Número 111 • Sábado, Julio 26 de 2008 • Inicio CuentosMarginaliasFotografía Contacto  •

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

El cuento de la semana

La culpa fue del muerto*
Por Román Castañeda Sepúlveda

—Parce ¿te acordás de Jaime?


El conserje introdujo la llave convencido de que el cerrojo de seguridad estaba puesto. La giró, corriendo sólo el machuelo que mantiene la puerta cerrada. Miró sorprendido los rostros ansiosos de la esposa y el hijo del doctor García, jefe del área de operaciones de la empresa.
García era apreciado por su apoyo incondicional a los programas de bienestar y desarrollo humano. Siempre de buen talante y con un humor habilidoso que mezclaba chistes rosa con agudas ironías, atendía con cordialidad y modales esmerados la más ácida de las quejas, la más desgarradora de las penas, el desvío más intrincado de un trámite; y cortaba de tajo las lisonjas con una frase que algunos subalternos habían adoptado como consigna: “No se felicita a nadie por hacer bien su trabajo”.
No figuraba en el panteón de ejecutivos de alta gerencia, a quienes se atribuía el éxito que la empresa venía sosteniendo a lo largo de la última década. Pero era claro que la eficacia de las decisiones acordadas y el desempeño impecable de los procedimientos adoptados descansaba en sus manos. Contra todo pronóstico, no perdía el sosiego con la carga ni se obsesionaba con los estímulos. Sólo se quedaba en la oficina después de terminada la jornada, obedeciendo a la ética de ponerle el hombro a un gerente acosado por un plazo a punto de acabar, o desorientado en un laberinto de pasos de gestión. Tenía la convicción de que un trabajo que se robara el tiempo de la familia era un mal trabajo o estaba mal ejecutado.
Gozaba de un amor sin refinamientos, pero mutuo y auténtico, con su esposa, que los había llevado al altar hacía 25 años y había florecido con dos hijos, ahora universitarios, de los que era más cómplice que padre. Desde esa atalaya atisbaba, con inquietud y a veces con desilusión, los fracasos emocionales de los colegas que se aventuraban en los mares bravos de pasiones intensas pero efímeras, sin apreciar el poder estabilizador de la complicidad y el placer de la camaradería.
Los amigos íntimos no eran muchos, pero eran entrañables y de antigua data, y los vecinos contaban siempre con su ánimo para festejar los fines de año al modo tradicional, intercambiando platos de natilla con buñuelos y hojuelas, haciendo pesebres y árboles de navidad, colocando guirnaldas con bombillitas intermitentes y rezando novenas al niño Dios en las casas de la cuadra de su condominio.
Al igual que algunos colegas, el conserje profesaba una envidia sana por la felicidad permanente y sin aspavientos del doctor García. Por eso, se sorprendió con la visita tempranera de la esposa:
– Pedro, Luis Ernesto no ha aparecido desde anoche. ¿Usted lo ha visto?
– ¿Al doctor García? Desde ayer no lo veo, y de haberse quedado en la oficina, el portero de la noche me lo hubiera informado. Permítame un momento, lo llamo y verifico.
El conserje tomó el auricular, mientras la esposa del doctor García continuaba narrando, a quien quisiera escuchar, su odisea de llamadas a los familiares, a los hospitales, a la morgue, buscándolo sin éxito durante toda la noche, teniendo que soportar los comentarios picantes de los policías que, después de registrar calabozos con borrachos trasnochados que servían de almohada a putas de esquina, le insinuaban que debía estar perdido en un motel con alguna nena entre las piernas. Se madrugó para la empresa cuando ya no tuvo otro rincón donde buscar que la propia oficina del marido.
Interrumpió cuando el conserje empezó a hablarle al auricular, y observó sus gestos con atención. El conserje colgó el aparato.
– Él no recuerda haberlo visto salir, pero las rondas nocturnas por las oficinas tampoco lo reportaron. Todos se fueron cuando terminó el partido de fútbol.
Como parte del reconocimiento a la buena gestión durante el semestre, la presidencia de la empresa había autorizado la proyección, en directo, del partido que definía la clasificación de la selección nacional a la final de la Copa América. A las 4:30 de la tarde del día anterior, casi todos los empleados se dirigieron al auditorio, para ver el juego en los monitores de pantalla gigante. Los porteros del edificio tuvieron a disposición pequeños receptores para seguir a tramos la marcha del partido mientras vigilaban el acceso. Nadie llegó durante esas dos horas. La ciudad entera estaba atenta al desempeño de la selección.
García se quedó en la oficina. No le veía la gracia al fútbol y le parecían desmesuradas sus fiestas de disfraces en las graderías y las hordas de orcos furiosos, vomitadas por las fauces de los estadios al término de los partidos, para enfrentarse a la policía y arrasar todo a su paso.
Con el pitazo final del árbitro, los empleados se arremolinaron a la salida para irse a celebrar el triunfo. Eufóricos como estaban, nadie echó de menos al doctor García. Ni siquiera los porteros del edificio. Esa noche sólo hizo falta en su casa.
– Vamos a la oficina. Tal vez encontremos alguna pista allá – dijo la esposa.
–No lo creo – repuso el conserje, y añadió – ¿Está segura de haber preguntado ya en todas partes?
– Sin falta. Sólo queda la oficina, Pedro. Vamos por favor – insistió la esposa.
Ahora, con la llave sosteniendo el machuelo y un gesto de incertidumbre en la cara, el conserje empujó la puerta de la oficina del doctor García. No consiguió abrirla: un obstáculo que cuñaba el ala en la parte de abajo impedía el acceso. Apoyando el hombro, logró abrir un vano suficiente para que una persona pudiera entrar. Las luces interiores estaban apagadas y no era posible distinguir la naturaleza del bulto que yacía en el piso.
El conserje entró y encendió la luz. Un segundo de silencio, un segundo espeso por la expectativa de todos, restallada por el alarido de una blasfemia proferida desde adentro:
– ¡Hijo de puta! ¡Mataron al doctor García!
Las reacciones de sorpresa y dolor fueron instantáneas. Los ejecutivos que habían llegado antes del comienzo de la jornada, se arremolinaron incrédulos en el pasillo. En fila india, la gente fue llenando la oficina. La intensidad de las expresiones aumentó, en particular las de la esposa y el hijo, que se desparramaron en un llanto inconsolable, y tuvieron que reprimir el impulso de acariciar los despojos amados, cuando alguien gritó afuera:
– ¡No toquen nada que voy a llamar a la fiscalía!
Salieron con precaución para no alterar la escena del crimen y, con los nervios de punta, ocuparon pasillos y salas de estar. Cuando los de la fiscalía llegaron, no había nadie en la oficina y la puerta había sido cerrada de nuevo. Los miembros de la junta directiva los recibieron. Cruzaron saludos. Hicieron preguntas y recopilaron las respuestas. Acordonaron el sitio con cintas de plástico anaranjadas y pidieron al personal desalojarlo.
Luego de dar el pésame a la familia, el presidente en persona se dirigió a todos sus subalternos y les ordenó comenzar las labores. Se comprometió a mantenerlos informados, a tomar las medidas que la investigación requiriera y a coordinar los ritos funerarios.
Dispuestos con el equipo necesario, los agentes pasaron por encima de una masa sanguinolenta, cruzada por cuarenta y dos heridas de puñal. Unas horas más tarde, la autopsia revelaría que apenas cuatro de ellas le comprometieron órganos y funciones vitales, aunque sin producirle una muerte instantánea: una punzada profunda en el pulmón izquierdo que, al parecer le buscó el corazón, pero por azar del destino no alcanzó a interesárselo; un tajo limpio en la base del cuello que le perforó la yugular y le rompió la tráquea; una herida que le descuajó la tercera parte del riñón izquierdo y otra, en la parte interior del muslo derecho, que le rompió la arteria femoral. Hubiera sobrevivido a los demás cortes, en su mayoría poco profundos aunque algunos de longitud considerable, que se repartían en brazos, muslos y costados. Cabeza y rostro estaban intactos. La cara tenía un rictus extraño a la alegría y a la risa fácil que se le vio en vida.
El cadáver de García estaba en mangas de camisa. Su saco estaba colgado del perchero, como acostumbraba ponerlo cuando llegaba en las mañanas. Las cosas en su escritorio parecían estar en los lugares correspondientes y no había signos de violencia sobre los objetos. Ni siquiera había faltantes, como corroboró después la fiscalía. Tampoco los hubo en ninguna oficina aledaña. Sólo brochazos de sangre en la silla y el charco medio seco en la alfombra.
Estas observaciones, junto con el dictamen de la autopsia, condujeron a la fiscalía a la hipótesis de que el doctor García había sido atacado de frente, mientras estaba sentado. Aunque forcejeó mientras era acometido sin pausa por el asesino, debió desplomarse a los pies de la silla. El asesino lo abandonó cuando lo vio yerto sobre el piso. Los ruidos que pudieron derivarse del forcejeo no fueron escuchados, no sólo porque el doctor García atendía siempre a puerta cerrada, sino también porque todo el mundo andaba ensordecido con la batahola del partido de fútbol.
Herido de muerte, se arrastró hasta la puerta luego de que el asesino apagara la luz y se marchara cerrándola tras de sí. No pudo incorporarse para abrirla. La agonía no debió ser larga. García murió con el cuerpo en una posición que impidió la salida de la de sangre al pasillo. Las prisas después del partido completaron el cuadro a favor de la huida silenciosa del asesino. Con la luz interior de la oficina apagada, la puerta trancada como si tuviera puestos los cerrojos de seguridad y ningún rasgo particular en los alrededores, era natural que el vigilante nocturno no hubiera reportado anomalías en su ronda.
El cuadro criminalístico del suceso era tan convencional, tan de texto básico para detectives, que la captura del asesino se produjo pocos días después. En los rastros del forcejeo se halló material suficiente para pruebas fidedignas de ADN; además, se encontraron huellas dactilares suficientes y se dispuso del registro detallado de los visitantes durante el día del homicidio; por otra parte, los colegas tenían coartadas fácilmente verificables. El asesino resultó ser un visitante ajeno a la empresa y desconocido para todos, incluso para los familiares del doctor García. En lugar de oponer resistencia en el momento de su captura, confesó haber cometido el crimen “por razones personales” que pasaron a ser reserva del sumario.
La inconfundible modalidad de crimen pasional, establecida por los funcionarios que hicieron el levantamiento del cadáver y verificada con lágrimas en los ojos por familiares y colegas, ensombreció, de manera inesperada, la imagen del doctor García en vida. Ni su cordialidad en el trato, ni su solidaridad humana, ni su excelente desempeño profesional, ni su falta de ambición por el poder lo mantuvieron a salvo de una sanción social inmisericorde, que comenzó a aplicarse en la empresa, durante las pausas para el café, y en la salas de las casas del condominio, en las semanas siguientes al sepelio.
Algunos quisieron ver un amaneramiento dudoso en sus modales refinados, su dicción preciosista y su esmero por no dejarse arrebatar por tonos ampulosos o ademanes vehementes; un amaneramiento que les permitió afincar la sospecha anodina de una vida paralela, en la que García se agitaba en medio de romances tormentosos con mancebos, que lo llevaron a la muerte. Otros prefirieron la especie de una posible seducción a la esposa de algún maniático celoso, incluso de un mafioso, o tal vez una salida en falso con la novia o la hermana de un muchacho de bajo mundo, de un sicario. La mayoría se regodeó en la hipótesis de una vida sórdida, pues detrás de tanta perfección pública lo que siempre se oculta es un secreto privado descomunal. Conjeturas más crueles que el asesinato mismo, porque apuñalaban, no sólo sin piedad sino también sin razón comprobada, la integridad de quien se había entregado en vida a los que lo despedazaban muerto.
Los leales a su memoria, escandalizados por las murmuraciones, lo defendieron con el relato de su firmeza ante las presiones agresivas de gentes de mala ley que, a punta de contrabando y de intimidación, habían logrado dominar el mercado local de suministros. García había diseñado un plan de abastecimiento eficaz, que dirigía el grueso del capital de operaciones de la empresa a proveedores no contaminados de fuera de la ciudad. La privación de las jugosas ganancias había llevado a los matones de puerto, primero a amenazarle y después a arrebatarle la vida en un homicidio alevoso, ejecutado de manera que pusiera en entredicho su integridad personal.
Pero el día de su muerte, los colegas, familiares y amigos colmaron la oficina, luego de que la fiscalía diera por terminada su inspección y el cadáver fuera remitido a la morgue para la autopsia de oficio. La estancia fue llenándose de cirios conmemorativos, colocados en pebeteros improvisados con frascos de café y pisapapeles, encendidos de manera espontánea por los presentes, muchos de los cuales, visiblemente afligidos, escribieron mensajes del alma en hojas de bloc, que desparramaron en el piso, tapando la insolente mancha de sangre. Una fotografía de García apareció sobre el escritorio de la improvisada capilla.
Todos se marcharon a la mañana siguiente, día de duelo institucional decretado por la junta directiva de la empresa, a cumplir con el sepelio. Entre los golpes secos de las paladas de tierra sobre la tapa del féretro, un borracho advenedizo, olvidado en el cementerio por un funeral anterior, farfulló la premonición a espaldas de los que estaban ocupados secándose las lágrimas, sonándose la nariz y encendiendo veladoras:
– La culpa fue del muerto.

* La culpa fue del muerto hace parte de la colección de relatos, inédito, del mismo nombre.

Román Castañeda Sepúlveda
Físico y escritor colombiano. Vive y trabaja en Medellín.
Profesor Titular Escuela de Física Universidad Nacional de Colombia. Sede Medellín.
Es autor de: Hojas de Arce, historias de pocas palabras. Colección Antorcha y Daga, Fondo Editorial Eafit, Medellín, 2003. Textos inéditos. La culpa fue del muerto (colección de 11 relatos) y El Cristal Maravilloso (novela corta de 19 capítulos del género maravilloso). Es autor de artículos en revistas científicas internacionales especializadas y ponencias en eventos científicos del área de óptica. Ha participado en por lo menos siete libros científicos en el área de la física.

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