Número 112 • Sábado, Agosto 2 de 2008 • Inicio CuentosMarginalias Fotografía Contacto  •

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

Ficción de la semana

Garbage
por Darío Ruiz Gómez

Desde la ventana del aula de clase se alcanzaba a ver el costado izquierdo del edificio, un parqueadero a manera de rampa se elevaba sobre el nivel de la calle y lindaba con el edificio donde estaba él, más allá se alcanzaba a ver un estrecho edificio de dos pisos en cuya azotea se amontonaban cajas ya inservibles de madera y un cilindro de gas; la vista, remataba en la culata de un alto edificio de oficinas. El ruido incesante de la calle hacía temblar el vidrio de las ventanas, las hacía trepidar el paso de algún helicóptero, ni siquiera las ventanas cerradas lograban mitigar aquel bullicio.
Los dos primeros pisos del edificio estaban ocupados por oficinas del gobierno municipal, concretamente por oficinas encargadas del recaudo de un impuesto, de manera que a las horas de entrada y salida de la jornada de trabajo y estudio, todo se convertía en una confusión de gentes, empleados, ciudadanos que acudían a pagar, curiosos, y, las muchachas y muchachos que acudían al Centro de Estudios, lo que daba una nota más alocada a aquella abigarrada concurrencia en sus ires y venires por el estrecho hall y las más aún estrechas escaleras de los dos pisos que ocupaba la entidad docente. Estaban además las dos filas que esperaban subir en los dos pequeños ascensores en uso.
En el espacio entre los ascensores había un aviso escrito a mano donde se leía: “Hacer ejercicio le conviene a su salud. Suba a pie”. Este consejo habitualmente lo seguían los más jóvenes porque los empleados y profesores esperaban el ascensor. Hacía dos semanas ya que el curso había comenzado. Para él las clases eran terriblemente aburridoras con profesores sin ninguna calidad académica y que por su pinta casi chabacana parecían haber sido sacados de algún trabajo humilde o de un afrentoso desempleo e improvisados como profesores. La profesora de inglés se dedicaba durante 45 minutos a hablar con ella misma, sin mirar a los alumnos, su método consistía en repetir conversaciones, monólogos de algunas películas famosas.
A veces, de puro aburrimiento, abría él su cuaderno de notas y se daba cuenta de que permanecía en blanco, ni un apunte sobre alguna materia, ni una frase tomada como referencia de la filosofía del programa en el cual se había inscrito: “Proyecciones actuales del marketing”, “Perfil de los nuevos clientes”, “Sin nuevos productos a ofrecer no hay nuevos clientes”, materias cuyo conocimiento le iban a permitir, supuestamente, no sólo salir de la pobreza sino acceder al mundo de la alta mercadería. Para esto lo habían enviado sus padres. Haciendo el sacrificio de pagar la matricula.
La muchacha que se sentaba a su lado parecía dormitar, cansada de alguna fiesta de la noche anterior: le sobresalía, oronda, la barriga, las gruesas llantas de su cintura, el pellejo amarillo, el bluyin lustroso, los grandes y descomunales brazos, ni lo saludaba. Pero al tercer día y en la cafetería de la esquina conoció a un compañero de curso, un muchacho de pocas palabras pero inesperadamente seguro de lo que hablaba, sobre todo de la información que tenía sobre lo que estaba sucediendo en lo que para él era el mundo, su mundo: la música del universo rock. De manera que tuvo entonces la impresión de que el muchacho había vivido mucho tiempo en las ciudades que describía, Miami, Nueva York. De hecho muchas de sus expresiones eran en inglés.
El muchacho llevaba una gran libreta de apuntes con la foto de una modelo semidesnuda en ambas tapas. Lo que sí le llamó la atención fue la manera en que el muchacho en cada clase fingía que tomaba notas y lo hacía a un ritmo en que daba la impresión de que en realidad lo que estaba haciendo era transcribir fielmente como un taquígrafo lo que cada uno de aquellos patéticos profesores decía. Alguna vez creyó ver su inconfundible figura en el metro, una mañana cuando el sol apenas se insinuaba y desde el viaducto la ciudad se ve bajo una gasa de niebla. Y la mañana estaba llena de gente presurosa marchando al trabajo, al estudio. En los rostros de las gentes estaba marcado el mismo gesto de miedo y desconfianza.
A lo largo del su recorrido desde su casa hasta la estación él avanzaba con temor, tratando de que nadie notara su presencia, tratando de que ningún grupo de jóvenes violentos reparara en él, algunas veces veía los cadáveres de muchachos, de ancianos, a veces de niños tirados en la calle. No sabía en realidad porqué lograba cruzar hacia el metro y regresar por la tarde sin que se hubiera topado con una balacera, sin que ningún violento le saliera al paso. San José, la Virgen y el niño Dios. El pulcro hogar santificado por el amor: ¿Cómo podrían los criminales ver a tan anacrónicos personajes? La modestia ya no se ve. Lo que lo llevaba a pensar que si los asesinos no se metían con ellos es porque ellos eran invisibles. Y entonces se sentía invadido de una gran paz interior, con el derecho a observar libremente aquella diaria parafernalia. Había aterrizado en las ruinas del futuro.
El compañero de estudios llevaba un chaquetón de cuero con calaveras de metal incrustadas en ambos hombros, la cabeza de pelo hirsuto bamboleándose al ritmo del rock que escuchaba, las pesadas y burdas botas sonando sobre el cemento de la acera: la misma figura de un juego de video que había conocido en una tienda cercana a la estación del metro en el Centro. Lo cual le producía una desazón interior que no cesaba ni con el reposo y cuyo origen desconocía: parecía provenir –así lo asociaba– de los mezclados olores de las calles, verduras frescas o podridas, baterías, utensilios de cocina, cuchillas de afeitar made in Taiwán, made in Hong Kong. Olores de las gentes que parecían no haber dormido nunca y gesticulaban llenas de tedio, el tufo de sus eructos, de su incapacidad para replantearle otras funciones a su cuerpo: las autopistas virtuales, la trepidante música de los vendedores de Cds clonados, mezcla de música criolla, rap, reggae, rock, desenfadada, brutal, apestosa como un dedo.
Nadie está en su sitio, nadie tiene por la noche a donde regresar.
Al hacer un paneo sobre el resto de los condiscípulos descubrió que también ellos parecían surgidos no de las calles violentas de sus barrios sino de las autopistas de las pantallas, de aquellas batallas de escenarios digitales con motocicletas como fieras mecánicas y matones con la pinta de Michael Jackson y de Prince, el choque de los vehículos, el estallido de la mancha roja, la risa gangosa de los gladiadores. Todo cobró de repente ante él un aire irreal y llegó momentáneamente a creer que aquellas calles que observaba desde su pupitre, eran las calles de una ciudad virtual en la cual mediante una broma del muchacho había sido introducido para siempre.
Todos estaban a la espera de algo indefinido, a la espera de un vocabulario, de una nomenclatura urbana.
Grandes párrafos en inglés con instrucciones para utilizar una olla eléctrica, un walkman, un equipo de gimnasia, un cortador de verduras, una procesadora de alimentos, un destapador de latas de comida, un sacacorchos, un limpiador de ventanas. Al envolverlo aquella lengua extranjera se dio cuenta de que había comenzado a sentirse aislado, a sentirse analfabeto ante la prepotencia de un idioma donde se identificaban estos arrebatados personajes.
Dejaba a veces que los ojos se marcharan por pura inercia hacia las regiones del aburrimiento mientras el flaco de mercadotecnia abría sus labiecitos y esparcía en el salón su podrida halitosis: la calle aparecía espontáneamente, a lado y lado solo locales de juegos electrónicos. Ahí aparecía el muchacho del chaquetón como el virtuoso maestro de ceremonias.
Las gentes de su barrio a excepción de los muchachos de las bandas armadas eran todas de aspecto campesino, su casa tenia huerta. Las gentes que abarrotaban las salas parecían sacadas directamente de las pantallas, así eran sus modales, así era su facha.
Un notable contraste entre la fealdad y pobreza del sector y aquellas autopistas, aquellos autodromos, aquellos desiertos, bares. Volver a esta realidad era hiriente.
El condiscípulo del chaquetón iba y venia de una sala a otra, entre la neblina de los ambientes, refiriendo su propia realidad, su única realidad, olor a bazuco y marihuana, leve polvillo de cocaína escapado de una nariz ansiosa y que flotaba entre los colores, los chirridos, los grandes choques, los improperios de una raza que dominaba ya los paisajes del mundo.
De la estación del metro al Centro de Estudios él debía hacer un recorrido de cuatro cuadras en medio de este abarrotado paisaje de vendedores chillones, energúmenos, asolado además por una pequeña banda de atracadores, de mujeres carteristas. El muchacho del chaquetón de calaveras parecía caminar a saltos pero inmerso en el espacio de su música, repetía, de pronto el mismo estribillo: “Basura, basura, el mundo no es más que una basura/ reviéntalo, reviéntalo, el mundo no es más que una basura!” y él se dio cuenta de que entre la jauría que fumaba marihuana y bazuco en los estrechos pasillos de la institución educativa estos monólogos eran una forma de comunicación entre todos ellos pero a la vez el lenguaje cifrado desde el cual se impartían órdenes, se hacían proyectos para nuevas actividades en las calles, dentro del Instituto.
Se sentía caminando bajo los inflamados rayos de sol en alguno de aquellos desiertos, el árido paisaje, las infinitas dunas, roquedales, líneas de aburridos cactus, y la cinta maltrecha de la carretera por donde circulaban los obsesivos vehículos, los agresivos protagonistas de aquellos desafíos: se olía el rastro de la gasolina al convertirse en una despiadada nube rojiza. La explosión desperdigaba los vehículos, rodaban cabezas destripadas como un tomate maduro, los trozos de alerones, de parachoques, las retorcidas columnas de las vallas publicitarias.
El brutal choque y morir. Morir y desaparecer para siempre como un anónimo mecanismo cuyas partes se desperdigan, se oxidan inexorablemente en las cunetas.
Se llenaba de esta certeza al asociar el enloquecido tráfico, al helicóptero con sus aspas gigantes como una monstruosa langosta, con esas autopistas despiadadas y tenia la evidencia de que nos movemos la mitad del tiempo en juegos planeados por otros.
Esta mañana se dio cuenta de que el “Renault 9” que los tres días anteriores había estado intentando aparcar sin conseguirlo, lo había logrado por fin y sobre la rampa se había colocado exactamente al costado del edificio. Lo extraño y a la vez curioso es que del viejo vehículo se bajó el condiscípulo de pelo hirsuto y la holgada chaqueta de cuero con las calaveras. Y lo verdaderamente curioso es que el muchacho se detuvo un instante y lo ubicó a él con su mirada. Entonces levantó la mano al comprobar que él lo estaba observando y con el dedo gordo hacia abajo, como profiriendo una amenaza se dio vuelta y atravesó la puerta del parqueadero, seguramente seguía repitiendo el monótono estribillo: “reviéntalo, reviéntalo que el mundo no es más que una basura...”.
Fue cuando, de inmediato se oyó el primer disparo y los gritos de alerta de los guardias. Se dio cuenta de que el muchacho avanzaba a gran velocidad hacia la esquina sur por la estrecha calle y efectivamente lo vio aparecer por última vez mientras los guardias disparaban al aire hasta que vio cómo la gente despavorida corría detrás de los guardias y se perdía buscando la dirección sur-oriente para cruzar una avenida y alcanzar refugio en las calles del barrio cercano.
Durante tres días anteriores el “Renault 9” no pudo aparcar sobre la rampa y él había seguido sus movimientos, las disputas con los empleados del parqueadero. Siempre a la misma hora: las ocho de la mañana. Ahora eran las nueve de la mañana y ya el edificio estaba repleto de estudiantes, de burócratas, de ciudadanos. ¿Cómo el “Renault 9” logró aparcar por fin y de dónde había aparecido el muchacho conduciéndolo? ¿Había comprado al empleado del aparcadero? ¿Le había dado dinero?
El profesor de mercadeo detuvo su clase y comenzó a gemir sin reato alguno. Todos los condiscípulos empezaron a llorar dando gritos destemplados, puestos muchos de rodillas, derrumbados, blasfemando al darse cuenta de que tanto los ascensores como las estrechas escaleras estaban más que congestionadas, taponadas de gentes empavorecidas que se atropellaban tratando de salir, los más débiles habían caído al suelo, alguien había cerrado las puertas alternas de evacuación y la multitud agolpada en los estrechos pasillos gritaba reclamando ayuda, al Señor, a la Virgen María.
A la película que se rodaba le hacían falta los títulos en español.
Por la calle otros guardias disparaban al aire y se alejaban con la multitud que huía del lugar: esto era ya a estas alturas una autopista virtual con choques de vehículos, gentes despanzurradas en las aceras víctimas del pánico colectivo. ¿Cuántos kilos de ánfor estaban listos para estallar y cuántos edificios arrasarían al estallar? El pensó solamente en algo que era en realidad un deseo allí en medio del delirio del salón de clase: tener un walkman para estar escuchando su música preferida en el momento ya inminente en que explotara el viejo “Renault 9” de un color mostaza mareado.

Darío Ruiz Gómez
Escritor, poeta y ensayista colombiano. Vive y trabaja en Medellín
Es autor de: Para que no se olvide su nombre, La ternura que tengo para vos, Para decirle adiós a mamá, Tierra de paganos, Sombra de rosa y vino, cuento. Hojas en el patio, En voz baja, novelas. Señales en el techo de la casa, Geografía, A la sombra del ángel, La muchacha de la leyenda, poesía. De la razón a la soledad, Tarea crítica sobre arte, Tarea crítica sobre arquitectura, Tarea de lector, Proceso de la cultura en Antioquia, Cajón de sastre, Diario de ciudad, ensayo. Ha sido incluido en numerosas antologías de cuento y poesía. Poemas y cuentos suyos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano, árabe. 

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