Número 115 • Sábado, Agosto 23 de 2008 • Inicio CuentosMarginaliasFotografía Contacto  •

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Ficción de la semana
Dios no sabe de ganas*
Por Marcel René Gutiérrez Gómez

El murmullo de los miles de pedacitos de nubes que empiezan a caer sobre el tejado y el patio va subiendo e inunda los cuartos, los pasillos y los rincones y ahoga los demás sonidos de la casa. Acá adentro también llueve, tanto y por tanto tiempo que ya las gotas rebosaron cualquier cavidad que pudiera almacenarlas y se me derraman por la única que aún las contenía. Lo veo en mis ojos: demasiado húmedos, demasiado negros. Acabo de regresar del baño y no hago más que pensar y mirarme en el espejo y desear estar del otro lado, como Alicia, en un mundo extraño donde los imposibles suceden. Entonces, como tantas otras veces, emerge la pregunta: “¿Qué voy a hacer?”
Es el mismo interrogante de los últimos catorce días. ¡Catorce! ¡Catorce! ¡Catorce!... Vividos más en el baño que acá en mi pieza. Voy cada tres respiros, sólo me falta dormir en él. Ahí, entre sus paredes azules y sus cuarenta y tres baldosas, sumando las fracciones, me siento segura.
Mi mamá cree que estoy enferma. Mejor así. Después de haberle escuchado por tanto tiempo “espérese, mija, ante todo la pureza, sino, una ya no vale nada”, no sabría cómo decírselo. Me mata. Y mi papá... mejor no pienso lo que haría. ¿Y la universidad? ¿Podré entrar?
¿La culpa? Ojalá supiera de quién es. Mi mamá dirá que mía, mi papá que de mi novio, los profes culparán a mis amigos, las monjas se echarán bendiciones, me echarán del colegio y se la echarán a la sociedad, y quién sabe dónde parará la cosa. Sólo sé que sin ellos no lo habría hecho.
Mis amigas casi a diario venían y me contaban sus secretos. Yo las escuchaba y quería sentir lo que me describían. Perseguía cada detalle y preguntaba cada vez con mayor interés. Ellas no se callaban nada y me impulsaban a hacerlo. (Es mi paga por ocultarle la verdad a sus madres. Les dicen que van a estudiar en mi casa pero se van con el novio. Y ellas, ingenuas, les creen. Si es conmigo, les creen hasta las idas a la biblioteca. ¡Ja! Si en este cuarto apenas hay espacio para mi y cada minuto se me hace más y más pequeño).
Y mis compañeros, claro, muy machotes, en corrillos, se contaban a voz en cuello sus supuestas hazañas y no perdían oportunidad para abochornarme: que como estaba de rica, que cuando se los iba a dar, que conmigo sería como descorchar una botella de champaña. Al principio la cara me hervía y podía sentir el calor que irradiaban mis orejas llenas de sangre, salía corriendo y ellos soltaban la carcajada. Pero Clara me enseñó. Había que mirarlos y sonreír. Entonces no reían, sólo la mueca en los labios y el desconcierto en los ojos. Fue difícil. Me sentía incómoda, como utilizando ropa prestada y que no me ajustaba, pero me acostumbré. Era mejor que habitar los rincones y extramuros del colegio. Problema solucionado. Pude caminar sin compañía por los corredores. Incluso terminé retándolos: “Cuando quieran” respondía y seguía de largo, temblando pero eufórica. Nada podían hacer.
Estaba también Fabio, mi novio, pidiéndome que le mostrara cuánto lo quería, exigiéndome cumplir mis supuestas obligaciones. Y la radio y la televisión provocándome. Y las clases de catequesis prohibiéndomelo.
Sin embargo, yo a todos les decía que no, que llegaría virgen al matrimonio, que en mi casa me mataban, y cada vez la lista de excusas se me hacía más corta.
Y así entre unos y otras fueron socavándome. “¿Si será tan bueno?”, terminé preguntándome y por más vueltas que le daba la respuesta era siempre la misma. Sólo los adultos contestaban no. Que había que esperar. Que Dios lo castigaba. Pero ya no quería creerles, me parecía que lo prohibían porque esa era su función, decirle no a todo. Y tal vez tenían razón.
Lo digo por lo que pasó después. No hubo corrientazos en la espalda ni cosquillas en los pies, como decían mis amigas, tampoco el estrépito de la champaña que se destapa, como aseguraban mis compañeros. Sólo un mareo del carajo y un vómito imparable, ahí, encima de él. Y un sentirme sucia por dentro, como si se me hubiera enmugrado el alma. Y ahora esta maldita espera que me tiene las tripas revolcadas. Nadie dijo nada de esto... Bueno, sí, una vez, en clase de Biología el profe Juan Manuel dijo que así nacíamos pero no dijo cómo evitarlo. Eso fue en Religión y ahí nos repitieron una y otra vez que había que aguantar. ¡Cómo si Dios supiera de ganas!
Y el estúpido del Fabio, me provocó matarlo. Todavía me da rabia cuando me acuerdo:
–¿Segura? ¿Con una sola vez?
–No. Tengo que hacerme un examen de sangre
–¿Examen?
–Sí. No soy capaz de usar la prueba que venden en las farmacias
–...
–Fabio ¿Qué vamos a hacer?
–No sé, no sé.
Eso fue hace tres días. Desde entonces no hablamos. Mejor así. Lo de la prueba es verdad. La compré pero no la he usado. No puedo sostener ese peso en mis dedos. Tampoco me he mandado hacer el examen. No he hecho nada. Sólo esperar... Un milagro, despertar, una gota roja, lo que sea.
Por eso corro al baño cada tanto. Por eso ahora recorro otra vez el pasillo que me separa de él. Ha terminado de llover y en los cuencos y baldes que mamá tiene en el patio hay charcos que amplifican el golpeteo de los últimos pedacitos de nubes que se enredaron en las tejas, los alambres para colgar la ropa y las hojas de las matas, y ahora terminan su caída fundiéndose con los demás. Mientras camino escudriño cada rincón para asegurarme de que mamá no me vea. Las rodillas me tiemblan y tengo las manos heladas. Entro al baño y tranco la puerta. Ruego, repito, reclamo: “esta vez sí”. Enciendo la luz y ahí está otra vez Alicia, mi única compañía. Desabrocho el yean y lo halo hacia abajo. También mis interiores, hasta los muslos. Alicia me ha estado mirando a los ojos. Los cierro y me siento. Ahora no puede verme. Estoy sola. Al fin me decido, separo las piernas, inclino la cabeza hacia los interiores, abro los ojos... y todavía nada.

* “Dios no sabe de ganas” hace parte del libro “La abuela televisor y otros extravíos” editado por la Fundación Arte y Ciencia en el año 2004.

Marcel René Gutiérrez Gómez
Escritor colombiano. Vive y trabaja en Medellín.
Ingeniero mecánico de la Universidad Nacional. Se inició en los talleres de literatura de Comfama, Pedregal. Ha participado como tallerista en encuentros nacionales y regionales de escritores jóvenes “Toma la palabra”. Autor de “La abuela televisor y otros extravíos”. Cuentos. Editorial Fundación Arte y Ciencia, Medellín. 2004. 

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