Número 120 • Sábado, Octubre 4 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto  •

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Ficción de la semana
La prisionera*
Por Fanny Restrepo

Convivimos en la misma casa durante mes y medio, sin yo haberme dado cuenta. Ella dejó la piel, junto con su recuerdo, en la alcoba vecina a la mía, pero a ella no la encontré hasta cuando, habiéndome olvidado ya de ese hallazgo, por primera vez se dejó ver mientras dormía su larga siesta de días, en el lugar que creyó mejor para resguardarse de la intromisión de curiosos indeseables.
Debo decir que, aprovechándome de su inconciencia momentánea, cancelé su cubículo con tablas y con una pesada piedra, hasta asegurarme de que no tendría ninguna posibilidad de salir de su entonces forzada reclusión. Le quité así la libertad para vagar a su gusto por los alrededores, evitando, al mismo tiempo, que pudiera sorprenderme luego, pues, dadas nuestras circunstancias, era su vida o la mía, si llegáramos a encontrarnos.
Le tenía miedo, más bien diría terror. Despertaba sobresaltada. Mi primera necesidad era comprobar su enclaustramiento, algo nuevo en mi vida antes sin temores; mi prisionera modificó la rutina, cambió mi vida en alguna medida.
Aun en esa forzosa convivencia, trataba de ignorarla para recuperar mi tranquilidad, a la manera como se pretende ignorar la existencia de ese otro que nos ha dejado una herida que duele. Y fui aplazando el momento de su liberación, como se aplaza la salida de prisión de un condenado, siempre por razones que son resueltas en otras instancias y que escapan al conocimiento del recluso.
Tengo que confesar que, a pesar de estas consideraciones, no me sentía cómoda con mi conciencia, ya que era allí, en mi conciencia, donde guardaba la cuenta exacta de los días y las noches que mi prisionera llevaba recluida sin comer y sin beber. La verdad es que temía mirarla a la cara después de haberla encerrado; enfrentar ese primer momento del encuentro me llenaba de terror, me hacía imaginar cosas espantosas y absurdas, como que volara a atacarme como un rayo, en un lance que no lograra eludir. Lo cierto es que mientras los días pasaban, me sentía más enredada, y ya no sabía a quién afectaba en mayor medida la prolongación de su encierro y el aplazamiento de su liberación.
Ante la imposibilidad de retardar el evento, temblando, me armé convenientemente y me hice acompañar para no enfrentarla sola e indefensa. El hombre que estaba conmigo retiró la piedra y las tablas, dejando abierta la caja. Acostumbrada como estaba a ese espacio mezquino en que la retuve —enlenteciendo el tiempo para demorar el momento—, abandonó su encierro la serpiente que estuvo moviéndose por los techos durante las noches y acostumbraba dormir las siestas en el cajón, después de sus cacerías nocturnas. Eso fue lo último que hizo, pues el hombre, sin detenerse a averiguar si el animal era o no mortífero, la liquidó impulsivamente con el machete, como si todos sus ancestros campesinos empujaran su brazo.
*”La prisionera” hace parte del libro de cuentos “Lectura de domingo” publicado por la Editorial Universidad de Antioquia.

Fanny Restrepo
Ha sido traductora y educadora. Ha publicado sus cuentos y relatos en la revista literaria Odradek, el Cuento. Asiste al taller de escritores de la Biblioteca Pœblica Piloto desde hace cinco años, cuando decidió dedicarse al trabajo literario.
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