Número 118 • Sábado, Septiembre 20 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto  •

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS! 
 
 

Autor de la semana
A los veinticuatro años
Por Víctor Gaviria

A los veinticuatro años ya han terminado tantas cosas
nunca más podrás ser adolescente
aunque montes en bicicleta y te gusten tremendamente
         las muchachas
y te tires a la hierba y mires arriba las heladas
         jóvenes del cielo
(las espigas de hierba te pican las orejas)
y no podrás ser ingenuo sin al mismo tiempo ser maligno o
         mezquino
No se puede sonreír disculpándose
por lo no dicho o lo no hecho
porque ya aún lo que no decimos dice sí
y lo que no hacemos es un esfuerzo por no hacerlo
No podrán gustarte de igual forma los pastos
de fútbol encendidos como un lento fuego
ni los colegios femeninos en el centro
en casa viejas con un baño de bañera al fondo
y las muchachas reflejando las pantorrillas
en el espejo de las baldosas

Nada de esto te gustará igual
sino más hondo
donde no hay ya gusto ni disgusto
sino más hondo donde las cosas brillan con un
        fuego interior
o son terriblemente negras
Esto es un comienzo
Esto es acercarse a un solar y mirar las espigas
que vencen el muro rojo
y treparse a buscar botellas y latas vacías acumuladas
        por vecinos
Esto es detener todo por un instante
por siete días
                   por algunos meses
Como si de pronto locamente te bajaras en el parque
          de Envigado
y atravesaras talleres de bicicletas
          luego una delgada carretera azul
luego rieles empinados y luego a
         simple hierba
hasta el monasterio de los trapenses

Campana todavía y ningún pájaro
al lavarse en la celda
el chorro de agua sonando más perfecto
que una oración

             Afuera un sombrero fabuloso y sagrado
sobre la pequeña cabeza
              y el olor de los pinos viniendo como una música
Y en la capilla el canto que los pocos hombres
entonan
              primero es tembloroso y cálido
pero luego es un canto de hielo
que dice: “Todo está detenido”
Y no se escucha ningún pájaro porque
todo está detenido realmente
Y cuando cesa el canto se escuchan los primeros
                                                                      pájaros
los que cantan a nuestro deseo
Y ése también es un comienzo
Tal vez oigas cantar mejor los pájaros que bajan
                    de Santa Lucía
                                             a la Floresta y Calasanz
pero no hay seguridad
                            al terminar esto tampoco hay seguridad
Cuándo hallarás la palabra el signo
              que no tenga réplica ni duda
y de nuevo estés aquí entre las cosas
Un hombre es hondura y superficie al mismo tiempo
desde los primeros recuerdos fíjate
                                                        hondura y superficie
y ambos pies a ambos lados
Entonces buscas y preguntas y husmeas
anotas el nombre de los árboles y quisieras
conocer con certeza los sutiles
cambios del aire
Pues mientras para muchos ya todo
                                                         “está aquí”
para ti escasea lo más obvio
la bicicleta en la que montas tiene una sola rueda
la tarde que miras resbalando sobre las curvas carpas de los
     camiones en las gasolineras
es demasiado moderna o antigua
nunca en su punto exacto nunca allí detenida
para amarla
y siempre alguien carece de una mano

Como el personaje del poema de Larkin también
visito las iglesias
la bicicleta plateada como una muchacha en huesos
apoyada contra la puerta
                                       (una rueda en la sombra)
mirando intrigado los dibujos de las baldosas
sopesando lentamente las creencias de infancia y las de ahora
las bocas sucias de las alcancías enclavadas en la pared
ningún signo religioso excepto
el bello espacio
algunas ventanas perfectamente hechas para recibir el cielo
Así el día está salvado y me marcho
rodando suavemente a buscar otra iglesia en un
barrio alejado
y cruzo frente a escuelas con brillantes mallas de alambre
y en los patios de recreo hileras de sauces extrañamente
            rojos
Ahora llego a la iglesia de la Floresta
vacía a esta hora
pequeña y mezquina en luz
ninguna virgen de mí agrado
                                          ninguna virgen de mí agrado
Muchos de mis amigos han viajado ya
preferentemente a París
            y hacen de incipientes directores                        
de Cine
y sé que hacen bien
pero en cambio permanezco
y me demoro más de los días necesarios para aprender
una mínima cosa
que ellos aprenden en segundos en el metro
en virtud a la lejanía
Y yo hago una cosa u otra rutinaria
consigo fácilmente enemigos
y escasos son los instantes en que veo
claramente las cosas (con una nitidez
que da envidia)
impensadamente cercanas y bellas
Entonces no quiero pasar un día lejos
de aquí
ni menos perderme cerca de mi casa
el muro que miro oblicuamente
                                             una negra hoja de palma y
oblicuo el cielo
de antes de las siete como el sombrero cristalino de un joven a punto
de estallar

Un hombre antes de ser mayor se desilusiona
de sí mismo
pero continua pronunciando lo suyo
y en las pausas entre celos y envidias
aprovecha para cantar suavemente
El agua sucia
también suena a agua
Delicioso!

Víctor Gaviria
Poeta y cineasta colombiano. Vive y trabaja en Medellín.
Premios: Con los que viajo sueño. Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus (1978). La luna y la ducha fría. II Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Ha publicado: El rey de los espantos, El pulso del cartógrafo, Los días del olvidadizo y La mañana del tiempo. Ha dirigido los largometrajes: Rodrigo D. No futuro (1990). La vendedora de rosas (1998). Sumas y restas (2004). 

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