Número 114 • Sábado, Agosto 16 de 2008 • Inicio CuentosMarginaliasFotografía Contacto  •

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados

 

Ficción de la semana

Las alas se abren en el descenso

Por Ana María Delgado


Estaba haciendo mucho frío, la neblina de la sabana ya había bajado, los vidrios estaban empañados por la humedad y no se veía ni una estrella. Era una noche típica bogotana. Para mí, era igual a todas aquellas noches en las me quedaba desvelada por horas y me pasaba asomada por la ventana, elevada, mirando el cielo y el techo del edificio de al lado, esperando la llegada de mi mamá.
Le había oído decir que había un baile donde ese Juan Ruiz y ella iba a ir. Claro, no quería perdérselo. Desde hacía días venía ilusionada con que ese señor quería ser su novio. Ella creía que de pronto estando con él la vida para nosotras podía mejorar. “Él tiene platica y nos puede ayudar” decía tratando de convencerme y de convencerse a sí misma.
Ese sábado se había despertado cantando, hasta hizo desayuno para las dos. Se había demorado una eternidad en la ducha y se había puesto rulos desde temprano. Para salir se había embadurnado de cosméticos; me dio risa porque parecía un payaso de esos que se montan a las busetas. Se vistió con una minifalda fucsia y una camisa de boleros escotada verde pastel que le había prestado la Mariela esa que vive en el bloque diez. Cuando salió dejó el apartamento pasado a perfume. Ella andaba toda entusiasmada con la fiesta. El tipo ese había venido a visitarla aquí un par de veces antes luego de terminar su turno de vigilante en la unidad. A mí me parecía como bobo… calvo, carilargo, con esos dientes torcidos y los ojos extraviados; al menos con la cachucha y el uniforme se veía medio serio. Pero cuando venía por aquí llegaba pasado a loción, el peinado para atrás le hacía ver los ojos mas perdidos y los dientes más grandes. En la unidad era meloso y simpaticón con todas las señoras y siempre las saludaba igual: mirándolas de arriba abajo les decía con un tonito de viejo verde: “Señoooritaaaaaaa bonitaaaaaaaaaaa!” pelando la muelamenta amarilla y retorcida.
La semana anterior me había hecho la misma. Se fue con la Doris y la Mariela a una heladería a encontrarse con unos muchachos. Ese día había estado pegada del teléfono chismoseando con la Doris, que si se iban para “El Recuerdo” o para “La Estancia”, que si el Jorge y el Carlos iban a ir; que la Mariela era una amargada, que el Ejecutivo no pasaba sino hasta las ocho, que iba a ver cómo me dejaba en Villa Javier con mis abuelos. El abuelo Iván estaba de mal genio y le dijo a mi mamá que se las arreglara sola, que iba para Subachoque a jugar tejo con Don Rafael y que mi abuela Lidia estaría donde Doña Rosario toda la tarde. A ellos nunca se les veía alegrarse por mi llegada; mi abuelo se la pasaba tomando cerveza y hablando babosadas de fútbol y del Santa Fe, mientras mi abuela se desesperaba y le empezaba a alegar. A mí siempre me gritaba y me decía “éche a ver pa‘la cocina” y me mandaba a desgranar alverjas y a pelar mazorcas. La verdad no me importaba que mis abuelos no se alegraran de verme, porque a mí tampoco era que me gustara mucho ir por allá
Como mis abuelos no querían cuidarme, le pidió a Doña Graciela, la de la tienda, el favor. Pero ella le contestó cortante que ya tenía a todos los nietos y que qué pena, pero que no podía con otro chino más.
Sin haber encontrado con quien dejarme, me encerró el apartamento y siguió con el plan de fiesta. Esa noche, apenas salió me di cuenta que había dejado la llave en la chapa y le puse la tranca a la puerta desde adentro de modo que cuando ella llegara no pudiera entrar. Yo me reía en silencio al escuchar cómo intentaba meterle la llave a la chapa sin poder atinarle, a las cuatro y media de la mañana. Le tocó aguantarse la borrachera durmiendo acostada en el piso contra la puerta del apartamento. Apenas me desperté, le quité la tranca y me metí corriendo a mi cuarto. Me imagino que después de que el dolor de cabeza la despertara, logró por fin entrar para esfumarse entre las tinieblas de su cuarto. Allí pasaba horas enteras aguantándose la resaca hasta que decidía salir para prepararse algo de comer y por ahí derecho darme el primer bocado del día. Luego me afanaba para salir corriendo a misa y no llegar tarde.
Pero ese sábado no sería igual ni tampoco el domingo que le seguía.
Luego de haberla acompañado al centro a hacer unas vueltas, llamó a mis abuelos desde un teléfono público y les pidió el favor de siempre. Mi abuelo ya había salido para su torneo de tejo y mi abuela le dijo que no era un buen día.
Mi mamá esperó a que yo me quedara dormida para irse. Salió convencida de que yo iba a dormir toda la noche pero me la pasé en vela. Ella seguro supuso que en la mañana, mientras se hacia una changua para mitigar el guayabo, yo me despertaría para ir a misa como todos los domingos allá en Villa Javier: ella a purgar sus pecados de la noche anterior y yo a rezarle a Dios por misericordia. Como siempre, le dije hasta mañana, me metí debajo de las cobijas, apagué la luz y me hice la dormida. Al rato, mi mamá se fijó que estuviera quieta en mi cama y convencida de que entonces yo soñaba, cerró la puerta, salió y se fue. Apenas escuché que cerró la puerta, me salí de las cobijas pesadas por la humedad y corrí a la ventana de la sala para verla salir. Mientras se alejaba caminaba contenta, meneándose como si se imaginara bailando con el Juan bobo ese. Iba saltando ligeramente en las puntas de los pies, casi como si flotara.
Al rato de haber salido mi mamá, fui a la cocina a jugar. Abrí los cajones haciendo de cuenta que estaba cocinando, saqué las ollas y me preparé un festín invisible. Esa noche la cena fue ajiaco y de postre comí flan con caramelo. Al terminar guardé todo en su sitio para que mi mamá no perdiera el genio al otro día y me castigara. Cuando la resaca le caía mal decidía desquitarse conmigo.
Luego de la cena recorrí todo el apartamento. Imaginaba que estaba en mi castillo encantado. Con todas las luces apagadas el apartamento era bastante miedoso pero me sentía libre y tranquila en el silencio y la oscuridad. Allí estaba en mi dominio y aunque estaba sola, me sentía segura. Podía imaginarme todo lo que quisiera sin correr el riesgo de que algún adulto interrumpiera mi fantasía. Tomaba el té mientras jugaba una partida de dominó con un gato de rayas verdes y amarillas que tenía dientes de oro. Luego mi Unicornio blanco venía para llevarme a galopar por su tierra mágica. Me encantaba abrazarlo y acurrucarme a su crin de plata brillante. Luego de un largo recorrido, descansamos debajo de un sauce frondoso donde nos sentamos a armar estrellas con las hebras de su crin. Luego, el duende que vivía dentro del sauce salía a jugar a las escondidillas. Reíamos mucho y corríamos hasta el cansancio.
Mientras perseguía al duende, me perdí en un bosque profundo, donde el viento era cálido y delicado. Había tres sapos rojos que cantaban una canción triste a la orilla de una laguna. Me sumergí en las aguas azules cristalinas y nadé hasta el fondo con la guía de los sapos. Allá, un gigantesco pez de oro se me acercó nadando lentamente y me rodeó de algas. Su brillo dorado era tan intenso que tuve que cerrar los ojos y quedé paralizada. Las algas comenzaron a juntarse y formaron una cobija tan suave que parecía hecha de algodón. El pez me tomó por una pierna y me ayudó a salir del agua. Cuando salí, sentí frío, pero en ese momento el hada blanca vino por mí y me envolvió con la cobija de algas que me hizo el pez. Flotando llegamos de nuevo a mi cama, donde el hada finalmente me adormeció con sus dulces cantos.
Debieron ser las seis de la mañana cuando desperté. Mi mamá no había llegado. Su cama seguía tendida igual a como la había dejado desde el día anterior. Traté de abrir la puerta para ver si tal vez estaba echada en el piso como el fin de semana anterior, pero la puerta estaba cerrada desde afuera y no pude abrirla. Recorrí el apartamento esperando que en cualquier momento llegara. Los minutos se convirtieron en horas que pasaban lentamente. Me moría de hambre y quería algo de comer pero como estaba encerrada  no podía ni siquiera ir a la tienda de Doña Graciela. Ella era siempre amable y nunca me negaba bocado. Tenía mucho antojo de una mogolla fresca y un chocolate caliente.
En ese momento me sentía sola y abandonada, lloraba desconsoladamente mientras caminaba por el apartamento. Como no podía salir por la puerta me dispuse a encontrar una solución. Luego de forzarla, logré abrir una de las ventanas de la sala y saqué la cabeza para mirar hacia la plazoleta a ver si de pronto veía a mi mamá llegar, pero no alcanzaba a sacar la cabeza lo suficiente. Entonces acerqué la banca que mi mamá tenía en la cocina al borde de la ventana para lograr ver más allá. Me subí y desde ahí pude observar la plazoleta. También pude ver el cielo gris desde más cerca y sentir las goticas diminutas del rocío que me refrescaron la cara. Desesperada por el hambre y asustada por la soledad me aferré a mi cobija y me lancé al vacío en plan de vuelo. Quería estar afuera, quería liberarme de mi soledad, salir de mi encierro. El alarido de la vecina que me descubrió en el tejar que cubre el corredor del primer piso del edificio se escuchó por toda la unidad y despertó a  muchos de los curiosos que acudieron a verme. Quizás fue el estruendo de mi caída lo que la despertó esa mañana. Cuando los cuerpos de seguridad llegaron a preguntar a los vecinos sobre los hechos, ya entonces era demasiado tarde.
¿A qué horas habrá llegado mi mamá? ¿Llegaría a hacerse la changua? ¿Cómo la habrán recibido las noticias? ¿Lloraría? Pero ya para qué, era demasiado tarde y  no había nada que hacer. Yo me había ido y por fin era libre. Ya no volvería más a sentir abandono y no tendría que pasar más noches en vela; mis alas se abrieron en el descenso y los ángeles me acompañan desde aquí.

Ana María Delgado Vázquez
Escritora y fotógrafa colombiana, vive en Sacramento, California, donde trabaja como traductora e intérprete. Estudió Periodismo e Idiomas en la Universidad Estatal de California, Monterrey Bay. Es madre de Samuel, quien le ha ayudado a ver el mundo con otros ojos. “Las alas se abren en el descenso” es su opera prima.

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