Número 117 • Sábado, Septiembre 13 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto  •

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Ficción de la semana
Retablo de la cosecha
Por Mario Angel Quintero

Dime.
Dime ¿quién?
¿Quién? ¿quién? ¿quién?
¿Quién me salvará?
¿Quién me salvará de este dolor que tengo encima?
¿Quién me dejará descansar?
Este dolor que tengo encima me tiene roto del dolor.
¿Quién me descansará?
¿Quién me quitará este dolor que cargo, que me pone a correr la noche entera?
Quisiera cantar este dolor y que se fuera en el aire.
Quisiera cantar este dolor en vez de correr la noche entera por la hierba alta y húmeda.
Quisiera que viniera quien corriera por el llano sin fin por mí.
Dime tú que me escuchas.
¿Quién recogerá mi cuerpo exhausto?
¿Quién me salvará?

Yo había soñado con la sonrisa tranquila de la virgen. Yo había sentido la piel blanca de Nuestro Señor bajo mis manos.
Así que cuando se dijo que se haría una representación de la Anunciación, yo me acerqué para poder participar de alguna manera. Sin saber ni como ni cuando de repente me vi en una túnica roja larga, con estrellas doradas pegadas a mi cara y a mis manos, una espiga de azucenas sobre el brazo, y dos alas inmensas que mi madre, mi imprescindible madre, había emplumado con el contenido de dos almohadas a través de tres noches largas de trabajo incansable.
Estar así, dentro de la túnica roja, con cara y manos resplandecientes, florecido y bajo la protección de las alas gigantes, era casi volar. Era casi rozar mi rostro contra el azul absoluto del rapto.
Llegó la noche de la presentación. Antes del espectáculo y que dejaran entrar la gente, yo respiraba sentado en un palco de la sala. Sólo hacía eso: respirar. Estaba quieto, mis ojos llenos de lo que venía, y respiraba. Gradualmente, empecé a sentir un leve movimiento dentro de mi pecho. Lo sentí al fin de cada respiro. Ahí estaba, en mitad de mi pecho, un movimiento. Con cada exhalación subía en fuerza. Ahora se sentía diferente, más como un aleteo. Ya no estaba dentro, sino sobre, mi pecho, bajo el material de la túnica. Alejé el cuello dorado para ver que causaba la sensación de movimiento. Lo que vi sobre mi pecho desnudo fue una mariposa del tamaño de mi mano abierta, de varios tonos de azul, reposada cerca de mi pezón izquierdo.
Intenté mostrársela a alguien más. Corrí de allá pa’ ‘ca, pero las pocas personas con quien me encontré  se resistieron y me miraron fijamente a los ojos por un momento antes de seguir con lo que hacían. La volví a tapar. Parecía que la mariposa era para mí solo.
Hicimos la función. Me gustó el silencio entre las palabras. Sin embargo, tengo que admitirlo, el espectáculo tuvo un sabor algo pueblerino, como si tuviera una capa de polvo encima.
La gente se fue. Los actores se fueron. Era hora de irme. En este momento ocurrió algo curioso. Al intentar quitarme las alas, no pude. No querían despegarse. Me quité la túnica y el maquillaje y me puse mis pantalones y mis zapatos. No me puse mi camisa porque no bajaba sobre las alas. Me tuve que ir a la casa desnudo de la cintura para arriba. La mariposa azul seguía reposada sobre mi pecho.
Corro. Yo corro. ¿Y quién hará de mis huellas algo? Como se pierden bajo la hierba alta en lo húmedo al fondo, oculto. El cielo sucio de la noche oscura se asienta sobre mi correr. ¿Quién dibujará mi línea, sacará la melodía de mis pasos? ¿Quién dispersará el pánico con una risa o un aire?
Caminaba hacia la casa así, con el torso desnudo, una mariposa de muchos azules sobre el pecho y dos alas grandes y caseras que salen de mi espalda. La mancha negra que bajaba desde el cielo ya tocaba tierra, y la tenía que apartar con mis manos, como si fuera una maleza, para seguir avanzando. Se amontonaba alrededor del aviso rojo de neón de una tienda.
Atravesaba el ruido débil que esta tienda mandaba a la carretera destapada, cuando salieron tres jóvenes malévolos. Habían estado en la función. Cuando había salido a escena, estos tres me habían mirado fijamente. Más tarde en la representación me habían señalado los bolsillos de sus chaquetas para hacerme entender que iban armados.
Ahora venían hacia mí. Cruzar una línea interna es sólo un asunto de un giro y tomar dos pasos. Con el primer paso anuncias una intención, con el segundo la transformación es completa y ya es otro el que se mueve.
Me les fui encima. Garras que caen sobre cuellos, alas que aturden. El primero lo quebré como palos secos y quedó amontonado sobre la carretera. El segundo lo perseguí hasta que ya no miraba hacia atrás. El tercero me evadía, era insustancial, no lo veía bien hasta que sentí algo pasar por el lado de mi cara y enterrarse en mi hombro.
Volteé en ese rojo interno y lo agarré de cuerpo entero. Siento de nuevo la sensación, en los brazos y en las piernas, de levantarlo y lanzarlo por un barranco a un hueco profundo y oscuro. El aire opaco no me dejaba verlo, e incliné mi cabeza dentro del foso donde había caído. Revolví la oscuridad con mi mirada, pero tuve la impresión, y la nausea que la acompañó fue inmediata, de que ese foso no tenía fondo, y que el joven que yo había tirado ahí todavía estaba cayendo por el espacio silencioso y quieto. Tanto fue mi horror frente a ese pensamiento que cuando vi aparecer un brazo desde la penumbra intenté ayudarlo a salir. Fue entonces cuando vi el arma, y la expresión del rostro que emergía de la sombra. Era el mismo joven con la misma intención de hacerme mal. Sólo que ahora le faltaba la parte superior de la cabeza, como esas calabazas de octubre con una vela prendida adentro.
No había posibilidad de combatirlo ya, y empecé a huir. Corría y corría, siempre con ese miedo que Melón roto, porque así lo llamaba en mi  cabeza, me perseguía.
¿Quién pondrá fin a mi correr?
Melón roto, roto melón, no te quiero ver más.
¿Qué te he quitado que no me has quitado?
No me sigas persiguiendo.
Arráncate las pepas que germinan mi imagen,
y arrójalas a la tierra.
Melón roto roto melón,
estás podrido del odio.
¿Quién? Dime ¿quién?
¿Quién me sacará este olor dulce
de la cabeza?

Llegué al cementerio corriendo. Abrí mis alas, me monté encima de una de las tumbas, y me quedé ahí inmóvil. Escuché cuando abrió la reja del cementerio. De vez en cuando paraba de caminar, de buscar, gemía y hacía un sonido extraño que no podía identificar. Pasó frente a la tumba donde yo estaba de pie.
Gimió: aquí están. Metió las manos en su cabeza, y escuché el sonido que no había podido identificar. Era los líquidos y las masas removiéndose mientras que esculcaba su cráneo.
En ese momento, el cielo degenerado desplegó un arco iris azul y rosado sobre mi pelo. Melón roto extendió una mano y encerró mi tobillo en ella. Pero sus dedos todavía estaban húmedos y lisos y logré brincar a la próxima lapida.
Con el arma en la mano, Melón roto agitaba el aire alrededor de mis oídos, siguiéndome con el afán de terminarme, de deshacerme. Yo pasaba de lapida a lapida, como si fueran los obstáculos que me separaban de respirar y descansar. Con cada paso, con cada salto, escuchaba las voces de los muertos, en pánico murmurando, gritando desde lejos: ¡Lo están matando! ¡Lo están matando!
Si me escuchas.
Si me escuchas de tan lejos.
Si de tan lejos si me escuchas
escucha esto.
No me salves.
No me salves del dolor.
No me salves del dolor que me carga y me levanta
por encima del silencio.
Dame tiempo.
Dame tiempo para inhalarlo
y formarlo.
Para dejar que me divida
y luchar con mi mismo.
No me salves.
No me salves de la compañía
que me ha sido.
Escucha.
No me salves.
Dame tiempo.
No me esperes.
¿Quién?
¿Quién se quedará?
¿Quién? Ay, dime ya.
¿Quién quedará?


Corro por la hierba alta entre el cementerio y el río.
Corro y escucho la respiración húmeda de Melón roto, roto melón que viene detrás, cada vez más cerca.
Corro por el llano vasto, por la tierra plana y ciega debajo de la hierba alta que se extiende entre el cementerio y el río.
Corro y Melón roto, roto melón me dice algo, tan cerca que escucho su voz casi en mi oído, esa voz como una taza repleta de sancocho a punto de derramarse, cada silaba calduda: Ja-cob, es-pe-ra…
Nos falta poco para llegar al río, pero uno nunca llega derecho a nada aquí, y yo sabía que seguíamos hacia adentro, perdidos, y volteé la cabeza: No, le grito, no, Melón roto, roto melón, no te esperaré, tú que buscas deshacerme, pegarme a tu lecho de sueños, a tu pegote maduro y dulce. No me desalarás con tu arma.
El momento es eterno y mi cansancio se extiende sobre el cielo como el ramaje de un árbol inmenso, de hojas de un verde tan denso que oscurece la noche. Bajo este peso que gira encima de mí, mis pasos se extravían y Melón roto, roto melón y yo trazamos arabescos y espirales sobre una hoja gigantesca de hierba ciega que silba con el paso de los cuerpos. Con cada paso se me acerca, con cada paso se acaba el tiempo.
¿Cuál arma? Melón roto, roto melón me empapa con sus palabras. Si lo que llevo son tus manos. Recíbelas. Quiero que estés entero de nuevo…
Pero yo había visto el lucero de la mañana, había levantado mi cuerpo más allá de la utilidad de mis pies, había florecido con desear la hemorragia de una mariposa azul sobre mi pecho. ¿Para qué manos?
Quédate con ellas. Corríamos, Melón roto, roto melón y yo. Corríamos los dos sin remendar.
Llegábamos al río. Yo sabía lo que él esperaba encontrar. El esperaba que la corriente del río le diera brazos de agua turbia con que acercarme a su caldero, a su rostro, su mirada.
Pero yo sabía también que el río estaba seco, y al llegar al cauce yo paré. Melón roto, roto melón siguió. Quién sabe qué veía, con qué visiones estaba llena su calabaza. Levantó su mirada un instante y la llama en sus ojos reflejaba la luz de una luna escondida. Así, vertiendo su cabeza sin tapa hacia atrás, con la luz llenando sus ojos, lo levantó un viento caliente, un aire que quemaba al pasar, y lo esparció en mil semillas por todo el lecho del río.
Al cerrar mis párpados,
te pido que me dejes.
Al cerrar mis párpados,
mi cara se cubre en mármol.
Al levantar un aire,
exhausto el instrumento.
Al sonar su fin,
se lo traga el silencio.
Si cargo el cielo,
igual lo despliego sobre la tierra.
Los días no son transparentes.
Las voces no son sin peso.
Recibe estas manos.
Recibe estos músculos
trenzados de correr.
Recíbeme al caer.
Recíbeme. Recíbeme.

La tierra debajo de la hierba alta y azul está húmeda. No oigo a nadie más. Sin embargo galopo con toda mi fuerza hacia el río. Mis cascos abren paso y mi crin se levanta de mi nuca con la velocidad. El martillo dentro de mi pecho destroza mis adentros. El aire de mi respiración se convierte en vapor y mis ojos sangran el cansancio que se destila a lo largo de mi cuerpo. Mis costillas se rajan y mi vientre se abre bajo el filo de mis vértebras.
Llego a la ribera del río y me lanzo hacia el cielo estrellado. Me estiro en el aire. Caigo, y rompo pesado y terrestre. Raspado y aporreado, me apago sobre una enredadera vasta de un verde luna. Sus flores, como pequeñas victrolas de leche, se acercan a mis oídos, y me murmuran: acuéstate en tu lecho y duerme…

Mario Angel Quintero
Escritor, poeta, hombre de teatro, pintor. Vive y trabaja en Medellín.
Estudió literatura en la Universidad de California. Ha publicado obras narrativas en inglés y español en numerosas revistas colombianas estadounidenses y canadienses. Cofundador de el grupo Párpado Teatro. Exposición de pinturas bajo el título Cirugía en la Galería Exfanfarria Teatro. 2008

Marginalias