad cuento,1997. Hijos de la nieve, novela, 2000. Happy birthday capo, novela publicada por editorial Planeta, 2008. También es autor de dos libros de poesía: Partes de guerra, 1987. Hijo de ciudad, 1994.

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