Número 101 • Sábado, Mayo 17 de 2008 • Inicio • CuentosMarginalias Contacto

Grite por la liberación de TODOS los secuestrados 
 
 

Cuento de la semana

Cinco billetes verdes
Por José Guillermo Ánjel R.

1. Tribiño miró las cartas que mantenía entre los dedos. Se aflojó la corbata roja de pintas amarillas y verdes y volvió a revisar que esa mano de baraja fuera cierta. Tres reinas de papel cartón lo miraban fijo. Las otras dos cartas no valían nada. Se pasó la mano por el rostro afeitado a las carreras y puso la terna sobre la mesa. –Es lo que tengo-, dijo y miró a los compañeros de juego por entre el humo y la luz amarilla que provenía de una lámpara cubierta por una pantalla que en sus días debió haber sido bella. Ahora esa lámpara era una cosa vieja que colgaba del techo.
-Ganaste-,  susurró Efraín Paredes y los otros asintieron. El hombre de la corbata de pintas amarillas y verdes extendió la mano y atrajo las fichas hacia él. Entrecerró los ojos y una de las cejas le saltó. Tenía una cara larga y azulosa. La nariz fina se partía un poco en el puente.
-Gano-, respondió Tribiño al susurro de Efraín Paredes. –Y me voy ya-, acotó con voz sorda, como si se estuviera levantando de un banco donde lo fueran a fusilar. – Mi mujer sigue siendo mía-. Cuando estuvo parado, se acomodó mejor la camisa, tomó la chaqueta que colgaba en el espaldar de la silla y se miró los zapatos combinados. “Todavía me quedan estrechos”, se dijo. Los demás lo vieron salir con la chaqueta sobre el hombro. Caminaba lento, ofreciendo la espalda a un balazo o al abrazo de alguien que lo amara, pero allí no lo quería nadie, como está escrito que debe pasar en un salón de juego de cartas. Detrás de él quedaron los jugadores, la lámpara vieja y un abanico que daba vueltas en el techo produciendo más ruido que frescura. También quedaron el jarro grande donde había bebido café con ron y la baraja que había puesto un tal Simón Dunes, un extranjero que había llegado al puerto hacía un par de meses, cargando tres maletas y una cartera con muchos dólares. Hacía mucho tiempo que sobre la mesa de juego no aparecían esos billetes verdes y crujientes. Cinco de ellos iban en el bolsillo del hombre de la corbata roja con pintas amarillas y verdes.
-Se recuperó en el último momento-, dijo el doctor Jiménez, notario y adicto a todos los gobiernos, viéndolo salir. El abogado tenía la piel negra y acartonada y siempre lucía corbatines de colores vivos. 
-Si yo me ganara esa mujer no sabría qué hacer. Mi farmacia es conocida y ya sabes cómo son lo clientes-, dijo Efraín Paredes, mirándose un anillo con un brillante que tenía en el meñique. Era chiquito y redondo como un sapo y las gafas le convertían los ojos en algo así como dos pulgas.
-Esa mujer te queda grande-, anotó el doctor Jiménez. Simón Dunes parecía estar muy lejos.
 
2. -Supe que me apostaste de nuevo-, murmuró la mujer y siguió planchando una camisa blanca. A su lado, una radio soltaba un bolero de Agustín Lara.
-Ya debías estar dormida-, dijo Tribiño y se zafó la corbata que parecía, a la luz de la habitación, el cuero seco de una víbora. La puso sobre uno de los brazos de la silla que había en la cocina y se sentó a mirar a su mujer para crecer el deseo. Era muy bella y Tribiño se excitaba como loco cuando decía, “apuesto a mi mujer”. -¿Y quién te vino a contar?
-Todos lo que pasaron por esta calle.
-Son unos degenerados.
-El degenerado eres tú.
-Pero así todo me quieres. Las mujeres son raras.
Manuela era una mujer joven de senos apretados y caderas amplias. Tenía el cabello ondulado recogido en moña, pero algunas crenchas le caían sobre la frente y el óvalo de la cara. El calor que desprendía la plancha crecía el clima de la habitación. –¿Por qué no abres la ventana?-, dijo el hombre y le mostró los cinco billetes verdes. La mujer hizo un mohín de desprecio.
-Porque entran los bichos y las mariposas-. Tenía una boca hermosa y unos dientes finos y blancos. En el escote se le notaban unas pecas.   
-Son mejor los bichos que el calor-. Tribiño se quitó los zapatos y soltó un suspiro de alivio. –Creo que habrá que echarles alcohol y rellenarlos con papel periódico, todavía me quedan estrechos-. Un olor dulzón compitió con el olor a vapor húmedo que desprendía la camisa que planchaba la mujer.
-Con esa plata podemos comprar un ventilador grande-, dijo la mujer sin levantar los ojos. Miraba la camisa planchada, el tazón con agua, la mano agarrada al brazo de la plancha.
-No, con estos billetes te voy a llevar a bailar-. La voz del hombre tuvo poca credibilidad.
-Ya todo está cerrado-, dijo la mujer y dobló la camisa. Por la radio una voz anunciaba baterías para camión.
-A Costa Azul, mañana te llevo a bailar a Costa Azul-, soltó Tribiño y se zafó dos botones de la camisa. Ya tenía vellos blancos.
-Mañana no se puede, es día de la Virgen y voy a ir a rezar-.
-Vas temprano y después nos vamos a bailar-.
-Eso es pecado-.
-¿Quién te lo dijo, el diablo?-.

3. Tribiño había conocido a la mujer en la calle de los turcos, mientras ella trataba de abrir un paraguas para cubrirse de la lluvia que comenzaba a caer. Y como el paraguas abría mal, ella se dejó ayudar y el hombre, que lucía un vestido de lino y parecía un empresario de ferias, no sólo abrió el paraguas sino que la acompañó hasta la casa llevándola del brazo. En el camino le cantó un par de boleros y ella sonrió.
-Usted es un enamorador-, dijo la mujer al despedirse y atravesó el pequeño jardín que antecedía la puerta de la casa. Bajo la lluvia se veían  dos pisos, una buganvilla pegada a la fachada y unas flores rojas y pequeñas en las macetas que adornaban las ventanas. “Debe ser hija de un pastor protestante”, se dijo el hombre sin atinar a saber porque se le había ocurrido pensar en esto, quizás por el estilo norteamericano de la casa, y vio entrar a la muchacha. Tenía unas piernas fuertes y largas. 
-¡Yo soy Julián Tribiño, recién llegado a esta ciudad!-, gritó el hombre sin acertar a saber si la mujer lo había escuchado. Y eso fue todo ese día. Una semana después, en la tarde, el hombre regresó a la calle donde estaba la casa de la mujer y la estuvo esperando a que saliera o entrara. Ahí, bajo un sol que achiquitaba sombras, permaneció el hombre por una hora, con un ramo de flores en la mano y la cabeza cubierta por un sombrero Panamá. Tenía el bigote bien recortado, la cara perfumada y un clavel en el ojal de la chaqueta. También el libro de los Rubaiatas, que leía de a pedazos mientras miraba a la casa, “embriagándome del vino y los pecados de estos poemas”, como le dijo después a la muchacha, cuando ella salió acompañada por una mujer negra y robusta que se secaba las manos en el delantal y abría unos ojos asustados.
-¿Está esperando a alguien?-, preguntó la muchacha y sonrió, sabiendo que la esperaba a ella. Era más bella sin lluvia.
-A nadie-, contestó el hombre mirando de frente y denunciándose con los ojos. -Pero ya que la veo... -. Y así comenzó el juego con Manuela, regalos, visitas cortas, besos furtivos, hasta que se la llevó con él un sábado en la tarde, primero a un hotel y con los días a una pequeña casa cerca del puerto, jurándole amor y buena vida, lo que fue una mentira porque un tahúr no puede asegurar estas cosas. Esto había pasado hacía ya tres años y en ese tiempo la muchacha fue maldecida por los padres y escupida por los hermanos. Al fin la declararon muerta y ya no hubo más memoria de ella. Hasta las fotos las quemaron.

4. El Costa Azul era un bailadero oscuro y estrecho, con mesas de todos los colores y lámparas que apenas si daban luz para que los clientes no se dieran unos contra otros en esa semi-oscuridad. Olía a linóleo y a limón, a perfumes baratos y a sudor. Y el calor era intenso a pesar de los abanicos que revolvían humo y palabras cuando estaban girando. No tenía buena cara ese local. Pero el negocio gustaba por las orquestas que iban allí, todas de más de ocho músicos.
-¿Con quien vienes, Tribiño?- La voz de la dueña del local sonó silbosa. Era una mujer gorda y cargada de polvo, con los labios repintados de rojo y unas manos pequeñas repletas de anillos de falsa pedrería.
-Vengo solo, cariño-, respondió el hombre encendiendo un cigarrillo. La orquesta interpretaba un mambo y una muchacha flaca y su compañero se lucían entre los demás bailarines.
-Podría traerte compañía, hay mujeres del Tambo, ya sabes-. La gorda entornó los ojos y se llevó un dedo a la boca roja. –Unas delicias-.    
-Vengo a ver bailar, no más-. El hombre pidió un ron.
-Tengo muchachas que no bailan-. La gorda se amplió con la mano el cabello rojizo. A Julián Tribiño se le confundió el sabor del ron con el olor a perfume y polvo cosmético de la mujer.
-Déjame como estoy-, soltó el hombre y pasó la mirada por encima de la mujer gorda. Dos de los músicos que tocaban en la orquesta eran amigos de él y a uno le había servido de padrino en la boda. “Está muy acabado”, se dijo Julián Tribiño, “seguro el trasnocho y el veneno que suelta el cobre de la trompeta”. La mujer flaca que bailaba el mambo cayó sobre el muslo de su compañero.
-Te dejo como estás-, acabó por decir la mujer gorda y clavó los codos sobre el mostrador. Le brillaban los párpados como una fiesta de carnaval.
Esa noche del Costa Azul, Julián Tribiño estaba convertido en una guerra invisible; así era como estaba, con los nervios hechos cordones que le apretaban las venas y la carne. Y había ido allí por impulso, sin afeitarse y todo rociado de lavanda inglesa, una que le había dado Manuela. “Para cuando me quieras”, le había dicho ella, que ya sabía que el amor inicial, ese de las locuras y los sueños, se había acabado y lo único que sobrevivía era la cama doble, de vez en cuando un cine y alguna conversación.  Y en caso de necesidad de ella, actuaba el efecto de la lavanda.   
Ese día,  al hombre le había entrado un gran nerviosismo de repente y sin causa aparente cuando vio salir a su mujer hacia la iglesia. Manuela seguía siendo bonita y atractiva, dada a las tareas de la casa y sin ofuscaciones cuando le llegaban con la noticia de que su marido la estaba jugando a las cartas. Estas certezas la mantenían tranquila, porque saber lo que puede pasar no asusta, como le dijo a Trbiño. “Me voy a rezar”, dijo Manuela, “la comida queda en el horno”, eso dijo antes de salir y él la miró marcharse con el traje verde que la hacía ver más grande y delgada. El sol postrero de la calle le brilló en el cuerpo. Pero eso de verla salir y encontrarse con las vecinas para ir a los rezos no era motivo para las ansias extrañas que sentía él en todo el cuerpo. Había pasado muchas veces: ella se iba a sus asuntos dejando la comida preparada y luciendo el vestido verde que le había comprado en un barco de bandera siria (seguro de esos que los contrabandistas disfrazaban), sin que a él le diera ningún susto. Por el contrario, se alegraba de tener una mujer tan hermosa. 
El hombre miró de nuevo a la orquesta. Ahí seguían tocando la trompeta los dos que conocía, o sea que si estaba en el lugar. La mujer flaca del mambo ahora se pegaba a su pareja en un bolero baldosero y la dueña del local parecía deshacerse en medio del calor y el humo. Sonreía con la boca torcida. Pero Tribiño, a pesar de la música que era de la que le gustaba, seguía sintiendo que se inflaba por dentro. Tosió con cuidado y se imaginó un montón de gallinas yendo de un rincón a otro del local.  Finalmente salió del Costa Azul y caminó derecho, con las manos entre los bolsillos, a la mesa de juego. Había demasiadas estrellas esa noche.

5. -Voy restos-, dijo Julián Tribiño, y se acarició la cara sin afeitar. Dos enormes ojeras negras le alargaban la nariz.
-Pero si pierdes, no admitimos que apuestes a tu mujer-, resopló el doctor Jiménez, que lucía corbatín brillante y dos estilógrafos que le mantenían manchado el bolsillo de la camisa.
-¿Por qué no?-. Los ojos de Tribiño se afilaron.
-Porque esta mesa no recibe mujeres que rezan-, acotó Emiliano Flux, un vendedor de abarrotes que más que vender lo que hacía era dormir en su almacén. Su mujer decía que en las noches las hemorroides lo hacían despertarse cuatro o cinco veces.
-Todas rezan-. La voz de Julián sonó seca.
-Pero no como la tuya, que reza y se levanta en el aire-. Emiliano cruzó los dedos y sopló sobre ellos.
-Esas son mentiras, chismes-. Tribiño se desanudó la corbata. –Si sigue el calor, tendremos que jugar en el patio de atrás-. El hombre miró las cartas. Dos ases, dos jotas. –Voy restos-, volvió a decir.
-Si pierdes, te levantas de la mesa-. El doctor Jiménez miró por encima de los anteojos. Llevaba un corbatín rojo.
-No voy a perder-, se rió Tribiño con dificultad y mostró las cartas. Perdió. Los otros dos ases, acompañados por dos kaes, estaban en poder de Simón Dunes, el hombre de las tres maletas.
-Al fin recupero mis cinco billetes verdes-, dijo el ganador y se frotó la barriga. Dos enormes dientes verdosos sobresalieron por entre sus labios flacos.
-Apuesto a mi mujer-, dijo Tribiño y comenzó a barajar.
-Ya dijimos que esa apuesta no se recibe-, anotó de nuevo el doctor Jiménez y miró a sus compañeros pidiendo aprobación. Los demás asintieron.
-Pero es muy bella, ustedes siempre han querido estar con ella-. La voz de Julián Tribiño sonó criminal, sorda, de vendedor de marihuana.
-No se recibe esa apuesta-, repitió Emiliano. La luz del ambiente hacía ver a los asistentes como muñecos de cartón.
-Entonces me apuesto yo-. Tribiño parecía un galeón con una tormenta encima. Los que estaban en la mesa se encogieron de hombros. Simón Dunes volvió a sonreír mostrando otra vez esos dientes manchados. –Tomo la apuesta para mí-, dijo, quizás burlándose un poco de la situación.

Ese día, con la cara sin afeitar y un par de ojeras enormes, Julián Tribiño se perdió a sí mismo. Tres ochos le ganaron a dos parejas. Y los asistentes al juego, después de recoger la mesa y cobrar las ganancias, llevaron a Tribiño a casa de su mujer y le dijeron –Mister Dunes, aquí presente, se ha ganado a tu marido-. Y Manuela, que oía un programa musical, los miró sin asombrarse, tirándose el pelo hacia atrás. “Realmente es bella como ninguna”, dijo Dunes, arrepentido de no haber tomado la apuesta, como nos contó.
-Qué puedo hacer, ya no es mío-. La mujer se embelleció más diciendo esto.
-Cambiarte por él-, dijo Dunes con dificultad y muy bajo. Los otros lo miraron con desprecio y fascinación. Pecadores estos hombres.
-No me cambio por él-. La voz de la mujer se confundió con la canción que salía del aparato de radio. -Ni lo pago-. La canción de la radio hablaba de unos mares tropicales y de un corazón partido.
-Pero es tu marido-, dijo el doctor Jiménez.
-Si cree que es tan bueno, déselo a su mujer-. Manuela se puso de pie y fue a asomarse a la ventana. Chirriaban los grillos y brillaba el río a lo lejos.
-No hay nada qué hacer aquí-, dijo el vendedor de abarrotes. Al fondo de la habitación se veía una imagen de María Auxiliadora alumbrada por unas velas.
-Está muy buena esta mujer-, dijo el abogado, haciéndose el gracioso.
-Salgamos-, dijeron los otros en coro y arrastraron a Tribiño consigo. El hombre que se había jugado y perdió, tenía cara de pájaro mal embalsamado. Dentro de la casa, Manuela cantaba a la par de la canción que estaba sonando.   
        

6. Simón Dunes, que en los dos meses que llevaba entre nosotros admitía ya lo inadmisible, dijo que a falta de una oferta mejor los chinos del puerto podrían comprarle al hombre que había ganado a las cartas. Allí, donde siempre olía a pescado podrido y a aceite quemado, se traficaba con marihuana, café, madera y gente.
-Pero los chinos no te lo van a comprar-, dijo el doctor Jiménez. –No les gustan los hombres blancos porque tienen quién los reclame-.
-¿Y tú cómo sabes?-, pregunto el vendedor de abarrotes.
-He sabido de negocios-, dijo el abogado. El boticario asintió con la cabeza.
-Entonces alquilo un camión y siento en una silla a este hombre, para mostrarlo de pueblo en pueblo-, dijo Simón Dunes. Ya había visto que lo hacían con mujeres tatuadas y enanos de ropa brillante, animales deformes y monstruos con sombreros de papel. -Le pondré un letrero: “se jugó a sí mismo y perdió”-.
-Te tragará la ciénaga-, dijo el abogado.
-Yo de ti, lo rifo donde las putas. Así no compren la boleta, te acabas divirtiendo-, dijo el boticario riéndose.
-Espéranos aquí-, le dijo el vendedor de abarrotes a Simón Dunes, a la vez que les hacía una señal a los otros para que se movieran. El extranjero los vio irse despacio y tomar por el callejón del gato, llamado así por un aviso que ofrecía pescado salado, en el que habría dos o tres bares abiertos a esas horas.

Simón Dunes, como nos dijo, le dio poca importancia a que lo dejaran solo con Tribiño, sin saber si exhibirlo, rifarlo o dejarlo en mitad de la calle para que hiciera lo que quisiera. Pero Julián Tribiño no estaba para nada, parecía un recién ahogado. Esta certidumbre le puso a silbar la cabeza a Dunes, que ya no pensó en los cinco billetes verdes recuperados ni en Manuela oyendo la radio asomada a la ventana sino en quedarse al lado de su ganancia hasta que se pudriera o pasaran por allí los vendedores de yuca y ñame, gente que carga con lo que sea, y se lo llevaran. Eso nos contó después.

Esa misma noche, en el bar donde se habían refugiado los tres compañeros de juego (o mejor, a donde habían huido dejando a Dunes haciéndose preguntas), el doctor Jiménez, acomodándose el corbatín, pidió un ron doble y se lo bebió de un trago. A su lado, el vendedor de abarrotes trataba de partirse un trozo de uña del pulgar con los dientes, casi siguiendo el ritmo del porro que sonaba, y Efraín Paredes pedía que le trajeran el periódico y una taza de café negro. Había poca gente y la luz del local más que amarilla era parda
-Nos quedamos sin mesa de juego, doctor-, dijo el boticario. Pero el hombre del corbatín brillante parecía pensar otra cosa, que si hubiera tomado la apuesta que se avalaba con la mujer de Tribiño, en ese momento estaría con ella oyendo boleros y acariciándole las caderas, por ejemplo, pero eso ya no pasaría. Esas cosas las había dicho cuando estaba borracho. Lo escucharon maldecir y pedir otro ron. Efraín Paredes, en tanto,  miraba un periódico arrugado y grasoso. Y era claro que no estaba leyendo ni le importaba la respuesta que le diera el doctor. Tampoco parecía incómodo porque Dunes seguro se preguntara qué se habían hecho ellos tres. El vendedor de telas miraba el trozo de uña partida. También se notaba que lo estaban molestando las hemorroides. Todo esto lo contó Rubén Samiole, dueño del bar. Hombre que no bebía, por eso le iba bien con el negocio.  

Fin

 

Marginalia de la semana