Número 110 • Sábado, Julio 19 de 2008 • Inicio CuentosMarginaliasFotografía Contacto  •

No olvidemos la liberación de todos los secuestrados ¡TODOS!
 
 

El cuento de la semana

La oración de Manuel*
Por José Zuleta Ortiz

Manuel vive en Jericó, su madre está enferma y su padre lo lleva a misa por un claro camino que desciende de una montaña. Desde la altura del sendero se ve el pueblo: su plaza cuadrada, sus calles rectas, la cúpula de la iglesia. El trayecto es largo, deben caminar una hora desde la casa de las palmas, donde viven, hasta el centro del poblado.
Por el camino oyen el badajo golpeando las campanas y aprietan el paso para no llegar tarde. Manuel va mirando los cámbulos, las acacias florecidas, su padre debe tomarlo de la mano para que no se retrase. Más adelante el padre siente el sudor de Manuel, y le suelta para que no se fatigue; Manuel se distrae mirando azulejos, silgas, toches, pomarrosas. Oyen un chillido muy agudo en la altura; buscan en el cielo y ven un águila suspendida en el aire mirando hacia la tierra. Aletea inmóvil, ulula, emite un hilo de sonido que lastima; de pronto, el ave rapaz se vuelve flecha y desciende en picada, parece que se fuera a estrellar contra la tierra. A un metro del suelo frena en el aire y, con elegancia, como recogiendo algo olvidado, toma de la hierba una serpiente y la eleva hacia el cielo. La serpiente lucha por soltarse de las garras del águila; arrancada del suelo y arrastrada hacia el fondo del aire, muerde al águila luchando por volver a la extensa superficie de la tierra; el águila vuela mientras golpea con su garfio rapaz la espina dorsal de la serpiente. Manuel siente terror de lo que ve, se prende a su padre y observa la lucha de las criaturas en el cielo; el padre siente el pánico del niño, lo abraza y le dice:
—En el ala del ave muere el vuelo.
El niño no entiende, esconde su rostro entre las ropas de su padre, mientras la lucha se va volando por el cielo. Los caminantes siguen su senda hacia la catedral de Jericó. El pueblo está vestido con el esplendor dominical. Los vecinos y campesinos acostumbrados a verse en trajes de faena, no se reconocen a causa de su fugaz elegancia: las altas flores sobre los cabellos recogidos de las damas, las primeras sombras en los ojos de las muchachas, los bien planchados sacos de los hombres, hacen que por unas pocas horas, todas las mañanas del domingo, sea ocasión para jugar a ser otros, para soñar con una belleza que sus vidas no tienen. Entran en la plaza y las familias se reúnen esperando los últimos toques de campana; Manuel se detiene ante la ruleta donde unos hombres juegan.
—León, mariposa, indio, águila, palmera, mujer, diamante, príncipe, serpiente: ¡hagan sus apuestas señores!
La rueda gira y las figuras se deforman en el vértigo de la suerte. Los campesinos se acercan a una tela de hule, donde están pintadas dentro de unos rectángulos las imágenes de la rueda.
—Serpiente, princesa, diamante... ¡hagan sus apuestas! —El padre de Manuel observa con escepticismo; Manuel mira las imágenes de la rueda que comienzan a detenerse y a recuperar sus formas.
—¡Señores no va más…! —dice el dueño de la ruleta y pone sobre la tela de las apuestas una vara de naranjo.
La rueda se va a detener en el águila pero un impulso final, incomprensible, la hace seguir hasta la serpiente. Algunos campesinos protestan y el ruidoso señor de la ruleta recoge el dinero, paga a un muchacho que había apostado una moneda a la serpiente. Suenan las campanas de la iglesia, los feligreses abandonan la plaza y se dirigen al recinto del templo.
Manuel y su padre se sientan, la gente se acomoda en las largas bancas de cedro, huele a Agua de Florida de Murray y Lanman, que usan los señores, y a Pachulí, el perfume que gusta a las señoras. Manuel mira los ires y venires del sacerdote, el diácono y los monaguillos; observa sus atuendos impecables, los solemnes movimientos, mira entre las filas del frente y juega a ver, fila por fila, a todos. Cuando termina de mirar a las personas de las filas del frente sigue con las de atrás; de pronto, entre la galería de rostros aparece el de una muchacha, como una fruta fresca olvidada, y la luz de esos ojos nuevos y la piel pomarrosa le hacen sentir algo naciente que jamás había sentido, algo igual a la emoción de un columpio de vuelo, al susto y al placer de un milagro; los ojos nuevos bajo las pobladas cejas, la sonrisa reciente, la tersa ingenuidad de dos asombros.
—Manuel, no mire para atrás… es mala educación.
La iglesia era silencio, sólo se oía a lo lejos el murmullo del sermón. Pensó en su madre enferma, en la lucha del águila y la serpiente, recordó la rueda de la ruleta girando, el rostro nuevo de la niña como un esplendor entre las sombras. Y comenzó su oración:
—Señor del cielo y de las cometas, del aire y de las luces, señor de los peces del río, de los nidos, señor de los juegos de todos los hermanos, y de la rueda que hace sufrir a los que apuestan, señor de las naranjas y de los caballos, señor, haga que la mamá se alivie y que el águila suelte a la serpiente, señor de la lluvia quiero que la rueda de la suerte nunca pare, para que nunca pase nada malo… Señor, que nadie gane ni pierda y que mi padre se duerma en esta misa para seguir mirando esa muchacha.
En el púlpito, el sacerdote dice:
—Señor... ayudadnos a no temerle, nos has enseñado que morir es toldar en tierra amiga...
Manuel mira a su padre y nota que está adormilado, o tal vez orando suave, elevado y profundo. Buscó atrás a la muchacha, la pomita de las cejas felices... ya no estaba... Manuel miró al altísimo techo de la catedral y a sus ojos regresa una imagen pintada sobre la mampostería de la bóveda: son dos manos que se acaban de soltar, o se buscan para tomarse.
Pensó si será verdad que Dios existe, y siente miedo de haber pensado si será verdad que Dios existe; pensó si la suerte es Dios, o si la suerte es la suerte, si sus oraciones serán oídas por alguien, o si será él, el único que las oye, y se promete orar para que no sea así, orar para que Dios exista. Se pregunta si será que la muerte es sólo silencio, y si en vez de morir, no sería mejor que algo nos apagara las voces y ser silencio, y seguir mirando la belleza.
El padre de Manuel se incorpora, toma a su hijo del brazo, comienzan a caminar por el gran corredor central de la iglesia; salen del templo. Manuel busca entre el tumulto el rostro, el esplendor de esa muchacha, pero nada.
Después de ir a la farmacia, retoman el camino de la montaña para volver a casa. Suben por el sendero, el sol radiaba la mañana. En silencio, padre e hijo, con el espíritu sosegado, caminan bajo los árboles. Llegan al lado de una quebrada que murmura y se detienen para descansar. El niño toma un poco de agua con la mano; está fresca, siente deseos de buscar guayabas y se aleja un poco del sendero; de pronto ve algo sobre la hojarasca, siente un agónico movimiento entre el matorral y se asusta. De un grito llama a su padre.
Viene el padre presuroso para ver qué ha ocurrido; sobre las hojas del bosque están el águila y la serpiente, ya no del aire una, ni de la tierra otra, sino de la muerte ambas. Asida la serpiente por la garra y anudada en las plumas de las alas.
El padre alza al niño y lo aleja de la escena.
Ya en el camino, Manuel pregunta: —Papá, ¿qué pasó...?
—Ninguna quiso ceder, ninguna se dio por vencida. Prefirieron morir, antes que ceder.
—Papá, tengo miedo.
En silencio siguieron caminando y ya no volvieron a hablar. Al llegar al portillo de la finca, aromas de leña, sobre el tejado de la casa humo azul. Una dicha veloz como de suerte apaciguó las almas de Manuel y de su padre. Manuel corrió a ver a su madre, entró a la gran cocina y allí estaba, sonriente de ver la felicidad que producía en su hijo la sola noticia de su presencia. Después de un abrazo salvador, Manuel preguntó:
—Mamá, ¿Dios existe?
Luego de unos instantes la madre respondió susurrando:
—Sí, hijo, sí existe, sólo que ya no alcanza para todos. Existe a veces, cada vez menos. No lo digas a nadie, es nuestro secreto.
 

*Del libro de cuentos La sonrisa trocada. Colección Axolotl, Hombre Nuevo Editores, 2008

José Zuleta
Escritor colombiano. Vive y trabaja en Cali.
Poeta, narrador y editor. Director de la revista de poesía Clave. Orienta el programa de talleres literarios “Libertad bajo Palabra” en las cárceles de Cali. Ha publicado: Las alas del súbdito, Premio Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos, Riosuciuo,Caldas, 2002. La linea de menta, poesía, Colección Escala de Jacob, 2005. irar otro mar, poesía, Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2006. Emprender la noche (antología poetica). La sonrisa trocada. 10 Relatos. Hombre Nuevo Editores. Medellín 2008.

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